
En ¡Atrévete! Propuesta hereje contra la violencia en México, Sara Sefchovich asegura que el problema de la delincuecia en México podría atenderse desde las relaciones familiares. Presentamos un extracto del libro con autorización de Penguin Random House.
Son ya muchos años en que situaciones de violencia se han vivido y se siguen viviendo en México. La delincuencia no es solamente la del narcotráfico, sino también la que no tiene que ver con él. Dicen los que saben, que los delitos del narco solo representan 0.5 por ciento del total de los ocurridos en un año en el país.
Ello provoca enorme sufrimiento en la población, por igual a jóvenes y viejos, ricos y pobres, ciudadanos comunes y celebridades, pues los criminales no respetan clases, edades, sexos, condiciones, lo mismo van contra el inmigrante centroamericano que cruza México para ir a trabajar a Estados Unidos, que contra una mujer joven que se desloma en una maquiladora; contra el médico o el burócrata que cumplen sus funciones, que contra quienes se divierten en un antro; contra las amas de casa que se entretienen en un casino, que contra los estudiantes de una preparatoria o los niños que juegan futbol en la calle; contra el empresario dueño de una fábrica, que contra el policía que vigila la estación del metro; contra los camiones de mercancías que contra los pasajeros de un autobús.
La violencia se ha convertido en el elemento central en el imaginario colectivo. Es el tema principal de las noticias en los medios, las conversaciones en torno a las mesas, los comentarios en las redes sociales, el cine, la literatura, las canciones, el periodismo, el arte.
Hoy miles de personas están tratando de entender qué pasa, cómo se llegó hasta aquí y sobre todo, cómo se puede resolver esta situación. Algunas lo hacen por su cuenta, otras organizadas en grupos académicos o en asociaciones de la sociedad, algunas en intervenciones para llevarle a la población apoyos sicológicos, cultura, talleres de arte y actividades deportivas.
Este libro hace una presentación de la situación, una revisión de las estrategias del gobierno y de las recomendaciones de los expertos así como una interpretación de las causas y origenes de la violencia. Y hace también una propuesta. Sólo que diferente, porque piensa las cosas desde una lógica distinta y propone una solución desde otro lugar: de abajo para arriba, desde la familia que es la base de la sociedad.
El siguiente es un fragmento del capítulo titulado “Otro modo de ver las cosas”.
Un día sí y otro también, tanto las autoridades como los estudiosos dicen que es “urgente la reconstrucción del tejido social”.
¿A qué se refieren con eso?
El concepto de tejido social se refiere a la serie de relaciones entre los individuos, las familias y las comunidades y al aprecio que sentimos hacia los demás.
Así entendido, el tejido social en México, al contrario de lo que se afirma, está sólido y fuerte, porque las familias se apoyan, ayudan y protegen.
Y este tejido funciona por igual para lo que se considera “positivo” como para lo “negativo”, es decir, para las familias “normales” y para las que viven en y de la ilegalidad y la delincuencia.
De hecho, entre los delincuentes existe un tejido social tan sólido que sus familias los ocultan y defienden y éstos, a su vez, ayudan, obsequian y cuidan de madres, hermanas, parientes, hijos, primos, cuñados, y hasta vecinos y amigos.
En el caso del crimen organizado, este “ha generado prácticas y apoyos sociales suplantando al Estado, vía la provisión de bienes y servicios”, afirma un académico, y así lo reitera la mamá de un narco: “Él ayudó a mucha gente, les regaló tierras a la familia y ha ayudado al pueblo”.
Además proporciona empleo, escribe Viridiana Ríos: “El narcotráfico es el quinto empleador más grande del país. Estimaciones recientes muestran que en México hay 468 mil personas dedicadas al esta actividad; es decir, cinco veces más personas que el total de la industria maderera mexicana y tres veces más que el personal de Pemex, la compañía petrolera con mayor número de empleados del mundo”.
Además de beneficiar a sus familias y comunidades, la delincuencia también le conviene a funcionarios, policías y jueces, que reciben su parte, de modo que mucha gente mejora su situación.
Lo anterior explica las reacciones sociales a favor de los delincuentes cuando el gobierno los captura. Por ejemplo en Culiacán, después de la detención de El Chapo Guzmán; en Guerrero, cuando “vecinos de la colonia Alfredo V. Bonfil, donde fue detenida una célula del Cártel Independiente de Acapulco, montaron retenes y quemaron llantas en protesta por el operativo de la Policía Federal”; en Sinaloa, donde dos jóvenes entrevistados fueron muy claros: “Sin el narco nos vamos a morir de hambre (pues) todos dependemos de él”. En síntesis, como dijo alguien entrevistado en Michoacán: “De enjuiciar a los pueblos por sus nexos con los narcos, estos quedarían vacíos. El 70% de la gente tuvo relación con ellos”.
Y no sólo eso, a muchos los enorgullece esa labor; es el caso de una madre de familia que le presume al jefe narco de su pueblo que “no uno sino dos de mis muchachos trabajan para su usted”. Y esto vale también para la delincuencia que no es del narco.
