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En el principio, fue el anarquismo

El 8 de enero, dos policías y diez cartonistas que laboraban en el semanario satírico Charlie Hebdo fueron asesinados en París, Francia. Al grito de “Dios es grande”, dos radicales islámicos vengaron violentamente las supuestas afrentas que el semanario había provocado a su religión. A pesar de contar con entrenamiento militar, sin embargo, ambos militantes, junto a un tercer colaborador, acabaron siendo abatidos por las fuerzas de seguridad en poco más de un día de caza y captura. En total, los ataques terroristas acabaron con la vida de 20 personas, entre víctimas y victimarios.

terrorismo

La conmoción provocada por los atentados de París no es nueva. Ya hace cien años, los anarquistas sembraban el pánico en las democracias occidentales con tácticas parecidas: el ataque cuasisuicida y la propaganda por el hecho. El 24 de junio de 1894, por ejemplo, un anarquista apuñaló hasta la muerte al presidente de la República francesa, Sadi Carnot, a la vez que gritaba “¡larga vida a la revolución, larga vida al anarquismo!” Unos meses antes, otro anarquista escondió una bomba en uno de los elegantes cafés de la Avenida de la Ópera parisina con la intención de asesinar burgueses, a los que acusaba de ser responsables de apuntalar el orden establecido. Ambos anarquistas fueron rápidamente detenidos y condenados a muerte.

En respuesta a estos y otros ataques anarquistas, varias conferencias internacionales fueron organizadas en las que se pusieron los cimientos para que los principales gobiernos occidentales incrementaran la vigilancia sobre aquellas personas envueltas en actividades anarquistas (aunque no fueran violentas), y compartieran información sobre posibles anarquistas radicales. En un eco curioso de reminiscencias pasadas, incluso se intentó aprobar un protocolo secreto de “guerra contra el anarquismo”, pero pocos gobiernos decidieron apoyarlo formalmente. El anarquismo no fue derrotado por la fuerza de las armas “capitalistas”, sino por la debilidad de su programa práctico de gobierno: el fracaso de los anarquistas para mantener su laboratorio de pruebas en el frente catalano-aragonés durante la guerra civil española hizo más por derrotar al anarquismo que todas las penas de muerte sentenciadas contra sus militantes.

Los fundamentalistas islámicos de hoy en día muestran notables similitudes con el accionar armado de los anarquistas, no sólo en su baja aversión al riesgo (la probabilidad de salir con vida del ataque es muy baja), sino también en las tácticas generalmente poco sofisticadas, así como en los excesivamente laxos criterios de selección de víctimas. Pero hay una diferencia crítica que augura un futuro más prometedor al yihadismo que el que tuvieron las redes anarquistas que operaron entre 1875 y 1939: la ventaja estratégica. Frente al anarquismo, los yihadistas combinan eficazmente la erosión de gobiernos locales con la presión sobre las potencias occidentales. Frente a los marxistas de mediados del siglo XX, casi siempre leales a la URSS, los yihadistas preconizan una estructura organizativa acéfala que permite una competición de suma positiva entre frentes armados por la captación de recursos y reclutas. Estas ventajas estratégicas, la combinación de frentes y la competición entre ellos, hacen muy difícil que el yihadismo desaparezca en el corto plazo, no sólo por su fortaleza ideológica, sino por los dilemas que las potencias occidentales enfrentan para tratar de debilitarlo.

El conflicto en dos frentes

La literatura sobre conflictos insurgentes suele distinguir entre aquellos rebeldes que persiguen cambiar el régimen político (pasar de una democracia representativa a una democracia popular, por ejemplo) y aquellos que persiguen alterar las fronteras del país (guerras de secesión). En ambos casos, los insurgentes actúan dentro de las fronteras del país cuyo gobierno combaten, y sólo actúan fuera de las mismas para atacar objetivos de su enemigo doméstico en el extranjero o castigar la intromisión de algún gobierno foráneo en el conflicto interno. Para aquellos grupos que han perseguido cambiar el orden global, como anarquistas, socialistas y fundamentalistas, las fronteras no existen: es posible combatir al enemigo en cualquier parte del mundo, porque el objetivo de los militantes es liberar al orbe entero de los supuestos males que le afectan –sean la innata corrupción del poder, el capitalismo o la apostasía religiosa.

