A una ciudad se le conquista descifrándola. En La ciudad que nos inventa (Cal y arena), el nuevo libro de crónicas de Héctor de Mauleón, palpitan las historias que esta urbe ha ocultado en sus muros, edificios y calles. Las diez piezas que acompañan estas páginas conforman un relato entrañable, tocado por la melancolía y el misterio del pasado.


1519. El fantasma del Correo

La primera carta que se escribió en México comenzaba de este modo: “Muy altos y muy poderosos, Excelentísimos Príncipes, Muy Católicos y Muy Grandes Reyes y Señores”. El autor era Hernán Cortés. Fue firmada una tarde, tal vez una noche de 1519, y despachada a caballo a la Villa Rica de la Veracruz para que una flota la condujera al otro lado del mar.

Ese documento inauguró entre nosotros, con el género epistolar, una edad en la que el país iba a vincularse emocionalmente con el mundo a través de cartas. Cartas que pedían amor, cartas que pedían ayuda, cartas que pedían dinero. La gente dejaba en ellas un poco de su vida, un poco de su alma.

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El Archivo General de Indias resguarda la correspondencia que los primeros pobladores de la Nueva España enviaron a sus familiares, allá en la península. La vida corre a torrentes en aquellas hojas de papel adelgazadas por el tiempo, y en las que un ejército de seres sin rostro continúa narrando sus cuitas, sus problemas, las hazañas de la vida diaria:

Veinte y tantos años que ha que estoy en esta tierra y no he visto carta alguna de v.m. ni menos he sabido de v.m., que estoy con pena. Yo, bendito Nuestro Señor, quedo con mucha salud y viuda con un hijo. De mi marido quedaron ocho a diez mil pesos en posesiones y haciendas, las cuáles no me he atrevido a deshacer hasta saber primero de vuestras mercedes… [Carta de Irene Solís a su hermana Ángela, 1574.]

Qué poder tendrían esas misivas que la ciudad entera solía aguardarlas con el corazón temblando. Las crónicas, los diarios de sucesos notables de la época, registran invariablemente el momento en que los vecinos asistían a la Plaza Mayor a presenciar la llegada de los “cajones de cartas”, unos fornidos e imponentes baúles de madera, sellados con chapas de hierro, que contenían noticias de temblores, de tifones, de incendios; relaciones de flotas que se perdían en el mar; expresiones de afecto, de resentimiento, de vicisitudes:

En lo que me dices de mis hermanos y parientes, son unos perros que me han comido cuanto han podido y aunque Dios me diera caudal, primero se lo dejara al más extraño que a ninguno de mis parientes. [Carta de Marcos Ortiz a su padre, 1589.]

Me detengo, quinientos años más tarde, ante la escalinata del Edificio de Correos de la ciudad de México, el opulento palacio de estilo ecléctico que el general Porfirio Díaz inauguró en 1907 y el arquitecto Adamo Boari bañó con vitrales y bronces y mármoles florentinos. Enorme, grandioso, excepcional, el palacio expresa la importancia que tuvieron las cartas en un mundo en donde el teléfono era aún privilegio de los ricos.

Todo eso terminó. Ahora, el palacio recuerda un cementerio abandonado, un museo al que no asiste la gente. Hay algunos empleados, pero no encuentro carteros, ni cartas, ni público. ¿Quién gastaría su tiempo escribiendo misivas que tardarán un mes en llegar o acaso no llegarán nunca? El nobilísimo arte al que Erasmo dedicó el más leído de sus tratados, finalmente fue asesinado por el .com.

En 1580, medio siglo después de que Hernán Cortés escribiera la primera de sus Cartas de relación, el grueso flujo de correspondencia entre el viejo continente y la capital de la Nueva España originó la creación de un incipiente sistema postal compuesto por jinetes, cabalgaduras y peones encargados de tareas diversas. Ese año, un hombre del que no queda siquiera un retrato, Martín de Olivares, fue nombrado Correo Mayor de la Nueva España. Sus oficinas, situadas en una casa cercana al palacio virreinal, se volvieron un referente que terminó por dar nombre a cierta importante arteria de la capital: Correo Mayor. Olivares recibía cada tantos meses los cajones de cartas y clavaba en lugar visible una lista con los nombres de los vecinos a los que había llegado correspondencia. No es difícil imaginar a los interesados, atravesando a grandes zancadas las calles de tierra de aquella ciudad misteriosa para romper los sellos de la carta y recibir las nuevas que se habían esperado temblando.

Tuvieron que pasar otros cincuenta años —1628— para que se formara al fin un servicio de carteros que entregara la correspondencia a domicilio. Tampoco en este caso hay que hacer un gran esfuerzo para ver pasar a los carteros, judíos errantes de la urbe, con un pesado saco al hombro, buscando “destinatarios” en calles que aún carecían de nombre, y en casas adonde la numeración iba a tardar más de otro siglo en llegar.

En 1522 Erasmo de Rotterdam publicó su célebre manual de epistolografía, De conscribendis epistolis, con ejemplos que ayudaban a escribir una carta con virtuosismo. Aunque Hernán Cortés había escrito varias cartas perfectas antes de que la obra de Erasmo fuera publicada, para la gente común la escritura de una carta no resultaba algo sencillo. Ángel de Campo —el imprescindible Micrós— relató en una crónica que en el siglo XIX este trabajo podía llevar un día entero:

La dama, péñola en ristre, usaba “falsa”, goma, cuchillo, rascábase la coronilla, probaba los puntos, mojábalos en saliva, dibujaba una letra, se le iba el santo al cielo, derramaba el tintero, se manchaba el vestido, regañaba a la criada, tomaba dos vasos de agua para calmarse, preguntaba de uno a otro balcón a su prima la profesora si anhelo llevaba una, dos, o cuántas haches; aclarada la duda volvía al suplicio, y le faltaba el papel…

Y sin embargo, todo mundo las escribía. El mundo se comunicaba en cartas. Un caudal de la literatura se hizo con relatos, cuentos y novelas que comenzaban con la llegada o el hallazgo de una carta.

En las primeras décadas del siglo XX, Salvador Novo anunció que el teléfono militaba victoriosamente contra el género epistolar, sostuvo que la Larga Distancia atentaba contra la duradera belleza testimonial que poseía una carta. El “¿Con quién hablo?” remplazaba al “Estimado señor”.

Novo murió en el año 74. En una época en la que el iPhone milita victoriosamente, los armatostes telefónicos que a él le preocuparon son piezas de museo, el Edificio de Correos está completamente vacío, y de todo aquello sólo quedan recuerdos.

Asciendo como un fantasma por la escalinata solitaria del palacio postal. No veo a nadie más. Aquí no hay nadie más.

Soy el fantasma del Correo.

 


1604. Escaleras que llevan a ninguna parte

En el patio trasero de un viejo palacio colonial, la Casa Talavera del barrio de La Merced, hay una escalera trunca. Sus peldaños descienden, se hunden en la tierra, se pierden en la nada. Es una escalera que va a ninguna parte.

En Estados Unidos y Europa es frecuente hallar escalinatas de este tipo. Todas tienen una historia de fantasmas: fueron hechas para que los espíritus se confundan y se pierdan. Las escaleras de la Casa Winchester, en San José, California, son las más célebres del mundo. Las hizo construir la viuda del inventor del rifle de repetición que facilitó la conquista del Oeste y el exterminio de los pueblos indios, Oliver Winchester. La viuda creía que su casa estaba tomada por los espíritus, especialmente los de la gente que la carabina Winchester había matado, así la pobló de escaleras sin destino.

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La Casa Talavera fue construida a principios del siglo XVII. La tradición afirma que perteneció al rico marqués de Aguayo. Como toda casa antigua que se respete, posee una interesante dotación de historias de fantasmas.

