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Mal. Utsugi, el personaje que escribe el Diario de un viejo loco, del escritor japonés Junichiro Tanizaki confiesa: “¿Debería decir que me atraen más, me fascinan más las mujeres que me causan dolor?, seguramente se le podría llamar una tendencia masoquista. No creo haberla tenido siempre; me ha venido en la vejez. Supongamos que hay dos mujeres igualmente bellas, igualmente agradables para mi gusto estético. A es amable, sincera y simpática; B es desagradecida y una hábil mentirosa. Si me preguntan cuál sería más atractiva para mí, estoy seguro que ahora preferiría a B. Ahora bien, tendría que igualar por lo menos a A en belleza. Y en cuestión de belleza yo tengo mis gustos particulares; una mujer tiene que tener exactamente tal clase de rostro y de figura. Sobre todo es esencial que tenga las piernas blancas y esbeltas y los pies bonitos. Suponiendo igualdad en esos y todos los restantes puntos de belleza, yo sería más susceptible a la mujer de mal natural. Hay algunas que llevan en el rostro una veta de crueldad: ésas son las que más me gustan. Cuando veo a una mujer con un rostro así, siento que su naturaleza más profunda puede ser cruel, y espero que lo sea”. (Siruela, Libros del Tiempo, traducción del inglés de María Luisa Balseiro, 2014.)

Verdades. Juan de Mairena, el personaje clásico de Antonio Machado, describe en un párrafo el ánimo que nos permea a algunos en los difíciles momentos por los que pasa nuestro país: “La inseguridad, la incertidumbre, la desconfianza, son acaso nuestras únicas verdades. Hay que aferrarse a ellas. No sabemos si el sol ha de salir mañana como ha salido hoy, ni en caso de que salga si saldrá por el mismo sitio, porque en verdad tampoco podemos precisar ese sitio con exactitud astronómica, suponiendo que exista un sitio por donde el sol haya salido alguna vez. En último caso, aunque piensen ustedes que estas dudas son, de puro racionales, pura pedantería, siempre admitirán que podamos dudar de que el sol salga mañana para nosotros. La inseguridad es nuestra madre; nuestra musa es la desconfianza. Si damos en poetas es porque, convencidos de esto, pensamos que hay algo que va con nosotros digno de cantarse. O si les gusta, mejor, porque sabemos qué males queremos espantar con nuestros cantos”. (Antonio Machado, Antología de su prosa, tomo III, Edición de Aurora de Albornoz, Cuadernos para el diálogo, 1971.)

Arañas. “Se van a reír de lo que voy a decirles, pero hoy en día las arañas no tejen como antes”: Margaret Powell. Alba Editorial reeditó el año pasado el libro que esta autora inglesa publicó en 1968: En el piso de abajo. Memorias de una cocinera inglesa en los años veinte. Julian Fellowes, creador de la serie Downton Abbey cuenta que esas memorias “divertidas y airadas” lo obsesionaron tanto que, mucho después de leerlas, quiso captar a la gente allí descrita delante de una cámara. (Traducción de Elena Bernardo Gil.)

Fórmulas. Escribe Fabio Morábito esta anécdota autobiográfica en El idioma materno (Sexto Piso, 2014): “Cuando tenía doce años mi padre se dio cuenta de que yo escribía mejor que él, así que me pidió que lo ayudara a redactar unas cartas a sus clientes. Había comprado un manual para ello, que me dio a leer para que me familiarizara con el lenguaje de ese tipo de correspondencia […]. Leí el libro de cabo a rabo y aprendí rápidamente a imitar el estilo desapegado de esas misivas, no exento de una fina obsequiosidad. Confieso que me emocionó más que muchos libros de aventuras. Unos preámbulos me dejaban hechizado, como este: ‘Con la presente me permito distraer su valiosa atención para notificarle que su pedido… etc.’. Distraer su valiosa atención: ¡qué frase admirable! Yo sabía que nadie creía sinceramente en la valiosa atención de su destinatario, pero intuía que esta y otras fórmulas de esmerada cortesía debían de incidir de algún modo en una negociación y me apresuré a incorporarlas en las cartas que escribía para mi padre. Mi soltura alcanzó tal grado de maestría ante sus ojos, que dejó de revisarlas. Las respuestas de sus clientes eran a vuelta de correo y descubrí que algunas de las fórmulas que yo había extraído del manual aparecían ahora en sus contestaciones. Sus secretarias las habían adoptado, sin duda cautivadas ellas por los mismos motivos que a mí me habían llevado a utilizarlas […] Me sentí leído, una emoción inédita para mí. Por debajo del trato comercial, pues algo fluía entre ellas y yo, más sutil que la transacción en curso. No dije nada a mi padre porque me regañaría por no enfocarme en lo esencial y andarme, como de costumbre, por las ramas”.

