Gracias a Alberto Ruy Sánchez encontré el texto que Edgar Morin escribió tras el asesinato de los caricaturistas de Charlie Hebdo. Horrorizado por los crímenes, Morin se distancia de los reduccionismos. Su pensar complejo le abre la puerta a la reverencia: “soy de quienes se oponen a la profanación de lugares y objetos sagrados”, escribió en un artículo publicado en Le monde. Bajo el cobijo de una libertad irrestricta puede avanzar, no la crítica, sino la estigmatización. Lejos del debate, el odio, y con él, el miedo. Si el laicismo significa algo es cuestionamiento, problematización: rechazo de absolutos, inserción del pero. Ya no se trata de levantar el estandarte de la Ciencia contra la Fe, sino de interrogarlas. A ambas. Respetar, por lo tanto, los recintos de lo sagrado es ponerle un coto a la razón soberbia.

El apunte de Morin me conduce a las ideas de W. H. Auden sobre la risa y la fe. El humor y la religión no son incompatibles, como sugirió Kundera en sus Testamentos traicionados. Para el novelista checo, el humor profana porque enturbia lo que toca. Al barnizarse con risa, lo bendito se deshace. Las contradicciones que exhibe el humor son irremediablemente hostiles a la certeza de un creador. Reír es desacralizar. Será por lo tanto, y sin remedio, hiriente. Si el humor ofende es problema del ofendido.

Lo cómico para Auden es otra cosa: una “contradicción en la que no interviene el sufrimiento”. Algo verdaderamente odioso jamás puede ser chistoso. El creyente que era veía al hombre como un animal que ríe, que trabaja y ora. Humor y fe: risa y rezo. El humor era, en realidad, una confirmación de su fe, la manera más sabia de lidiar con las contradicciones de nuestra existencia corporal. El humor ofrece perspectiva y equilibrio. Es la vacuna contra la soberbia, esa enfermedad de los que se toman demasiado en serio. “El hombre no es el centro del Universo, escribe en su carta a Lord Byron… y trabajar en una oficina lo empeora”. La comedia le parecía componente esencial del universo moral del cristiano: si todos somos pecadores nadie, sea cual sea su talento o poder, puede ser inmune a la exhibición cómica. El sabio y el poderoso, el burócrata y el predicador merecen la burla que los humaniza. En la comedia los personajes son expuestos y simultáneamente perdonados por la risa.

En junio de 1946 Auden fue invitado por la Universidad de Harvard a participar en la ceremonia de la victoria. El poeta apenas se había convertido en estadunidense. Leyó entonces un poema al que tituló “Bajo qué lira” que describió en el subtítulo como un tratado reaccionario para el presente. Dos sensibilidades se disputan el alma de los victoriosos. Apolo, el pedante y Hermes, el pícaro. Un poema que es una comedia brillante.

No harás lo que le dé la gana al decano,
no escribirás tu tesis de doctorado
sobre educación,
no adorarás proyectos ni
te inclinarás ante
la Gerencia.

No responderás cuestionarios
ni exámenes sobre la Política Mundial,
ni te prestarás a resolver
prueba alguna. No te sentarás
con economistas ni cometerás
alguna ciencia social.

No harás amistad
con publicistas,
ni hablarás con ellos
ni leerás la Biblia por su prosa,
ni, sobre todo, harás el amor con quien
se bañe demasiado.

No vivirás con tus medios
ni a base de agua y verduritas crudas.
Si has escoger
entre las suertes, elige la extraña;
lee el New Yorker, confía en Dios,
y piensa en pequeño.

Escribía el poeta en sus “Notas sobre lo cómico” que no encontraba punto que uniera a todas las personas que admiraba. Unas eran valientes, otras tímidas, algunas elocuentes, otras secas. Había, sin embargo, un denominador común en todas las personas que amaba: lo hacían reír. Pocos poetas del siglo XX rieron tan bien como Auden lo hace en su poesía. El humor es ingrediente crucial de esa sabiduría que Brodksy encontró en él. Ahí están sus dotes: autonomía, cordura, equilibrio, ironía, desapego. Una vida plena, en lo individual o en lo colectivo, concluía en una reseña poco conocida, es posible solamente si se respetan los tres mundos: trabajo, rezo y risa. Sin oración y sin trabajo, la carcajada es aterradora y la burla una agresión cruel. Sin risa y trabajo, el rezo es maniático, farisaico. Y quien sólo vive para el trabajo se convierte en un amante del poder.

Auden creía que era indispensable regresar al espíritu del carnaval. El carnaval, escribe en aquella reseña, es el mejor festejo de nuestra contradicción: oscilamos entre el deseo de ser carne de instintos y el anhelo de ser un espíritu descarnado. La solución a esta ambigüedad es reír, “porque la risa es, al mismo tiempo, protesta y aceptación”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

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4 comentarios en “Auden: Risa y rezo

  1. Desacralizar la religión mediante el humor nos permitiría volver a ligar lo humano con lo divino. Una reflexión pertinente y oportuna. Gracias!

  2. Felicito con gran algarabía siempre a Jesús Silva-Herzog Márquez por siempre manifestar a través de sus textos la grandiosidad de la mente; ese pensamiento refinado. Obstinado a expresar ideas que describen la vida misma.