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En memoria de Raúl Álvarez Garín

Si usted se encuentra con el poeta Efraín Huerta, fíjese en unas extrañas protuberancias que ya empiezan a ser notables en él. Según el escritor José Revueltas, se trata de un árbol que tranquilamente le ha salido a Efraín en un costado. Lo único lamentable del caso es que el referido árbol no es más que un simple ahuehuete y no un bello laurel como él habría deseado. No obstante esta pequeña desilusión, el amigo Huerta lo cultiva con cuidado y no le da vergüenza confesarlo. Al parecer de Revueltas estas cosas les suceden a casi todos los poetas.
—“Cosas de Revueltas”, en Hoy, 21 de octubre de 1944.
Reproducido en Absoluto amor (1984), álbum editado por Mónica Mansour, con prólogo de José Emilio Pacheco.

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El 17 de noviembre de 1943 fueron expulsados del Partido Comunista Mexicano (PCM) todos los miembros de la célula “José Carlos Mariátegui”. El secretario del Comité Central del PCM, Dionisio Encina, lo dispuso así por medio de una orden terminante; al final del kafkiano proceso, logró la total disolución de la célula.

Los expulsados fueron, entre otros, Vicente Fuentes Díaz, Rodolfo Dorantes (El Negro Dorantes, para sus amigos y camaradas), Enrique Ramírez y Ramírez y José Alvarado. La “José Carlos Mariátegui” —bautizada en homenaje al marxista peruano, ensayista excepcional— era conocida entre los comunistas mexicanos como “la célula de los intelectuales”; lo era tanto y tan claramente como lo demuestra este comentario de uno de aquellos expulsados: “A ver cómo le hacen ahora en el Partido, porque acaban de sacarnos a todos los que sabemos leer y escribir”.

Fue la de 1943 una purga en toda forma, con los rasgos ominosos de un juicio estalinista, es decir: un procedimiento judicial del cual se conoce (y se teme) de antemano el resultado; un desmantelamiento y un castigo ejecutado en nombre de los “intereses” de los obreros mexicanos y del proletariado internacional. Las acusaciones importan ahora muy poco; puede uno imaginárselas sin problemas, pensando en las personalidades de quienes fueron expulsados: indisciplina, “vida bohemia”, espíritu crítico, desacuerdos de todo orden con la línea programática. Algo resulta, empero, intrigante: ¿habría alguna razón de orden estético? ¿Acaso hubo alguna acusación en el sentido de no hacer planteamientos “positivos”, en el caso de quienes eran ya escritores conocidos, autores de obras literarias cuyos méritos comenzaban por entonces a reconocerse y celebrarse? Piensa uno, desde luego, en los escritores comunistas de esos años y décadas.

Dos de los más notorios expulsados de 1943 eran autores de obras literarias ya entonces prometedoras, sólidas, de calidad indiscutible; nacieron ambos hace 100 años, en 1914: Efraín Huerta Romo (el 18 de junio) y José Revueltas Sánchez (el 20 de noviembre); el primero, en Silao, Guanajuato, el otro en Santiago Papasquiaro, en la sierra de Durango. Huerta era hijo de un abogado y juez de acusadas simpatías villistas; el otro, Revueltas Sánchez, era uno de los jóvenes vástagos de un comerciante de aquellos rumbos serranos y norteños. El padre de Revueltas se preocupó desde muy temprano por la educación de sus hijos; cuando la familia se mudó a la ciudad de México, inscribió a algunos de ellos en escuelas donde se enseñaba la lengua alemana.

En 1943, a sus 29 años de edad, Huerta y Revueltas se conocían desde hacía ya algunos años, desde luego, y habían compartido experiencias, sostenido largas conversaciones, militado codo con codo junto a los demás comunistas mexicanos y también con algunos extranjeros, además de los consabidos compañeros de viaje. El más joven de los dos por cinco meses, Revueltas, tenía el extraño pero innegable prestigio —un poco mítico, legendario— de haber sido un jovencísimo preso político: en su primera juventud, a los 17 años, fue confinado en las Islas Marías por su militancia política. De ese encarcelamiento surgió una novela titulada Los muros de agua.