Las escaleras del patio trasero son ellas mismas el fantasma de otra cosa, el espectro de una ciudad que se fue.

Resulta difícil imaginar que el desierto de asfalto que hoy llamamos Centro Histórico estuvo alguna vez surcado por siete acequias o canales que corrían en todas direcciones, caracoleando a orilla de las casas. El autor de Grandeza mexicana, Bernardo de Balbuena, escribió en 1604 que esos canales formaban calles de agua “que cual sierpes cristalinas/ dan vueltas y revueltas deleitosas”.

Durante aquellos siglos lejanos, misteriosamente remotos, las casas de la ciudad, contrariando quizá la sentencia de Pedro Calderón de la Barca, tuvieron siempre dos puertas. Una daba a la “calle de tierra”, por la que corrían carruajes y cabalgaduras; la otra, que era siempre la trasera, daba a la “calle de agua” y funcionaba como desembarcadero. Allí guardaban los propietarios sus canoas, por ahí (a la puerta trasera le llamaban “puerta falsa”) entraba a los domicilios el aprovisionamiento de comestibles adquiridos en el pequeño puerto interior que se ubicaba en la calle de Roldán (frutas, legumbres, etcétera).

¿No es sorprendente enterarse de que la acequia principal pasaba frente al Palacio del Ayuntamiento, a un costado del Zócalo, y continuaba por nuestra actual 16 de Septiembre hasta perderse en las inmediaciones de San Juan de Letrán?

¿Cómo sería esa ciudad? Para el poeta Balbuena era un vergel. Para el resto de los mortales (las mujeres debían salir a la calle cubriéndose la nariz con un pañuelo impregnado de benjuí) la capital era sucia y nauseabunda, como lo fue Venecia: en los canales flotaban desperdicios, inmundicias y animales muertos. Una ordenanza de 1677 obligaba a los vecinos a no echar “basura ni cosa muerta” en las acequias e imponía penas de treinta azotes al “negro o negra, indio o india que la echare”.

Entre 1753 y 1781 se determinó eliminar lo que se había convertido en una fuente perenne de malos olores y epidemias. Los canales fueron aterrados. Los puentes que servían para cruzarlos perdieron su razón de ser y pronto se les demolió. Durante muchos años, sin embargo, dejaron su huella en el nombre de las calles: Puente Quebrado, Puente de la Leña, Puente del Cuervo.

La ciudad lacustre entró de ese modo en una agonía que se prolongó hasta 1921, año en que el último vergel, el canal de la Viga, fue asfaltado.

En la Casa Talavera (se le llama de ese modo por un taller de cerámica de talavera que funcionó en sus habitaciones en algún momento del siglo XVIII), las escaleras que llevan a ninguna parte, y que alguna vez bajaron lamidas por las aguas hasta el extinto desembarcadero familiar, son el único vestigio que hoy existe en el Centro Histórico de aquella ciudad inverosímil.

Llevan a ninguna parte, es cierto. Pero a diferencia de otras escaleras, cuando uno cierra los ojos, las de la Casa Talavera le hacen atravesar el tiempo, caminar los siglos. Más que escaleras son una puerta de entrada, ahí comienza la ciudad invisible de la que hablan los libros: la ciudad de las acequias, de los canales. La ciudad de las puertas falsas.

 


1778. Nostalgia de Bucareli

En uno de los muros de la cantina La Reforma pende uno de los pocos retratos que quedan de lo que algún día —un día de mediados del siglo XX— fue la avenida Bucareli. El imponente edificio del periódico Excélsior, diseñado por Silvio Contri en 1923, imprime a la calle un aspecto neoyorquino que desmienten los puestos de tortas, los atestados camiones urbanos, las nubes de papeleros que aguardan, a las puertas de la rotativa, los ejemplares del día.

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La imagen cautiva. Hay tiendas que venden de todo, y esbeltos postes de luz, y hombres que se cubren del sol con elegantes sombreros de fieltro. Será horrible salir de La Reforma y encontrar una calle a la que el regente Hank González y el terremoto del 85 convirtieron en la triste avenida de nuestros tiempos. Un eje vial chimuelo, sembrado de terrenos baldíos y paredes grafiteadas, en el que brotan a cada paso edificios cuarteados, abandonados, en ruinas. El polo contrario del paseo ilustrado que a fines del siglo XVIII el virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa otorgó a la ciudad de México.

La Ilustración introdujo en las ciudades un discurso paisajista que desconocía la ciudad vieja, “con su caserío estrecho y apiñado”. En ese discurso, los paseos cumplían una función central: entregaban por primera vez avenidas anchas y regulares, “importantes para la salud pública”, que ejercían la función, ya no de transportar a la gente de un sitio a otro, ya no de ser el escenario recurrente de las tradicionales fiestas y funciones religiosas, sino de convertirse en marco de una nueva sociabilidad urbana: la de deambular sin rumbo, sin otro fin que el de ver y ser visto.

Bucareli mandó hacer aquel paseo en los confines de la ciudad, en una zona pantanosa que los primeros colonos españoles le habían ganado al lago. En 1778 se le bautizó como Paseo Nuevo (ya existía La Alameda, un paseo del siglo XVI que, aunque no estaba en una avenida, había prefigurado las delicias de la ciudad peripatética). El público, sin embargo, le impuso el nombre de su creador, el cual persiste hasta la fecha.

En una crónica maestra (Los paseos de la ciudad de México), Salvador Novo relata e imagina con envidia las ocasiones de contento que esa nueva calzada, arbolada con más de mil fresnos, debió procurar a nuestros ancestros. El Paseo de Bucareli poseía tres carriles —uno para coches, otro para jinetes, el último para caminantes— y se hallaba adornado con tres hermosas fuentes, una de las cuales, obra de Manuel Tolsá, sobrevive abandonada en una plazuela de nuestra actualidad: la misteriosa plazuela de Loreto (en Rodríguez Puebla y Justo Sierra).

La belleza de aquella avenida impelía a la apoteosis: la eligió el Ejército Trigarante para entrar a la ciudad, la mañana de 1821 en la que la Independencia quedó consumada. Juárez llegó triunfante por ese mismo paseo medio siglo después. Bucareli es la obsesión de los cronistas del XIX: todos pasan por ahí alguna vez; Guillermo Prieto lo lleva a sus artículos con frecuencia (como en el caso de López Velarde y la calle de Madero, no hay una sola de las veinticuatro horas del día en que esta avenida no conozca su pisada).

No puedo explicar las razones por las que Bucareli fue pasando de moda. Cuando el presidente Lerdo de Tejada inauguró el Paseo de la Reforma (1872), esta calzada permanecía cerrada la mayor parte del tiempo. Nadie caminaba ya bajo la sombra de sus fresnos. Aunque el nuevo Paseo de la Reforma chocaba a los paseantes porque el sol los hería de frente al caer la tarde, un gusto inexplicable impuso el triunfo del paseo liberal, y el olvido repentino del viejo paseo ilustrado.

Los terrenos que colindaban con Bucareli fueron fraccionados. La colonia francesa sentó ahí sus reales (desde entonces llamamos “colonia” no a un conglomerado social, sino a un territorio urbano) y desde entonces se suscitó la explosión arquitectónica, la irrupción de nuevas calles que hicieron exclamar al cronista Novo: “En la ciudad ya no se pasea, el automóvil ha invadido los espacios en los que la gente sentía los latidos de su ciudad”.