Obviamente, tan ambiciosos objetivos generan un gigantesco problema de acción colectiva: pocas personas tienen incentivos para participar si todos nos vamos a “beneficiar” de las supuestas ventajas del cambio ideológico. Frente al anarquismo de finales del XIX y principios del XX, las organizaciones armadas marxistas de los años 70 lo tuvieron claro, y se concentraron, con alguna excepción como el famoso terrorista Carlos el Chacal, en realizar ataques dentro de sus países originales: las Brigadas Rojas en Italia, la Baader-Meinhof en Alemania, etc. Concentrar en un país la actividad violenta favorece la construcción de redes de apoyo que permiten que los terroristas no acaben su carrera delictiva tras cometer su primer atentado. Y la creación de una estructura organizativa posibilita, al menos a priori, que se abran canales de comunicación con los enemigos políticos. Sin embargo, a pesar de poner a algunos gobiernos (como el español o el italiano) al borde la involución golpista con unos pocos ataques terroristas, el marxismo armado fracasó, porque no consiguió movilizar a las acomodadas clases obreras occidentales.

El fundamentalismo islámico armado se debate entre esas dos tendencias, la lucha local o la lucha global, y la pequeña historia de la transición estratégica entre una y otra se debe en gran parte al surgimiento de Al-Qaeda. Tras la segunda guerra mundial, la mayor parte de las insurgencias islámicas tuvieron un foco local, pues o bien perseguían fines separatistas (el frente moro en las Filipinas, los cachemires en la India o los pakistaníes orientales) o derrocar a regímenes títeres (el Shah en Irán, el FLN en Argelia, el gobierno prosoviético en Afganistán o el gobierno proamericano en Egipto).  Tan sólo la OLP tras ser expulsada de los territorios pertenecientes a Palestina, y Hezbollah tras la ocupación israelí del sur del Líbano realizaron ataques terroristas en el extranjero contra intereses judíos, pero rara vez esos ataques fueron tan indiscriminados como se volverían más tarde.

Fue el reiterado fracaso de las insurgencias locales lo que empujó a los nuevos líderes fundamentalistas a replantearse su estrategia a finales de los años 1980. En un Afganistán destruido por la guerra con la derrotada Unión Soviética, se encuentran Ayman Al-Zawahiri, médico egipcio que había sido uno de los líderes de la Yihad Islámica de ese país (y actual número uno de Al Qaeda), y Osama Bin Laden, fundamentalista saudí que había dedicado su fortuna familiar a contribuir a la derrota soviética en el país asiático.

Tras fracasar en el derrocamiento del régimen militar en Egipto, Al-Zawahiri está convencido de que el auténtico enemigo no era Mubarak, el entonces presidente egipcio, sino los Estados Unidos, quienes sostenían al gobierno títere en El Cairo. Mubarak nunca cedería si el apoyo financiero y militar de los Estados Unidos no aflojaba. Para conseguirlo, se volvió fundamental atacar directamente a Estados Unidos y sus aliados, con la intención de obligarlos a romper sus vínculos con los gobiernos “apóstatas” árabes. Bin Laden, por su parte, era el discípulo privilegiado del clérigo palestino Yusuz Azzam, defensor también de la idea de que sólo la violencia traería el renacer islámico, rechazando todo compromiso o negociación con los enemigos del Islam. Al igual que para los anarquistas, la violencia islámica tendría el encanto creador de la destrucción, desenmascararía la auténtica cara de los gobiernos despóticos árabes, y activaría las conciencias de los verdaderos musulmanes, dispuestos a dar su vida por la liberación de las tierras islámicas. De la confluencia de estas ideas, surge Al Qaeda (la base) como vanguardia terrorista de creyentes dispuestos a dirigir la lucha contra los infieles (con Estados Unidos a la cabeza) a nivel global.

