agosto 4, 1930

No te extrañen estas letras, pero hoy en la mañana quise hablarte como de costumbre y no lo conseguí, pese a haber llamado varias veces y a distintas horas. Como me figuro que mañana puede ocurrir lo mismo, quiero enviarte estos renglones a fin de que me contestes a vuelta de correo informándome si nuestro medio de comunicación se estropeó en definitiva o solamente es cuestión de días. Dime también si pasado mañana, miércoles, podremos vernos como hasta ahora, y en tal caso procura madrugar. Ahí me tendrás a las once y media en punto. Si tuvieras ya tu retrato, como espero, te agradecería mucho me lo mandaras, pues, como te he dicho, aunque no pretendo empapelar mi habitación con tus retratos, quiero conservar lo más posible [algo] tuyo para hacerme la ilusión de que te tengo más cerca. Hasta que llegué anoche a casa no me volví a acordar de tu prendedor. Aquí lo tengo y si te urge, puedes decirme cuándo te lo puedo entregar.

Supongo que estarás rendida de la caminata de ayer. Por mi parte, amanecí también muy cansado, pero con el deseo de repetirla cuanto antes. Escríbeme sin falta y en caso de que te sea posible verme, háblame al teléfono 2-89-79. Saluda a María, Enriqueta y los demás y recibe el cariño de…

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agosto 9, 1930

Como el amor que me une a ti es algo muy importante en mi vida, y al tuyo lo considero ya algo muy mío, he querido escribirte estos renglones, en los cuales no habrá secretos ni evasivas, sino todo lo contrario, ya que te mando con ellos algo muy íntimo de mi alma que a nadie podría confiar mejor que a ti, porque nadie más sabría comprenderme.

A los corazones sensibles las emociones les afectan tal vez demasiado: las tristezas los destruyen, y las alegrías los hacen más dichosos que a los demás. No sé, por tanto, si será bueno o malo poseer un corazón de ésos, y si a la larga, quienes somos así, terminaremos siendo más infelices.

Tú dirás que qué tiene que ver esto contigo y con nuestro amor. No quiero precipitarme, sino expresarme con toda calma, esperando que tú también la conserves mientras vayas leyendo estas líneas.

Hoy me he sentado a escribirte con el ánimo tranquilo, no como el otro día, y dispuesto a aclarar ciertas cosas que en aquellos momentos me hubiera interesado hacerlo. Mi propósito no es fácil y trataré de ser lo más claro posible.

Durante el tiempo que nos conocemos, creo que habrás tenido oportunidad de conocer más o menos mi carácter y mi modo de ver las cosas. Yo también he podido darme cuenta del tuyo, he intentado profundizar más en ti, y pese a que tres o cuatro meses es un plazo demasiado corto, pienso haber logrado al menos una idea aproximada de lo que eres tú.

Sé que habrás percibido que mi carácter es excesivamente sensible, por cuyo motivo sufro mucho y a veces injustificadamente. Sufro, por ejemplo, queriéndote, y tu mismo amor me hace sufrir. En los ratos que estoy solo, son infinitas las ideas que se me vienen a la mente y me torturan y hay veces que dudo hasta de mi sombra, sin saber a ciencia cierta por qué. De ahí que, aunque me veas a menudo alegre, reír y divertirme, llevo constantemente dentro de mí algo que me agobia y me entristece y que me impide sentir esa alegría a la que tú posiblemente estés acostumbrada. No sé si me explique bien. Ayer en la tarde, sin ir más lejos, me sentí muy mal; no estuve enfermo, no, sino que se trataba de otra cosa más grave. Tú me preguntaste hoy por teléfono que qué tenía y te dije que lo ignoraba, pero que sospechaba se trataba de algún achaque del estómago. Esto no fue más que una disculpa, porque ayer, Carmen, pasé las horas más angustiosas de cuantas llevo vividas. En cuanto llegué a mi cuarto, cerré con llave la puerta y me dejé caer en la cama. Después me quedé dormido. Cuando desperté, mi malestar fue peor todavía, pues me encontré con un vacío a mi alrededor sólo comparable al que debe ser el de la muerte; fue algo que no sabría explicarte y que tampoco tú podrías entender. Los más tristes pensamientos y las ideas más disparatadas acudieron a mí y me hicieron llorar a tal punto que acabé por considerarme un chiquillo o simplemente un imbécil. Llorando de esa forma pasé casi toda la tarde, igual que cuando nos sentimos enfermos y solos o despertamos alucinados de alguna horrible pesadilla. Me asustaba todo y el mundo me pareció un abismo negro en el que no se distinguía ni una sola luz, porque ni siquiera tu amor me pareció mío ni, por tanto, podría yo aspirar a ti. Fueron unas horas amargas, como no recuerdo otras de veras. Después, ya más aliviado, fue reapareciendo el mundo de antes, el real, aquel en el que yo te había dejado hacía unas horas y en el que espero encontrarte de nuevo.