1903: El algodonero español Feliciano Cobián encarga al arquitecto Emilio Dondé la construcción del palacio que aún lleva su nombre y es la sede actual de la Secretaría de Gobernación. 1912: Miguel Ángel de Quevedo construye, para trabajadores de la cigarrera El Buen Tono, por órdenes del empresario Ernesto Pugibet, un edificio de ladrillo rojizo avituallado con privadas melancólicas cuyo nombre recuerda antiguas marcas de cigarrillos: Ideal, Gardenia, Mascota. 1921: El Universal inaugura sus suntuosas oficinas en el edificio conocido como “La Catedral de la Prensa”. 1923: Es inaugurado el edificio de Excélsior (periódico cuyo nombre fue sugerido por un periodista olvidado: José de Jesús Núñez y Domínguez). 1923: El torero Rodolfo Gaona hace construir, bajo los dictados del neocolonialismo, un edificio de azulejo y tezontle que será el telón de fondo inevitable en las fotografías del Reloj Chino. 1924: Por fin se inaugura el señorial y afrancesado Edificio Vizcaya, pensado para albergar a diplomáticos extranjeros y funcionarios del porfirismo —y cuya construcción dejó en suspenso por varios lustros el estallido de la Revolución.

Todo esto se encuentra, de algún modo, condensado en la fotografía que cuelga en el muro de la cantina La Reforma. Bucareli fue un paseo que la ciudad perdió y también una avenida que la capital ha perdido varias veces (la ganaron el terremoto, y la CNTE, y también Antorcha Campesina).

Antes de volver a la calle, cierro los ojos. Afuera bufan los autos, los tráileres cargados de fierros, de cajas, de cerdos. No sé por qué recuerdo el poema “Eje Lázaro Cárdenas, 4 a.m.”, que Arturo Trejo Villafuerte dedicó a la antigua San Juan de Letrán: “Hank González nos quitó todo, menos la rabia”.

Apuro el último trago de mi bebida. Es una cerveza. Estoy de vuelta en la calle.

 


1823. La ciudad cambia de muebles

Hay un relato que afirma que la campana más antigua de la Catedral fue fundida con uno de los cañones con que Cortés tomó Tenochtitlan. Ya se sabe: las leyendas son amasijos, artefactos que funden lo histórico, lo maravilloso. A mí me gusta pensar, sin embargo, que gracias a aquella campana en la ciudad de México se pudo escuchar el fragor de la Conquista convertido en música.

Italo Calvino escribe que todas las ciudades del mundo han sido construidas con remiendos de otras: con los mármoles de Ravena, algún día se engalanó Aquisgrán. En un tiempo muy lejano, de la lava de los volcanes surgió el tezontle con que se hicieron los templos de la ciudad azteca. Con esa misma piedra los conquistadores españoles levantaron otra ciudad, una ciudad de lava petrificada: la capital de la Nueva España. El templo de Huitzilopochtli se transformó de ese modo en hospital o en colegio; con los bloques extraídos del Calmecac se construyó la antigua Catedral.

Todo se recicla en el gran horno de la historia. Mientras se destruye y se reinventa, la ciudad conserva algunos trastes, unos pocos cachivaches que va arrastrando de un sitio a otro. En 1823, ofendido porque el hermoso Caballito de Tolsá pisaba con una de las patas traseras un carcaj y unas flechas (símbolo de la dominación española sobre los aztecas), el héroe de la Independencia Guadalupe Victoria ordenó que la estatua fuera retirada y convertida en monedas. El historiador Lucas Alamán impidió que aquel crimen fuera consumado y, para aplacar el furor patriótico del general Victoria, propuso que el Caballito fuera apartado de la vista del público. La estatua ecuestre de Carlos IV quedó encerrada durante treinta años en el patio de la Universidad. De las cuatro soberbias puertas de hierro que la rodeaban, tres fueron fundidas y enviadas a la Alameda en forma de bancas. La única que sobrevive se halla a la entrada del Castillo de Chapultepec: es precisamente la puerta por la que se entra al gran patio, la puerta que cruzaron, de Maximiliano a Lázaro Cárdenas, una veintena de mandatarios (el Castillo dejó de ser residencia presidencial el 3 de febrero de 1939).

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A finales del siglo XVIII el Cabildo decidió embellecer el atrio de la Catedral. En un santiamén instaló en la banqueta ciento veinticinco pequeños postes unidos entre sí por elegantes cadenas de hierro. En ese sitio, bajo la copa de fresnos recién plantados, surgió uno de los puntos de reunión más deliciosos de la metrópoli, “un mundo de ensueño, de conversaciones románticas, de felicidad hurtada a los vaivenes políticos”: el Paseo de las Cadenas, un gran centro de sociabilidad informal al que la gente de tono acudía al caer la tarde para presenciar, entre otras cosas, el espectáculo de una sociedad orgullosa de sí misma.

En 1881 los postes fueron retirados y recluidos no se sabe dónde. Lo cierto es que más de un siglo después, en 1967, algunos de ellos fueron reutilizados en las obras de embellecimiento de la antigua plaza de Santa Catarina, en la esquina de Brasil y Nicaragua. Resulta extraño verlos: son los mismos que aparecen en las litografías, en centenares de fotos color sepia, aunque no columpian ahora a los aristócratas de los que hablaban, en el siglo XIX, las crónicas periodísticas, sino a la corte de indigentes que pululan por esos rumbos.

En 1897 el arquitecto francés Émile Bénard ganó el concurso que le dejaría construir el nuevo Palacio Legislativo, un suntuoso edificio que el gobierno porfiriano deseaba convertir en su máximo emblema. Bénard encomendó al brillante Jesús F. Contreras la fundición de un águila que iba a coronar la cúpula del recinto, y le compró al famoso escultor animalista francés Georges Gardet un par de leones, con los que pensaba adornar la magna escalinata del Palacio.

La Revolución mexicana truncó el sueño de Bénard. Del máximo emblema del porfiriato sólo quedó la cúpula, que no es otra cosa que nuestro actual Monumento a la Revolución. El águila fue embodegada; los leones escaparon del circo al que originalmente habían sido destinados, y desde 1921 custodian la entrada al Bosque de Chapultepec. En 1940 Luis Lelo de Larrea sacó de las sombras el águila esculpida por Contreras y la colocó en la cima de un adefesio conocido como Monumento a la Raza.

A principios del siglo XX el injustificable manoteo de un hombre ilustrado, el eminente secretario de Instrucción Pública Justo Sierra, provocó la demolición de la Real y Pontificia Universidad de México (uno de los tres edificios barrocos más bellos de la ciudad, según dictamen de Francisco de la Maza). El odio de Sierra por la antigua universidad católica —que en su opinión, durante trescientos años no había hecho otra cosa que “argüir y redargüir aparatosos ejercicios de gimnástica mental, en presencia de arzobispos y virreyes”— le llevó a confundir “las piedras con las ideas”.

La portada del salón general del edificio se salvó de milagro. Aquel tesoro del arte barroco, obra del arquitecto Ildefonso Iniesta Bejarano (autor de las fachadas de la Santa Veracruz, el Oratorio de San Felipe Neri y la iglesia de la Santísima, entre otras) fue desmontado y almacenado en una bodega. De ahí lo sacó en 1923 el extraordinario José Vasconcelos, quien lo mandó reconstruir y más tarde empotrar en la fachada del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo. Este gesto de Vasconcelos permitió que un eco del mundo colonial siguiera latiendo entre nosotros (las puertas de entrada de la Universidad fueron compradas por el University Club a un anticuario: hoy sirven como guardapolvos en una de las habitaciones de ese club).

En 1910, año en que el Reloj Chino fue colocado en el viejo paseo de Bucareli, una fuente diseñada por Manuel Tolsá, que se hallaba en ese sitio, salió desterrada hacia la remota plaza de Loreto. Es un alivio verla ahí porque, durante continuas y sucesivas mudanzas, los veleidosos Justo Sierra de la ciudad no sólo cambian de lugar los muebles. Por lo general, los tiran.

 


1856. Rameras corregidas

Hacia 1856, la dueña de una florería ubicada en una de las calles principales del Centro tuvo el mal tino de colocar, al frente de su tienda, un rótulo en el que se leía: “Madame Coussin, ramera de París”.

