Son cuatro miradas sobre México. De una poeta sudamericana, de un matrimonio de pintores norteamericanos, y de una escritora inglesa nacida en Berlín, hija de un aristócrata alemán y una inglesa bohemia. Son cuatro miradas a cual más distinta, que en el caso concreto del matrimonio revela diferencias sustanciales de percepción y enjuiciamiento de lo que ven, es más, revela que ese matrimonio sólo funciona gracias a la admirable paciencia de ella y a su personalidad, harto más atractiva que la del cascarrabias de su marido.

Nadie debe sentirse herido por lo que hay de negativo en algunas observaciones. Posiblemente se podrían homologar con las que harían cuatro mexicanos que recorriesen Inglaterra, Alemania, Estados Unidos y/o Chile. El tejido de los prejuicios es tan universal como la lana… pero con ella se pueden tejer ásperos paños y sedosas cachemiras. Y de ello es de lo que aquí se trata.

 

Gabriela Mistral. Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, que así se llamaba en el siglo la que conocemos como Gabriela Mistral, estuvo al menos dos veces en México, ambas documentadas en sus “recados”, como ella solía rotularlos.

Viajó a México por primera vez en 1922, invitada por José Ingenieros, entonces secretario de Educación del presidente Álvaro Obregón. Invitada para poner por la obra sus ideas bastante revolucionarias en materia escolar y que habían suscitado rechazo en su país natal. Se quedó casi dos años, siendo tarea ingente la que desarrolló en la reforma educativa del país, y no siendo poco el reconocimiento que le fue dispensado; al año de llegar ya se inauguró una estatua suya en México. Y no sólo eso sino que en ese mismo 1923 el departamento editorial de la Secretaría de Educación le publicó su segundo libro, Lecturas para mujeres. Destinadas a la enseñanza del lenguaje, con prólogo de Palma Guillén, su amiga entrañable, quien durante la presidencia de Lázaro Cárdenas llegaría a ser luego la primera embajadora de México.

01-viajeros-01

De esa estadía mexicana, en el volumen Gabriela anda por el mundo (Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1978), que recoge sus impresiones de viaje por las dos Américas y Europa, nos llegan dos estampas, “Silueta de la india mexicana” y “Las grutas de Cacahuamilpa”, ambas fechadas en agosto de 1923. Y de la primera de ellas selecciono unos párrafos que, sin más, podrían funcionar como un poema en prosa:

Hay dos siluetas femeninas que son forma de corolas: la silueta ancha, hecha por la falda de grandes pliegues y la blusa abullonada: es la forma de la rosa abierta; la otra se hace con la falda recta y la blusa simple: es la forma del jazmín, en que domina el peciolo largo. La india casi siempre tiene esa silueta afinada.

Camina y camina, de la sierra de Puebla o de la huerta de Uruapán, hacia las ciudades; va con los pies desnudos, unos pies pequeños que no se han deformado con las marchas. (Para el azteca, el pie grande era signo de raza bárbara.)

Camina cubierta bajo la lluvia, y en el día despejado, con las trenzas lozanas y obscuras en la luz, atadas en lo alto. A veces se hace, con lanas de color, un glorioso penacho de guacamaya.

Se detiene en medio del campo, y yo la miro. No es el ánfora: es el vaso, un dorado vaso de Guadalajara, con la mejilla bien lamida por la llama del horno —por el sol mexicano.

A su lado suele caminar el indio; la sombra del sombrero inmenso cae sobre el hombro de la mujer, y la blancura de su traje es un relámpago sobre el campo. Van silenciosos, por el paisaje lleno de recogimiento; cruzan de tarde en tarde una palabra, de la que percibo la dulzura, sin comprender el sentido.