Al Qaeda supone la generalización del ensueño producido por la victoria yihadista sobre los soviéticos, pero con una nueva perspectiva de la violencia. Mientras que los soviéticos fueron derrotados por su propia incapacidad para controlar el intrincado territorio afgano, Al Qaeda innova al buscar blancos estadounidenses en cualquier parte del mundo. En cinco años de experimentación, Al Qaeda atenta contra las embajadas de Estados Unidos en Tanzania y Kenia y contra el acorazado USS Cole atracado en Yemen, entre otros atentados. Pero son sus famosos ataques del 11 de septiembre contra el Pentágono y el WTC en suelo norteamericano los que catapultan la “vanguardia” a la fama mundial.

A partir de entonces, a pesar de no materializar sus objetivos, pues lejos de abandonar Oriente Medio, Estados Unidos incrementó su presencia con las invasiones de Afganistán e Irak, Al Qaeda patenta una estructura tricéfala de violencia que mejora sustancialmente las desesperadas embestidas anarquistas de un siglo antes. En primer lugar, se mantienen los ataques propiamente reivindicados por Al Qaeda, cada vez menos, dada la desarticulación del santuario afgano; en segundo lugar, grupos radicales locales que habían sido prácticamente derrotados por los estados a los que se enfrentaban (como el GIA en Argelia o Abbu Sayyaf en Filipinas), juran lealtad a Al Qaeda, y empiezan a realizar ataques terroristas contra blancos locales autorizados por la “casa matriz”; y en tercer lugar, se generaliza la aparición de “lobos solitarios”, musulmanes con pasaporte de algún país occidental que se radicalizan a través de las redes de captación del fundamentalismo y deciden llevar a cabo atentados en sus propios países de adopción (como la masacre de los trenes de Atocha en 2004, las bombas del maratón de Boston o la reciente matanza de París). Sin embargo, este modelo se demostró incapaz de alterar la relación de fuerzas entre las potencias occidentales y los fundamentalistas.

Dos factores contribuyeron a la decadencia del modelo Al Qaeda. Por un lado, las ramas regionales de Al Qaeda (Mesopotamia, Magreb, Arabia Saudí) siguieron siendo tan ineficaces como lo habían sido anteriormente, cuando operaban bajo banderas locales. Además, la estructura de células independientes sin conexión con redes de apoyo locales provoca que cada ataque exitoso en algún país occidental suponga la finalización automática de la red, pues los atacantes o se inmolan en el mismo, o son rápidamente detenidos. Si añadimos la deficiente formación de los terroristas, es fácil entender por qué la amenaza yihadista se ha mantenido dentro de niveles aceptables. Por otro lado, las primaveras árabes demostraron que lejos de estar ahogadas por el dilema entre fundamentalismo o dictadura, muchas naciones árabes contaban con una pujante juventud secularizada que exigía de sus gobernantes lo que no deja de oírse en nuestras calles más cercanas: “menos corrupción, más representación”. En un inicio, las primaveras árabes desacreditaron a los mensajeros de la violencia, pues las protestas fueron capaces de derribar a gobiernos que se visualizaban como imperturbables sin necesidad de recurrir a la violencia (con la excepción de Libia). 

Pero esta interpretación optimista también llegó a su fin con el enconamiento de la guerra civil en Siria, y la retirada acelerada y vergonzante de los estadounidenses de Irak. El triunfo electoral del islamismo en Egipto avisó a las potencias occidentales de que las primaveras árabes eran un viaje de ida y vuelta, pues lejos de transitar hacia democracias liberales, retornaban a un autoritarismo electoral con nueva fachada. En Siria, el dilema era aún mayor: una larga intervención armada para derrocar al régimen de Bashar al-Assad y así debilitar a un aliado chií de Irán y Hezbollah, con pocas esperanzas de que la débil insurgencia secular siria fuera capaz de capitalizar la victoria; o quedarse al margen y así reforzar a su principal enemigo, e indirectamente abrir la insurgencia siria a la llegada de los fundamentalistas (inicialmente, el Frente Al-Nusra, vinculado a Al Qaeda, y más tarde el Estado Islámico). Un Obama enfocado completamente en la política doméstica para conseguir la reelección, optó por retirarse de Irak y no intervenir en Siria, la peor posible de las combinaciones.