El geógrafo Antonio García Cubas, en aquellos años regidor de la capital, miró aquel despropósito y estuvo a punto de sufrir un soponcio (término simpatiquísimo que en el siglo XIX describía al infarto cerebral). En cuanto se recompuso, García Cubas tomó el lápiz del corrector y salió a la calle dispuesto a enmendar los barbarismos, las necedades, las faltas de ortografía que proliferaban en anuncios colocados, como se ha visto, incluso en las arterias más importantes. Iba a ser, desde luego, una guerra perdida, pero aquella fue el alba de una discusión que se mantiene hasta la fecha, entre publicidad e imagen urbana.

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García Cubas detalló, en un pasaje de El libro de mis recuerdos, cómo era el campo en que se llevó a cabo esa batalla. En la calle de Balvanera (nuestra actual Uruguay) había un fonducho que anunciaba sus servicios de este modo: “Se guisa de comer”. Tiendas situadas en esquina dividían sus anuncios, mitad hacia una calle y mitad hacia la otra, de manera que los caminantes podían hallar de pronto el siguiente disparate:

Buen remedio
es mejor
no tomarlo
ay

Era preciso doblar la esquina para captar el mensaje íntegro:

Buen remedio                para el pecho
es mejor                        que todos
no tomarlo                    si no es en
ay                                  unas

Los anuncios publicitarios fueron asaltando las calles de la ciudad de México desde principios del siglo XIX. En 1842, cuando ya eran parte del paisaje urbano, Guillermo Prieto comprendió que los letreros que decoraban las tiendas, los cafés y las peluquerías relataban historias asociadas con la vida de la urbe. Hablaban de las pretensiones, los sueños, las aspiraciones. Toda novedad, toda aflicción, cualquier acontecimiento dejaba una huella o un reflejo en los rótulos de las casas comerciales. El año en que una turba enloquecida saqueó y quemó El Parián (un almacén construido sobre la plancha del Zócalo, en el que se vendían perlas, sedas y zapatos, entre otros productos de importación), algún tendero deseoso de explotar económicamente el suceso cometió el autogol de llamar a su negocio: “Tienda del saqueo”. De acuerdo con Prieto, los clientes no solían sentirse muy confiados a la hora de trasponer el umbral.

Había en todo caso tantas “rameras de París” que corregir en la ciudad, que en 1856 un ciudadano encomiable, José Meza, pidió al Ayuntamiento que lo nombrara, sin retribución alguna, corrector de rótulos e inscripciones de los comercios urbanos. No existen más datos sobre las andanzas del primer corrector ortográfico de esa gigantesca edición de piedra que es la ciudad de México. Se puede suponer, sin embargo, que los esfuerzos de Meza terminaron por naufragar en el galimatías urbano, ya que trece años más tarde el Ayuntamiento se vio obligado a establecer un consejo de profesores al que encargó la tarea de supervisar que los letreros de los comercios estuvieran bien escritos.

En esos años la ciudad no era como un libro de piedra: amenazaba transformarse en una frívola revista de piedra, colmada de anuncios publicitarios. La creciente industrialización del país, a partir del porfiriato, ocasionó que las calles se poblaran de anuncios de cerveza, de polvos, de elíxires, de tónicos, de bromuros, de emulsiones. En todas partes surgían letreros que ofrecían cigarrillos, bicicletas, máquinas de escribir. “Barber chop”, se leía en la puerta de alguna peluquería.

Había comenzado la era de la publicidad, una dictadura más larga que la de Porfirio Díaz y Antonio López de Santa Anna juntos.

En 1871 un tal Simón López pidió al Ayuntamiento que le dejara colocar anuncios en los cuatro ángulos del Zócalo; un tal S. J. Nathans pidió autorización para fijar cartelones en todas las plazas públicas de la ciudad. En 1876 el empresario Epigmenio Barrera advirtió que los postes del alumbrado eran inmejorables para colgar letreros. No tardó en pedir el permiso correspondiente.

Quien revise el fondo “Ayuntamiento” del Archivo Histórico del Distrito Federal encontrará las huellas de una tromba: el tifón publicitario que en tiempos de don Porfirio baqueteó las calles de México. 1883: Labordie y Pinzón piden permiso para colocar en el techo de la Droguería Plateros (actual calle de Madero) el primer “espectacular” que hubo en la capital. 1885: Christens Jones hace trámites para instalar anuncios en todos los postes de teléfono. 1895: Alberto Heredia coloca los primeros rótulos de gas neón en comercios de la capital. 1896: José Gresco pide autorización para instalar anuncios luminosos… ¡en el techo del Palacio del Ayuntamiento!

Para 1923 la publicidad era el paisaje. Los poetas estridentistas hablaban de “fachadas parlantes” (muros que giraban órdenes, dictando los nuevos patrones de consumo), y en el texto fundador de la ciudad moderna, “El joven”, Salvador Novo prevenía que, para “leer” dicha ciudad era necesario leer también la cascada de anuncios que la ocultaban: Florsheim, Eveready, Tanlac.

Enrique Díaz, Nacho López, Manuel Ramos, Héctor García, los fotoperiodistas más encomiados del siglo XX, no sólo retrataron una metrópoli que se ha llevado el viento: en sus imágenes legendarias yace también el proceso hegemónico del anuncio sobre el horizonte cívico.

La “ramera de París” fue corregida, pero la imagen urbana perdió la discusión y Antonio García Cubas ha de maldecirnos desde la tumba.

 


1860. La leyenda de los túneles secretos

En la década de 1860 la Reforma exclaustró a las órdenes religiosas e innumerables conventos quedaron abandonados. Algunos se convirtieron en calles. Otros, en vecindades. Los obreros que demolían los muros de Santo Domingo, uno de los edificios religiosos más antiguos de la ciudad, encontraron trece momias emparedadas, en perfecto estado de conservación. Una de ellas era, al parecer, la del célebre fray Servando Teresa de Mier. Se le encontró con las ropas deshechas y largas madejas de cabello gris. Las momias fueron expuestas a la curiosidad pública y luego compradas por un empresario circense que las exhibió en Europa como “víctimas de los atroces crímenes de la Inquisición”.

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Como toda ciudad antigua, la de México suele seducir a sus habitantes cuando abre los baúles donde guarda historias no contadas: sus objetos perdidos. Todos se congregan entonces alrededor de la anciana aristócrata, para escucharla.

La soberana de los lagos tenía muchas historias que contar aquellos días. Los edificios centenarios a los que la piqueta de la Reforma iba convirtiendo en polvo mostraba por vez primera secretos escondidos por siglos. La prensa de la época hablaba de tesoros fabulosos que los encargados de la demolición hallaban en las tumbas de los frailes. Cálices y copones de oro. Santísimos Sacramentos repletos de esmeraldas y rubíes. Fortunas escondidas en las tumbas de las monjas.

Y también, de historias sobre túneles y pasadizos que conectaban, secretamente, la Catedral y las iglesias principales.

Había nacido una leyenda urbana que durante siglo y medio iba a seducir, con su promesa incumplida, a los habitantes de México.

En los primeros años del siglo pasado, un reportero de El Imparcial aseguró que había caminado “bajo el suelo de México”. En los años dorados de su ministerio, la década de 1930, un cronista de El Universal, Jacobo Dalevuelta, afirmó que había explorado una galería subterránea que partía del ex convento del Carmen. Su crónica causó revuelo en una ciudad en la que todos habían escuchado relatos asociados con túneles secretos: pasajes subterráneos que los poderosos del tiempo virreinal utilizaban “para huir expeditamente” —decía Dalevuelta— o “para moverse sin ser vistos”.