 

Hay un segundo paso —no he podido averiguar si largo o breve— de Gabriela por México, en 1944, un año antes de su consagración universal con el Premio Nobel, el primero que obtiene un latinoamericano, uno que es, sintomáticamente, una: una mujer. Fechado en julio del 44 nos queda su “Recado sobre Michoacán”, también incluido en el libro mencionado más arriba:

Michoacán se halla en el sartal de lugares magistrales del globo, y es en él cuenta de fuego, como el guayruro. El estado mexicano de la gracia, lacustre y folklórica, comienza por no ser calenturiento como Tehuantepec ni frígido como la yacija del Tarahumara; Michoacán no delira ni se empala, no vive congestionado aunque produzca la caña y aunque le hayan caído en suerte los primeros plátanos que acarreó don Vasco de Quiroga.

La región galanea ondulada de sierra baja, de cuchillas y de colinas, y brilla laqueada de cafetal, mata luminosa de tan barnizada que es; como la hembra amorosa y un poco envalentonada de su hermosura, Michoacán tiene la relumbre del agua hacia todos los lados para que mejor que le sobren que le falten espejos.

Esta vez los espejos aventajan en renombre a la dueña misma: mas [sic] se dice “Lago de Pátzcuaro” o “Cascada de la Tzaráracua” (“cedazo” en idioma tarasco) que Michoacán. Por esta liberalidad del agua será tan aseado el indio tarasco que, si no huele a café, en los días del tueste, no huele a nada.

 

Hablando luego de los dones de la casta del lugar, no se muerde la lengua al declarar expresis verbis sus simpatías políticas: “La séptima honra michoacana la puso la aldea de Jiquilpán, donde nació el mayoral agrario Lázaro Cárdenas, tajador y parcelador del latifundio. Michoacán enfrenta a su mestizo con el zapoteca Juárez, porque si éste salvó a México de volverse galo-alemán, aquél salvó la revolución de veinte años de quedarse en la mano india vuelta polvo y ceniza. (Las revoluciones criollas acaban en granjería y logro de la clase media.)

Y al final del texto el elogio de la hospitalidad y la cocina:

Yo dormí en tantas casas que no puedo contarlas; comí en las mesas más dispares, los guisos de las más varias cocinas: comí en tarasco y en zapoteca, en yaqui y en otomí. El común denominador de estas cocinas lo ponían las especias, las incontables hierbas de olor, el ají guerrillero de la lengua, el maíz abrahámico, dividido en doce tribus de sabor y color; pero de una a la otra región, el México imponderable (título del bello libro-clave de R. H. Valle) que es maestro en el arte de matizar para diferenciar, logra dar novedad a sus materias y desorienta de tal modo con los trucos culinarios que cualquier “carnita” puede parecer venado y la perdiz faisán. Con todas sus bayas y sus cereales y sus bestezuelas finas me agasajaron e hicieron de mí por el recorrido de mesas, de costumbres y de vínculos inefables, la curiosa industria chileno–mexitli que me volví… ¡Ay, pero no sabía devolver el agasajo! Yo era una mujer de australidad, fría, lenta y opaca. Mucho más tarde les respondería con la tonada del sur y la cara vuelta hacia sus ternuras y a sus generosidades.

 

Josephine y Edward Hopper. En el caso de estos dos pintores estadunidenses tengo que recurrir a la monumental monografía de Gail Levin, Edward Hopper. An Intimate Biography, casi 800 páginas sin contar los índices, la relación de las fuentes y los catálogos de las pinturas; un auténtico estándar para todo lo que se refiere a la vida y la obra de E.H., y también las de su esposa: apareció en 1995, editada por Alfred A. Knopf Inc., Nueva York, y los datos que siguen están íntegramente tomados de ella.

El primero de los viajes a México de Hopper y Josephine Verstille Nivison, asimismo su musa, su única modelo, tiene lugar en 1943; Hopper cuenta 61 años, Jo 60. Vaya por delante que ella también es pintora, y sacrificó su carrera en aras de la de su marido; y que siendo estudiante se desempeñó como actriz en el cuadro teatral de su escuela, el Normal College of the City of New York, donde aprendió unas habilidades histriónicas que iban a serle muy útiles, como veremos.

