Presentamos una crónica sobre los vertiginosos cambios a los que se ha enfrentado Colorado en las culturas local, comercial y política, a más de un año de la legalización de la marihuana en su territorio.


Entre montañas rocosas y bosques de coníferas se encuentra un pequeño pueblo de unas cuantas cabañas de madera. Se llama Nederland y hace cuatro años la comunidad acabó con la prohibición de la marihuana, desafiando no sólo al gobierno estatal, sino también al federal, que cerca de un siglo atrás ilegalizó la cannabis y en 1969 declaró la guerra contra las drogas en todo el mundo.

Esta comunidad es un símbolo de los activistas por la libertad. Uno de sus iconos es una tienda de cigarros y derivados de marihuana llamada The Canary’s Song. Su publicidad comercial se distingue porque la viñeta es una jaula abierta, como recién abandonada, metáfora de lo sucedido recientemente en esta localidad y en todo Colorado. Aquí abrieron la primera puerta en 2010. Y después se siguieron al resto del estado para que la marihuana se vendiera libremente en comercios.

Alaska y Oregon fueron pioneros en el uso médico en 1998, pero Colorado se atrevió a hacer legal el mercado en pequeñas cantidades a granel el 1 de enero de 2014, reglamentando el cultivo, la venta al público y la manufactura de lo que se conoce aquí como “marihuana recreativa”.

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Cuando Colorado entero se sumó al solitario desafío planteado por el pueblo de las Rocallosas, el procurador federal Eric Holder se vio obligado a emitir en diciembre de 2013 una declaración oficial sobre el caso en la que, en resumen, cedió ante la autonomía estatal. O, como publicó en un despacho la agencia de noticias Associated Press, el Tío Sam “se hace de la vista gorda”.

Las filas que impacientes consumidores hicieron a la medianoche del 31 de diciembre de 2013 para esperar la apertura de las primeras tiendas fueron un augurio de bonanza tributaria y de explosión de una industria especializada, un nuevo sector de la economía, basado en la investigación botánica y médica.

 

La marihuana en Colorado se cultiva en bodegas, cocheras, sótanos, patios, siempre en ambientes confinados, indoor. Los productores han desarrollado variedades de marihuana que tienen mayores o menores porcentajes de tetrahidrocanabidol (THC), la sustancia psicoactiva. El mercado se ha sofisticado. Las plantas están cada vez más sujetas a diseño genético y los precios lo reflejan.

En los establecimientos comerciales se pueden comprar cigarros de 0.8 gramos a 12 dólares. Una onza (28 gramos) de marihuana recreativa cuesta en promedio 250 dólares y es suficiente para armar unos 30 churros. No es ninguna sorpresa encontrar refinadas cepas de hasta 400 la onza.

Más barata es la llamada “marihuana médica”. Una onza vale 150 dólares, aunque el gasto total llega a 300 si se suman los honorarios por la consulta y las dosis herbarias.

Los conocedores distinguen entre la marihuana sativa y la marihuana indica, y recomiendan su uso tomando en cuenta la sensación de bienestar y euforia que produce la primera y el poder de relajación de la segunda.

Los comestibles con infusiones de extractos de marihuana son más caros, a causa del valor agregado industrial; una galleta cuesta ocho dólares, un chocolate entre 18 y 20, y 22 las tabletas de crema de cacahuate.

Encuestas oficiales y de consultores privados han encontrado que en Estados Unidos hay unos siete y medio millones de consumidores regulares de marihuana y el valor de mercado en todo el país —legal e ilegal— está tasado entre 35 mil y 50 mil millones. Tripp Keber, fundador de Dixie Elixirs & Edibles, fabricante de 100 diferentes formas comestibles, calcula el valor de los negocios en 50 mil millones de dólares.

Tan sólo en Colorado se mueven legalmente dos millones 400 mil dólares, de acuerdo con la Cannabis Industry Association, que representa los intereses de negocios y profesionistas vinculados al sector de la marihuana, incluidos abogados, terapeutas y laboratorios médicos.

 

Los precios están regulados por la oferta y la demanda, pero muy presionados por tasas tributarias, de hasta 40% en venta a granel. El Departamento de Ingresos estatal reportó impuestos por dos millones 700 mil dólares promedio mensual de enero a junio. El gobierno había trazado en 2013 un horizonte fiscal más halagüeño, pero sobre la marcha matizó la expectativa.

El mandato de la reforma 64 a la Constitución del estado fue abrir el mercado de la cannabis a la legalidad, bajo fiscalización policial y tributaria, en virtud del interés de la salud pública y la seguridad de los ciudadanos. El gobernador John Hickenlooper se había declarado en contra de la legalización, pero una vez aprobada la amendment 64 en el referendo del 6 de noviembre de 2012, ordenó la formación de un equipo de implementación de la política pública que organizó el actual sistema administrativo. El caso ya es una referencia técnica para los administradores de otros estados.

Colorado comenzó a regular e implementar la venta legal de marihuana médica hace 14 años, por lo que tuvo una primera experiencia administrativa de 2000 a 2013, que casi terminó en fracaso, pues la administración fue ineficiente y con sobregasto.