Aquellas crónicas comprobaban lo que todos sabían desde siempre: que bajo nuestros pies se hallaba una ciudad oculta, un húmedo y oscuro sistema de laberintos donde se habían gestado las historias predilectas de la tribu: leyendas sobre monjas, fetos y tesoros enterrados, torturas, crímenes y aparecidos. Ni la construcción del Metro, que entró a saco en el subsuelo de las principales calles del centro, ni los alarmantes niveles de hundimiento que la urbe registró en el siglo XX (hoy estamos diez metros por debajo del nivel en que caminaba la gente del porfiriato) lograron demoler el pedestal de cemento armado en que descansaron siglo y medio de “certezas”.

Tomo un taxi en Paseo de la Reforma. Al volante hay un chofer deseoso de platicar. No recuerdo cómo me embrolla. Sólo sé que la anciana aristócrata ha abierto el baúl y que el conductor me tiene fascinado con esta revelación: la línea 2 del Metro no termina, como todos creemos, en Cuatro Caminos. No. La línea 2 del Metro continúa hasta el Campo Militar, donde existe una estación secreta, pensada para movilizar al ejército hacia el centro, en caso de que ocurran disturbios. “Lógico —dice el taxista—, ¿usted cree que el gobierno no ha pensado cómo mover al ejército en horas pico?”.

Esa noche busco en Google “Misterios del Metro” y “Pasadizos subterráneos en la ciudad de México”. No sé si estoy en 1860, en 1930, o en la segunda década del siglo XXI. No lo sé: hay gente que asegura que existe una estación oculta —“una interestación”, le llaman— entre las estaciones Constituyentes y Auditorio, que sirve para salvaguardar, en caso de guerra, la integridad de la familia presidencial. Hay gente que asegura que en los centros comerciales de Santa Fe e Interlomas existen pasadizos “para que la gente VIP de la ciudad se pueda mover de un lugar a otro, sin ser reconocida, y sin peligro de ser secuestrada”. Hay incluso un internauta que confiesa: “El único túnel real y verdadero que existe en el DF corre del Palacio Nacional hasta Los Pinos y es por razones de seguridad nacional. No te diré nada al respecto, pero yo lo he recorrido”.

En ese mundo inquietante la Catedral se comunica con Santo Domingo, la Santísima y Santa Teresa. En ese mundo inquietante existe un túnel “en el que cabe un auto”, para que el presidente pueda ir del Palacio Nacional a San Lázaro. En ese mundo hay sectas oscuras que desde tiempos de la Colonia realizan misteriosos rituales en galerías soterradas a las que no ha tocado nunca la luz del sol. En ese mundo inquietante hay leyendas de frailes jesuitas que en la época de la Colonia se perdieron para siempre bajo la tierra en laberintos cuya ubicación fue protegida por votos de silencio.

Y hay, también, sacristanes, veladores, meseros de rancios restaurantes que afirman que alguna vez pudieron constatar dichos prodigios.

Apago la computadora con un escalofrío. La ciudad oculta me ha alcanzado. Esta noche parece más viva que la nuestra.

 


1915. La mano de Obregón

Una mañana de sábado de hace muchos años vi por primera vez la reliquia más insigne de la Revolución. Una mano engarrotada, amarillenta, con las uñas de los dedos bien cortadas, que flotaba en un frasco de formol. La mano que Álvaro Obregón perdió en Santa Ana del Conde, en 1915. Desde 1935 ocupaba el lugar de honor de un monumento dedicado al general, y erigido en el sitio en donde alguna vez estuvo el restaurante La Bombilla.

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Una amiga que me acompañaba aquel sábado a caminar por San Ángel, me hizo notar que la línea de la vida del general era bastante larga. Obregón murió, sin embargo, antes de cumplir 50 años.

Inquieta la relación del pueblo mexicano con los órganos, los miembros y las extremidades de sus próceres: la pierna de Santa Anna, la cabeza de Villa, la lengua de Belisario. La mano pulposa y desgarrada de Obregón —unas tiras de tejido que bajaban por el brazo le colgaban atrozmente— fue exhibida en aquel monumento durante 58 años, hasta que el gobierno de Salinas de Gortari tomó la decisión de incinerarla. En 1989 una urna que contenía las cenizas fue llevada a Huatabampo: ahora reposa junto a los restos del caudillo.

Que yo sepa, nadie se preguntó jamás dónde estuvo el brazo mutilado de Obregón entre 1915, en que fue arrebatado por una granada, y 1935, fecha en que reapareció para ser exhibido en el monumento que el arquitecto Enrique Aragón levantó para ese efecto. En Álvaro Obregón. Fuego y cenizas de la Revolución Mexicana el historiador Pedro Castro hace un relato digno de la pasión mexicana por los miembros de sus próceres.

Una granada villista dejó pendiendo como un hilacho el brazo derecho del general. El mayor Cecilio López se lo acabó de cercenar. Enfermeros de Sanidad Militar lo metieron en un frasco de formol. Era el 3 de julio de 1915. Obregón diría después que para encontrar el brazo entre la multitud de cuerpos caídos en batalla, uno de sus ayudantes sacó del bolsillo un azteca de oro y lo lanzó al aire: “Inmediatamente, el brazo se alzó del suelo y lo atrapó”.

El general Francisco R. Serrano, que en aquellos años aún era amigo de Obregón —una década más tarde sería asesinado en Huitzilac por órdenes del caudillo—, pidió que le entregaran la extremidad, “para conservarla como un recuerdo de aquella acción guerrera inolvidable”. Quienes tenían el brazo en su poder, se lo entregaron. Esa misma noche Serrano decidió correrse una parranda como las que narra Martín Luis Guzmán en La sombra del caudillo. Cuando volvió en sí, ya no estaba el brazo. Unas prostitutas se lo habían robado.

Obregón fue asesinado en La Bombilla por un supuesto caricaturista que se acercó a mostrarle sus dibujos. En algún momento del lustro que siguió, el brazo apareció en un burdel de la avenida de los Insurgentes. El primer nicho donde se le exhibió estuvo en la sala principal de aquel negocio. Los parroquianos que llegaban al prostíbulo lo miraban a veces con burla, a veces con asco. Castro relata que durante una francachela encabezada por el general Eugenio Martínez, otro enérgico obregonista que terminó perseguido por el grupo sonorense, “algún chistoso extrajo el brazo amputado de su depósito y, en juego macabro, lo hizo circular de mesa en mesa”.

El médico de cabecera de Obregón —Enrique Osornio— también lo encontró en aquel lugar y decidió rescatarlo. Salió del burdel cargando el frasco y se lo entregó a uno de los “viudos” del general, su ex secretario particular, Aarón Sáenz. Sáenz era entonces regente de la ciudad de México. Se encargó de convencer al presidente Cárdenas de que había llegado la hora de levantar un monumento dedicado al Manco de Celaya. La idea fue tan bien recibida que incluso se decidió colocar allí el lúgubre frasco.

La inauguración ocurrió en julio de 1935, veinte años después del granadazo. El doctor Osornio y el propio Aarón Sáenz bajaron de un auto, sacaron el famoso frasco de una bolsa de papel que tenía impreso el anuncio “Ultramarinos La Sevillana”, y con gesto muy solemne —parecía que estaban depositando el cuerpo mismo del caudillo— colocaron el brazo mutilado en el nicho principal del monumento. Además de unos versos del gran tribuno Jesús Urueta, se inscribió esta frase:

Paladín de las instituciones,
Abatió el pretorianismo.
Su genio militar lo elevó
hasta las cimas insuperables
que en la América nuestra
sólo alcanzaron Morelos y Bolívar.

¿Dije que el pueblo mexicano tiene una extraña relación con los miembros de sus próceres? Desde que se llevaron el brazo para incinerarlo, casi nadie visita el monumento dedicado a la sombra del caudillo.