Remedio. Producciones El Salario del Miedo presenta un libro de crónicas sobre la vida en Rusia, de Georgina Hidalgo: Vodka Naka. “Me he bebido todo el vodka de Moscú pero no celebrando mi primer año en esta urbe. Ya no me sorpende que la primera palabra que uno asocia a Rusia sea vodka. El ‘agüita’ es el mejor invento de los rusos… o su mejor excusa. Después de sobrevivir a una fuerte infección de garganta descubrí que el vodka es todo un remedio multiusos. Lo mismo lo usan para las penas del alma, que para la arritmia cardiaca, el dolor de estómago, los dolores musculares, o como vasodilatador, diurético, antiinflamatorio, expectorante, digestivo, antihistamínico e incluso para quitarle el hielo al parabrisas del auto. […] Todo comenzó con el primer estornudo en el trabajo. Los ruskis dijeron: ‘Oi, oi, oi, debes tomar un vodka revuelto con pimienta y dormir bien tapada para que sudes todo’. La dichosa receta para el resfrío consiste en llenar un vaso de vodka y mezclarlo con dos cucharadas, dos pizcas, o una dosis al gusto, de pimienta. Esta magia supone que será efectiva contra los primeros síntomas del resfriado o las anginas, pero si uno ya está enfermo hará vomitar, arderá la garganta y hasta generará palpitaciones… todo lo cual sólo se aprende (para desgracia del confiado enfermo) después de la amarga experiencia”.

Currículum. El poema que sigue lo escribió Wislawa Szymborska, Premio Nobel de Literatura 1996: “¿Qué hay que hacer?/ Hay que escribir una solicitud/ y a la solicitud adjuntar un currículum.// Independientemente de la longitud de vida,/ el currículum debe ser corto.// Es obligatoria la concisión y la selección de los hechos./ Hay que cambiar paisajes por direcciones,/ y vacilantes recuerdos por fechas inmóviles.// De todos los amores, basta el nupcial;/ y de los niños, sólo los nacidos.// Es más importante quién te conoce que a quién conoces tú./ Los viajes sólo si fueron al extranjero./ Pertenencia a qué, pero sin el porqué./ Y condecoraciones, pero sin la causa.// Escribe como si nunca hubieras hablado contigo mismo/ y te evitaras de lejos. Pasa por alto perros, gatos y pájaros,/ trastos y recuerdos, amigos y sueños.// Más bien el precio que el valor/ y el título más que el contenido./ Más bien el número de los zapatos que hacia dónde va/ ese por el que te haces pasar.// Y además una fotografía con la oreja descubierta./ Cuenta la forma, no lo que oye.// ¿Qué se oye por ahí?/ El estruendo de las máquinas que trituran papel”. (Poesía no completa, edición y traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia, FCE, 2014.)

Burroughs. “Me gustó la ciudad de México desde mi primera visita. En 1949 era un lugar barato para vivir, con una colonia extranjera numerosa, maravillosos burdeles y restaurantes, peleas de gallos y corridas de toros, cualquier diversión concebible. Un hombre soltero podía vivir bien por dos dólares al día. La ciudad me gustaba. Las zonas de miseria se comparaban favorablemente con cualquier lugar de Asia en cuanto a pura inmundicia y pobreza. […] Los teporochos dormían sobre las banquetas de avenidas principales y ningún policía los molestaba. A mí me parecía que todos en México habían perfeccionado el arte de meterse en sus asuntos. Si un hombre quería ponerse monóculo y llevar bastón, no dudaba en hacerlo y nadie lo volteaba a ver dos veces. Niños y jóvenes caminaban por la calles con los brazos entrelazados y nadie les hacía caso. No significaba que a la gente no le importara lo que pensaban los demás; simplemente no se le ocurriría a un mexicano recibir críticas de un extraño ni criticar el comportamiento de otros.” (Michael K. Schuessler, Perdidos en la traducción. Cinco viajeros ilustres en el México del siglo XX, Planeta, 2014.)

Niñas. En Consejos para niñas pequeñas, libro de Mark Twain en versión ilustrada por Vladimir Radunski (Sexto Piso) se lee: “En ningún caso debes quitarle a tu hermanito su chicle por la fuerza; es preferible engañarlo con la promesa de que le darás los primeros dos dólares y medio que encuentres flotando en el río sobre una piedra. Con la cándida y natural ingenuidad propia de esa edad, a él le parecera una transacción absolutamente equitativa. Desde que el mundo es mundo, esta ficción eminentemente plausible ha engatusado al obtuso infante y lo ha llevado a la ruina y al desastre financiero”.

