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03-1-invisible

I
Estuvo siempre aquí.
Su pavorosa presencia oculta
Por esta fiesta de disfraces
De flores y pájaros
Y niños jugando en el jardín.

Sólo las hojas dicen la verdad.
Susurran misteriosamente,
Luego callan, como si escucharan
Una libélula
Que acaso sabe aún más sobre el invisible,

O si no por qué son sus alas
Tan diáfanas bajo la luz,
Y está tan pronta a emprender el vuelo
Que uno apenas advierte
Que estuvo aquí y ya se ha ido.

II
¿Acaso las sombras no saben algo al respecto?
La manera en que, también ellas, van y vienen
Como si cumplieran una visita a ese otro mundo
Donde hacen lo que hacen
Antes de volver a toda prisa con nosotros.

Justo hoy admiraba la sombra que proyecto
Mientras caminaba solo por la calle
Y estuve a punto de hacerla hablar
Sobre este preciso tema
Cuando de pronto se apartó de mí.

Sombra, le dije, ¿qué mensaje
Me traerás a tu vuelta?
Y ¿estará lleno de enigmáticas ambigüedades
Que ni siquiera puedo alcanzar a imaginar
Mientras camino lentamente bajo el sol de mediodía?

III
Puede ocultarse detrás de una puerta
En algún edificio de oficinas
Donde un día te descubres trabajando
Hasta muy tarde
No hay nadie a quién poder pedir indicaciones
Entre los centenares de puertas
Todas carentes de información sobre el tipo de negocios,
De monótonas faenas que tienen lugar
En sus estrechos y mal iluminados espacios.

¿Acaso una agencia de detectives
Que localizará a Dios por una modesta suma?
¿Una compañía dispuesta a asegurarte
Por si un día
A pesar de las promesas de tu párroco
Acabas en el infierno?

El largo pasillo termina en una ventana
donde aun la luz del día agonizante
Parece empolvada y sucia.
Ese pasillo sabe bien lo que es esperar
Y, cuando se ve descubierto,
Finge sorprenderse de encontrarte allí.

IV
En el momento en que apagas la lámpara
Aquí están otra vez
Esos dos muertos
A los que llamas tus padres.

Anhelabas ver esta noche
A la muchacha que una vez amaste,
Y a esa otra que te permitió
Meterle la mano bajo la falda.

En su lugar, he aquí este plato lleno de cambio
Con una llave que no abre ninguna cerradura,
El condón usado que encontraste en la iglesia
Y el cuervo lisiado que tu vecino conservaba.

He aquí a la mosca que torturaste alguna vez,
La piedra que le tiraste a tu mejor amigo,
El puerco que soltó un chillido agudo
Cuando el cuchillo tocó su cuello.

V
Aquí la gente todavía cuenta historias
Acerca de un viejo ciego
Que jugaba dados en la banqueta
Y le pagaba a los niños del vecindario
Para que le dijeran qué número había caído.

Cuando se iban a la escuela,
Le pedía lo mismo a cualquiera
Que escuchara caminando cerca:
El cartero ocupado en el reparto,

El enterrador metiendo un ataúd
A su carroza negra,
Y a usted también, estimado amigo,
Si de casualidad anda por acá.

VI
Noche oscura, viejo edificio gris,
Un gato blanco en una ventana,
Un anciano cenando en la otra,
Todos los demás ocultos a la vista,

Como aquella que espera a que la tina
Se llene de agua caliente
Mientras se desnuda ante un espejo
Que comienza a cubrirse de vapor.

La imaginación, ayudante del diablo,
Me hizo vislumbrar sus dos pechos
Conforme apretaba el paso
Con la cara metida bajo el cuello del saco
Porque el viento soplaba con rudeza.

VII
Querida señorita Russell:

Algunas noches usted me llevaba
En un recorrido privado por la biblioteca de la ciudad.
Apenas lograba seguirle el paso
Mientras usted revoloteaba por las hileras de libros,
Susurrando sus nombres,
Señalando aquellos que yo debía leer,

Y luego se olvidaba de mí por completo,
Jalaba el cordón de la luz
Y me dejaba en la oscuridad
Buscando un libro a tientas
Entre los estantes
—sin duda el equivocado
Como habría de enterarme
En el escritorio a la salida
Bajo su compasiva mirada
Que me seguía hasta la calle
Donde no me atrevía a detenerme
Para ver lo que llevaba en la mano
Sino hasta que había dado vuelta a la esquina.

VIII
Una llave oxidada de una caja de puros llena de llaves
En una tienda de baratijas a la orilla de una carretera.
La misma que sostuve durante largo rato
Antes de dejarla resbalar
Entre los dedos.

(Es muy probable que, cuando aún era útil,
El ascético autor de
“El negro velo del ministro”1
Se encontrara confinado
En la casa de su madre en Salem.)

Abría un pequeño cajón
Lleno de cartas amarillentas
En una cómoda con un espejo
Que reflejaba un rostro pálido
Con un par de ojos enfebrecidos

En una habitación con un paisaje
De árboles negros, sin hojas,
Y presurosas nubes rojas crepusculares
Donde pronto cayeron las lágrimas
Que hicieron que la llave se enmoheciera.

IX
¡Oh, Perséfone! ¿Es cierto lo que dicen?
¿Que todo aquello que es hermoso,
Aun por un solo y huidizo instante
Se postra ante ti, para nunca volver?

Modista que prende con alfileres un rojo vestido en una vitrina,
Anciano que saca a pasear a tu viejo perro enfermo.
Incluso ustedes, niñitos, que se toman de la mano
Al cruzar la concurrida calle con su maestra,

¿Qué esperanza tienen hoy para nosotros?
Ahora que el cielo se oscurece tan temprano
Y llegan los primeros copos de nieve
Que caen aquí y allá, después en todas partes.

X
El invisible mira la nieve
A través de una ventana oscura
Desde una hilera de oscuras ventanas de escuela
Asegurándose de que los copos caigan
En el orden adecuado
En que estaban destinados a caer
Sobre el patio gris
Y hace guardar silencio
En el momento en que lo hacen.

El cuervo asiente con la cabeza
Mientras él pasa
Debe haber sido un profesor de filosofía
En una vida anterior
Pese a que las circunstancias han cambiado
Aún abre el pico de vez en cuando
Como para dirigirse a los estudiantes que lo veneran
Y al no ver nada más que nieve
Mira con perplejidad
Una de las oscuras ventanas.

XI
Pájaro que confortas a los afligidos
Con tu canto,
A los dos o tres que yacen despiertos
En medio de la densa somnolencia
Del pequeño pueblo y el campo,

Y que nada saben uno de otro
Mientras escuchan con toda atención
Cada menudo trino
Temerosos de hacer algo
Que lo pueda acallar.

En la fría, blanquecina luz,
Visible el cuadro de la ventana,
Algunos árboles en el jardín
Comienzan a desprenderse de la noche,
Los demás no tienen gran prisa.

 

De El amo de los disfraces.

 

Charles Simic
Escritor y traductor. Ha publicado: El flautista en el pozo, Una mosca en la sopa. Memorias y La incierta certeza, entre otros libros.

Versión de Rafael Vargas.


1 Nathaniel Hawthorne. [N. del T.]