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¿Qué es lo que le pasa al japonés que cae al suelo, al lado de la fuente del Agua Paola del monte del Gianicolo, mientras observa desde lo alto la panorámica de Roma, al principio del film La gran belleza? No se da ninguna explicación, pero podría tratarse de ese síncope que produce la excesiva contemplación de lo bello y que se conoce con el nombre de síndrome de Stendhal. Fue Stendhal quien primero describió ese malestar, a lo largo de sus viajes por Italia, que incluye pérdida de equilibrio y desmayo. Son los peligros de la belleza, de la gran belleza. De inmediato un corte del film nos traslada a una fiesta en una terraza romana desde la cual se ve, al fondo, el viejo anuncio iluminado de Martini, lo que indica que estamos alrededor de la elegante via Veneto, cerca del hotel Excelsior y de algunos de los bares y restaurantes romanos de más alcurnia. La de la película es una fiesta con stripper en la que la concurrencia se mueve al ritmo de “Far l’amore” de Rafaella Carrà, y “Mueve la colita” de El Gato, y es ahí, en esa terraza, en esa fiesta frívola y esplendorosa, en la que empezamos a conocer a los personajes del film, esa variopinta y ociosa fauna romana, pero sobre todo a los dos principales protagonistas: el escritor Jep Gambardella, que no escribe nada hace tres décadas, y la Roma nocturna y del amanecer en la que éste se mueve.

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Ese gran personaje que es Roma de noche, o la noche romana y su lento desplazarse hacia el alba vista desde elegantes terrazas, desde ventanales históricos o a lo largo de solitarias caminatas, con esa opaca luz del alumbrado público que es casi un estado de ánimo y que tiene que ver con que, en Roma, las lámparas cuelgan de un cable en el centro de la calle y por eso la luz que llega a las aceras es un foco tenue que resalta el carácter inmemorial de la ciudad, tanto en las callejuelas del abigarrado Trastevere o del centro histórico como en vías más grandes, en la Merulana o Cola di Rienzo.

¿Cuál es el tema central de La gran belleza? Se lo pregunté hace poco al novelista Giancarlo De Cataldo, nacido en el sur de Italia pero residente en Roma desde hace varias décadas. Estamos en el Harry’s Bar, de via Veneto, y me responde mientras bebe una caipirinha: “El tema es el declive de Italia, un sentido de derrota inminente que prevalece en todas las escenas; Sorrentino narra un país envejecido, cansado, que vive de memorias ya consumadas y de un presente fútil. Los protagonistas son náufragos de los años sesenta que buscan revivir un pasado glorioso, pero lo hacen en forma de parodia. El vitalismo es la solución última contra la angustia de la muerte. Y al fondo, como un contrapeso a todo esto, la eterna e incontaminada belleza de Roma”.

La mayoría de los lugares elegidos por Sorrentino en el film contienen el alma de la ciudad. Uno de ellos, entre muchos, es la Piazza Navona, ese hermoso espacio oval repleto de esculturas que en tiempos imperiales fue un estadio para carreras y juegos, el estadio de Domiciano, y que hoy, con la fuente de Bernini simbolizando los cuatro grandes ríos (el Ganges, el Nilo, el Danubio y el Río de la Plata), la iglesia de Santa Agnés en Agona y la villa Pamphili, es probablemente uno de los lugares más bellos no sólo de Roma sino de toda Europa.

Al llegar a la Plaza Navona nos invade una sensación de bienestar y a eso se suma la algarabía de los restaurantes, los vendedores de artesanías y de juguetes chinos, los analistas del pasado y lectores del porvenir, los músicos espontáneos y sobre todo los pintores, los famosos retratistas y caricaturistas que por 15 euros dibujan la cara del cliente que se les ponga delante. Los veo ahora, en una soleada mañana preveraniega, siguiendo extranjeros con sus carpetas debajo del brazo, intentando adivinar la nacionalidad de cada uno, “¿Hola, hi, ni hao, gutten morgen?”. Más allá, sobre una baldosa, un niño observa unos soldados de plástico fabricados en China que se desplazan reptando, moviendo los brazos. Apostaría a que el vendedor es de Bangladesh. Un colega suyo, más allá, vende paracaidistas de plástico y unos aparatosos yo-yo de luces y sonidos metálicos. Al borde de la fuente se ve un hombre sentado en el suelo con una amplia túnica color azafrán; sostiene en su brazo un sillín donde otro hombre, vestido también de túnica, permanece impasible, como levitando; más allá un gladiador romano cobra cinco euros por hacerse una foto, un violinista gitano toca una melodía triste y un cantante italiano, con su guitarra, comienza los primeros sones de “Volare”.