Seudónimo. “Cuando yo plantee a mi familia que me iba a dedicar al periodismo en su modalidad de caricaturista, la familia toda puso el grito en el cielo, aduciendo que en esa bocabajeada profesión no tenía futuro, que todos eran borrachines y malvivientes, etcétera. De modo es que ‘me inventé’ un seudónmio latinizando el apellido Del Río. Ignoraba yo por completo que existía un poeta llamado Luis Rius y que en Barcelona había quién sabe cuántas calles con ese nombre. […] Mi familia se enteró de que yo era ‘el tal Rius’, cuando aparecí en la televisión recibiendo el Premio Nacional de Periodismo de manos de presidente López Mateos. Fue peor porque ya para entonces, cinco años después de estar haciendo cartones, ya tenía fama de rojillo y ateo”: Rius, Mis confusiones. Memorias desmemoriadas, Grijalbo, 2014.

Haiku. Persecución/ En el retrovisor/ la luna llena: Andrés Neuman. (Vendaval de bolsillo, Almadía, 2014.)

Gotera. En Enseres domésticos. Amores, pavores, sujetos y objetos encerrados en casa, Vicente Verdú expone humorísticamente la vida cotidiana y algunos de sus misterios: “Las goteras. Sin descartar que ambas circustancias concurran a la vez, no es fácil saber qué es peor, si sufrir una gotera del vecino de arriba o producirla al vecino de abajo. En el primero de los casos, algún sujeto desconocido, apenas visto, totalmente ajeno a nuestra vida, permite que algo de su intimidad rezume hasta el ámbito de nuestra vivienda. Puede ser que se trate tan sólo de agua, pero esa agua es su agua personal, el agua que le pertenece y Dios sabe qué conductos y circunstancias ha recorrido. […] No se sabe, en fin, qué será peor. Si ser el damnificado o el damnificador, porque esa infinita espera que impone el seguro carga de maldad al vecino de arriba e incrementa, minuto a minuto, la iracundia del de abajo. Y queda, además, para agravar las cosas, la participación simétrica de unos y otros actores secundarios, familiares todos, que lejos de aminorar los roces agravan con sus juicios la resolución final que con frecuencia, como la misma salvación, parece que, en efecto, no llegará ya nunca”. (Anagrama, 2014.)

Padre. En el más reciente libro de Hugo Hiriart, El Águila y el Gusano, escrito como una obra de teatro, Pipo Canudas y su maestro y amigo Venustiano González Montejo conversan en un jardín de la universidad. “Canudas: Creímos que era algo que podría curarse con un buen caldo de gallina, un caldo gordo, sustancioso y muy caliente, con su punto de apio para resaltar su sabor, pero no, al rato de tomar el caldo comenzó a dar muestras de viva inquietud y entró en agonía. Murió cantando. (Pausa.) No, no sé en qué idioma cantaba, ni siquiera sé si ése era algún idioma, era lento, como canto gregoriano. (Pausa, sentencioso.) Es inacabable la vergüenza que nos pueden hacer sentir los padres, ¿verdad?”. (Literatura Random House, 2013.)

Incesto. “Una noche Padre y yo hablamos de nuestras vidas: dice que sabe que seguiré teniendo amantes, porque soy joven y ardiente y porque no puede casarse conmigo; que lo entiende y no afectará nuestro amor. Y yo me enfadé porque sabía que era verdad. Y le di la misma libertad. Había aceptado desde el principio la idea de su carrera donjuanesca, separándome de las demás mujeres, consciente de mi situación singular. Dijo: ‘Qué maravilloso final para mi carrera amorosa si pudiera dedicarme exclusivamente a ti. Si me hubiera casado con una mujer como tú, que lo tiene todo, le habría sido fiel’. Sé que ya no creo en el ideal de la fidelidad. Es falta de madurez. Espero que él continúe con su vida, como yo he continuado con la mía. Todo este amor incestuoso sigue aún tras un velo, es un sueño. Quiero hacerlo realidad pero se me escapa. Complejo de culpa, diría Allendy [su terapeuta]. Necesito a [Otto] Rank [su psiquiatra]. Necesito una mente más poderosa que la de Allendy. Quiero hablar con Rank. Sobre arte, creación, incesto. Quiero librarme de la culpa. Quiero enfrentarme a una gran mente y rastrearla. Sondearla.”: Anaïs Nin. Diarios amorosos.  Incesto (1932-1934). Fuego (1934-1937), traducción de José Luis Fernández-Villanueva, Ediciones Siruela, 2014.

Equivocación. Rabee Jaber, considerado a sus 42 años el  escritor más joven en recibir el Premio Booker por la mejor novela escrita en árabe, describe la trama de su novela Los drusos de Belgrado en el segundo capítulo: “Esta es la historia de Hanna Yaqub, su esposa Haylana Constantin Yaqub y su hija Bárbara. En ella se narran las desgracias que acontecieron a una pequeña familia beirutí por la suerte errada y por la presencia de aquel hombre de mediana estatura, moreno, de pelo y ojos negros, vendedor de huevos, en el lugar equivocado y en el momento equivocado”. (Traducción Francisco Rodríguez Sierra, Océano, 2014.)

Tren. “¿Qué es nuestra imaginación comparada con la de un niño que intenta hacer un tren con espárragos?”: Jules Renard.

 

Delia Juárez G
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.