Carmen: no sé si en tan poco tiempo que llevamos de conocernos comprendas mi amor, porque para que lo comprendieras necesitarías antes conocer mi carácter, este modo tan particular que tengo de ver las cosas. Me suena tan ridículo decir solamente que te quiero, que no podría vivir sin ti y que deseo saber si tú también me quieres… Y me pregunto si esta manera de ser mía te agrada o no y si va de acuerdo con la tuya. Te pido que te asomes a mí, que te esfuerces por descubrir quién soy, cómo pienso y cómo te amo; no para que ello despierte en ti mayor cariño hacia mí o para dármelas de romántico, sino para que me veas desnudo tal cual soy y sepas de antemano a quién amas. Sé que es demasiado poco tiempo el transcurrido y que queda mucho por andar, pero es preciso que lo intentes poniendo en ello todas tus fuerzas.

No sé si cuanto te vengo diciendo te resulte o no agradable, ni si el saberme como soy te haga quererme más o menos, pero sí espero que esta confesión que te hago la agradezcas en lo que vale porque no encierra otra cosa que la verdad y ésta nunca es desdeñable. Quiero que me ames a mí, a quien soy y como soy, sin lugar a engaños; que ames mi alma —mala o buena—, pero a sabiendas de lo que haces. En el amor engañoso o fingido ninguno de los dos protagonistas resulta favorecido, ya que al fin y a la postre los dos resultan engañados.

Esta es sólo una pequeña parte de lo que me proponía decirte, y desde el día que te quise ansié hablarte como lo hago ahora. Si algo me detuvo, puedes creerlo, fue la duda de si debería o no arriesgarme, pues no a toda la gente se le puede hablar con franqueza y descubrirle nuestra alma. O se cae en el ridículo o se incurre en la tontería de no conseguir ser escuchado siquiera. Carmen: yo sé ya muy bien cómo piensas y cómo eres, y por ello sé que mi amor puede seguir adelante en la única forma que lo comprendo.

De esta larga epístola —que más que carta es epístola— habrá cosas que te sorprendan y otras que no entenderás del todo. Si es así y tienes alguna duda, no temas preguntármelo. Tal vez hablando contigo sepa expresarme mejor.

Adiós, Carmen. Bastante he hablado ya, aunque continuaría escribiéndote no sé cuántos pliegos más. Sabes bien lo que te quiero, lo que pienso en ti a toda hora del día y lo que significas ya para mí. Pero esto no es suficiente y no era eso lo que me proponía decirte, sino que pienses en mí como soy y me digas después si puedo quererte. Si el peso de esta melancolía continua que llevo conmigo no te inspira miedo, desconfianza o desamor; si crees que un hombre así puede hacerte feliz algún día y si te sientes capaz de devolverle a él todo cuanto yo estoy dispuesto a entregarte cuando nos amemos de veras. No, no estoy loco, te lo aseguro; estoy enamorado de ti y ello también me asusta un poco. Tu dirás. Tuyo desde ahora.

 

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septiembre 4, 1930

Es una tontería, lo comprendo, que viéndonos tan a menudo y hablándonos por teléfono todos los días te escriba con esta frecuencia; pero no te quepa la menor duda de que si lo hago es porque experimento una gran necesidad de estar siempre contigo.

En estos momentos acabo de telefonearte y no sé si nuestra conversación dejo en ti una impresión tan desagradable como en mí. Te aseguro que habría deseado coger de nuevo el aparato para pedirte que olvidaras las tonterías que ambos nos dijimos. Tengo un desconsuelo muy grande y una terrible contrariedad. Es necesario de todo punto que, si en algo estimamos nuestro amor, dejemos esas pequeñeces con que frecuentemente nos torturamos, tanto de parte tuya como mía. No sé por qué después de los meses que nos llevamos queriendo salgan esas estúpidas insinuaciones de si me aburro contigo o si tú te sientes a gusto cuando no estás a mi lado. Si yo voy a verte todos los días, debe ser porque me siento feliz contigo, y si tú sales conmigo será porque te ocurre lo mismo, ¿no es así? ¿A qué vienen, entonces, esas tonterías de las que puede surgir un día un serio altercado y hasta un grave disgusto? No, Carmen, te repito que tanto de mi parte como de la tuya debemos evitar estas cosas. Olvidemos, pues, la ridícula charla de hoy, que me dejó tan triste y decepcionado.