Después de la expulsión, y como consecuencia de ella, José Revueltas emprendió una militancia paralela, adversa a los rumbos del PCM, y fundó pequeñas organizaciones políticas (notoriamente la Liga Comunista Espartaco), escribió libros, hizo la crítica de sus antiguos camaradas; formuló, como culminación de todo ello, su conocida tesis sobre el mexicano “proletariado sin cabeza”, frase en la cual condensaba su visión de la inoperancia e ineficacia históricas del PCM. Rebasados los 50 años, asumió con admirable energía y no menos admirable lucidez una casi épica militancia junto a los estudiantes del movimiento de 1968; después de la matanza de Tlatelolco, dio con sus huesos en la cárcel por última vez. En el Lecumberri de Echeverría vivió, por lo tanto, sus últimas temporadas de preso político —murió en 1976 y fue enterrado en el Panteón Francés de La Piedad, donde también fue enterrado su hermano mayor, el músico Silvestre Revueltas—. Efraín Huerta nunca se separó del todo del PCM; fue un solidario compañero de viaje: en 1976, por ejemplo, contribuyó con una considerable suma de dinero —considerable, digo, para sus economías de hombre más bien pobre— a la campaña presidencial de Valentín Campa y dos años antes de morir publicó en las Ediciones de Cultura Popular —editorial de los comunistas mexicanos—, con ilustraciones de su paisano José Chávez Morado, el poema Amor, patria mía, obra de gran aliento. Ambos fueron marcados por el estalinismo, al cual Revueltas se opuso de diversos modos, siempre enérgicamente; Huerta, en cambio, se mantuvo obcecada y extrañamente fiel a sus “ideales de juventud”. No estoy seguro de si esa obcecación duró hasta el final de sus días pues prácticamente no hay rastro de ello en su gran poema de 1980, una compleja composición erótico-patriótica. Algo semejante puede decirse de casi toda la poesía compuesta por él en su última época.

 

Los tres poemas dedicados por Efraín Huerta a José Revueltas pertenecen a diversas épocas; además, le dedicó uno de sus poemas amorosos más bellos a la hermana de su amigo fraternal, la actriz y bailarina Rosaura Revueltas (“Este es un amor”, de Estrella en alto, libro de 1956).

En Los hombres del alba figura la dedicatoria “A José Revueltas” en el poema titulado “Recuerdo del amor”; en el libro Los eróticos y otros poemas, de 1974, leemos una dedicatoria más compleja, en epígrafe del poema “Ángela adorable Davis”: “Para mi hermano José Revueltas, que está en Lecumberri.// Ah, y para Jorge Turner”. Revueltas estaba en la cárcel, como se sabe, a raíz de su participación en el movimiento estudiantil de 1968; Jorge Turner, buen amigo de Huerta —no sé si también de Revueltas, pero es posible—, era un historiador, periodista y político panameño con quien el poeta sostenía conversaciones interminables; era esposo de la poeta Diana Morán, también amiga de Huerta. El tercer poema no está propiamente dedicado a Revueltas, en el sentido de los otros dos; ocurre ahí algo mucho mejor: el novelista mismo es el tema central y único de los versos huertianos.

Ese tercer poema revueltiano de Efraín Huerta se titula “Revueltas: sus mitologías” y está en el libro de 1977, Circuito interior. A diferencia de los otros dos poemas, fue compuesto después de la muerte de Revueltas, en 1976; a ese hecho alude el poema, y más específicamente al entierro del escritor en el Panteón Francés de La Piedad:

Ese hijo de Dios, de todos los dioses,
ese joven hermano a quien una extraña tarde de
ardientes y vociferante enterramos
en la misma fosa donde su hermano Silvestre
había reposado larguísimos años…

En el entierro de Revueltas hubo un incidente inolvidable para quienes estuvimos allí ese día. El entonces secretario de Educación Pública acudió con la encomienda de “dar el pésame” a los deudos de Revueltas. Contra una idea muy difundida desde entonces (“los compañeros de Revueltas no lo dejaron hablar”), los asistentes escucharon con paciencia todo el largo principio del discurso, de tono oficialista, denso y cansino; pero cuando el orador estaba ya alargando su participación, Martín Dozal lo interrumpió y le dijo en alta voz “señor, ¿qué no se da cuenta de que no lo queremos oír?, es usted parte del mismo gobierno que persiguió y encarceló a Revueltas”, palabras más o menos. Efraín Huerta expresaba su emoción con intensidad; no con palabras pues había perdido la voz debido a una tremenda laringectomía, unos pocos años antes: daba, en cambio, enérgicas patadas en el suelo terroso del panteón. No puedo sino conjeturar sus sensaciones y emociones; pero sí afirmo esto, de modo general: Efraín Huerta sentía cómo el entierro de su “joven hermano” —joven por apenas unos cuantos meses: los medianeros entre el mes de junio y el de noviembre— reflejaba o testimoniaba de una manera vibrante y conmovedora la vida del novelista y militante.