La experiencia de 2014 ha sido lo contrario. Un análisis de política pública del Center for Effective Public Management de Washington dice que la legalización, la interacción de agentes tributarios, administradores públicos, policías, empresarios y grupos de promoción y defensa pública, generaron cambios en la cultura local administrativa, neutralizando conflictos.

“Los miembros de la industria se percataron de que una inadecuada reglamentación llevaría a serios problemas de política pública y el apoyo de los ciudadanos se desplomaría”, escribió John Hudak, autor del análisis.

La legalización ha sido una aventura democrática y libertaria. “Todo esto lo hizo la gente, la mayoría, en una votación de 55% contra 45%”, recuerda emocionado Robert Pigford, dueño de Marley’s, una tienda de parafernalia con dos enormes filas de vitrinas con pipas, vaporizadores, molinos de yerba y demás. “Hacemos esto en contra de lo que dicta la ley federal, pero sólo en nuestro estado”, dice. “Aun cuando ya es legal aquí, uno no tiene por qué causar problemas”.

Sobre la calle Broadway en Denver, entre los comercios llama la atención una cruz verde estampada sobre algunas fachadas aquí y allá, distintivo del comercio legal de marihuana. Una de las tiendas se llama New Broadsterdam y su dueña, Michelle Staley, atiende personalmente, descalza, el negocio de herb alternatives. Ella es algo así como una neohippie, vestida con mezclilla fina, un cuidado corte de cabello, manicure y pedicure.

En el ambiente se respira un aroma de cannabis fresca. Hay sillones, mesas, revistas, macetas y adornos que causan la impresión de un consultorio, no de una tienda. Detrás de un mostrador de madera está un empleado joven que verifica la mayoría de edad en identificaciones oficiales y orienta a los clientes.

Un puñado de negocios comenzó operaciones el primer día de 2014 y para junio ya superaban los 600, según el Departamento de Ingresos del gobierno local. Esta irrupción en la vida comercial es vista con optimismo por el público, pues la mayoría de los habitantes de Colorado cree que la legalización mejoró la situación del estado, según una encuesta de Public Policy Polling ejecutada en marzo.

 

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Los activistas comenzaron en 2005 el movimiento por la legalización porque la cantidad de arrestos de personas por delitos relacionados con la marihuana, como la posesión, había llegado a una cifra sin precedente. Entonces se planteó una reforma al sistema de justicia penal en la que el abogado Brian Vicente fue un protagonista. “Si no necesitas violencia para comprar cervezas, con la marihuana tenía que ser igual”, sostuvo en su campaña de casi una década.

La legalización ha llegado acompañada de ideas y conceptos nuevos. Los empresarios no acaban de definir la personalidad de sus establecimientos, a los que le han asignado nombres como Infinite Wellness Center. Para la decoración, unos prefieren los ambientes cálidos, relajantes, y otros usan colores brillantes. Orgullosamente exhiben plantas de marihuana en vitrinas, bajo condiciones perfectas de crecimiento. En los mostradores hay frascos con selectas flores de marihuana, etiquetados con marcas como Blue Dream, Blueberry y Apollo XIII. Nadie se acuerda de la mítica Acapulco Golden o de la yerba que se traficaba desde México.

Cada expendio tiene un proveedor que está sujeto a fiscalización y vigilancia computarizada. El cultivo está supervisado por un “sistema de seguimiento” legal, desde el cultivo de la semilla hasta la venta (seeds to sale), responsabilidad de la policía fiscal del Departamento de Ingresos. El sistema está interconectado y se conoce con el acrónimo de MITS, Marijuana Inventory Tracking Solution.

El manejo de dinero en efectivo es uno de los problemas del nuevo negocio. Los bancos no prestan sus servicios al sector para no violar las leyes federales y, en consecuencia, las transportadoras de dinero y valores están literalmente cargando carretadas de billetes.

“Todos estamos aprendiendo a hacer esto: los cultivadores, los comercios, los fabricantes de derivados, los laboratorios, el gobierno, los desarrolladores de internet. Es sabiduría para hacer dinero”, afirma la neohippie Michelle, que comenzó operaciones con unos cuantos clientes en enero y para marzo ya tenía 300 diarios, de las 9:00 a las 19:00 horas. “Fue sorprendente ver cuánta gente apareció como consumidor”.

Uno de los símbolos de la laxa contracultura de los sesenta está ahora sujeta a la ley; dejó de ser asunto de pacifistas y fue llevado a referendo por esa mayoritaria parte de la sociedad que llaman the mainstream. “La marihuana está bajo la ley desde que pones la semilla en la tierra y crece, hasta que sale por la puerta de esta tienda. Todo está etiquetado”, explica Michelle. “Esto no es contracultura, es un tema de justicia social, de abogados, de organizaciones civiles”.