La pareja parte en tren, desde la Pennsylvania Station neoyorquina el 26 de junio, y llega a la ciudad de México el 3 de julio. Se aloja en el Hotel Ritz. Dos días más tarde, ella le escribe a un amigo común: “Nos acostumbramos lentamente. Ciudad de México es mucho más cara que N.Y.C., por lo menos hasta que uno se orienta. […] Este es un país para desesperarse. […] México significa un castigo para el espíritu. Por la cosa más nimia te hacen esperar hasta que te vuelves loco. Te traen la mantequilla, pero no el pan. El café se enfría mientras esperas que traigan la crema… La sal para la carne llega con el postre… si es que llega. […] Casi nadie habla inglés, pero vamos saliendo adelante. Un par de ellos son lo bastante espabilados para entender mis pantomimas. Ed se mantiene aparte y deja que yo me comporte como un mono, pero al final nos sirven lo que deseamos y todos nos damos la mano y todos se han divertido. Pueden ser muy estimulantes estos mexicanos”.

01-viajeros-02

Más tarde encuentran una amiga de Chicago dispuesta a enseñarles las atracciones de la ciudad “pero E.H. estaba intranquilo, tan sólo quería marcharse. No quería viajar en los buses de acá porque, para decir lo menos, temía contraer la viruela. Odiaba los mercados, los cestos eran un clavo en su ataúd, la plata sólo cachivaches”. Pese a lo cual visitan la basílica de Guadalupe, los jardines de Xochimilco, el convento de San Agustín Acolman y, como no podía ser menos, las pirámides. Años después, Hopper se acordaba de algunas obras vistas y dijo que admiraba a Orozco. Pero al preguntarle si el pintor mexicano le parecía importante, respondió: “Quizá, no lo sé”. Y en México mismo, cuando su amiga Helen Hayes, de paso a su casa de Cuernavaca, los invita a ir allá, E.H. lo rechaza diciendo que Cuernavaca es “una maldita colonia de artistas”.

De nuevo Jo al mismo amigo de antes: “A finales de julio abandonamos ciudad de México y desde entonces estamos en Saltillo. Tiene un clima agradable y se encuentra rodeada de colinas interesantes. Sin auto es bastante difícil acercarse a ellas o bien emprender cualquier cosa, pero a pesar de todo he pintado varias acuarelas. […] Hace demasiado calor como para pintar al aire libre. Nunca se debería venir a México sin el auto”. Al principio hay un rechazo casi resuelto de lo que les rodea en Saltillo, pero poco a poco el país los va ganando, al menos a Jo: “Edward no está nada entusiasmado con México. Demasiado ruido. Suciedad y ruido, pero hasta ahora no hemos visto demasiada suciedad. Yo estoy embelesada con los colores y el encanto de la gente. Basta con tratar con cierta amabilidad a las viejas mujeres con sus paños negros cubriéndoles las cabezas y te lo pagan con una sonrisa —una sonrisa tan atractiva— que brota directa del corazón. No he visto nunca rostros tan maravillosos, los de la gente en la calle, indígenas y mexicanos. Y la piel bronceada de tantas muchachas bonitas, aureoladas por tales ascuas”.

Por su parte, Edward pinta algunas de sus mejores acuarelas desde la azotea del hostal en el que se han acuartelado, y el 1 de septiembre parten de Saltillo rumbo a Monterrey, donde pasan tres semanas. Aquí sucede que Jo consigue de la dirección del hotel que quiten las celosías delante de las ventanas de su habitación, para despejar la vista hacia un paisaje de montañas del que Jo dice que sería “un sacrilegio” no pintarlo, al óleo, desde esa ventana del hotel. Así es que como ha traído en secreto unos tubos de pintura, para ella, se los ofrece a su marido, pero él, tozudo, insiste en que en México sólo pintará acuarelas. Jo lo acusa de ser terco como una mula, aunque añade, reflexiva: “Tal vez mejor mula que mono”. En todo caso, Hopper pinta allí dos acuarelas de lo mejor de su producción, una vista de la Sierra Madre y otra de la catedral regiomontana.