 


1946. La calavera de Hernán Cortés

Lucas Alamán murió en 1853 sin revelar el enigma que había atormentado a los historiadores de su tiempo. ¿En dónde estaban los huesos de Hernán Cortés? La osamenta del conquistador se hallaba perdida desde 1836. José María Luis Mora propaló la versión de que alguien los había sacado del país en secreto. Joaquín García Icazbalceta relató que cada que le preguntaban por el paradero de los restos, Alamán cambiaba de conversación con cualquier pretexto. En 1920 los huesos seguían sin aparecer. Carlos Pereyra aseguró en 1920 que la renuencia de Alamán a abordar el tema se debía con seguridad a la existencia de un pacto secreto.

Cortés murió en Sevilla en 1547. En el mausoleo que se le destinó, su hijo Martín hizo grabar este epitafio, bello y sombrío:

Padre cuya suerte impropiamente
Aqueste bajo mundo poseía
Valor que nuestra edad enriquecía,
Descansa ahora en paz, eternamente.

Pero Hernán Cortés no tuvo paz ni antes ni después de su muerte. En el testamento que redactó apenas dos meses antes del fin, ordenó que sus restos fueran devueltos a la Nueva España y sepultados en un convento que a costa suya, y antes de un plazo de diez años, debía ser construido en Coyoacán. Sus deudos lo sepultaron en el monasterio de San Isidoro del Campo, en Sevilla; alegando “necesidades de espacio” sacaron los restos tres años más tarde, para depositarlos en el altar de Santa Catarina. La última voluntad del conquistador tardó quince años en ser cumplida. Volaba el año de 1566, cuando zarpó la nave encargada de transportar el ataúd al reino que don Hernando había conquistado. El convento de Coyoacán no pasó de ser una quimera: la cláusula más olvidada del testamento. Al llegar a tierra, los restos fueron conducidos a la iglesia de San Francisco de Texcoco, en donde, ¡séale la tierra leve!, yacían los restos de la madre del conquistador, doña Catalina Pizarro.

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Terminó el siglo XVI, se cumplió el primer centenario de la Conquista, y al poco tiempo, 1629, murió el último descendiente de Cortés en línea masculina: Pedro Cortés, cuarto marqués del Valle. Don Pedro fue sepultado con pompa en el templo de San Francisco. El virrey de Guadalcázar mandó que los restos de su ilustre antepasado fueran a reposar al sitio en que “tomó descanso el último de sus herederos varones”. En un sepelio majestuoso, en el que unos trescientos frailes marcharon en procesión por el Empedradillo (desde el actual Monte de Piedad, donde estuvieron las casas de Cortés), la urna forrada de terciopelo, en la que había sido depositada la osamenta “del famoso campeón e invencible Hércules de Extremadura”, fue colocada, primero, en un pequeño nicho del Sagrario y años más tarde “debajo del altar mayor”. La llave que abría esa urna pasó de mano en mano durante 165 años entre los frailes sacristanes del convento de San Francisco; en 1763, el padre Francisco de Ajofrín tuvo la calavera entre las manos. Escribió en el diario de sus viajes que en la urna se leía, en letras doradas:

Ferdinandi Cortes osa servantur hic famosa

Llega 1790. Revillagigedo ordena que los restos sean llevados al templo del Hospital de Jesús —que el propio Cortés fundó en los años inmediatos a la Conquista— para que ocupen el “magnífico sepulcro” que han diseñado José del Mazo y Manuel Tolsá. La ceremonia es solemne y suntuosa. La osamenta es envuelta en una sábana de Cambray bordada de seda negra. Ha llegado a su sexto sitio de reposo: el que, según todo lo indica, será su última sepultura.

Pero no es así. No fue así. En 1823, huesos más ilustres llegan a la ciudad de México para ser honrados en la Catedral Metropolitana. Son los restos de Hidalgo, de Morelos, de media docena de insurgentes. La visión de aquellas osamentas sagradas desata el fervor nacionalista. Por la ciudad circulan impresos que incitan al populacho a extraer los huesos de Cortés e incinerarlos en donde antiguamente estuvo el “quemadero” de San Lázaro, una de las plazas donde el Santo Oficio ejercía, en la persona de las brujas, los sométicos y los judaizantes, su ministerio terrible.

La víspera del 16 de septiembre todo pareció indicar que la profanación era inminente. Lucas Alamán, que un año más tarde iba a impedir que la furia nacionalista fundiera la estatua ecuestre de Carlos IV, ingresó al templo en secreto y cambió los huesos a un lugar donde no se les encontrara. Para burlar la vehemencia nacionalista, desmontó los mármoles del sepulcro, que alguien robó poco después, e hizo que un busto de Cortés que Manuel Tolsá había esculpido fuera llevado a Italia. Incluso el “pontífice de los deturpadores de Cortés”, el intelectual liberal José María Luis Mora, creyó que los restos habían salido de México.

Alamán no dijo a nadie dónde se encontraba la osamenta, pero reveló su ubicación en un documento fechado en 1836. Ese documento llegó a manos de la embajada española una vez que las relaciones México-España se restablecieron. La embajada mantuvo la información oculta durante un siglo.

El 11 de noviembre de 1946 el historiador del arte novohispano Francisco de la Maza asistió a una misteriosa reunión a la que lo habían convocado un refugiado español (Fernando Baeza) y un becario cubano de El Colegio de México (Manuel Moreno). Estos personajes le informaron que tenían en su poder la carta que respondía la pregunta que los historiadores se hacían desde el siglo Xix.

Dos años antes, José C. Valadés había buscado la tumba sin éxito alguno. Corría la leyenda de que en 1919 también el capellán del Templo de Jesús se había empeñado en encontrarla, y que lo hizo en forma tan obsesiva que terminó recluido en un manicomio.

De la Maza constató la autenticidad del documento que le mostraban. Era el mismo que Alamán había redactado poco después de esconder los restos. Con el auxilio del historiador Alberto María Carreño, De la Maza obtuvo autorización del secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, para llevar a cabo una nueva búsqueda.

Al amanecer del domingo 24 de noviembre de 1946, los dos historiadores, acompañados por Manuel Moreno, Fernando Baeza y un conjunto de notables, entre los que estaban Manuel Toussaint, Manuel Romero de Terreros y un bisnieto de Alamán, penetraron en el templo. Carreño dio el primer barretazo. Al caer la tarde, tras una doble hilera de ladrillos, apareció un catafalco: el catafalco que había torturado la imaginación de generaciones enteras. Según la crónica publicada en esos días por El Universal, quienes deambulaban aquel domingo por las inmediaciones de Pino Suárez y República de El Salvador pudieron presenciar el momento insólito en el que cuatro historiadores salieron del templo cargando un ataúd y marcharon por la calle a tropezones, hacia la cercana oficina del director del Hospital de Jesús.

En ese sitio abrieron el catafalco. Los huesos se hallaban dentro de una caja de plomo; el cráneo descansaba en una urna de cristal. El bisnieto de Alamán —no a otra cosa había venido— entregó a De la Maza una llave de oro que había pasado en secreto de padres a hijos. Servía para abrir la cerradura de la urna de vidrio.

Hubo ese instante de expectación del que hablan las novelas. Los restos aparecieron envueltos en un rico pañuelo con galones de oro.

Al momento de su muerte, el “Invencible Hércules de Extremadura” era un viejecillo al que sólo le quedaba el colmillo superior izquierdo.

Al día siguiente, al término de un acto oficial, el secretario Torres Bodet subió al automóvil del presidente Manuel Ávila Camacho y le informó del hallazgo. Le dijo también que los historiadores deseaban rendir homenaje a los restos del conquistador. Ávila Camacho respingó. Un homenaje, dijo, sólo iba a servir para azuzar “una vieja discordia histórica, estéril, interminable”. Ordenó que el INAH realizara la autentificación de los restos y volviera a enterrar los huesos en el mismo sitio.

