La catástrofe a ojos de un niño no tiene relación con la dimensión trágica de las catástrofes que le suceden a los adultos. No veo de qué manera una niña de seis años considere una tragedia el hecho de que los ahorros y las cuentas bancarias de su padre se hayan esfumado. Es probable que sus padres la cambien de escuela, o deba usar un mismo vestido casi todos los días, pero tiene apenas seis años y se acostumbrará a comer diariamente arroz o sopa, y un huevo si tiene suerte. La catástrofe acaecería, en todo caso, si su padre se suicidara, aunque no todas las veces el niño sopesará objetivamente las consecuencias de este acto. Tampoco me imagino a un niño de cuatro años leer los indicadores económicos y fruncir el ceño, derrumbarse en su sillón y caer en un insomnio prolongado. ¿Quién imagina algo así?; quizás aquellos padres que han parido hijos genios, es decir, raros tumores.

La catástrofe en la conciencia de un niño debe parecerse más a la aventura, a la angustia recién nacida y al miedo. Lo descubro así en mis recuerdos. Yo tenía siete años y una mañana de domingo me levanté por mero y puro presentimiento. Vivía con mis padres y mis dos hermanos en un departamento en la colonia Villa de Cortés, a diez metros de la eternamente horrorosa Calzada de Tlalpan. Me incorporé de la cama y cuando intenté poner los pies en el piso de mi recámara, me hundí en un lago de agua que rebasaba los quince centímetros de altura. Una tubería que alimentaba al calentador se había colapsado durante la madrugada y cientos de litros de agua se habían esparcido por las escasas habitaciones del departamento. Mis padres y mis hermanos dormían, ausentes de obligaciones y abrazados confiadamente a sus huesos. Lo que hice primero fue correr hacia la estancia donde un día antes habíamos armado una autopista eléctrica en forma de ocho invertido (el símbolo de infinito) con doble carril y cuatro bólidos esbeltos. La imagen se presentó desoladora: los tramos de plástico de la autopista flotaban, un bólido había encallado en una de las pantuflas de mi padre, los controles se habían echado a perder. Una catástrofe de dimensiones avasalladoras.

Desde la cocina, en donde se hallaba empotrado el calentador, brotaban chorros de agua y muchos objetos iban y venían sobre la superficie del agua. El chapoteo y escándalo de mis pies contra el líquido inesperado despertó a la familia que, de inmediato, entró en acción: cerrar las válvulas de la tubería, rescatar algunos objetos del naufragio, lanzar maldiciones, llorar —en el caso de mi hermana menor—. Y, mientras tanto, yo continuaba mudo, atrofiado, inmóvil observando la autopista irreparable, destruida por el jodido tsunami. A ojos del niño que fui en ese entonces, aquello representó una catástrofe real cuya gravedad todavía se deja sentir en mis recuerdos, algo miopes, pero, al fin y al cabo, en la dirección correcta.

Claro, en la infancia me sucedieron algunas tragedias más que evitaré contarles para no aburrir a nadie más de lo que merece. Acaso, y con tal de no dejar incompleta esta confesión no solicitada, mencionaré que el temor constante que recorrió mi niñez se hacía mayor cuando mi madre se marchaba al mercado, o salía con la consigna de hacer algún “mandado”. En cuanto ella ponía los pies fuera de casa, una larva de dientes pequeños y afilados, una quimera que mordía y causaba daño, comenzaba a carcomer mi estómago, a roerlo como sólo una piedra es capaz de roer a otra piedra. Y el miedo a que ella no regresara a casa crecía con cada golpe de manecilla. A tal punto que cuando el ruido tranquilizador y heráldico de sus llaves anunciaba su llegada y ella, sonriente y despreocupada, abría la puerta, yo corría a mi recámara, me enclaustraba y lloraba con el rostro apretujando la almohada para no provocar al ruido, desahogándome, indigestándome de felicidad: a cada lágrima la almohada se humedecía y yo me sentía más ligero y fuerte. Ella había vuelto y la normalidad se instalaba de nuevo en casa. Pues bien: la suma de sus ausencias —lo más cerca que las matemáticas y mi autopista han estado del concepto “infinito”— tuvo como consecuencia la evolución de una tragedia constante y educadora, un sentimiento de ausencia permanente que un niño de cinco, seis, nueve años no logra comprender cabalmente, como lo haría el experto en finanzas cuando mira, a la manera de un hurón entretenido, las gráficas económicas.

Ninguna conclusión desinteresada puede obtenerse de mi relato. De lo que estoy seguro es de que el cielo nos espera con la boca abierta, como reza el poema de Jaime Jaramillo Escobar. Porque mientras el mientras pasa, nosotros seguimos…. “Y yacemos aquí/ como un amasijo de lepra/ revolcándonos en un estercolero/ en espera del fin del mundo/ para poder entrar en el cielo”.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

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