Literatura y adolescencia

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Salvar al buitre (Cuadrivio, 2014) es una compilación de fósforos literarios que van alumbrando las habitaciones de la infancia, las calles de los barrios tristes y las lecturas de la adolescencia. Presentamos aquí un puñado de estos aforismos melancólicos.


I
Se busca uno de esos libros escasos, capaz de humedecer nuestras oxidadas semillas de la infancia y de la adolescencia

Adolescencia: época en que todas las lecturas llaman a la insurrección general.

A esa edad, el enemigo se encuentra encaramado en todos lados, pero la lectura nos ayuda a distinguirlo.

Libros de adolescencia: aliados estratégicos en la subversión del poder familiar, del poder lingüístico.

Esos libros nos llevaban al origen, a buscar ahí la fuerza que a veces nos faltaba en nuestra guerra contra todo.

Esos libros nos acompañaban en la aventura, en la expedición punitiva para recuperar nuestra alma robada.

Con ellos podíamos cruzar fronteras, aunque estuviéramos cansados o castigados. 

Ellos nos dieron argumentos para rebatir a nuestros mentores, para avergonzarlos de ser viejos y cobardes.

¿Somos afortunados o desafortunados? Los que sobrevivimos a esa era adolescente del rebatimiento suicida.

Libros de esa época en que estamos muy solos, en nuestra pocilga, en el límite del estado de naturaleza.

Reliquias legibles de esa época prodigiosa en que aspirábamos a renunciar a la raza humana.

Propongo guardar un duelo permanente por los libros de nuestra adolescencia.

II
Éramos muy pobres, yo sacrificaba parte de mi comida, adquiría libros y los introducía a escondidas en el lugar que habitábamos. Sin embargo, cuando mi madre advertía el crecimiento del montoncillo de libros que era mi biblioteca, lloraba de impotencia.

Un libro inconformista que se resume en el odio a los ancestros y en el intento inútil por borrar de su escritura cualquier rasgo de ellos.

De un viejo libro de autoayuda extraje la costumbre: escribir con buena letra los recuerdos gratos para no olvidarlos.

A medida que un libro confirma tu soledad, comienzas a sentirte más fuerte: convives con animales felices, gruñes a prójimos medrosos.

Uno se acerca a ciertos libros tildándolos ingenuamente de “apetitosos”, aunque en realidad es uno el que se apresta a ser devorado.

Los libros más fecundos se leen en la oscuridad: sus lectores están agazapados y acechados por insultos.

III
Un buen lector acude al libro para sabotear el sentido que el autor trata de imprimirle.

Uno tiende a superponer, en las tramas convencionales que lee, la historia inexpresable de su propio caos y devastaciones.

Le dije al dizque crítico: para mí no ha habido belleza, ha habido emociones duras, y no concibo leer un libro sin coraje.

Me disgustan los libros que se hacen pasar por literatura literaria, yo tengo avidez de pavor y fiebre.

Hay libros con los que uno restituye su fragilidad infantil, por los que uno pasa con miedo de que lo lastimen, con prisa por salir de ahí, aparentando no saber qué sucede en sus páginas.

Encuentra un breve libro que te revele grandes y severas leyes y, al mismo tiempo, te libere.


 

IV
Cuidado, hay libros que se adhieren violentamente a la piel y te dejan marcado para siempre.

He ahí un transeúnte con las cicatrices indelebles de Flaubert, Hamsug, Strinberg, Poe, Nerval, Baudelaire, etc..

Hay que sospechar fundadamente que hay libros destinados a matar a otros a través de nuestros cuerpos.

La materia de un gran libro: escombros del poder, sangre humana, excrementos de pájaro.

Un libro al que abrazas como a un caballo humillado, lloras con él, elijes perder la razón.
V
Entre tantos relatos largos, correctos, idiotizantes, buscaba un libro desmesurado e inflamable, que lo quemara.

Hay lecturas que te elevan sin permitirte que levantes los ojos.

Pensamos que poseemos un gran libro, pero no, somos su pequeña presa.

Los libros de Dickens sirven para que el lector recupere sus propias humillaciones, vergonzosamente olvidadas, desmedidamente recónditas.

La ventaja de la infancia y de la edad provecta es que hay poca tolerancia a las lecturas aburridas.

 

Del libro, Salvar al buitre, México, Cuadrivio, 2014.

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Publicado en: Sólo en línea

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