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Antes de enrolarme en asuntos realmente temibles como vivir en sociedad, casarme y tener hijos, fui pirata. De cuanto viví entonces poco puedo decir. Es una vida monótona en la que no sucede nada imprevisto: navegar, asaltar, lidiar con tempestades, nada que no se sepa. Nada que se pueda contar sin que otros lo hayan contado antes, sin duda con mejor memoria y con pluma menos torpe que la mía. Como todos los de mi antiguo oficio, un día atraqué mi barco y no volví a él. Repartí el tesoro y para mí guardé la bitácora del capitán de uno de esos abundantes navíos fantasma. Ahora que, retirado, dedico mi tiempo a la lectura y la nostalgia, encontré en ella estos apuntes, precedidos por un ridículo “Hijo mío”:

• Quien le teme a Dios está condenado a temerle a muchas cosas. Al Leviatán, la tormenta, el navío enemigo, la muerte. Dios, como el mar, aprecia a los que consiguen penetrar los arcanos del desafío dictado por sus leyes. Dios ama y protege a Lucifer más que cuando era el tibio, obediente y hermoso Luzbel.

• El bien y el mal son fardos en los mares. Los has dejado en tierra. Si perdonas una vida haces nacer turbas de insolentes. Uno de ellos te asesinará, será por la espalda, y lo hará en nombre de aquel a quien permitiste vivir, o lo hará él mismo. La piedad y la generosidad son semilla de la que, por influencia de los vientos salinos, brotan rencores, odio y desprecio.

• Si haz de fiarte de alguien que no seas tú, hazlo de quien te apunta frontalmente con su revólver mejor que del que te sonríe, sobre todo si lo has visto sonreír a otros.

• Ama la tempestad. En ella conocerás la valía de tu tripulación. Los mejores serán arrastrados, pero conocerás a los cobardes. A falta de los más valiosos conocerás la escoria. Arrójala lastrada: es más temible que toda la furia de los vientos y las mareas.

• Asalta todos los navíos sin importar bandera ni encomienda. No para robustecer tu tesoro o para que tus hombres sacien sus ferales instintos, sino para que tu nombre y el de tu embarcación sean conocidos y temidos en todos los rincones de todos los mares y océanos.

• El naufragio te está permitido tanto como la inmovilidad de la calma chicha. Pero te está prohibido que, tras el naufragio, quede tabla sobre tabla; como que durante la calma de los vientos haya calma en los corazones.

• Inquieta a tus marineros aunque naveguen con sol y moscas, aunque el albatros sobrevuele tu nave y las nubes se pertrechen de tu astucia bajo el parapeto circular del horizonte.

• Si la tripulación contraviene tu mando, escucha lo que creen querer y adivina lo que quieren. Complácelos hasta dar con otro navío. Ordena entonces el asalto. Se amotinarán, puedes estar seguro, porque, puedes estar seguro, son cobardes. Déjalos en la nave y hazte al mar, donde podrás flotar durante siglos, aun si muerto, protegido por Eolo y Poseidón de la corruptibilidad de los mortales. Sin ti, tus navegantes llevarán la nave a la derrota, se entregarán para ser rematados como esclavos o sucumbirán entre pataleos a un naufragio indigno. Tu cuerpo, calmo y sin heridas, será llevado por el noble océano a una playa de pescadores y todos sabrán que la traición fue tu enemigo. Aquéllos, ya carroña o carne fustigada, pagarán el tributo que tu sangre bravía demanda.

• Los traidores y los que no abominan la traición no merecen vivir un solo instante. Quien se haya enrolado en tu aventura lo hizo en tu suerte. Como de Odiseo atado al mástil, tus amarras son dignidad de tu determinación. Si optaste por lo peligros del océano, los vientos y los guerreros marinos, ése es tu mástil. Ni el canto de las sirenas puede desatarte. Es la vida y la muerte que elegiste.

• No tienes enemigos. Eres imbatible porque el oro que robas nunca podrá darte una vida distinta ni te hará aceptable ante los ojos opacos que admiran los palacios, las galas y las ofrendas de las musas. Porque sabes que las doncellas son violadas una noche y al amanecer son cuerpos mancillados, que ya no ofrecen nada a tu poderoso mástil, materia y signo, a tu sable afilado y ruin, espolón de tu lealtad, que es tu única riqueza, y que es tu único aliado.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.

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Un comentario en “Lecciones a un futuro pirata

  1. Sin lugar a dudas una descripcioj similar a la fatidico mundo en el que habitamos