Yihad: una competición de suma positiva

La salida de las tropas aliadas de Irak permitió que la insurgencia yihadista se rehiciera, esta vez sin la supervisión de Al Qaeda. La rama iraquí de la organización (AQI) se había caracterizado por una brutalidad desconocida, que incluso obligó a Al-Zawahiri a llamar al orden al líder local para que dejara de asesinar civiles chiíes. El hundimiento de AQI posibilitó el funcionamiento autónomo de un grupo terrorista llamado en sus inicios Estado Islámico de Irak, y que hoy es conocido popularmente como ISIS, por sus siglas en inglés. En los últimos cuatro años, este grupo ha tejido una inteligente red de alianzas con jefes tribales suníes y antiguos militantes del partido Baas que le ha permitido aprovecharse de la debilidad de las corruptas fuerzas de seguridad iraquíes para convertirse en el enemigo número uno yihadista, al controlar amplias zonas territoriales en las provincias limítrofes del este sirio y el oeste iraquí.

A pesar de compartir ideología fundamentalista con Al Qaeda, ISIS plantea un regreso a la primacía de la lucha local sobre la global. ISIS ha asesinado ciudadanos estadounidenses y ha defendido en las redes sociales el uso de la violencia contra los países occidentales que sostienen a los gobiernos apóstatas en la región. Pero su foco está en la construcción de un califato cuyo núcleo principal se enclave en las tierras de Siria e Irak. Podríamos decir que frente a los esfuerzos destructivos seudo-anarquizantes de Al Qaeda, ISIS está más interesado en garantizar un nuevo territorio liberado desde el que exportar la cruzada por las tierras del Islam. En esta estrategia, la táctica de los ataques en Occidente puede ayudar a forzar la polarización de los musulmanes europeos, y a alimentar las pulsiones aislacionistas occidentales, pero no es su eje fundamental.

En la competición por adoptar las estrategias que garanticen más recursos y reclutas, Al Qaeda, también se debate entre las dos pulsiones: la del terrorismo internacional o la de la liberación de territorio. Debilitados en Argelia, Somalia y Arabia Saudí, expulsados de Irak y con una fuerte competencia de ISIS en Siria,  Al Qaeda ha encontrado en Yemen terreno fértil para establecer bases de entrenamiento. Aprovechándose de la inestabilidad reinante en el país tras el derrocamiento de Saleh, presidente desde la unificación de los dos Yemen en 1990, grupos vinculados con Al Qaeda han conseguido controlar temporalmente regiones del sur del país. Es en estas zonas donde parece que los ejecutores de la masacre terrorista de París recibieron entrenamiento militar.

Quizás sea esta la principal novedad del ataque de París. Hasta ahora, y desde la caída de los Talibanes, las células terroristas encargadas de los atentados en Occidente habían recibido un entrenamiento que podríamos catalogar de chapucero. Sin la estabilidad que da contar con zonas liberadas, los cursos de entrenamiento se reducen a charlas de radicalización mezcladas con el manejo de armas que rara vez pueden ser utilizadas en los países en los que se pretende ejecutar el ataque terrorista. La novedad es que la existencia de amplias zonas controladas por los fundamentalistas posibilita la creación de una nueva internacional islámica del crimen, encargada de exportar la yihad por todos los rincones del orbe, algo así como el Departamento América cubano que entrenaba y financiaba a comunistas latinoamericanos interesados en derrocar a sus gobiernos locales.