El segundo viaje de los Hopper a México es en 1947, pero estaba planeado ya desde 1945, tanto que tomaron clases de español y, para motivarse, aprendieron de memoria pasajes de Cervantes. Esta vez viajan con su auto (una vez terminada la guerra ya no estaba racionada la gasolina), atravesando Maryland, Virginia, Luisiana, Texas… sin que el pintor deje manejar a su esposa. El 16 de mayo cruzan el Río Grande por el puente de Laredo y regresan al hostal que ya conocen en Saltillo.

El calor es insufrible, pese a lo cual ambos pintan, ella incluso un óleo, en la habitación que les han dado y que se abre directamente a la azotea del edificio. Y por cierto que Hopper muestra tener talento para los idiomas. Acude diariamente a clases de español en la Escuela Metodista, y un día, cuando el profesor le propina una lección de estética y le recomienda que vista ropas a juego con el color de su pelo, el pintor le replica en español que para él, entonces, siendo calvo, quizás la ropa más recomendable sería no llevar ropa.

Hopper no se siente bien en Saltillo, repudia la gente, la arquitectura, el clima, y aborrece el mercado con su olor a carnes no refrigeradas. No piensa sino en las montañas canadienses, y aunque Jo empieza a aclimatarse en México y quiere viajar más al sur, a Oaxaca, se impone el criterio de Edward y el 2 de julio salen camino de Wyoming. Un año más tarde, el 17 de junio de 1948, en una carta a su amigo sueco Enid Saies Buhre, una amistad que data de los lejanos tiempos de París, le explica que les gusta viajar a la costa occidental de los Estados, pese a las tres mil millas de distancia, y añade: “También nos gusta México, a pesar de la mugre y a pesar del hecho de que allá odian a los americanos. Es asimismo un viaje largo, más de dos mil millas muy fatigosas por el sur y por Texas, que es más grande que Francia”.

Cuatro años después, 1951, deciden regresar a Saltillo con su “santo” Buick de 1939, a bordo del cual inician el viaje en Nueva York el 28 de mayo. En una carta del 2 de agosto de ese año a su amigo y promotor francés Guy Pène du Bois, el pintor le explica por qué vuelven a México y no lo visitan en París; es otro de los pocos testimonios directos suyos que tenemos relativos al país: “Coincido contigo en lo que se refiere a la belleza de los edificios en Francia y desde luego no se ve nada así de impresionante en México. La gran catedral de Ciudad de México no puede compararse con Notre Dame de París o la de Chartres o cualquiera de las otras, pero cuando no se consideran ambas civilizaciones mirándolas al detalle, quizás no hay tan grandes diferencias. Desde luego que los aztecas les arrancaban el corazón a sus víctimas, pero también hubo aquella terrible masacre de la Noche de San Bartolomé, y el Terror de 1793, donde se cercenaron tantas cabezas. Con todo y eso, creo que Francia aventaja en algo a México… La cosa es que todo lo que hay que hacer, para venir a México, es meter el equipaje en el auto delante de la puerta de casa y viajar hasta llegar allá, ¡así de sencillo! Regresar a los Estados es un poco más difícil, a causa de la aduana, pero es algo que se puede soportar, y no se marea uno en el camino”.

La mala suerte quiere que lleguen a Saltillo en plena ola de calor y que, para más inri, a causa de una tormenta repentina, Hopper tenga que interrumpir su acuarela sobre la fachada posterior de San Esteban, así como Jo un óleo del patio del hostal. El 10 de julio, a nada más un mes de su llegada, huyen al norte, a Santa Fe, Nuevo México.