Es cierto que, debido a mi carácter, cuando no se me realiza algo que ansíe vivamente, tengo el impulso repentino de conseguirlo como sea e incurro en mil imprudencias y arrebatos de los que enseguida me arrepiento. Hoy, por ejemplo, cuando me dijiste que tal vez no podrías ir a las dos fiestas de la Covadonga, sentí deseos de hacer mil cosas para lograr que fueras. Desde que te conocí he pensado mucho en estas fiestas; he tenido una enorme ilusión de ir a ellas contigo y esperaba con ansiedad la llegada de esos días. Tenía ya formada en mi mente la idea de todo lo que iba a gozar a tu lado y, al ver que no podría ser de ese modo, me sentí lleno de dolor y rabia. Fue una desilusión para mí.

Pero no es sólo esto lo que quiero decirte. Cuando estoy lejos de ti, me vienen a la cabeza muchísimas cosas que te diría si estuvieses a mi lado. Sin embargo, tan luego estoy contigo es tan grande mi felicidad, que me olvido de aquellas cosas que tanto empeño tenía en comunicarte.

Carmen, ¡si pudiera yo penetrar en tu alma, saber lo que piensas y leer en tu corazón cada uno de tus sentimientos! Sería mi ambición suprema que llegaras a tener en mí una confianza tan ciega, tan completa y plena, que lo que pudiera ser un secreto tuyo para todo el mundo —incluso para tus propios padres—, no lo fuera para mí. ¡Qué feliz sería yo entonces! Cesarían así todas nuestras dudas y seríamos tan imprescindibles el uno para el otro como nuestro propio corazón. Tal vez pienses que yo pretendo un amor superior a todos, otro sueño más y sólo eso. Y tal vez no te equivoques. Perdona, pero estoy hablándote como lo siento. Y recuerda, sobre todo, que cuando uno se forja una ilusión, al verla frustrada por alguna causa, se convierte para uno en la pena más terrible que se pueda experimentar. Tuyo siempre.

 

septiembre 30, 1930

Te estoy escribiendo desde la cama, por lo que temo no puedas entender bien mi letra. Como te habrá dicho Fernando por teléfono, amanecí enfermo. Ayer en la tarde me sentí bastante mal y subí a acostarme. Yo hago mal enfermo y me impaciento enseguida. Tuve bastante fiebre anoche y sólo pude dormir a ratos. Con el calor y la temperatura amanecí muy cansado y decidí quedarme en la cama. Hoy, cuando Fernando subió a verme, estaba padrino conmigo. Le hice señas a aquél para que volviera más tarde, y así le encargué que te hablara y te dijera que no podría hoy ir a verte, como era mi propósito. Espero que lo haya hecho con oportunidad.

No sabes cuánto me acuerdo de ti. En estos malos ratos que nos depara la vida, todo se olvida menos el amor. Anoche, cuantas veces desperté pensaba en ti y quería imaginarme que estabas a mi lado. A ratos llegué a creerlo y me sentí feliz. ¡Cuánto hubiera dado —y daría en este momento— por poder tenerte aquí! Cuando estamos separados es cuando mejor me doy cuenta de lo que te amo. Sé muy bien que tu compañía podría mejorar mis males, y así será un día, ¿verdad? Por ahora sólo tengo tu retrato para mirarte y mi pobre alma para hacerme compañía. Ojalá ese amor que me repites a toda hora sea infinito, pues sabes de sobra que nada vale para mí en el mundo lo que vales tú. Si mañana estoy bien te hablaré por teléfono; si no, le diré a Fernando que vuelva a hacerlo. Ya veremos. Todo mi amor es tuyo.

 

noviembre 6, 1930

Aunque hace muy poco que nos hemos visto, a mí me parece una semana el tiempo que hace que no estoy contigo. Realmente, como te dije hoy por teléfono, solía quejarme de vicio. ¡Algo daría hoy por poder verte con la frecuencia de antes! Pero nunca estamos satisfechos con la suerte que nos destinan. Cuantos más días paso sin ti, más ilusión siento por estar contigo, y cuando a ratos me siento triste por mil temores que me asedian, tu amor se me antoja demasiado increíble, casi inverosímil. ¿Recuerdas aquella tarde que te pregunté si podía amarte? ¿Comprendiste bien lo que con esa pregunta quería yo darte a entender? Sólo esto: que si te considerabas con las fuerzas suficientes para dejarte a amar a mi modo, como yo me proponía hacerlo. O en otras palabras: que si podría yo vivir sólo para ti. Y tú respondiste que sí, y también yo entendí lo que querías decirme con eso: que te quisiera de ese modo y solamente así.