Para Efraín Huerta el entierro de Revueltas fue una especie de culminación de la vida de su amigo fraternal y el sentido de esa ceremonia se depositaba, como en cifra, en las escenas turbulentas (“ardientes y vociferantes”) de su “vuelta a la dorada tierra”, para utilizar, parafraseándola, una expresión de otro poema de Efraín Huerta (“Borrador para un testamento”, dedicado a Octavio Paz). La “vuelta a la dorada tierra” aparece, de pronto, con unos armónicos claramente revueltianos; baste evocar los numerosos títulos “terrenales” del novelista y cuentista, y la cita de Goethe a la cual era tan afecto, sobre la grisura de la teoría y el color verde dorado del árbol de la vida.

“Revueltas: sus mitologías” es la última pieza poética dedicada por Efraín Huerta a José Revueltas. Pero ya no se trata de una dedicatoria como las otras, como en los dos poemas anteriores de Huerta, sino de la celebración de una amistad de toda la vida; al mismo tiempo, es un poema luctuoso: ya el camarada Revueltas ha muerto. En esos versos el tema, el protagonista y el homenajeado es el autor de Dormir en tierra.

El poema comienza con una escena festiva: Revueltas se “arroja de cabeza a la piscina”, vestido y con zapatos. Huerta lo refiere con una especie de euforia apenas contenida; parece preocupado por la zambullida de su amigo y para distraerse piensa en “sus mitologías urbanas”, de las cuales el poema recoge un puñado, en forma sinóptica. Revueltas emerge entonces “de las claras aguas” y comienza “a bracear como un condenado” y, “como un ángel espejeante, a musitar solemnemente” una sola frase de resonancias bíblicas: “Soy el Hijo del Hombre, soy el Hijo del Hombre”.

Efraín Huerta declara su cariño por Revueltas, a quien llama “el gozoso, el infatigable”:

…el que siempre pensó como un demonio,
el que todo lo señalaba con sus ojos de diamante.

Los ojos de diamante de José Revueltas son un símbolo extraordinario de su lucidez y de su pureza, de su genio y de su generosidad. El homenaje de Efraín Huerta se cierra con palabras conmovedoras:

…él, José, fue mi hermano,
mi tibieza, mi tiempo juvenil y
mi amor a la vida.

El diamante —la sola palabra y sus evocaciones requeridas— es duro, puro, luminoso, transparente. Revueltas miraba con dureza pero lo hacía luminosamente: el diamante es un símbolo sublime de su personalidad. Nadie pudo decirlo mejor: el poeta acertó con plenitud.

 

Pero no nada más Huerta le dedicó poemas a su querido José Revueltas. Hay un poema de Revueltas dedicado a Efraín Huerta: se titula “Nocturno de la noche” y está fechado en octubre de 1937, cuando ambos tenían 23 años de edad. (Solemos desdeñar o no tomar en serio los poemas escritos por narradores “oficiales”: hacerlo significa únicamente una extraña docilidad ante los cánones. De forma equivalente, no prestamos atención a la prosa narrativa, descriptiva o de cualquier otro orden, de los poetas.) Ahora ese poema forma parte del libro El propósito ciego, edición preparada ejemplarmente por José Manuel Mateo en el año 2001 y reeditada, con motivo del centenario de Revueltas, por el Fondo de Cultura Económica. El “Nocturno de la noche” es, desde luego, si pensamos en los de Efraín Huerta, un poema mucho menos conocido; pero vale la pena detenerse en esos versos por su intensidad y por una razón evidente: los compuso la misma mano de la cual salieron Material de los sueños, Los errores y El apando.

El poema de Revueltas en El propósito ciego es una pieza lírico-épica de una fuerza explosiva, un poema en toda forma. Una anáfora temporal marca su primera mitad: la palabra cuando; he aquí el principio:

Cuando la noche;
cuando los espejos reciben el asombro culpable de los adulterios
y las sillas saben de las torpes pisadas;
cuando los libros se quedan abiertos como una película de pronto detenida
y los cigarrillos sólo son un recuerdo de angustias y desvelos,
quemados para siempre…

Esa primera mitad del “Nocturno de la noche” depende de esa repetición y el lector comienza a preguntarnos: ¿hacia dónde me lleva este poema? La respuesta aparece un poco más allá de la mitad: a la aparición de “torrentes furiosos de semen”, una extraña aparición, llena de fragor pues esos torrentes se oyen correr por las calles “como entre caños de sombra y de injurias”.

