“Estoy pensando en escribir un libro para maduronas solitarias.”

“¿Qué? ¿Estás loco? A las maduronas solitarias les gusta ir al tour de teatro. ¿Sabes por qué?”

“No tengo la menor idea.”

“Primero, porque tienen oportunidad de salir de casa. Un vehículo las recoge, las lleva al teatro y las regresa. Salen de casa, ¿entiendes? Toda mujer madura quiere salir de casa por la noche; si lee no sale de casa, se queda en camisón, piyama o lo que sea, cabeceando con el libro en el pecho. Pero para ir al teatro se arregla, va al peluquero, se hace manicure ¿entiendes?”

“Entonces para quién voy a escribir mi nuevo libro? ¿Qué tipo de libro? ¿Autoayuda? ¿Erótico?”

“Tú no sabes escribir ni uno ni otro. Ya escribiste un libro de autoayuda, ¿recuerdas? Ayudabas al lector a aprender a pescar y a andar en bicicleta. ¿Recuerdas? No sé cómo publiqué eso. ¿Y el libro erótico? El personaje principal le cose con hilo y aguja los labios vaginales a la mujer que ama. Las personas quieren otra clase de pornografía, una que las excite no que las aterrorice. Además de que el Marqués de Sade ya había escrito exactamente eso. La crítica te acusó de plagio.”

“Yo no había leído al Marqués de Sade, lo juro, pensé que era una idea original.”

“Creo que deberías cambiar de profesión.” “No sé hacer otra cosa.”

“No sabes hacer ni madres.”

 

Esa fue, en resumen, la conversación que tuve con mi editor, antes de dejar de escribir. El dinero de la venta de la casa de mi tía —murió y fui su único heredero— que deposité en el banco se estaba acabando, tenía que encontrar una forma de conseguir más.

Quien resolvió mi problema fue una madurona solitaria.

Vivíamos en el mismo edificio, yo en el tercer piso, ella en el cuarto. Siempre nos topábamos en el elevador, y yo la saludaba con gentileza. Ella invariablemente asumía una actitud seductora.

Un día, después de decirme que se llamaba Ariadne, me preguntó: “¿Cómo te llamas?”

“Dionísio”, respondí, con una sonrisa irónica, esperando que percibiera que estaba jugando, pero no fue así.

¿Cómo puedo describirla? Gordita, pelo pintado, lentes decontacto (“los anteojos afean”, me diría en otra ocasión), viuda.

“Ariadne es un personaje importante de la mitología griega”, le dije.

“¿De verdad? Me gustaría saber más de ella. ¿Me cuenta usted?”

“No me trate con tanta formalidad, por favor…”

“¿Me cuentas?”

“Claro, sé todo de ella.”

En realidad no sabía ni madres, a no ser que era un personaje de la mitología griega.

“Te invito a tomar un café. Mi casa queda en el piso de arriba. Mañana, en la tarde, a las cinco, ¿está bien?”

“Será un placer”, respondí.

Ese día, en casa, consulté una de mis enciclopedias. No sé si ya dije que tengo muchas enciclopedias y diccionarios. Tengo diccionarios antiguos y modernos, tengo el Moraes, de 1789, tengo incluso un Bluteau, de 1728, ¿pueden creerlo? En realidad bajé el Moraes y el Bluteau de internet, no tenía dinero para comprarlos. Me preguntarán por qué, si puedo usar internet, consulto enciclopedias. Muy simple: me gusta leer las palabras impresas en papel.

Pero volvamos a Ariadne, la griega. Leí todo lo que había sobre ella y adorné las partes más importantes, cosa fácil, tengo una excelente memoria.

A las cinco en punto toqué el timbre de Ariadne. Abrió la puerta y me recibió con un beso. Estaba toda perfumada y maquillada, apretada por un cinturón que afinaba su cintura.

Me llevó a una mesa con mantel bordado, sobre la cual había tazas de porcelana y cubiertos de plata.

“Pensé que en lugar de café podríamos tomar un té con galletas. Siéntese, por favor.”

Durante el té me contó que el juego de cubiertos de plata era un regalo de bodas.

“Mi marido murió pero, felizmente, me dejó en buena situación económica. Ahora, cuénteme de mi tocaya.”

Ariadne, como ya dije antes, es un personaje importante de la mitología griega relacionado con otras figuras mitológicas como Teseo, quien fue enviado a Creta para ser sacrificado al Minotauro que vivía en el laberinto construido por Dédalo. Teseo decide enfrentar al monstruo y acude al Oráculo de Delfos para saber cómo salir victorioso. El Oráculo le dice que tendrá que ser ayudado por el amor para vencer al Minotauro. Resumiendo: Ariadne le da a Teseo una espada y un carrete de hilo, conocido como el Hilo de Ariadne, para que él, sujetando uno de los extremos, pueda encontrar el camino de vuelta al laberinto. Teseo sale victorioso.

“Qué interesante”, dijo Ariadne.

“Teseo, Oráculo de Delfos, Dédalo, Minotauro, cada uno de ellos ha sido objeto de extensos estudios. Pero todavía no he llegado a la parte más interesante. Es cuando Ariadne se encuentra con Dionísio, después de ser abandonada por Teseo.”