Pienso en ti, Carmen, a toda hora del día y de la noche. Quisiera tenerte junto a mí sin cesar, hacerte inmensamente dichosa. Por lo visto, no podremos seguir viéndonos como hasta ahora y me temo que hayan terminado esas mañanas que tanto nos gustaban. Pero así lo han dispuesto otros y debemos someternos a sus órdenes. ¿Hasta cuándo? No importa. En el fondo todo continuará lo mismo. Pues adivina lo que estoy pensando ahora: ¡un viaje de amor! ¡Un largo viaje de amor por los más inconcebibles parajes! ¿Sueños? ¿Quimeras? Puede ser; pero pensando en estas cosas vivo los momentos verdaderamente felices de mi vida. “Quiero ser como tú”, me dijiste el otro día. Y lo serás, no lo dudes. Iguales para amarnos y para saber esperar. Con estas letras te va cuanto guardo en lo más profundo del alma.

 

febrero 8, 1931

Con grandes trabajos te escribo esta carta desde la cama y desgraciadamente con bastante fiebre. Bien sabe Dios el disgusto que tengo al no poder verte. Manuel te habrá telefoneado informándote de mi mejoría, la cual no fue sino pasajera, ya que a mediodía me subió violentamente la fiebre.

Escríbeme, te lo ruego, porque sólo tú puedes aliviar mi tristeza. Tengo miedo de seguir peor. Ramón vino ayer y me recetó algunas medicinas que me mejoraron de momento. Al malestar de la fiebre se une el de la melancolía de saber que pasaré el día entero sin verte, aunque en mis sueños, durante la noche, suelo encontrarte a menudo, pero demasiado lejos y no sé de qué forma que me entristece todavía más. Recuerda que necesito tus cartas; largas, largas, como mis penas de ahora. Reza porque me alivie y por la dicha de estar pronto juntos. Tuyo.

 

febrero 9, 1931

Ayer en la tarde te escribí avisándote de mi empeoramiento. He pasado una noche molestísima, sin poder conciliar el sueño más que a ratos, y éstos fueron tan cortos que no dejé de sentir dar las horas en el reloj de la Iglesia de Jesús. Por fortuna, amanecí mejor. La temperatura me bajó bastante, aunque en la mañana temprano tenía todavía 38. Hago mal enfermo, tan malo que me desespero pronto. Estoy como en una prisión y la visión de mi cama me atormenta a toda hora, como un fantasma. Escasamente entenderás mi letra. Tanta ropa en que estoy envuelto y mi malhumor me impiden escribir a gusto. Sólo deseo que esta carta te lleve mi recuerdo. Ayer te pedía que me escribieras y hoy no dudo que recibiré tus líneas. Escríbeme largo, seguido, y cuéntame tu vida. Si puedes, hazlo dos veces al día, pues solamente de ese modo tendré un poco de paz en mi alma. Te extraño y únicamente pienso en ti. Quiéreme mucho.

 

febrero 25, 1931

No es que piense que sea necesario escribirte después de habernos visto hoy a mediodía, pero sí quiero explicarte con más detenimiento lo que opino y siento respecto a cuanto viene ocurriendo. Lamentaría mucho haber dejado en ti hoy una impresión penosa; pero tú sabes, Carmen, que nada iba contra ti en esta ocasión. Tampoco quiero dar a entender que me propongo disculparme ante nadie, pues ni siquiera voy a pedirte que rompas esta carta en cuanto la leas.

Vuelvo a repetirte lo que te dije: que estoy muy disgustado con Sánchez, aunque tampoco intento que pienses como yo. Lo que sí me subleva es su actitud para conmigo y la forma en que viene procediendo con nosotros. La excursión del domingo entrante a Puebla —a la que necesariamente habrás de ir— lo prueba de sobra, máxime que a ésta le seguirán otras, todas cuantas le vengan en gana, sin tener en cuenta a los demás. Ya sé que cada cual obra de acuerdo con su conveniencia y si tú ves esto con buenos ojos, yo no tengo nada que objetar. Si este viaje lo hubiera proyectado alguien de tu familia —tus papás o tus hermanos— no tendría nada de particular; pero lo que me irrita y desespera es que este trastorno provenga de quien se dice amigo nuestro, quien sabe perfectamente el disgusto que nos causa y el que se vale de una posición en tu casa que desdichadamente no tengo yo.