Es una especie de apocalipsis paradójico: el río incontenible y fragoroso de semen parece un fin de mundo, en contradicción con la principal cualidad o característica de esa sustancia: la fuerza para desencadenar el acto de la fecundación. En otro lado lo he tratado de explicar, estableciendo una contraposición (los poemas están en posiciones diferentes) de “Nocturno de la noche” y Muerte sin fin, publicado dos años después de escritos los versos de Revueltas (el poema de José Gorostiza se dio a conocer en 1939): la muerte interminable es o parece lo contrario de este flujo de semen fecundante, un poco amenazador por su fuerza arrasadora. La preciosa materia de la fecundación, el semilíquido semen, la semilla de la vida, termina “entre caños de sombra y de injurias”: la imagen es profunda y radicalmente revueltiana —bajo el suelo de la ciudad, entre insultos degradantes, entre mentadas de madre (¡precisamente!) se descompone una promesa caudalosa de vida. Las imágenes se complican abismalmente:

Semen con la decrepitud alucinante del ojo que mira por la cerradura
en el cuatro del hotel donde la joven pareja se ha sepultado para siempre.
Semen cien veces maldito de las sombras de los jardines…

Ahora bien: si el nocturno de Revueltas y Muerte sin fin están, como he dicho, en posiciones o lugares diferentes, eso no significa su absoluta contradicción sino, exactamente, nada más su diferencia. Aun así, en realidad no “dicen” algo tan diferente; lo diferente es la forma de uno y otro poema. Alguien podría decir: “el poema de Gorostiza está mejor escrito”; pero en ese caso tendríamos la obligación de definir la noción de escribir bien —aquí habría un contraste como el establecido por Ricardo Piglia entre Jorge Luis Borges y Roberto Arlt (la pareja mexicana y la argentina serían así, esquematizadas: Borges-Arlt / Gorostiza-Revueltas)—. Veamos, leamos cómo aparece el semen en Muerte sin fin; también su aparición depende, en los versos 695-696, de un “cuando”:

…cuando la forma en sí, la forma pura,
se entrega a la delicia de su muerte…

En Muerte sin fin el semen aparece también como un río (versos 710-715):

…hasta que todo este fecundo río
de enamorado semen que conjuga,
inaccesible al tedio,
el suntuoso caudal de su apetito,
no desemboca en sus entrañas mismas,
en el acre silencio de sus fuentes…

El río seminal desemboca en la nada y allí únicamente “flota el Espíritu de dios que gime/ con un llanto más llanto aún que el llanto” (versos 721-722). La negatividad es la misma; el lenguaje es divergente. La violencia es semejante pero la versificación difiere.

¿Hay alguna relación genealógica entre “Nocturno de la noche” y Muerte sin fin, a la vista de estas semejanzas? El poema de Revueltas fue prácticamente desconocido hasta la edición de José Manuel Mateo; Muerte sin fin está entre nosotros desde hace casi ocho décadas. La cronología apuntaría a una influencia de Revueltas en Gorostiza: del autor más joven en el más viejo; pero se sabe bien cómo en los años treinta mexicanos se hablaba entre escritores, poetas, periodistas y lectores, del “gran poema en preparación de Pepe Gorostiza” y hasta de alguna lectura semiprivada. Es posible, entonces, una influencia más lógica: de Gorostiza en Revueltas. Como sea, la coincidencia entre esos pasajes seminales y apocalípticos de los poemas son formidables.

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En el Prólogo a la antología Poesía en movimiento (1966), Octavio Paz había comentado Muerte sin fin en relación con la poesía de juventud y primera madurez de Efraín Huerta: después del brusco final del gran poema metafísico de Gorostiza (“¡Anda, putilla del rubor helado,/ anda, vámonos al diablo!”), Paz informa: “La poesía se fue efectivamente al diablo: se volvió callejera”. Y a punto y aparte afirma: “El primero en sacar partido de la nueva situación fue Efraín Huerta”. Éste le hizo ver a Paz, unos años más tarde, la verdadera “situación”: los poemas urbanos y callejeros de Huerta aparecieron mucho antes de Muerte sin fin, a lo largo de los años treinta y principios de los cuarenta, y fueron reunidos en el libro de 1944 titulado Los hombres del alba, el centro capital de la poesía huertiana. Todo esto podrá verse con absoluta claridad cuando la brillante y documentadísima tesis universitaria de Emiliano Delgadillo dedicada a “la fragua” de Los hombres del alba se publique en forma de libro, como sin duda deberá ocurrir, tarde o temprano (ojalá sea muy pronto).

