La doctora Sara Sefchovich acercó a miles de mujeres a la literatura a través de sus novelas Demasiado amor (1990), La señora de los sueños (1993) y Vivir la vida (2000), publicadas por Alfaguara. Lo digo porque así como el libro Picardía mexicana desapareció tres veces de mi biblioteca (como también se esfumó la poesía completa de Jaime Sabines dedicada por él), La señora de los sueños voló en varias ocasiones. “Ay no seas mala, préstamela” —me dicen amigas que jamás devuelven ni la risa—. Es un hurto que finalmente no puede sino causar optimismo porque robar un libro es obra de un buen ladrón. Cuentan que la biblioteca de Andrés Henestrosa era de puros libros robados hasta en el Vaticano y frente a los ojos de un guardia suizo.

Sara Sefchovich, así como la ven, es una mujer hermosísima que guarda grandes semejanzas con la Madre Coraje de Bertolt Brecht. Su afán justiciero y protector abarca a toda su obra desde País de mentiras (2008) hasta esta propuesta que nos desafía: Atrévete (2014) y se dirige ante todo a las mujeres y a las no tan mujeres y a los hombres que quieren ser mujeres y sobre todo a los que aman a las mujeres. ¡Ah y a las cabecitas blancas para que detengan a sus hijos delincuentes y los encaucen por el camino del bien!

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Además de investigadora de la UNAM, socióloga, historiadora, novelista, catedrática, traductora y autora de tres buenas novelas y 13 libros de estudios sociológicos, Sara Sefchovich es una ciudadana indignada por lo que sucede a su alrededor. Documentar, analizar y explicar el origen de las fallas, las perversiones y las grandes mentiras de nuestro país es difícil porque vivir en el México actual impide la creación y es más fácil caer en el desaliento que en la loca alegría. Todos los días amanecemos a una nueva vergüenza. Imposible no avergonzarnos de Ayotzinapa después de saber que a los 43 muchachos asesinados los quemaron en un basurero, un crimen que para nuestro horror recuerda “la solución final” de los nazis en sus campos de exterminio.

Así como se hizo una lista de crímenes de lesa humanidad a lo largo de los siglos también podría hacerse otra lista mexicana. Aquí las fosas sustituyen a las barracas y los basureros a los hornos crematorios. Ahí está San Miguel Canoa, Tlatelolco, Jueves de Corpus, Aguas Blancas, Acteal, Villas de Salvárcar, Tlatlaya, Ayotzinapa y desde luego el desierto de Ciudad Juárez, Chihuahua, en el que más de 400 chavas empleadas en las maquiladoras han sido sepultadas en la arena y se reconocen por una sandalia que indica que allí abajo yace una muchacha en espera de su Antígona justiciera.

A Sara le angustia la indiferencia de ciudadanos anestesiados por las noticias más atroces. La sociedad pasmada sólo espera que a ella no le toque la desgracia. Sara nos pide a las mujeres y sobre todo a las que somos madres de familia asumirnos como sujetos activos para hacer algo desde nuestro lugar y su libro es un grito que se dirige ante todo a la conciencia femenina: “¡Atrévete!”, nos conmina, atrévete a salir y a clamar tu desacuerdo, atrévete a romper la valla aunque te lo impida un bacinico uniformado con su escudo, atrévete a decir que la violencia daña a nuestros hijos, atrévete a censurar a las telenovelas embrutecedoras, atrévete a condenar a los “reality shows” y a Cristina Saralegui la de Miami y a Laura Bozzo la del helicóptero de Eruviel Ávila que aterriza donde nadie lo llama.

Sefchovich ya se había dirigido a las mujeres en su novela Demasiado amor y La señora de los sueños publicado por Alfaguara en 1993 que tuvo un enorme éxito de ventas aunque su libro más vendido es un análisis sociológico: La suerte de la consorte. Las esposas de los gobernantes de México: historia de un olvido y relato de un fracaso, publicado en 2002, que Sara retomó para lanzarlo de nuevo en 2010 y ponerlo al día a petición de sus lectores. Retrata a la esposa tomada de la mano del presidente de la República durante seis años y soltada bruscamente el último de noviembre para sustituirla el 1 de diciembre por la garra de Sasha Montenegro o la de otra nueva elegida.

Atrévete, escrito antes del drama de Ayotzinapa, tiene como antecedente el volumen País de mentiras aparecido en 2008, en el que la autora evidencia la simulación, “rasgo central del sistema político mexicano”.

País de mentiras también actualiza el compromiso de Sara con la realidad; para ella las mentiras son el pan nuestro de cada día. Mentimos todos pero todo lo que dicen los políticos es mentira.