El informe de antropología forense mostró que el esqueleto estaba surcado por diversas huellas de lesiones patológicas. Cortés tenía el tabique nasal desviado y severas contusiones en omóplatos, fémures, tibias y peronés: las huellas de la Conquista. Su osamenta se hallaba marcada, además, por diversos procesos infecciosos. Había padecido tifoideas y disenterías. Al llegar la muerte, la mayor parte de sus huesos estaban arqueados e hipertrofiados.

La tumba volvió a cerrarse. Nadie celebró el hallazgo de esos huesos que llevaban años perdidos. El único homenaje que se les permitió: una placa que enmarcaba las dos fechas:

Hernán Cortés
1485-1547

 


1985. El sismo que se llevó una ciudad

En la ciudad de México ha temblado desde siempre, pero cada temblor llega como si fuera el primero. A fines del siglo XVII hubo un terremoto que según el cronista Antonio de Robles duró tres credos: aquello debió ser el pandemonium, si se toma en cuenta que rezar el credo lleva alrededor de un minuto. Y sin embargo, cuando volvió a llegar un movimiento telúrico de importancia, ya nadie recordaba los efectos del terremoto anterior.

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Concepción Lombardo de Miramón cuenta en sus Memorias la llegada del terremoto de abril de 1845, que durante mucho tiempo fue considerado el peor en la historia de la ciudad. Edificios, torres, cúpulas: lo que no se vino abajo se dobló o resquebrajó.

Aquel terremoto provocó la instalación, en una plaza de la ciudad, del que fue tal vez el primer campamento de damnificados. Pero en términos generales, sufrir un sismo y después olvidarlo ha sido la historia de la capital. El terremoto de 1845 había sido olvidado cuando ocurrió el terremoto de 1911, conocido como “el temblor maderista” porque sucedió el mismo día en que el caudillo triunfante, Francisco I. Madero, llegaba a la ciudad en la que dos años más tarde sería asesinado.

Como la ciudad se empeña en olvidar sus tragedias, los diarios señalaron que el temblor de 1911 había sido el peor en la historia de la urbe. Tranquilo no estuvo: los derrumbes mataron a cientos de personas, y muchas otras quedaron atrapadas entre los escombros. La destrucción, el horror, la mortandad se extendieron sobre todo por San Cosme, Tepito, Santa María la Ribera y las calles comprendidas entre avenida Juárez y avenida Chapultepec: Revillagigedo, Victoria, Ayuntamiento.

En uno de los hechos, eso sí, más delirantes que se registran en la historia de la metrópoli, los mismos que lloraban a las seis de la mañana por el temblor fueron los mismos que a la una de la tarde vitorearon a Madero en Reforma, Juárez, San Francisco y Plateros.

Todo aquello se había olvidado en 1957, cuando una noche de sábado llegó el terremoto que derrumbó el Ángel. Unas personas que salían de una fiesta relataron a La Prensa el momento inolvidable en que la Victoria Alada de Enrique Alciati se desplomó, dejando sobre la base de la columna, sobre el césped y sobre el pavimento de Reforma, trozos de oro que brillaban a la luz de los faroles. Fue el horror. Cientos de edificios resultaron dañados, todas las construcciones del llamado Primer Cuadro perdieron los vidrios, y la radio relató, por vez primera, minuto a minuto, la tragedia de la gente que había quedado sepultada, el hallazgo macabro de cadáveres bajo toneladas de escombro.

Así nos sorprendió veintiocho años más tarde, como si fuera el primero, el terremoto del 19 de septiembre: el sismo que se llevó una ciudad. En 1985 era lo suficientemente joven como para que dieran las 7:19 y yo siguiera en la cama. Hacía cosa de un año había comenzado a dar clases de literatura en una prepa de la colonia Roma. La Roma se había convertido desde entonces en mi segunda casa; me pasaba el tiempo en sus cafés, sus fondas, sus taquerías, sus bares —y cuando llegaba el caso, en sus hoteles: el Milán, el Roma, el Monarca.

Aquel jueves tenía libre la mañana. Me había quedado de ver con un amigo, no sé si a las dos o a las tres de la tarde, en el Vips del Metro Insurgentes, para tomar café. En aquellos años tomábamos café hasta quedar al borde del llanto. No fue la sacudida la que me expulsó de la cama, sino los gritos destemplados de mi hermana. Había comenzado el terremoto que arrancó de cuajo manzanas enteras y se llevó, no sé, lo hemos repetido tanto, el mundo antiguo: el Hotel Regis, el Centro Médico, el Hotel del Prado, el Superleche, los multifamiliares Miguel Alemán, el edificio Nuevo León, varias secretarías y otros edificios de gobierno, un millar de construcciones de Tlatelolco, la Roma, la Juárez, Tepito, la Guerrero, el Centro.

En 1985 era también lo suficientemente inconsciente como para volver a meterme en la cama después del temblor. Se había ido la luz. Así que no había tele ni radio. Mi madre alcanzó a llamarnos y nos dijo que había visto caer un edificio. No le creímos, porque ella tiene un sentido dramático que le hace siempre exagerar las cosas. Después de su llamada nos quedamos también sin teléfono.

Me puse a leer una novela, aislado en la burbuja de la casa familiar. Unas horas más tarde, uno de mis tíos tocó la puerta y nos describió, no el último libro de la Biblia, pero sí algo semejante a él. El Apocalipsis. “La ciudad está paralizada. Hay derrumbes por todos lados”, nos dijo.

Tomé una bicicleta. Aquel tío me dio la encomienda de ir a las casas de todos y cada uno de mis familiares para constatar si estaban bien. Comencé a pedalear. Creo que lo primero que vi fue el inmenso titular de la edición vespertina de Ovaciones. Su elocuencia era aterradora. Decía, simplemente: “¡Oh, Dios!”.

No he olvidado aquel día. Durante muchos años lo recordé diariamente. Durante muchos meses me fui a dormir con la luz encendida, para poder ver si la lámpara del techo se mecía. Nadie en la ciudad estaba listo para ver lo que vimos. Robo la frase de un amigo: era como si la ciudad entera se hubiera suicidado.

Pedaleé de aquí a allá durante ocho o nueve horas. De San Cosme a la Juárez, de la Juárez a la Roma, de la Roma al Centro, del Centro a Coyuya, de Coyuya a la Anzures. No voy a decir nada de eso. Pero hubo un momento en el que no supe dónde estaba, porque todos los referentes cotidianos habían desaparecido.

Oí gritos bajo unas piedras en Álvaro Obregón, y vi una foto de boda que emergía entre unos escombros. Pasé junto el edificio derrumbado donde vivía un amigo: él también había sido lo suficientemente joven como para seguir en la cama a las 7:19, pero a diferencia mía, no supo nunca lo que ocurrió: no pasó los 28 años siguientes con todo aquello metido en el sótano de la memoria.

Volví a mi casa en San Cosme, sirenas, tráfico, olor a gas. Pasaban de las nueve de la noche. En Reforma, parado en una esquina, estaba Octavio Paz. Pasé como una ráfaga, pero no he olvidado sus ojos. Me explicaron todo. Ahí estaba la tragedia, la muerte, el horror.

 


2011. “Pajarito, pajarito…”

Cierto trámite que no viene a cuento detallar me condujo a las puertas de un estudio fotográfico de la colonia Roma. En la sala de espera, un muestrario cubierto de polvo mostraba las fisonomías airosas de medio centenar de retratados. La mayor parte exhibía copetes, solapas y corbatas que estuvieron de moda a fines de los setenta. Vi muchachas enigmáticas, a las que el tiempo habrá constituido, acaso, en seres entrados en años y en carnes. Aparecían adultos mayores, que muy probablemente hoy gocen de la paz de los sepulcros, y niños rubios, morenos, flacos o regordetes, que no parecían anunciar el desarrollo de alguna biografía despampanante.