 

Desde luego, las relaciones literarias de Huerta y Revueltas son una zona por investigar, muy amplia y de una riqueza sorprendente. Estos apuntes solamente aspiran a llamar la atención sobre ese horizonte de trabajos posibles para los investigadores, críticos, filólogos y archivistas.

En el libro Visión del Paricutín, obra en la cual se juntan algunas de las crónicas periodísticas de José Revueltas y otros textos (ediciones Era; véase al final la lista de orientaciones bibliográficas), hay un par de cartas cruzadas entre Efraín Huerta y José Revueltas; ese intercambio apareció en 1946 (en abril, el texto inicial de Revueltas; en julio, la respuesta de Huerta). Hay otra carta, dirigida a Olivia Peralta, sobre el mismo asunto. Esas mismas cartas se reproducen en el libro El otro Efraín (FCE, 2014), estupenda investigación hemerográfica de Carlos Ulises Mata.

Esta conversación por escrito no ha merecido la menor atención de los críticos o los historiadores de la literatura; es fácil entender la razón de esa indiferencia o, si se quiere, de ese “ninguneo”. El tema del intercambio es Alfonso Reyes, su obra y los alcances de su influencia en la cultura literaria mexicana. Es insólito: en esa ocasión no fueron académicos, investigadores, amigos o exegetas de Reyes, quienes se ocuparon de él o de su obra; sino un par de escritores, un poeta y un narrador, identificados plenamente con la izquierda. Es decir, dos escritores casi se diría desautorizados por la doxa literaria — el establishment, como se decía no hace mucho— para opinar acerca de la diafanidad ática y las perfecciones de Reyes; muchos años después —para decirlo clásicamente—, otro escritor muy diferente de esos dos comunistas, Gerardo Deniz, se ocupó de denunciar los plagios de Alfonso Reyes y tuvo la callada por respuesta; triste destino, sobre todo por una razón contundente: si las obras no se discuten se petrifican en monumentos inhabitables e invisitables. Tal es el ambiente literario; pero lo dicho y examinado por Deniz en torno de las “prácticas literarias” de Alfonso Reyes con los textos ajenos era sencillamente indiscutible, contundente: lo expuso con pruebas irrefutables en la mano en el suplemento literario del periódico Novedades.

Revueltas y Huerta coinciden plenamente en su admiración por Reyes; con esta peculiaridad: esa admiración no es incondicional ni cierra los ojos ante algunos rasgos de la personalidad intelectual de Reyes y ante el valor de sus obras. Lo consideran un clásico vivo o poco menos. El origen del intercambio, como se deduce de la lectura, es una opinión seguramente destemplada de Revueltas acerca de Reyes, expresada en conversaciones con su amigo poeta; esa opinión merecía una rectificación como consecuencia de haber leído Revueltas el tomo de Simpatías y diferencias de Reyes, colección de prosas “misceláneas”. Los mantenedores del culto a Reyes podrán decir cualquier cosa sobre el intercambio de estos dos “rojillos”; pero nunca podrán acusarlos de no haber leído atentamente a “Don Alfonso”.

La carta-artículo de Revueltas sobre Alfonso Reyes fue redactada en los descansos de la filmación de La otra, película protagonizada por Dolores del Río con guión de Revueltas y de Roberto Gavaldón.

 

En la Iconografía de Efraín Huerta —edición preparada por Emiliano Delgadillo— hay una fotografía de los hermanos Mayo donde aparecen ambos autores, ahora centenarios; es una imagen de octubre de 1942, el año anterior a la expulsión de ambos del PCM. Hay otra foto, también de los hermanos Mayo, publicada en el álbum (reimpreso en 2014) hecho por Mónica Mansour en 1984. Esas dos fotos fueron tomadas en una reunión de amigos y parientes; vemos ahí a Raúl Leyva, poeta guatemalteco; a Andrés Henestrosa, patriarca de la literatura oaxaqueña moderna, y a su esposa Alfa; a Efraín Huerta; a Olivia Peralta, primera esposa de José Revueltas, y desde luego a éste. Revueltas y Huerta tienen en las manos, respectivamente, un violín y una guitarra; en la otra imagen aparecen los dos amigos, el poeta y el novelista, tocando esos instrumentos musicales, o acaso haciendo como si los tocaran. Revueltas escogió para esa fiesta el violín, el mismo instrumento de su hermano Silvestre, a quien, como se sabe, quería muchísimo —y cuya opinión literaria valoraba enormemente—. José Revueltas y su violín: homenaje subrepticio a Silvestre.