¿Qué más muestra de un tejido social sólido que la solidaridad vecinal en las colonias y barrios cada vez que la policía quiere entrar a buscar delincuentes, como ha sucedido en la colonia Doctores de la ciudad de México o en el Barrio de Tepito cuando los residentes de las vecindades se enfrentan con elementos de la policía para evitar que se lleven a quienes han asaltado automovilistas o un transporte con mercancía? ¿Qué más muestra de un tejido social sólido que cuando aparece algún desconocido que resulta sospechoso y se convoca a la comunidad que inmediatamente acude a lincharlo? ¿Tejido social roto cuando todo un pueblo de Guerrero sabe que allí llevan a esconder a los secuestrados y calla?
Los medios de comunicación y los intelectuales ponen el grito en el cielo cada vez que los habitantes de algún lugar salen a defender a los narcos o a los delincuentes. Pero a decir verdad, ¿por qué no habrían de hacerlo si ellos les ofrecen ese bienestar que nadie más les puede dar y que es lo que todos desean?
La delincuencia en México existe y crece porque cuenta con lo que alguien ha llamado un “elevado nivel de complicidad social”. Y esto sólo es posible cuando hay un tejido social sólido.
Pero además, y paradójicamente, la delincuencia también está consiguiendo la recomposición del tejido social allí donde no existía.
Por ejemplo, el regreso a la familia extensa como estrategia de seguridad y protección. Esto es muy claro en zonas donde las personas abandonan las casas de interés social y regresan a sus viejos hogares porque “aunque estemos apretados, prefiero tenerlos a todos cerca y todos nos organizamos para cuidar la casa” o en barrios en los que se establecen redes de vigilancia, como en el municipio de Chimalhuacán, donde los vecinos “golpearon y amagaron con linchar a dos sujetos cuando asaltaban un domicilio, luego de haber sometido a los moradores”; o en una colonia de clase media donde “nos hemos organizado para apoyarnos en cuestiones de seguridad”; o en una de clase alta en que “hemos puesto barreras y vigilancia en nuestra cuadra”.
Ricos y pobres, jóvenes y viejos, vecinos que no se conocían o apenas se saludaban, ahora se organizan y se apoyan. Algunos ponen policías y plumas a la entrada de sus fraccionamientos, otros establecen mecanismos de intercomunicación entre ellos. Saben que tienen que hacerlo porque no pueden confiar en la policía ni en las autoridades, como le sucedió al poeta Efraín Bartolomé, cuando una madrugada personas armadas que supuestamente buscaban a un narcotraficante, se metieron a su casa y aunque varias veces su esposa llamó solicitando ayuda, “ésta jamás llegó”.
Y lo saben también las propias autoridades, porque cuando varios ciudadanos lincharon a unos jóvenes que habían asaltado un camión de pasajeros, el Procurador de Justicia del D.F., en lugar de recriminarlos por hacer justicia por propia mano, les dijo que “entendía que se defendieran, pero que los conminaba a no excederse”.
Ahora bien: en México el tejido social tiene su fundamento en la familia, que para los mexicanos es la institución más importante, “mucho más que su país”, según una encuesta de la revista Nexos.
En ella se transmiten los saberes para la vida, las formas de relacionarse con otros y de resolver conflictos, se encuentra protección y solidaridad y los lazos de confianza existentes entre sus miembros son altos, mientras que fuera de ellas son extremadamente bajos. En una palabra es, como dice Christopher Lach, “un refugio en un mundo despiadado”.
Las familias entonces, conforman la red sobre la que se sostiene la vida, y también la red sobre la que se sostiene la delincuencia: “De hecho los cárteles mexicanos se organizan y sostienen en función de los familiares”, afirma Julio Hernández López. Y no sólo los narcos, los delincuentes comunes también se organizan en torno a relaciones de parentesco. Esto se hace evidente cuando se detiene a pandillas de ladrones o de secuestradores, y resultan estar formadas por hermanos, primos y cuñados.
Y en el centro de ese mundo familiar, como su eje y sostén, está la madre, dadora de vida, cuidadora y protectora, “diosa augusta que reina en soledad” como escribió Goethe.
Según datos recientes, en México hay casi 33 millones de madres. El 67% de las mexicanas mayores de 12 años son madres y si consideramos a las mayores de 30 años, el porcentaje sube a 90%.
Según dice la periodista Anabel Hernández: “Para un capo que se precie de serlo, su madre es lo más sagrado”. Y las madres corresponden a ese cariño, a esa veneración: se emocionan, reciben siempre a sus hijos con brazos abiertos, los ayudan en todo lo que ellos quieran, desde quitarle el hijo a la ex esposa, hasta esconderlos de las autoridades que los buscan. Es una lealtad que, como dice una estudiosa, empieza “mucho antes de que entre en juego el problema de la justicia”.
Pues bien: es a esta relación a la que debemos apostar para llevar a cabo el saneamiento social. Se trata de una modalidad inédita en la búsqueda de respuestas a la situación en que estamos inmersos, que propone enfrentar el problema de la delincuencia y la violencia “desde la relación familiar”, algo que algunos estudiosos consideran por cierto, como el único camino eficaz, y más todavía, lo propone desde la relación afectiva mas potente que existe en la cultura mexicana.
Sara Sefchovich
Socióloga e historiadora.
Fragmentos publicados con autorización de Penguin Random House