¿Estaremos los mexicanos tan acostumbrados a la violencia que ya ni las cifras de muertos nos conmueven? ¿Qué ha pasado para que no nos inmutemos al ver la imagen de un desollado en la plana del periódico? ¿Qué hace falta para que reaccionemos y actuemos como “prójimos”? Los números que maneja Sara en su ensayo son espeluznantes y lo peor de todo es que nuestras organizaciones de derechos humanos reaccionan tarde o están muy cansados como el procurador Murillo Karam ante el crimen de Ayotzinapa.

 Tan sólo en el sexenio de Felipe Calderón, entre 2006 y 2012, la cantidad de muertos en México fue cercana a la de los Balcanes e Irak, países en guerra. En nuestro país hay un secuestro cada dos horas y en los últimos 10 años las denuncias por ese delito aumentaron 426% y por extorsión 147%. Al menos 21 millones de mexicanos fueron víctimas de la delincuencia en el año de 2013, es decir, tres de cada 10 sufrieron violencia. Y esto sin agregar que nueve de cada 10 delitos no se reporta y que 96% de los crímenes queda impune.

¿Cuál es el origen de tanta violencia? ¿Dónde comienza todo? —pregunta Sara—. La respuesta le resulta inaceptable: la pobreza como principal generadora de delincuencia. Millones de personas viven en la pobreza y otro tanto en la miseria absoluta y no por ello son delincuentes. Unos creen que se trata de la alimentación, como lo afirma el psiquiatra británico Adrián Raine. Según él quienes comen carbohidratos tienden a ser más violentos que los que comen pescado. Otros explican que el hogar en el que se nace y crece es determinante, como lo afirma Julio Scherer García en su libro Niños en el crimen. Concluye que en todos los casos analizados los niños que delinquen proceden de familias disfuncionales.

 Sara también analiza el entorno social y consigna a quienes defienden la idea de que los delincuentes son “empujados” al delito por su ambiente. Y otros más culpan a la falta de oportunidades y al consumo de drogas como principales generadores de la violencia.

¿Qué se hace para combatirla? Hasta la fecha —argumenta Sara—, ni la salida del ejército a la calle, ni la profesionalización de la policía, ni los “exámenes de confianza”, ni la captura de capos han servido para frenarla. Tanto el gobierno de Felipe Calderón como el de Peña Nieto informaron —coludidos con las televisoras— del supuesto éxito de la guerra contra el narcotráfico pero a diario contamos y volvemos a contar el número de muertos por secuestro y asesinato.

Entender y explicar nuestro país es una hazaña de Sara Sefchovich, la ciudadana que expone ideas y habla en primera persona en su largo y erudito ensayo. Sara, académica, cita meticulosamente sus fuentes y ofrece una infinidad de porcentajes y datos no sólo para legitimar lo que asienta sino para contrastar la realidad de nuestro pasado con un presente cada vez más envilecido.

Hacer que los mexicanos tomemos conciencia de la corrupción del sistema político es una tarea que otros comparten con ella. Habría que poner en primerísimo lugar al padre Alejandro Solalinde.

Atrévete evidencia la sensibilidad de la autora ante una situación desesperada. Según María Consuelo Mejía, directora de “Católicas por el derecho a decidir”, el suyo es un libro profético, “no como si tuviera una bola de cristal, sino como un diagnóstico certero y exhaustivo de las propuestas que se han hecho para salir del horror en el que está sumido México”.

Sefchovich intenta salvar a los olvidados de siempre. Acude a las madres para que sensibilicen a sus hijos y les recuerden los valores básicos que son los hilos más resistentes del tejido social: la honestidad, la solidaridad, la atención al otro que podría traducirse en cuidar la salud y el bienestar.

¿Cuál bienestar me pregunto todas las mañanas al ver la cantidad de indigentes envueltos en cartones que se congelan en el parque de la Bombilla, en Chimalistac, sin que nadie se acerque siquiera a ver si todavía están con vida?

 Es en las relaciones más cercanas, en las más íntimas, donde crecen los afectos. En ellas es posible apelar a los sentimientos de quienes se dejan llevar por la avalancha de corrupción que carcome a las instituciones. “¿Por qué no he de llevarme yo mi tajada si el jefe roba todos los días?”.

Según Sara, los cambios se logran de abajo para arriba, de la base de la sociedad que es la familia hasta las grandes reformas de Estado, desde la relación madre-hijo hasta los escolares que comparten su lunch a la hora del recreo. La madre tiene a su cargo la formación de sus hijos (el hombre suele ser de pisa y corre, como el gallo) y los hijos de muchos machos mexicanos le prodigan amor a la madre y no al padre —por lo general— ausente.

