Bien viejo ha de estar el que se cansa de hablar hasta de sí mismo. O el que en un lapso de supremo fastidio mira como a través de un cristal la futilidad de su obra. Pero ¿quién es el que cuando la ha terminado quedó totalmente satisfecho de ella? Sólo el que no se equivoca nunca o cree no haberse equivocado nunca.
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