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Sentí que había ingresado en un templo del pasado. El reducto de otra vida, de otro tiempo, cuyas puertas sólo se entreabrían mediante la formulación de frases cabalísticas: “seis fotos tamaño mignon”, “dos fotografías tamaño infantil”, “de frente”, “de perfil”, “de tres cuartos”.

Mientras un maestro de bata desvaída colocaba sus luces y montaba las placas, comprendí que asistía a un rito terminal. El fin del Photo Studio.

Afuera, la ciudad se hallaba invadida por dispositivos, artilugios, aditamentos: cámaras metidas en teléfonos del tamaño de una cajetilla de cigarros; el ejército de maravillas de la era digital. Pero adentro, entre los grandilocuentes escenarios falsos del estudio, el fantasma de mis padres y mis abuelos ensayaba poses: ahí flotaba algo que convertía a la gente en objeto de culto de un altar doméstico.

En la segunda mitad del siglo XIX, Maximiliano de Habsburgo introdujo en México la pasión por el retrato. En la capital existían estudios fotográficos desde que Jean Prelier abrió el primero en el número 9 de la distinguida calle de Plateros; en tiempos de Santa Anna la fotografía había servido para que el Estado hiciera un catálogo de reos: el álbum de familia de la sociedad patibularia; ir a retratarse, como ir al dentista, acudir a un abogado o encaminarse a la tumba, era una de esas cosas que tarde o temprano uno tenía que hacer en la vida. Pero la fiebre que se vivió en el Segundo Imperio no tenía precedentes. Fijar en un trozo de cartón “la majestad de los rasgos”, más que en una moda, se convirtió en la carta de naturalización de la vida en sociedad, el acta de matrimonio entre el individuo y el siglo que lo cobijaba. Imitando los usos de la corte, todo mundo comenzó a llevar en el bolsillo de la levita, y en el caso de las mujeres, en la pequeña, iridiscente bolsa de mano, un mazo de tarjetas de visita en las que, además del nombre, aparecía la efigie del propietario. La ciudad se vio inundada por aquellas tarjetitas en las que se manifestaban señores de aire aristocrático y bigote alacranado, y evanescentes damas que apoyaban la mano en una columna rota.

Años después de la caída de Maximiliano, Ángel de Campo se burlaba en El Imparcial porque sus contemporáneos, aun aquellos cuyo aspecto debía obligarlos a llevar una existencia más modesta, seguían contando al menos “con tres ejemplares de su apariencia corporal: uno de busto, otro de cuerpo entero, y el restante en tropel”.

“El retrato —escribía— es hoy una cosa tan común, como las faltas que comete la policía”.

Durante el porfiriato funcionaron en la capital más de veinte locales dedicados al retrato. Los más señalados —digamos, el legendario estudio de los hermanos Valleto, en la segunda calle de San Francisco número 2— poseían recibidores, salones amueblados, catálogos de poses y elegantes vestidores en los que los clientes podían mudar de traje.

En Fuga mexicana, un libro clásico sobre la historia de la fotografía en México, Olivier Debroise relata que en aquellos estudios, algo parecidos a los teatros, el maestro fotógrafo fungía como director de escena: sugería posturas, componía detalles, arreglaba con los dedos la cabellera de sus modelos. De aquellos establecimientos procede la tradición que ordena a los fotógrafos exponer en una vitrina, o a las puertas mismas de su negocio, los frutos de su arte. A Micrós le gustaba burlarse porque no era raro encontrar en aquellas antologías de la fisonomía mexicana a charros empistolados posando en un salón estilo Luis XV, y a mujeres gordas que seguían, con las manos juntas, el vuelo de una tórtola.

En aquella edad perdida, un fotógrafo extranjero, Rodolfo Jacobi, hizo traer de Europa un contingente de artistas del retoque, a los que encargó la tarea de fotoshopear, como decimos hoy, las imágenes que él obtenía. El trabajo de los retocadores consistía en adelgazar las cejas, afilar la nariz, borrar de la superficie facial todo rastro de granos, barros y protuberancias. “Mejorar” el original fue un éxito paralelo de la fotografía.

En 1901 la American Photo Supply comercializó las primeras cámaras portátiles y desató una suerte de democratización de la imagen —el antecedente más remoto de Instagram— que llevó a los estudios a perder el lugar preponderante que habían ocupado en el mundo de la representación mecánica. Ya no era necesario acudir a un estudio en busca del espejo de uno mismo. “Apriete el botón, nosotros hacemos lo demás”, rezaban los anuncios publicitarios que inundaban los diarios, las revistas, la ciudad.

Los fotógrafos se vieron obligados a recorrer las calles en pos de nuevas clientelas. Deambularon por la urbe, cargando sobre la espalda sus útiles de trabajo. Una crónica de El Imparcial los retrata en el instante de asomarse a las vecindades para gritar, con la misma tonada de los compradores de ropa usada:

—¡Personas que retrataaaaar!

La reproducción industrial de la fisonomía quedaba, por primera vez, al alcance de todas las fortunas. Otra vez De Campo: “Por sólo unos reales —escribió— ‘salen’ el perro consentido, el loro enjaulado ¡y hasta un niño muerto vestido de San José!”.

La irrupción de la cámara Kodacolor, entre los años cincuenta y sesenta, selló el destino del Photo Studio como bastión de la fotografía oficial (pasaportes, cartillas, títulos, certificados) y oficina de registro de acontecimientos únicos (bodas, bautizos, XV años). Como todo lo que desplazan las “nuevas tecnologías”, los viejos estudios se volvieron vestigios del mundo del pasado. En las salas y los pasillos de las casas mexicanas dejaron, sin embargo, memorias y genealogías. Álbumes familiares: “emanaciones de lo ausente”.

“¡Pajarito, pajarito!”.

Hay una voz que se ha llevado el viento.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

 

10 comentarios en “La ciudad que nos inventa

  1. Muy altos y muy poderosos, Excelentísimos Escritores el edificio de correos aún continúa enviando correspondencia y tiene servicio de paquetería, se les olvida que en México hay una buena cantidad de personas que no tienen acceso a internet, el celular es caro y el teléfono no es suficiente.
    También todavía se puede enviar una postal de la moderna ciudad de México. Creo que ustedes viven en otro siglo. Ya los alcanzo el futuro!

  2. Excelente recuento histórico de la vida de la capital y de nuestro país

  3. Excelente trabajo en el que la ciudad se vuelve viva con los sucesos del dia a dia y gracias x compartir, felicidades.

  4. Excelente trabajo de investigación la Ciudad de México vive, me toco el temblor de 1985, gracias por compartir. Veo su programa el foco, felicidades

  5. Excelente relato, me transporte a aquellos tiempos, ahora nostalgia por aquello que no esta, pero la historia sigue y alguien en su momento recordara lo que para nosotros es presente …

  6. De verdad que todos y cada uno de los mexicanos deberíamos de tener acceso esta maravillosa revista, la cual no parece serlo, y digo que no parece porque mas bien es un compendio literatura e información honesta y brillante que procura hacer conciencia de los mas destacado que ha sucedido y sucede en nuestro país. Además es guía magnífica donde encontrar los mejores libros para saciarse de cultura. Por último, aprecio muchísimo las plumas que aquí escriben, demostrando un gran valor civil, tan escaso en estos días. Publicaciones como esta, sin duda contribuyen a un mejor México.

    • Estimado Rafael,

      De parte de la redacción de nexos, agradecemos muchos sus comentarios.

      Reciba un afectuoso saludo.

  7. El terremoto de 1985 dejo en ruinas el Multifamiliar Benito Juarez, frente al Centro Médico; pues el Multifamiliar Miguel Alemán aun se encuentra casi intacto en la Colonia del Valle, ambos fueron diseñados y construidos por el Arq. Mario Pani y la Constructora ICA propiedad del insigne Ing. Bernardo Quintana