En medio de tanto desconcierto y tanta ineficacia institucional, Atrévete de la maestra Sefchovich debería considerarse como guía que va más allá del ámbito familiar. Es la guía de ciudadanos que se levantan a exigir justicia como las grandes marchas al Zócalo que tanto nos han impactado. Resulta que la indignación ha servido como estrategia para hacer bien las cosas. (Estoy segura que José Woldenberg piensa también que las marchas por Ayotzinapa han sido admirables.) No son los mexicanos jóvenes y viejos los responsables del mal que permea en Iguala, el culpable es el gobierno y la enorme corrupción de funcionarios que roban desde el puesto más pequeño hasta el más alto. ¿Qué cosa eran José Luis Abarca y su esposa hija y hermana de narcotraficantes sino pequeños y mediocres funcionarios de uno de los estados más pobres (Guerrero) al que le sacaron “toda la raja posible” al igual que el impresentable de Ángel Aguirre?

Guillermo Haro recordaba que de una herejía nació, por ejemplo, el alegato de Galileo y de Galileo y Copérnico la astronomía moderna y sin esa herejía no podríamos ahora hablar del hombre en la Luna o de un robot en Marte. Por lo tanto, la propuesta de Sara es, además de una ilusión, una apuesta.

¿Cuál es esa propuesta “hereje”?

Las estrategias convencionales de los gobiernos no dan resultado, el hambre sigue siendo el primer azote del planeta Tierra. Sara alega que es imposible seguir esperando que Papá-Estado resuelva el problema de la violencia. Quedarse con los brazos cruzados y creer que el gobierno, el ejército o la policía, de arriba hacia abajo son capaces de salvar a nuestro país es imposible. México mi país, México mi águila destrozada, México mi chinampa enlodada ha padecido no sólo malos gobiernos sino una policía escasa y cruel y un ejército al que van a dar los mexicanos más pobres como antes entraban al seminario sin más vocación que su fe en un plato de frijoles.

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Según Sara, los ciudadanos “tenemos que entrarle”, hacernos cargo como familia, núcleo que concentra la integridad, la educación, la salud. Acabar con la corrupción y con la impunidad se dice fácil, pero crear nuevos jueces y otro tipo de policías, otros maestros y otros líderes está lejos de ser una realidad inmediata. ¿O algún ministro de la Suprema Corte como Olga Sánchez Cordero o Arturo Zaldívar Lelo de Larrea ha renunciado a la mitad de su sueldo, bonos y prestaciones al darse cuenta que recibe demasiado y que son muchos los mexicanos con hambre? Nos hace falta una solución expedita para que no sigan perdiéndose generaciones como ahora sucede con los 43 estudiantes normalistas asesinados en Ayotzinapa.

“En México nada funciona ni funcionará porque estamos bajo el control de una elite profundamente corrupta, depredadora y venal”.

En Atrévete —meditado a lo largo de varios años— Sara concentra su propuesta en la madre, pilar de la familia. Estudios sociológicos y psicológicos analizan su poder sobre sus hijos. Ese mismo poder serviría para persuadirlos de no delinquir porque la madre cuenta con un arma más poderosa que el Estado: la veneración de sus hijos. Desde el delincuente menor que le ofrece a su mamacita la bolsa que roba en la esquina hasta el delincuente mayor que le regala casa en Las Lomas en la calle de Sierra Gorda para mayor precisión o la iglesia que el señor obispo bendice así como bautiza a los retoños de los narcotraficantes, la madrecita obtiene todo de su hijito y ni cuenta se da de sus felonías porque para él su vista es gorda. En El apando de José Revueltas, es la madre de “El Carajo” la que le lleva la droga a Lecumberri. ¿Podría darse mayor ejemplo de complicidad?

Sara ha llegado a la conclusión que la madre de un ladrón o de un asesino jamás lo dejará caer. En Estados Unidos los condenados a la silla eléctrica cuentan con su madre hasta el último segundo. ¿Sería tan indulgente como la mexicana, una madre francesa, una alemana o una gringa?

Aquí está la herejía de la propuesta de Sara quien afirma que sólo la fuerza materna y la del grupo social directo del delincuente pueden frenarlo. La solución tiene que darse de abajo para arriba y el rechazo de su grupo social es la mayor condena al violador, al ladrón y al golpeador. Al delincuente no le importa lo que opinemos usted o yo o el ejército o la policía o el señor cura. Le importa el rechazo de los suyos.

La autora pide soluciones urgentes y pragmáticas. Si el grupo social rechaza al delincuente, la reprobación de los vecinos resultará más eficaz que el encarcelamiento. Sara propone una red social de vecinos que actúe como juez de barrio.