¿Cómo se ve la Plaza Navona en La gran belleza? Es casi una aparición: dos personajes, Jep y la millonaria Orietta, la cruzan en la madrugada al salir de una de esas obsesivas fiestas, para compartir un rato de amor en el apartamento de ella, justo debajo de uno de los campanarios de la iglesia de Santa Agnés. La plaza está sola y en silencio, en un exacto contrapunto de lo que sucede durante el día. Otro amigo romano, el pintor iraquí Jaber Salman, residente en Roma desde 1975, se ganó la vida durante años pintando y vendiendo cuadros en esa misma plaza, de la que tiene infinidad de recuerdos. “Me gustó mucho verla de ese modo tan original en la película, completamente vacía y silenciosa, como si la plaza fuera un ser vivo que también debe reposar para recuperarse y estar fuerte al día siguiente. La idea de la soledad de la plaza se refuerza con el sonido de los pasos, el eco nocturno de la caminata sobre el adoquín y el mármol. Como si Sorrentino quisiera sorprender a la plaza cuando está dormida”, me dice el pintor, que durante años la vivió en el meridiano contrario: repleta de gente y de música.

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Algo similar ocurre en el film con la via Veneto, una calle fantasmal y desértica por la que resuenan los pasos de Jep, siempre fumando un cigarrillo o en el acto de encenderlo, como los galanes del cine de los años setenta. Es también ahí, pero desde lo alto, en una terraza de la cercana via Bissolati, donde se celebra su fiesta de cumpleaños, la cual es una caricatura o la imagen en un espejo deformante de la via Veneto de La dolce vita, de Fellini, con su rumoroso y espléndido pasado: ahí está pero en otra época el mismo hotel Excelsior, donde el Sha de Irán conoció a su primera esposa, la bella Soraya Esfandiari, y donde se alojó la sueca Anita Ekberg, esposa del actor inglés Anthony Steel, mientras se grababa el film de Fellini; según dice la crónica era fácil verla, a cualquier hora, en el lobby o en el café Doney, después de interminables y ruidosas batallas conyugales. Un poco más arriba está nuestro Harry’s Bar, con sus cócteles, iniciando la larga lista de cafés célebres: Fellini y Alberto Moravia se reunían en el Rosatti, en el Strega o en el Café de París, todos extendidos sobre los andenes en terrazas, bajo frescos toldos. Peter O’Toole fue perseguido por fotógrafos en muchos de ellos y hay registro de las borracheras de Ernest Borgnine en al menos tres de estos cafés. El más famoso paparazzo de esta noble calle se llamó Tazio Seccharoli.

Esta Roma de La dolce vita es la que precede a los decadentes personajes de Sorrentino: esa vida dulce que, con el tiempo, se puso un poco agria. “Y muy difícil con la crisis”, dice un camarero del Harry’s, “ya casi no viene nadie”. Sobre las calles que cruzan la via Veneto hay inmigrantes indostánicos que trabajan repartiendo tarjetas de bares y prostíbulos. “¡Amigo, mujeres lindas, venga!”. Uno de los más famosos es el Chica-Bum. Hay striptease, prostitutas rusas y moldavas, habitaciones privadas, lap dance, barra. Una noche completa, con champagne y chicas, puede llegar a los tres mil euros. Es poco para los brookers de la Bolsa o los jóvenes príncipes emiratíes que se alojan en el Excelsior. Precisamente en uno de estos bares, abiertos hasta el amanecer, trabaja Ramona, el personaje femenino de La gran belleza, interpretado por Sabrina Ferilli, una mujer ya en la cuarentena que vive del recuerdo de lo que fue y que sigue haciendo bailes y desnudos en el escenario del bar de su padre. Le pregunto qué opina de ella a Richard Boyce, irlandés residente en Roma, traductor profesional, y me dice, “es el mejor papel que hizo en su vida la Ferilli, pues en todos los demás es sólo un cuerpo que emite sonidos con poco sentido”. La mujer, en efecto, acompaña a Jep durante un tramo del film y hace con él el famoso paseo por los “palacios de los príncipes”, que en realidad son algunos de los más extraordinarios museos de Roma. Ahí está, por ejemplo, el portón de Santa María del Priorato, en el monte Aventino, por cuya cerradura se ve la cúpula de San Pedro, y también las esculturas de los museos Capitolinos, el patio del Palacio Altemps, la escalera monumental del Palacio Braschi, el Retrato de una joven (La Fornarina) de Rafael, en el Palacio Barberini, las perspectivas de Borromini en el Palacio Spada y al final Villa Medici, en el parque de Villa Borghese.