El cuarto viaje es un año después, 1952. A fines de noviembre deciden volver una vez más a México con el auto y llegar hasta Oaxaca. Lo hacen atravesando Estados Unidos hasta El Paso, Texas, donde se quedan una semana, y de allí directamente a México. A las plantas de yuca a ambos lados de la carretera Hopper las llama “Pierrots bajo los árboles”.

01-viajeros-03

Pasaron la Navidad en Durango, y un día después viajan a Guanajuato, donde se hospedaron en un lugar fabuloso, La Posada de la Presa. Entretanto se habían hecho al gusto de la cocina mexicana y permanecieron en el lugar hasta el Año Nuevo. Hopper describe Guanajuato como “una hermosa ciudad vieja, pero casi demasiado pintoresca. […] El mismo México de antes; peones y burros, mercados sucios, pobreza, y calles angostas y atestadas. […] No sé cuánto nos quedaremos aún aquí. A causa de la buena comida y el confort no nos gusta seguir más al sur”.

Nada nos dice la biógrafa de si transitaron por el Callejón del Beso ni de si le sacaron el gusto a las “trompadas”, dulce favorito de los guanajuatenses.

Finalmente, el 12 de enero se despiden de Guanajuato y pernoctan en la periferia de la ciudad de México, continuando viaje al día siguiente hasta Mitla. A causa de las cerradísimas curvas de la carretera, Jo se acordó del trágico accidente en el que John Dos Passos perdió un ojo y su mujer la vida, y Hopper recordaría que no había más que montañas entre Puebla y ciudad de México, “es un viaje que no quisiera volver a hacer”. En Mitla se hospedaron junto al Museo de Arte Zapoteca y visitaron las ruinas de Zapotec, pero el pintor no descubrió nada que le inspirase y se pasaba las horas en la veranda del hostal y leyendo la Reader’s Digest. Repuestas las fuerzas, a los dos días siguen viaje, a Oaxaca.

El 6 de febrero, en Monte Albán, durante la visita a las tumbas, quedaron fuertemente impresionados por las pinturas en los muros, y fascinados cuando se les explicó que los colores fueron fabricados con insectos. Años más tarde, cuando en una entrevista le preguntaron qué opinaba de la arquitectura latinoamericana, Hopper explicó: “Me gusta imaginar una superficie grande, desnuda, en la fachada, y de repente un motivo muy complejo en una esquina. Pero no estimo demasiado el barroco. Los que me gustaron fueron los monumentos precolombinos”.

El pintor enfermó sucesivamente de gripa y un resfriado, y apenas se sintió bien empacaron las maletas en el viejo Buick, y vía Monterrey y Laredo, él y Jo, él siempre al volante, regresaron a su país. Una vez pasada la frontera, de repente Hopper consideró la posibilidad de volver sobre sus pasos, a México: fue cuando se dieron cuenta, en el primer hotel gringo donde pernoctaron, de que tenían que pagar en dólares en vez de pesos, y el dinero casi que no les alcanzaba.

No le fue mucho mejor a Hopper en el quinto viaje que hicieron a México, entre el último día de marzo y el primero de mayo de 1955. Pasaron todo el tiempo en Monterrey porque el pintor se sentía débil y cansado. Un médico local le recetó medicamentos distintos de los que tomaba y que le hicieron bien, pero no tanto que decidiera prolongar su estadía. En el viaje de regreso, por vez primera, le permitió manejar a Jo, lo que es un índice infalible de su debilidad y su cansancio. Aunque no tanto que no le irritase la manera de conducir de Jo, hasta el punto de que anduvo buscando un policía que le prohibiera sentarse al volante. Genio y figura.