El ejemplo de que el poder materno es el mayor de todos es el de las Madres de Plaza de Mayo, en Argentina, quienes no descansaron hasta enjuiciar y llevar a la cárcel a los milicos asesinos de sus hijos. Sara cita a Gabriela Mistral: “Oigo gritar mujeres, las madres y las otras”, y se consuela: “Ojalá así lo hiciéramos”. También la agrupación “Hijos” en Argentina recurrió al scratch para señalar con pintura roja la casa de los torturadores y así cayeron varios miembros de la Junta Militar. Doña Rosario Ibarra de Piedra y su lucha de años con “las doñas”, acunaron: “Vivos los llevaron y vivos los queremos”. Javier Sicilia tomó el ejemplo de la no-violencia y buscó justicia para su hijo asesinado en Cuernavaca, Morelos. Escuchó a todos. Algunas madres le decían: “Mi hijo no fue. A él lo torturaron, usted ayúdenos porque nuestros hijos son buenos, son chivos expiatorios”.

 Sería muy útil escuchar ahora a las madres de los asesinos que incineraron en un basurero a los 43 normalistas de Ayotzinapa.

“Un acto como el de Ayotzinapa demuestra que no tenemos la menor idea de quién nos gobierna, ni de qué pasa ni de por qué algunos deciden quemar el Palacio Municipal de Chilpancingo y no el centro comercial del que es dueño Abarca” —afirma Sara.

Imposible olvidar a las madres centroamericanas que en México buscan en ministerios públicos al hijo desaparecido y ruegan: “Aunque sea entrégueme su cuerpo para darle cristiana sepultura”.

Las madres de Ciudad Juárez, Chihuahua, no cesan de clamar justicia para sus hijas muertas y hoy en día ¿quiénes son los mayores defensores del crimen de lesa humanidad cometido en Guerrero sino los padres de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa?

La teoría de la doctora Sefchovich se fundamenta en “el poder de las minorías”, esa abultada franja de la sociedad que parece no poder hacer nada pero que en un momento de hartazgo saca lo mejor de sí y sorprende a quienes se han mantenido inermes.

Si Sara da prioridad a la madre es porque es la primera “escuela” de todo ser humano.

 Sara regresa a la imagen de la “madrecita” protectora y abnegada de la Época de Oro del cine mexicano y también la cuestiona. ¿No será ella la responsable de crear un monstruo? A fin de cuentas, Sefchovich le apuesta a una nueva maternidad que construya un ciudadano capaz de jugársela por el bien común.

Si Sara presenta su propuesta como “hereje” es porque le apuesta a “la madre” considerada “intocable” a pesar de tanto dicho: desmadre, madrazo, chinga a tu madre, no tiene madre. (Al dedicarle un capitulo en El laberinto de la soledad, Octavio Paz fue más lejos y nos asestó a la Chingada.) En cambio, para lo bueno decimos ¡qué padre! Si la palabra “herejía” quiere decir “opción” o “decisión”, Sara nos insta a escoger a la sociedad primigenia, la de las primeras comunidades, la que se asienta en las márgenes de cualquier ciudad.

Tal vez cargarle la mano a la madre como lo hace Sara sea una propuesta utópica y en cierta forma injusta —como lo cree mi amiga Sonia Peña, autora de José Revueltas, los errores y los aciertos— pero quizá en atreverse a buscar la fuente de nuestros males, como Sara le exige a las inocuas madrecitas, sea un reto que algunas acepten aunque yo ya no lo veré.

 

Elena Poniatowska
Escritora. Entre sus libros: Leonora, Lilus Kikus y De noche vienes.

 

4 comentarios en “La propuesta hereje de Sara Sefchovich

  1. Me encanto el análisis y estoy de acuerdo que es básico y urgente que las madres estén comprometidas con sus hijos para llevarlos al ámbito de los valores bien arraigados. Siempre he dicho: donde esta la mamá de todos los funcionarios parece que no tienen madre! Y la mama de los delincuentes y narcotraficantes? Parece que tampoco tienen madre! Snif

  2. Buena idea invocar al Poder Maternal para conseguir una sociedad ideal; pero me gustaría empezar por asignar a las mujeres el 50% de representación en todos los campos.

  3. Coincido con Sara, cuando veo un delincuente, un drogadicto o un mendigo, lo primero que viene a mi mente es: ¿qué pensaría su mamá cuando vino al mundo?
    Fui golpeada por un delincuente y loe pregunté ¿y tu mamá? Me contestó: murió. Algo pasón por su mente que dejó de atacarme y salió de casa.
    Gran trabajo tenemos las madres, pero muy importante. Enhorabuena Sara y que se den los círculos de análisis de tub obra.

  4. Su opinión tan clara ha me dejado muy preocupada, me doy cuenta que jamás había reflexionado sobre algo tan elemental como lo es la influencia de una madre. Lo haré extensivo a toda mi familia. Gracias.