Pero a diferencia del Departamento América, esta nueva internacional del crimen es multipolar, pues cuenta con numerosos centros independientes entre sí: ISIS en Mesopotamia, los talibanes en el eje Afganistán-Pakistán, AQ en Yemen, Al Shabah en Somalia, Boko Haram en Nigeria, o los yihadistas del Saleh, todos quieren ganar la atención del mundo con sus ataques internacionales para así garantizarse más propaganda y recursos.

Ante tanta competencia entre grupos yihadistas de diverso pelaje, uno esperaría que se incrementen sus ataques en Occidente. Sin embargo, también existen barreras a la generalización de atentados como el de París. Si la primacía de la lucha está en el Oriente Próximo, los mejores combatientes extranjeros han de permanecer ahí, en vez de regresar a sus países de origen para realizar ataques terroristas que garantizan su inmediata inmolación (a través del suicidio, o de la detención inmediata). Una mayor presión policial sobre los europeos que viajen a estos lugares hará que muchos posiblemente no regresen. Siempre queda el riesgo de los “lobos solitarios” que se radicalizan de forma autónoma, pero sus probabilidades de éxito en la ejecución de un ataque terrorista como el de París son mucho menores.

Escenarios futuros

Ante la más que probable supervivencia del terrorismo internacional islámico, ¿qué soluciones quedan para los gobiernos occidentales? Digamos que se debatirán entre dos tentaciones y la siempre implacable fuerza del statu quo. La primera tentación es la aislacionista. En una Europa muy castigada por la gran recesión, y todavía incapaz de superar los problemas de gobernanza dentro de la Unión Europea, la desafección ciudadana contra las élites políticas está marcando la agenda. Mientras que en los países del sur (España, Grecia, Italia) la revuelta ciudadana está liderada por el populismo de izquierdas, en los países del centro y norte de Europa la bandera contra el sistema la levantan los partidos xenófobos de derechas. Para estos últimos, sus dos enemigos principales son los inmigrantes musulmanes dentro de sus fronteras, y el poder irrestricto de la burocracia europea más allá de las mismas. En este contexto, los atentados de París refuerzan el mensaje de los partidos populistas de derechas, como el Frente Nacional, para quien la masacre es fruto de la debilidad de las políticas estatales frente a unas minorías que no aceptan asimilarse en los valores de la nación. Un posible triunfo de Marine Le Pen, la candidata del Frente, en las elecciones presidenciales de 2017 supondría más aislacionismo en el exterior, y más rechazo institucional hacia los musulmanes. Desde un punto de vista económico, los Estados Unidos también podrían encontrar beneficioso abandonar a su suerte a sus aliados en la región. Los norteamericanos planean autoabastecerse con su propio petróleo para el 2020, por lo que su tradicional alianza con Arabia Saudí tendente a garantizar el comercio mundial del crudo podría tornarse demasiado costosa. A su vez, Europa lleva décadas intentando reducir su dependencia del petróleo árabe, con inversiones gigantescas en energías renovables, y en la importación de gas desde Asia y el norte de África.

La segunda tentación es justo la contraria: salir a las nuevas cruzadas para derrotar a los fundamentalistas. Gobernantes con poco apoyo en las encuestas podrían recurrir a la guerra internacional como mecanismo para mejorar sus números de aprobación. Lo hizo Bush Jr, y quién sabe si no lo hará también un Hollande que podría volverse de la noche a la mañana un ferviente defensor de los ataques contra ISIS. Si Francia, tradicional contrapeso del expansionismo estadounidense, decidiera proponer una coalición internacional para tumbar ISIS y forzar una negociación en Siria, es muy posible que tuviera éxito en el aspecto organizativo. Ahora bien, es mucho más dudoso que vencieran en los campos de batalla. Y la visión de soldados occidentales retornando en ataúdes a la patria por haber dado su vida en tierras donde no son bien recibidos es cada vez más difícil de justificar.