Y pudiera haber habido un sexto viaje cuando en 1956 la Huntington Hartford Foundation le concedió a Hopper su premio anual, al mismo tiempo que lo invitaron, con Jo, a pasar una estadía de seis meses en una colonia de artistas en California. Para la mayor sorpresa de Jo, que sabía que su marido aborrecía California y la vida en comunidades, Hopper aceptó cuando ella le dijo que así podrían conocer la costa occidental mexicana bajando desde Tijuana, hasta ahora sólo conocían las rutas a través de Laredo y El Paso. Pero lo cierto es que la estadía en tierras californianas fue más larga y fructífera de lo que pensaban (baste pensar en el espléndido óleo “Pacific Palisades”), y al final, como Jo anotó en su diario el 22 julio de 1957, “se nos hizo muy tarde para ir a México”.

El punto final a la relación de los Hopper con México lo encuentro en una carta de Jo, ya viuda, el 4 de junio de 1967, 20 días después de la muerte de su esposo. En esa carta le escribe a su amiga Catherine Rogers: “Le he preguntado a E.H. si quiere que me vaya con él. Siempre fuimos juntos, subiendo la pirámide del sol y hasta arriba en Guadalupe”.

 

Sybille Bedford. En el prólogo a la edición inglesa de A Visit to Don Otavio. A Traveller’s Tale to Mexico, dice Bruce Chatwin que Don Otavio [sic, siempre sin la c, tanto en el prólogo como en el libro] para nada es un libro de viaje, de la misma manera que Memorias de un cazador, de Iván Turguénev, tampoco es uno sobre la caza de la perdiz. Y tiene razón el malogrado viajero inglés doblado de escritor. Esa Visita a don Octavio, de Sybille Bedford, es una novela autobiográfica, pero por lo mismo rescata las vivencias y las opiniones de la autora de una manera tan inmediata y directa como si fuese un diario de viaje.

No encuentro ningún material en español acerca de SB, lo que significa que no se ha traducido a nuestro idioma, y es una verdadera lástima. Nacida en Alemania, se crió en Italia y mayormente en Inglaterra, más tarde en el sur de Francia. Apunta Chatwin que fue Aldous Huxley quien la animó a escribir, y que bajo su influencia pergeñó un par de “novelas de ideas”. Al estallar la Segunda Guerra Mundial huyó a Estados Unidos, y una vez allí, ya terminada la guerra, sintió la llamada del sur y viajó a México. El resultado de su estadía en el país es este libro aparecido primero en 1953 como The Sudden View. A Mexican Journey, y luego una nueva versión en 1960, a la que me refiero en el párrafo anterior, y cuya traducción alemana es la que manejo y de la que cito.

Durante su lectura en 2007, cuando apareció en Alemania, fui marcando unos fragmentos que me parecieron dignos de ser llevados a nuestro idioma y que dan una idea del enfrentamiento de la autora con la realidad mexicana, idea que se deduce a lo largo del mosaico. Es una mezcla de admiración, afecto, reserva y rechazo, de acuerdo con el sujeto o la situación, y de la que sólo puedo dar cuenta con un par de fragmentos que considero característicos.

Como este, muy sintomático: “Los frescos de Rivera en el Palacio de Cortés son duros, planos y gigantescos. Las figuras son planas, inertes y gigantescas; los colores planos y monótonos. Son tan gráficos como las ilustraciones de un romance de ciego, pero sin su ingenua inocencia. Todo lo subrayan con el dedo admonitorio alzado, con una seriedad mortal que no impresiona sino que aburre. El asunto es una pomposa representación de la historia mexicana, que culmina en la apoteosis de la Revolución, en cierta manera como un Juicio Final dialéctico. Entre los muchos pormenores destacables se encuentra la figura de la esposa de Carlos Marx [la autora pone entre comillas el nombre español], junto a los elegidos, al lado del obrero que carga sus herramientas y el campesino cargando sus gavillas, mientras que al otro lado flota entre unas turbias sombras la Señora Doña María-Carmen [sic] Romero Rubio Díaz, entre banqueros y el alto clero”.
A renglón seguido un imperdible apunte, casi de transcripción magnetofónica:

—¿Podría usted hacerme un par de sandalias como esta?
—No señora.
—¿Cómo, no puede usted hacerme un par de sandalias como esta?
—No señora.
—¡Pero si lo que usted hace son sandalias!
—Sí señora.
—¿Y por qué no puede hacerme un par a mí?
—Hice sandalias ayer.
—Eso no es motivo suficiente.
—Sí señora. Tengo todo lo que necesito.
—¿Todo lo que necesita? ¡No me diga que se va a jubilar con el dinero que ganó con las sandalias que hizo ayer!
—Quién sabe, señora. Tengo todo lo que necesito ahorita.