Para Richard Boyce esta larga visita por los palacios romanos tiene un sentido muy profundo: “Antes de eso los personajes asisten a una sesión de pintura que es casi un happening, con una artista niña que embadurna de colores una tela ante la sorpresa admirativa de coleccionistas y esnobs del arte contemporáneo, pero Jep y Ramona salen de ahí y pasan el resto de la noche en esos palacios viendo el arte inmortal, el que no es efímero y lleva dos mil años sorprendiendo a los espectadores con su misterio, su fineza, su preciosa armonía”. De nuevo el contraste.

El novelista italiano Bruno Arpaia opina que el tema del film es “la vejez, la muerte y la sabiduría, aquello que es esencial y que sólo se logra con la experiencia”. Tal vez por eso el constante diálogo con el glorioso pasado de la ciudad, el contrapunto entre figuras y sombras, entre jolgorio y soledad, entre la multitud y el vacío, o entre el arte efímero y el inmortal, aunque cerca de la muerte, pues muy poco después de contemplar esas esculturas, cuadros y palacios, Ramona muere en la cama de Jep, dejando una sonrisa de placidez similar a la de la Mona Lisa. “Tal vez la sonrisa de la comprensión profunda previa al último suspiro”, añade Arpaia.

Algo parecido ocurre en el Parque de los Acueductos romanos, el lugar donde esa alocada actriz de performance, la muy sensible Anita Kravos, corre desnuda y choca la cabeza nada menos que contra el acueducto Claudio, dejando una mancha de sangre en el velo blanco que la cubre. De nuevo la banalidad de lo moderno versus la grandeza de lo clásico. Sorrentino no lo oculta al burlarse de la actriz en la disparatada entrevista que le hace Jep. Ese lugar, cerca de la via Apia, es una de las muchas puertas al pasado que Roma deja siempre abiertas, con esa pátina de abandono por estar ahí, a disposición de cualquiera que se acerque a las torres, sin ningún control de entrada ni vigilancia. Por eso los terrenos aledaños a esos acueductos, en primavera y verano, se llenan de familias haciendo picnic, de tiendas de campaña, de carros casa.

¿Está Roma bien narrada en el film? Quien responde es de nuevo Giancarlo De Cataldo: “Sorrentino es de Nápoles, y como los más grandes poetas e históricos de la época clásica, fueran españoles o de otras provincias del imperio, o como Pasolini, que era de Boloña, o como Carlo Emilio Gadda, que era de Milán, se convierte él mismo en poeta al aprender a conocer esta ciudad que lo fascina y lo rechaza simultáneamente”. Y eso tiene Roma: el amor de quienes la visitan. De nuevo Stendhal, Goethe.

Lo mismo que hoy, en estas tardes previas al verano, cuando jóvenes de todo el mundo se sientan en las orillas del Tíber a ver pasar el río.

En el film de Sorrentino las murallas del Tíber acompañan varias veces el regreso a casa de Jep, al alba, y sólo una vez pasa un hombre haciendo ejercicio, corriendo y hablando por celular. Ahí están ahora las jovencitas nórdicas con sus bellas piernas aún blancas, que parecen de mármol, deseosas de sol. Son tres y les pregunto si han visto la película. Una de ellas dice que sí. Les pregunto si vinieron a Roma buscando alguna escena y me dicen que no, pero recuerdan una fiesta en una terraza y me preguntan si sé dónde pueden encontrar algo similar. Son de Gotemburgo, estudiantes de arte. También las atrajo la gran belleza de Roma. “Es una belleza desordenada, por eso me gusta”, dice la más alta. Luego se les acerca una manada de jóvenes italianos, expertos en mujeres nórdicas, a la caza de aventuras. Arriba de la muralla, sobre la via del Lungo Tevere, zumban los motorinos (las Vespas) de aquí para allá. De un quiosco situado un poco más adelante sale olor de ajo en aceite de oliva, de pasta con tomate y albahaca.

Voy al monte Aventino a ver algo más: el jardín de los naranjos. En la película varias monjas, con cestas de mimbre, recogen naranjas. Aquí Sorrentino dialoga con Pasolini y reproduce casi idéntica una escena del film Decamerón, donde unas novicias recogen frutas de un árbol subidas en una escalera.

Para De Cataldo, ya acabando la charla (y la caipirinha) en el Harry’s, “Jep Gambardella es el emblema de todos nosotros, y Sabrina Ferilli la metáfora de la eternidad (también moribunda) de la sensualidad romana”. Y agrega: “pero al que encuentro extraordinario es a Sebastiano el poeta, el más grande poeta vivo, el que no habla nunca”. Y antes de despedirme le pregunto, ¿y cuál es para ti la parte de Roma que se ve más bella en el film? “La noche con sus luces reflejadas en el Tíber”, me dice De Cataldo, “esto hay que verlo al menos una vez para saborear su encanto y no olvidarlo nunca”.

 

Santiago Gamboa
Escritor. Su más reciente libro es Océanos de arena.