A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

La reciente (París, 1935) bancarrota y fallecimiento de André Citroën (n. 1878), el más importante fabricante de automóviles de Francia, puso punto final a una carrera sorprendentemente poco francesa. Antes de la guerra, fue vendedor en una casa de motores que pronto fracasó; durante la guerra, fue el organizador del arsenal militar de Roanne; después de la guerra, fue el padre del pequeño coche de cinco caballos que le dio fama internacional y más de mil millones de francos al año. Envió expediciones fotográficas al Asia y a África, mientras la publicidad escribía su nombre con luces en lo alto de la torre Eiffel; construyó hermosas fábricas modelo con lugares de recreo y parvularios; jugó un millón de francos por mano en las mesas de juego; creía en la producción masiva al estilo americano y murió sin un franco. Antes de su muerte, había vendido sus muebles, junto con las perlas de su mujer y la villa de Deauville. En la última de sus frecuentes bancarrotas, el ansioso gobierno se hizo cargo de todo. Se jactaba de no haber pagado jamás los impuestos; fue un hecho que a causa de sus visiones sin control y a su bluff arruinó a sus accionistas, mandó a la quiebra a sus acreedores y puso en la calle a treinta mil obreros especializados. Tenía una energía ilimitada, fue un megalómano y un gran bromista. Le encantaba pronunciar discursos en banquetes. Una vez pronunció uno en Londres en inglés, idioma que no hablaba; había hecho traducir sus palabras y memorizó el texto. Nadie entendió una palabra. Invariablemente se aprendía de memoria sus discursos en francés y luego jamás seguía el guión. Una vez iba a leer un discurso que se transmitiría por radio a toda Francia (después de haber prometido seguir todo el texto) y dijo: “Qué tal si contamos unos chistes”. Y de inmediato lo sacaron del aire. Cuando cruzó la frontera española en un viaje en auto, lo detuvo un aduanero quien le preguntó: “¿Nombre?”, y él contestó: “Citroën”. “No le he preguntado la marca del auto sino su nombre”, dijo el oficial. “Ah”, contestó el fabricante, “yo soy Citroën, pero este es Hispano”. Y lo era. Era un hombre pequeño, agradable y sagaz, con encanto y capacidad de envolver a la gente y a los bancos con sus proyectos. Su error consistió en creer que París era Detroit y en afirmar con satisfacción en su lecho de muerte: “Después de mi muerte, la casa Citroën caerá”. Había caído mucho antes. Para ser exactos, estuvo condenada a caer desde su concepción. Porque Francia no es USA.

Fuente: Janet Flanner, París fue ayer. 1925-1939 (trad. Marcelo Covián), Grijalbo, Barcelona, 1974.

00-cabos