Sybille Bedford se adelantó 10 años con esta estampa a la fulminante sátira (y/o parábola) de Heinrich Böll “Anécdota acerca del descenso de la moral de trabajo”, que es de 1963.

La ciudad de México “está llena de librerías, tiendas grandes, modernas, bien surtidas con ediciones de bolsillo, baratas y bien hechas, de David Copperfield, Le Père Goriot, The Mill on the Floss, Point Counter Point. Las vitrinas están llenas con obras traducidas de Stefan Zweig, Emily Brontë y Sigmund Freud. ¿Pero quién las comprará? La cuarta parte de la población no sabe leer, otra cuarta parte sólo con dificultad. Todo adulto que sí sabe está legalmente obligado a enseñárselo anualmente a un analfabeto. A menudo se plantea la pregunta de en cuál idioma. Hoy se habla español, en general, pero hay todavía dos millones de mexicanos que sólo dominan uno de los distintos sesenta dialectos precolombinos. En el Estado de Sonora ni siquiera emplean números romanos o arábigos, sino los de un sistema propio de numeración.

“Compro un manual de conversación. En el capítulo titulado ‘Palabras y locuciones útiles’ me encuentro esto en la primera página:

—¿Se interesa usted por la muerte, conde?
—Sí, mucho, Excelencia.

“En la espaciosa Plaza Mayor [supongo que se refiere al Zócalo], donde uno se pasea sobre la tumba de una pirámide, te vence la dimensión sin fronteras, te atenaza la garganta la terrible representación mental del pasado, que se expande más y más hacia atrás por las galerías del Tiempo… ¿Puede esto estar aquí, puede ser que estemos en medio de esto? Se está dentro de una leyenda, uno camina a través de Troya”. (Pero páginas atrás, al hablar de la falta de mesura en la arquitectura mexicana, ha dicho que “en ningún lugar está Grecia más lejos que aquí”.)

01-viajeros-04

En noviembre, al llegar a Morelia por la noche e ir en busca de un hotel, la autora recuerda algo muy semejante que le pasó en Ávila, y lo cuenta. Y luego: “Con el sol de la siguiente mañana ya no parece que Morelia sea Ávila, no tiene nada de la Castilla otoñal. Empero sí es muy española. […] Antes de la Independencia Morelia se llamaba Valladolid, Valladolid de Michoacán. Sí, es muy española, pero no es España. Igual que los puritanos en Nueva Inglaterra, los españoles dejaron su impronta en México. Unos y otros se asentaron en una parte del continente donde el clima y el paisaje les resultaban familiares, les decían algo. Unos y otros impusieron su idioma, su religión y un determinado estilo en las construcciones. Pero a diferencia de los puritanos, los españoles no exterminaron a los indígenas. En los hechos es al contrario, los indígenas casi han exterminado ya a los españoles. Hoy tan sólo deben ser unos 40 mil blancos en una población de tres millones de indígenas pura raza y 17 millones de mestizos, y de aquellos blancos muchos sólo cuentan como tales por mor de la cortesía y el uso de polvos faciales”.