Es una escena de cierta bohemia mexicana cuyos méritos para las generaciones siguientes consiste en algo sumamente sencillo, como ha hecho ver la editora Eugenia Huerta Bravo, hija de Efraín: aquellos hombres y mujeres sabían divertirse sin tener necesidad, para ello, de gastar ninguna cantidad exorbitante de dinero; de todas maneras no lo tenían en abundancia, ni mucho menos. Bastaba contar con lo suficiente para unas botanas, una botella (¡por lo menos!), y ya estaba: lo demás era baile, conversación, horas y horas de vivir juntos. Una lección hermosa de vida.

 

La mala fe del miserable mediecillo literario de nuestro país —en este caso atizada, además, por la ignorancia— ha insinuado una desafección política, o siquiera una insensibilidad, de Efraín Huerta ante el movimiento estudiantil-popular de 1968: a diferencia de Octavio Paz y de José Revueltas, Huerta no se habría manifestado públicamente, por malas razones, para reprobar la conducta gubernamental en ese “año axial”. La explicación está a la mano de quienes quieran escucharla o leerla: no lo hizo por una razón contundente: sus tres hijos (Andrea Mireya, Eugenia y David) estábamos involucrados en el movimiento. Ni Paz ni Revueltas ni mucho menos los hijos de Huerta —ni tampoco ningún dirigente o militante del movimiento— se lo reprochamos, pues todos entendimos su postura. El 25 de noviembre de 1968 apareció con el sello editorial de Joaquín Mortiz, y en dos colecciones (Las Dos Orillas, Serie del Volador) la Poesía 1935-1968 de Efraín Huerta: ¿no es ése el mejor legado sesentayochero de Efraín Huerta? ¿Y no es parte luminosísima de ese legado formidable el puñado de textos dedicados a la familia Revueltas (Silvestre, Rosaura) y los versos consagrados a su “hermano José”, el extraordinario escritor de los ojos de diamante?

Orientaciones bibliográficas

Ofrezco un haz de orientaciones bibliográficas para los lectores curiosos e interesados en seguir con mayores detalles y precisiones la relación amistosa y, sobre todo, literaria, de José Revueltas y Efraín Huerta. Presento a continuación una especie de inventario sinóptico, desde luego incompleto, pues documenta apenas mínimamente los materiales consultados para este pequeño ensayo:

Tres poemas de Efraín Huerta dedicados a José Revueltas: “Recuerdo del amor” (1944), “Ángela adorable Davis” (1974) y “Revueltas: sus mitologías” (1976). Y un poema dedicado a Rosaura Revueltas: “Este es un amor” (1944). Pueden leerse en la Poesía completa de Efraín Huerta reeditada por el Fondo de Cultura Económica en 2014.

Un poema de José Revueltas dedicado a Efraín Huerta: “Nocturno de la noche” (1937). Ahora en El propósito ciego (FCE, 2014).

 Cartas cruzadas sobre Alfonso Reyes (1946). Incluidas en Visión del Paricutín (Ediciones Era, 1983). Esta muestra de “crónicas y reseñas” revueltianas se reimprimió en 1986, pero es un libro prácticamente inconseguible. Por fortuna, fueron recuperadas en El otro Efraín, edición de Carlos Ulises Mata (FCE, 2014).

El álbum Absoluto amor, armado por Mónica Mansour (con prólogo de José Emilio Pacheco) reimpreso en 2014 por el gobierno del estado de Guanajuato.

La Iconografía de Efraín Huerta preparada por Emiliano Delgadillo Martínez y publicada por el Fondo de Cultura Económica en 2014.

Una carta inédita de Huerta a Revueltas, fechada en junio de 1938, que pronto dará a conocer Antonio Cajero en la revista La Colmena.

 

David Huerta
Poeta y profesor universitario. Da clases de literatura en la UNAM y tiene a su cargo dos seminarios en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. En 2005 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por su libro Versión y por su trayectoria en la literatura mexicana.

 

Un comentario en “Los ojos de diamante. Apuntes sobre la amistad de José Revueltas y Efraín Huerta

  1. Apasionado ensayo sobre un genial autor. Y agradezco la bibliografía, ya tengo en qué gastar el aguinaldo.