Finalmente, queda la fuerza del statu quo. Tras la masacre de París, se hicieron las marchas para condenar la violencia y separar al Islam de sus hijos descarriados. Se anunciaron nuevas iniciativas internacionales contra el terror, y se incrementaron los controles sobre aquellos ciudadanos que manifiestan alguna propensión fundamentalista (el famoso “pecado de pensamiento” católico). Sin embargo, sin voluntad para derrotar militarmente a los yihadistas que luchan en los territorios del Islam, no dejarán de existir los fundamentalistas que están dispuestos a inmolarse en un país occidental para vengar alguna afrenta pasada, presente o futura.

Lo que los gobiernos occidentales no parecen entender es que no se están enfrentando a los anarquistas del pasado. Aquellos fueron fácilmente derrotados porque su misma ideología les impedía concentrar sus recursos en la destrucción del gobierno de un país concreto, para desde ahí exportar la revolución anarquista por todo el mundo. Los fundamentalistas islámicos, al igual que las insurgencias marxistas, han sido más pragmáticos, al compatibilizar el objetivo global con las conquistas locales. Y además han hecho realidad la famosa consigna del Che referida a que “crear dos, tres… muchos Vietnam” era la forma más eficiente de agotar los recursos de las potencias occidentales.

El Estado Islámico de Irak es ahora el enemigo número uno, pero no conviene olvidar que grupos semejantes, como Hamas en los territorios ocupados, las milicias islámicas en Libia, AQ en Yemen, Boko Haram en Nigeria, los Talibanes en Afganistán y los grupos pro-talibanes en Pakistán, o Al Shabab en Somalia, tienen el control de amplias partes del territorio de dichos países. Mientras estos grupos puedan mantener zonas liberadas donde implementan su particular visión de la Sharia, y a la vez seguir luchando contra regímenes a los que acusan de ser marionetas de las potencias occidentales, podrán seguir reclutando militantes dispuestos a perpetrar ataques contra Occidente.

El statu quo, a pesar de su fuerza, no es un equilibrio: la ausencia de intervención directa de las principales potencias occidentales (EEUU, Francia, el Reino Unido) permite a los fundamentalistas fortalecerse; pero su permanente intervención indirecta (con ayuda militar y financiera a gobiernos corruptos y dictatoriales) permite a los fundamentalistas acusarlas de sus fracasos. 

Hasta ahora, la debilidad relativa de los yihadistas había favorecido una aproximación indirecta, con algunas excepciones como Afganistán, Irak o más recientemente, la rápida intervención francesa en Malí. El uso de aviones no tripulados contra blancos yihadistas generó la ilusión de que era posible acabar con el terrorismo sin necesidad de pelear sobre el terreno. Pero el sorprendente éxito del ISIS ha cambiado las tornas. La creación de una cabeza de puente para los fundamentalistas ha elevado el coste de la participación en la “guerra contra el terror”. En primer lugar, al controlar territorio, los fundamentalistas pueden mejorar los mecanismos de captación y entrenamiento de posibles terroristas. Con más posibilidades, se incrementa la posibilidad de que los ataques terroristas en democracias consolidadas puedan alterar el normal curso de la política nacional (piénsese por ejemplo, en el resultado de la elección del 14 de marzo de 2004 en España). Y en segundo lugar, porque las ventajas asociadas a “presidencias guerreras” son cada vez más limitadas, dada la inmediatez de sus costes (en muertos) y lo incierto de sus ventajas. Más allá de las armas de destrucción masiva, la guerra de Irak se justificó a partir de la teoría del contagio democrático, que venía a decir que un Irak bajo control estadounidense se convertiría en la Suiza árabe, y contagiaría sus exitosas instituciones democráticas a las demás tiranías de la zona. Ya sabemos el alto coste pagado (en dólares y vidas humanas) para la construcción de una democracia que a todas luces parece averiada.