“¿Dionísio?, qué coincidencia.”

“Existen varias versiones sobre la relación de Ariadne y Dionísio. La que más me gusta es en la que Dionísio encuentra a Ariadne desesperada y busca consolarla casándose con ella. Tienen varios hijos y viven felices.”

“¿Todo eso es cierto o lo inventaste?”

“Es todo cierto. Sólo inventé mi nombre. No es Dionísio, es José.”

“José. Me gusta ese nombre.”

No sé porqué perdí mi tiempo en esa conversación.

Ariadne comenzó a invitarme a tomar té varias veces a la semana. Después me preguntó por qué no salíamos a cenar a un restaurante nuevo. Decidí ser franco con ella.

“Ariadne, estoy en la ruina. El dinero que tenía en el banco se acabó, no tengo trabajo, no sé hacer nada más que escribir y lo que escribo nadie lo quiere editar. Tendré que vender mi departamento.”

“¿Cómo?”, exclamó. “¿Ya no vamos a ser vecinos?” “Desgraciadamente, no.”

“Yo puedo resolver eso, José. Tengo mucho dinero.”

Protesté, no podía aceptar su dinero, un hombre de carácter no haría algo así jamás. Pasamos horas discutiendo y, al final, el punto de vista de Ariadne prevaleció.

Al día siguiente depositó una suma elevada en mi cuenta bancaria. Entonces comencé a llevarla a los mejores restaurantes. Pronto ese dinero se terminó y Ariadne comenzó a depositarme regularmente en mi cuenta.

Al poco tiempo fui a la farmacia. Esperé un momento a que el mostrador estuviera vacío y le pedí en voz baja al encargado que me recomendara un medicamento… Por mi aire sigiloso él percibió lo que yo quería y me dijo que existían varios medicamentos para la disfunción eréctil —estoy repitiendo sus palabras—. Pedí el más caro. Desde niño tengo la noción idiota de que lo más caro es lo mejor.

Llevé el medicamento a casa —eran grageas—, leí atentamente las instrucciones y seguí las recomendaciones. Después le llamé a Adriana y le pedí que pasara a mi casa.

Ariadne entró, se sentó en el sofá de la sala. Estaba toda maquillada y perfumada. Me senté junto a ella. Mi pene estaba marchito. Pensé, ¿qué mierda de medicina es ésta? Entonces Ariadne me tocó y aconteció un milagro: mi pene se endureció. De inmediato me desnudé, sacudí el pene duro frente a su rostro, le levanté la falda, le quité los calzones y enfilé mi pene en su vagina, apresuradamente, con miedo a que el efecto tuviera poca duración. Ariadne gemía, gritaba: “¡Ay, Dios mío, necesitaba esto!” Felizmente tuvo un orgasmo acompañado de gemidos lacerantes. Yo me abstuve. Nos quedamos totalmente desnudos.

“José, te amo, te amo.”

Entonces, por puro exhibicionismo, me cogí a Ariadne nuevamente.

 

Estoy contando lo que sucedió en los últimos cuatro meses. Ariadne me llenó de regalos, hasta un Rolex me dio. Un día pensé, estoy actuando como un gigoló. Busqué en el diccionario la definición de gigoló: Persona que seduce y se relaciona con otra persona por intereses económicos. Hombre mantenido por una prostituta o amante. Sinónimos: proxeneta, padrote, chulo.

Esos diccionarios son una mierda. Busqué la definición de proxeneta: padrote, chulo, hombre que explota prostitutas. Definición de padrote: hombre que explota prostitutas. Ariadne no era una prostituta, entonces yo no era nada de eso. ¿Qué era? Un hombre honesto mantenido provisionalmente por una mujer. No había nada de vergonzoso en eso.

Empecé a llevar una vida de lujo. Con Ariadne comía todos los días, sin aburrirme, caviar Beluga, bebía champaña Cristal, comía en los mejores restaurantes de la ciudad y confieso que ambos, Ariadne y yo, engordamos un poquito, a ella le salió una barriguita, pero la bendita gragea seguía haciendo efecto.

Vivimos así casi un año. Entonces sucedió algo catastrófico. Ariadne sufrió un ataque cardiaco fulminante. Yo sabía que podía ser enterrada en la misma sepultura que su marido y me encargué de todo. Sólo yo estuve presente en el entierro, fue cuando me di cuenta de que no teníamos amigos ni parientes.

Al volver a casa hice otro descubrimiento angustiante. Ariadne estaba en la ruina, debía dinero al banco y su departamento estaba hipotecado, había vendido todas sus joyas —recuerdo haberle preguntado por las joyas y que ella me respondió que exhibir las joyas era algo burgués—, todo para que siguiéramos esa vida fastuosa.

Afortunadamente yo tenía algo de dinero guardado. Sólo gastábamos su dinero.

Pobre Ariadne, pensé, esas maduronas solitarias son más vulnerables que una mariposa.

Y pensé también, qué frase más idiota, soy un escritor de mierda.

 

Rubem Fonseca

Traducción de Delia Juárez G.

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