En una mesa redonda en la London School of Economics en abril de 2012, frente a la mirada escéptica da Salim Yaqub, Profesor de Historia de las Relaciones Internacionales de EEUU en UCSB y de varios miembros del público, me aventuré en decir que durante el segundo mandato de Obama era probable una revisión radical de las relaciones entre EE.UU. y Cuba. El restablecimiento de las relaciones diplomáticas, congeladas desde 1959 en el frío abrazo del enfrentamiento bipolar, y el abandono del embargo se presentaban como una opción posible, por una serie de razones, tanto de política interna norteamericana como de política internacional. Dos años después, en diciembre 2014, y en el medio del segundo mandato del presidente demócrata, asistimos finalmente a ese cambio radical, con la reanudación de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana anunciado por el propio Obama y por Raúl Castro. Se trata, muy probablemente, del paso previo a la cancelación del embargo estadounidense hacia Cuba, establecido en 1962 por otro presidente demócrata, John Fitzgerald Kennedy, al calor de la crisis de los misiles.

Para aquellos que entienden la estrategia exterior norteamericana hacia Cuba o América Latina como el producto de meros cálculos económicos o consideran imposible a priori el entendimiento entre Washington y formas de expresión política inclusive radical en el continente, este desenlace puede resultar difícil de entender. Al fin y al cabo, el modelo económico cubano y su sistema político siguen representando, a nivel teórico, un reto para los intereses económicos estadounidenses y un obstáculo, a nivel práctico, para la vuelta a la swinging Cuba de los años de Fulgencio Batista. De acuerdo con un modelo interpretativo que privilegia las variables económicas y las estructuras, en lugar del análisis de la políticas, sus dinámicas y discontinuidades, un cambio en las relaciones entre Cuba y Washington tiene difícil cabida.
Bajo mi perspectiva, el problema es que el deshielo a que asistimos ahora, así como la ruptura que se gestó al hilo de la revolución cubana no han tenido y nunca tuvieron nada a que ver sólo con cuestiones económicas, ni fueron el producto de un enfrentamiento estructuralmente inevitable. El conflicto entre los dos países se forjó en el complejo entramado de la Guerra Fría y en una tesitura, además, peculiar dentro la propia trayectoria del conflicto bipolar. El conflicto entre Fidel Castro y Washington no se entendería sin tomar en cuenta el recelo hacia el nacionalismo tercermundista que el cruce entre Guerra Fría y descolonización generó en los policy-makers norteamericanos entre el final de los años 50 y el comienzo de los años 60. La administración Eisenhower, quien había visto montar con fuerza creciente el poder de atracción soviético hacia el nacionalismo radical de Asia, Oriente Medio y África durante los años 50 no se podía permitir el nacimiento de un nuevo Nasser a pocas horas de navegación de sus costas. Estos miedos contribuyen en explicar el rechazo estadounidense hacia Castro durante los días de la insurrección en contra de Batista, es decir, inclusive antes que Castro virara hacia el socialismo y colocara a Cuba dentro del bloque soviético. El rechazo a priori norteamericano, combinado con el genuino radicalismo del líder cubano, determinado a modificar la raíz las estructuras socio-políticas internas de su país, son algunos de los factores que explican el viraje de Castro hacia la Unión Soviética y las dramáticas rupturas entre los dos países durante los años posteriores a 1958.
Desde aquel lejano 1958, hemos sido testigos de un cambio drástico del escenario internacional, generado por la caída del muro de Berlín en 1989 y el colapso repentino del bloque soviético a principios de los años 90. Los procesos históricos se gestan lentamente, por lo que, probablemente asistimos ahora a la ola larga de los cambios anunciados a principio de los años 90 por el final del proyecto social y político del socialismo real. El nacionalismo radical del régimen socialista cubano, fuera del contexto problemático que fue generado por el cruce entre Guerra Fría y descolonización, no resulta obviamente ya tan problemático para EE.UU. Obama empuja así de vuelta la política exterior de su país hacia los cauces de una “buena vecindad” en la que, sin necesariamente compartir la perspectiva política del régimen socialista cubano, sí se torna posible el compromiso, la convivencia e, como muestra el trabajo de los médicos cubanos contra el Ebola, inclusive la cooperación.
El otro factor que ayuda a explicar el cambio norteamericano hacia Cuba, es la manera en que ha mudado, en profundidad, la naturaleza política del exilio cubano hacia Estados Unidos, por lo menos a partir de los años 80. Sobre todo en la conciencia Europea, Miami sigue siendo percibido como el reducto de la derecha reaccionaria cubana que huía de las expropiaciones, persecuciones y el fin de sus privilegios como consecuencia de las nuevas políticas de la Cuba revolucionaria de Castro. Aunque Miami después de 1959 nunca fue sólo esto, está claro que a partir del Mariel la composición del exilio cubano ha visto transfigurado sus rasgos tradicionales. Como ejemplifica bien la trágica historia de intelectuales como Reinaldo Arenas, el flujo de exiliados cubanos hacia Florida vio durante los años 80 la presencia creciente de intelectuales, periodistas, artistas que huían de la isla porque ya no encontraban o se les negaba su sitio en el clima asfixiante y homófobo del oficialismo castrista. Se trató pues de un nuevo exilio, compuesto en su mayoría por individuos que habían compartido las directrices sociales de la Revolución e inclusive habían cooperado activamente con ella. Sin embargo, para muchos de los pertenecientes a la generación post-Mariel, la cara autoritaria del régimen se había vuelto crecientemente intolerable. Considerando sus orígenes, en EE.UU., el nuevo exilio se fue identificado más fácilmente con las posiciones sociales y políticas del partido democrático. Estos cubanos, quien generalmente mantienen una visión muy crítica del embargo estadounidense hacia la isla, han sido y son potenciales votantes del partido de Obama concentrados, además, en un estado como Florida que es clave para una posible victoria de los demócratas en las próximas elecciones presidenciales en EE.UU. El cambio decretado por Obama hacia Cuba representa, también, un guiño hacia estos electores que podrán ser determinantes en 2016.
Lo que podemos esperar ahora es una lenta continuación del proceso de deshielo y una intensificación de las relaciones políticas, comerciales y económicas entre los dos países. Queda por ver cómo se articulará este nuevo compromiso entre dos realidades que mantienen rasgos radicalmente diferentes y que necesitan avanzar hacia la comprensión mutua. Washington necesita volver a aprender, como ha demostrado saber hacer en otras ocasiones, que se puede convivir con regímenes que encarnan visiones distintas de la sociedad. La Habana, empujada también por este cambio, tiene que modificar radicalmente su régimen, permitiendo el nacimiento de una verdadera pluralidad política y mudando su postura con respecto al problema de los derechos humanos. Se trata de resolver la problemática central que el modelo cubano arrastra desde su nacimiento, entendiendo una vez por todas que los avances sociales y la democracia deben ir de la mano. Los eventos de estos días son, sin duda alguna, un aliciente para que estas condiciones se cumplan tanto en EE.UU. como en Cuba.
Dr. Vanni Pettinà
Profesor de Historia Internacional de América Latina, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos. Es autor de Cuba y Estados Unidos, 1993-1959: del compromiso nacionalista al conflicto, Los libros de la catarata, Madrid, 2011.