En fin, a pesar de las proclamas contra la barbarie que siguieron a la masacre de París, todo parece indicar que Occidente está en retirada del mundo islámico. Temeroso de recibir más ataques que reforzarían a los corrientes políticas domésticas más populistas, cada vez menos dependiente de su petróleo, pero más consciente del coste económico de mantener gobiernos altamente impopulares, es probable que los gobiernos occidentales reduzcan su exposición a los problemas internos del mundo islámico. Queda la duda de si esta estrategia conseguirá acabar con las masacres del fundamentalismo en suelo europeo, dado que en gran parte los ataques son producidos por ciudadanos occidentales de segunda generación. Quizás políticas más restrictivas contra determinadas nacionalidades, y una menor aceptación del Islam contribuyan al cierre ideológico que impermeabilice a Occidente de los incendios que sus juegos de guerra han provocado en el mundo islámico desde la caída del imperio otomano. 

 

Luis de la Calle-Robles
Profesor de Ciencia política en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

 

2 comentarios en “Genealogía de los ataques terroristas de París

  1. Este artículo es impreciso, posee demasiadas generalidades y cae en múltiples lugares comunes. Los ejemplos y el paralelismo es errado. La gran diferencia entre el anarquismo y los movimientos islámicos es que éstos últimos corresponden a fines ulteriores específicos, religiosos, que tienen que ver con una cosmovisión distinta a la occidental. Muchos de estos grupos (que seguramente tendrán diferencias significativas y a los cuales habría que estudiar con suma minuciosidad), poseen una serie de conductas que reglamentan su actuación social. El anarquismo, en cambio, no es un programa, nunca ha funcionado como tal y menos en lo que respecta a la violencia; los escritores del anarquismo siempre apostaron por la no imposición de los dogmas o creencias del movimiento y menos mediante la fuerza, (a diferencia del comunismo que en muchos casos, por ejemplo, se vuelve programático, aunque de inicio tampoco aconseje la violencia explícita). El hecho de que algunos casos aislados respondan con agresividad o violencia no es una razón suficiente para encajar un movimiento reflexivo (ante todo), sumamente complejo en una visión de mundo que corresponde a la que los acontecimientos históricos del siglo XXI, le hacen ver al periodista o a los civiles. Es cierto que el anarquismo está vinculado con grupos juveniles, tendencias musicales como el punk u otras vertientes, y que muchos jóvenes que no tienen manera de canalizar o expresar su descontento vital, dadas las complejas condiciones que viven social y económicamente, y lo utilizan como un espacio en el que pueden sofocar sus “demonios” interiores mediante la violencia o determinadas actitudes impulsivas (las cuales, por cierto, también son problema del estado en el que se suscitan, un estado que debería ser sensible a los descontentos de sus ciudadanos y que seguramente en ellos encontraría respuestas a las complejas situaciones sociales, económicas y psicológicas de grandes grupos.) El que determinadas personas o incluso grupos se encuentren afectados psicológica y socialmente, no implica que un movimiento entero del pensamiento genere dichas conductas.
    La incapacidad crítica produce un pensamiento generalizante, en el cual, no existen los matices; en vez de educarnos y tomarnos el tiempo de meditar en cómo se producen los fenómenos sociales y en observarlos atentamente estableciendo correlaciones, diferencias, estudiando su historia y raíces, su funcionamiento epocal, sus diversos y variados contextos, damos opiniones y juzgamos demasiado pronto, induciendo a los lectores a la opinión más próxima, poco reflexiva, sin una real profundización en los aspectos. Considero que es más importante estimular un verdadero y profundo pensar, que lanzar conclusiones que de inmediato juzgan situaciones o conceptos que requieren otro tipo de acercamientos. Por sus atenciones, gracias.

  2. Agradezco a Ingrid Solana el haber ofrecido una semejanza más entre el anarquismo y el fundamentalismo que yo no había mencionado en el artículo: se trata de programas ideológicos tan laxos e indefinidos que siempre es posible disociar a los que practican la violencia en su nombre de las supuestas ideas centrales de los mismos. Parte de la discusión actual sobre el yihadismo es si el fundamentalismo proclama o no el uso de la violencia para la consecución de sus fines religiosos. Algo parecido podría decirse del anarquismo de principios de siglo: Nechayev nada tenía que ver con Kropotkin (bueno sí: ambos eran rusos), a pesar de que ambos se identificaban como anarquistas.