Uno de esos abogados es Vicente, que define la prohibición como “una política fallida”, a la que combatió sin descanso hasta que la norma fue aprobada en el referendo de 2012 y luego reglamentada por el Congreso estatal. “La prohibición era un gran error y era necesario migrar hacia la regulación”, afirma. “Con leyes adecuadas, los impuestos pueden ser recaudados y todo puede funcionar bajo procedimientos transparentes”.

 

La producción y venta de marihuana para fines médicos es una realidad en 25 de los estados. En cuatro de ellos, Colorado, Washington, Alaska y Oregon la recreativa es para mayores de 21 años.

Cuando la yerba —médica o recreativa— sea legal en 28 estados, el Congreso se verá obligado a tomar una posición sobre el tema y tendrá al menos dos opciones: solicitar al gobierno federal que emita regulaciones al respecto o autorizar a los estados a decidir individualmente sobre el tema.

“Tal vez en dos o tres años se pueda alcanzar la mayoría requerida. Es difícil hacer una predicción, aunque estamos en la dirección correcta”, dice Art Way, director en Colorado de la organización civil Drug Policy Alliance. Su cálculo es que al menos 16 de los 50 estados habrán considerado la legalización recreativa para 2016. Alaska lo aprobó en noviembre pasado en un referendo y Florida se quedó a 2.4 puntos porcentuales del 60% exigido constitucionalmente para la aprobación de iniciativas populares. Texas, Utah, Kansas y otros de reconocido conservadurismo presagian una larga resistencia.

Los 25 que legalmente producen su propia marihuana son Alaska, Arizona, California, Colorado, Connecticut, Delaware, Florida, Hawai, Illinois, Maine, Maryland, Massachusetts, Michigan, Minesota, Montana, Nevada, Nueva Hampshire, Nueva Jersey, Nuevo México, Nueva York, Oregon, Rhode Island, Vermont, Washington y el Distrito de Columbia. El cultivo es local y casero en casi todos los casos, limitado generalmente a tres plantas.

“Seguirá siendo un asunto de cada estado; es poco probable que el gobierno federal apruebe la marihuana” por encima de la voluntad de los estados, pronostica Way respecto al escenario que vendrá cuando haya mayoría calificada. El problema —prescribe— es revertir la política de la prohibición de los años treinta, que ha estado acompañada de una intensa propaganda y de un aparato policial que perdería materia de trabajo. “La prohibición de la marihuana es una parte sustancial de la guerra contra las drogas y hay mucho dinero invertido en ello”.

 

El 20 de abril de cada año se celebra aquí el día del fumador de mota, con cientos de personas degustando variedades de la marihuana en la vía pública y evocando a un grupo de adolescentes californianos que en los setenta solía reunirse a fumar yerba al salir de clases. Este homenaje se ha popularizado y se celebra no sólo en Denver sino también en el resto de Estados Unidos y muchas ciudades del mundo, México incluido.

En el verano hay competencias de cultivadores y de fumadores. Una de ellas es conocida como el bong-a-thon, en la que el reto de 2014 fue romper el récord de inhalación continua durante seis minutos y medio.

“Estamos viendo cuáles son los límites y sabemos que estamos bajo la mirada del todo el mundo para ver hasta dónde llegamos”, dice Michelle. “Esto es algo bueno para la humanidad y estamos orgullosos y felices de hacerlo”.

Denver, The one mile high city, según su lema oficial, recibe un creciente turismo de marihuana. La escultura gigante de un caballo con los ojos rojos y luminosos aparece imponente en el acceso al aeropuerto local, como recordatorio de todos los complejos cambios generados por la legalización en el estado. En la terminal es fácil encontrar panfletos sobre el comercio en cuestión y sobre advertencias legales: no dar marihuana a menores de 21 años, no llevarla fuera del estado, no fumar en la vía pública. Esta última restricción tiene un evidente espacio de relajación en el parque central de la ciudad, donde pululan fumadores pacíficos, muchos de ellos, según el gobierno municipal, provenientes de otros estados que han llegado en busca de la libertad para fumar.

La legalización ha llegado acompañada de una identidad y de expresiones de cultura popular. El diario local Denver Post tiene en internet la sección especializada The Cannabist, un decálogo del fenómeno colectivo. La prensa de los barrios dispone de amplios espacios publicitarios sobre ofertas, aceites, gomas, concentrados, flores, galletas, chocolates y vaporizadores en forma de pluma, con cartuchos líquidos y sólidos de marihuana, que garantizan la mayor absorción de THC sin dañar las vías respiratorias. Algunas de estas mercancías han circulado por años en Estados Unidos, eludiendo las tipificaciones delictivas de la ley o totalmente inmersas en el mercado negro. Pero todo eso, junto con las clandestinas dosis personales de un octavo de onza, los dime de 10 dólares por bolsita, es historia en Colorado.

En Nederland una escalinata de madera lleva hasta la recepción de The Canary’s Song, donde hay un cómodo sofá. La sala de ventas está aparte. Tiene un mostrador bien dotado de cigarrillos y chocolates con infusión de aceite de cannabis. La etiqueta del comestible advierte: “extremadamente potente”. Tanto como el ave que salió de la jaula.

 

Guillermo G. Espinosa
Periodista y politólogo.