Una experiencia kafkiana por los rumbos de Pátzcuaro: “Hay dos clases de países: aquellos en los que un telegrama se despacha en un santiamén (depositas en la ventanilla el formulario y una moneda de un chelín o de 25 centavos, y ya te puedes ir) y aquellos en que es una tortura. Se agotaron los formularios, se agotó la tinta, la pluma rasca pero no escribe, el lugar de destino no existe, la funcionaria arguye que no sabe leer. Cuanto peor el servicio de Correos, tanto mejor el clima, el vino y la comida. No obstante, y sin ofrecer ninguna de esas compensaciones, la oficina telegráfica de Pátzcuaro eclipsa a cualquier otra entre el Bósforo y el Golfo de México”.

Más adelante, este diálogo en la hacienda de don Octavio, tras constatar que Jesús, uno de los peones, no ha regresado a ella:

—Ha vendido la vaca de su madre —dijo don Octavio—, de modo que se irá para el Norte, hacia Texas, a probar fortuna. No quiere volver a saber nada de aquí.
—¿Y qué pasará con su mujer?
—Se puede casar con Juan.
—¡¿Un divorcio?!
—No, no. Ella y Jesús no estaban casados del todo. A la Iglesia no le gusta que los indígenas se casen de a de veras. Hay demasiado adulterio. Entonces, casados, eso sería un pecado mortal.

 

Guanajuato: “Naturalmente Guanajuato no puede ser lo que parece. Sabemos cómo son las cosas debajo de esa fachada de probidad y de calma provinciana: la perfidia (¿quién no ha leído su Balzac?), la represión (¿quién no su Mauriac, su Julien Green?), el delito. Todos los juicios develan que el idilio provinciano es una nueva edición de los procesos a los antropófagos de Didier-le-Marché o de Argemont-sous-Congre. Y sin embargo la superficie está ahí. En Francia es una capa natural, en México no es natural en lo más mínimo. Faltan los elementos fundamentales. Cómo es que esta ciudad ha llegado a parecer lo que no puede ser, es un misterio. Quizás tenga que ver con un truco de magia: el ojo lo sigue pero el pensamiento no logra detectarlo”.

Y lo que viene ahora, en Oaxaca, no es para corazones débiles: “Si los nazis no hubiesen sido tan de saldo, tan desprovistos de cualquier gusto, si su inclinación a la autodramatización no hubiera sido tan wagneriana, habrían construido así. En la arquitectura de los zapotecas habrían hallado la expresión y la plasmación de todo lo que ellos representaban. Hubieran edificado Monte Albán en Nuremberg y celebrado la muerte heroica en Mitla”.

Debo confesar, para poner fin a estas excursiones de la mano de la Mistral, los Hopper y Sybille Bedford, que mi fragmento favorito se encuentra en el libro de esta última y es el siguiente:

—Guadalupe, estas no son horas de rezar —le dije—, termine ya el avemaría y píqueme un par de cebollas. […]
—… y en la hora de nuestra morte [sic] Amen. Listo, niña, aquí están los huevos semicocidos, como me pidió. Doce avemarías. No estaba rezando.
—¿Y siempre dice usted el avemaría cuando está cocinando?
—El avemaría para los huevos. El padrenuestro para las costillas. El credo para el asado, porque es más largo.
—¡Qué práctica es nuestra religión! Los protestantes no tienen ni idea…

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

2 comentarios en “Gabriela Mistral, los Hopper, Sybille Bedford. Cuatro viajeros por México

  1. Te contaré algo al filo de lo que se narra en el texto sobre la guare y las sandalias. Un día estaba yo en el Mercado Independencia de Morelia. Había allí una guare (una señora indígena purépecha) vendiendo tabletas redondas de chocolate de metate. Se acercó un gringo y en pésimo español le preguntó cuanto costaba la tableta. “Tres pesitos, señor”, dijo la mujer. El gringo le dijo entonces que se las compraba todas. Y la guare le respondió: “No. No señor. No puede ser. ¿Qué voy a vender yo el resto del día entonces?”. Saludos

  2. Como se me olvidó el Credo, cuando quiero comer un huevo pasado por agua, cuento minuto y medio desde que empieza a hervir el agua. Es menos santo, pero sirve.