Todos estos desaires se vienen repitiendo con demasiada frecuencia y hasta parece que se vanagloria de ellos. Si he pasado muy malos ratos en mi casa y me he enfrentado a personas a las que quiero tanto, ¿crees tú que voy a soportar una nueva pelea con gentes que al fin y al cabo me son enteramente indiferentes? Quiero la paz, la tranquilidad de tu cariño; quiero tu amor y lo demás no cuenta. Sánchez será muy bueno, como tú dices; pero tiene para mí otras cosas que me hacen olvidar todo eso. Si crees que estoy equivocado, desistiré de convencerte; tú seguirás con tus opiniones y yo con las mías, siendo acaso en esto en lo único que disentamos desde que nos hemos conocido.

Debes pensar que si yo no te quisiera como te quiero, pasaría por alto cuanto está ocurriendo, que a lo mejor ni vale la pena. Si a ti dices que la actitud de Sánchez te da risa, a mí no me la da en lo más mínimo. Me siento demasiado ofendido para que pueda sonreír, como no sea de desprecio. El domingo irás a Puebla; no nos veremos, pues. ¿Y a esto es a lo que pretendes que le encuentre gracia? Otro domingo irás con él al teatro o también puede ocurrírsele no salir y entonces tampoco saldremos nosotros. ¿Te parece justo? No sé si es que, en realidad, eres demasiado buena con todos o no te has detenido a medir las consecuencias. Te pido que lo examines con calma y me digas si tengo o no razón. Graba bien en tu memoria lo que hablamos hoy y procura descubrir el motivo de mi disgusto: mi amor y sólo eso. Porque quiero que sepas desde ahora que no habrá nadie en el mundo capaz de interponerse entre tú y yo; nadie que pueda intentar siquiera apartarme de ti. Para que alguien pudiera aspirar a una cosa semejante, tendría que suprimirme, ya que aquí o allá, donde sea, te seguiré amando y buscándote. Recuérdalo: únicamente dos cosas conseguirían alejarme de ti: la muerte o tu desamor. Lo demás, ya está olvidado desde ahora.

 

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marzo 6, 1931

Sin ningún orden ni concierto llegan mis cartas a tus manos, digamos en forma de “arrebatos de amor”. Hoy he tenido uno. Prácticamente acabamos de vernos; hemos estado juntos, ¿pero qué importa si esos momentos son tan breves que no dejan en mi espíritu más que un inmenso vacío? Tú sueles llamarme pesimista y temo que tengas razón. Pero es que, si se mira bien, el mundo no es más que eso: un inmenso vacío donde nada es lo que promete ser y solamente las ilusiones son lo que son. Recuerdo que un día me dijiste algo que no olvidaré nunca: que querías que te impregnara de mí. E impregnar a otra persona de uno mismo es convertirla en cosa propia. Esta ha sido, desde que te conocí, mi ambición más grande. Tener no sólo tu belleza, tu fascinante belleza y tu bondad, sino tener dentro de ti algo mío, muy mío, y conservarlo ahí con la dedicación de un avaro. Y al estar tú impregnada de mí, también yo lo estaré de ti, y entonces todo parecerá tan sencillo en nuestras vidas que nuestro mismo amor parecerá una sola cosa.

Créeme, Carmen: a nadie quiero como a ti y jamás me cansaré de repetírtelo. Y si algunas veces me has encontrado “malo”, ten por seguro que en esos casos experimento algo muy doloroso que me hace sufrir mucho. Cuando te hablo en forma dura o hago algo que sé habrá de herirte, padezco infinitamente más que tú. Muchas veces me he sentido cruel e injusto, pero aun esto me ha servido para comprender mejor lo que puedo llegar a quererte.

No sé si sepas que todavía es la fecha en que aún no puedo comprender debidamente a qué punto me he enamorado de ti, como yo había soñado enamorarme infinidad de veces mucho antes de conocerte. Me pregunto si es que hallé en ti lo que jamás había encontrado en nadie. Te confesé alguna vez que en el mismo instante de verte por primera vez desnudé tu cuerpo y tu alma, y que, sin saber quién eras ni cómo eras, adiviné al momento todo lo que seguiría después. Te he querido mucho, es cierto, y te quise desde un principio; pero al recorrer hoy uno por uno los días que han pasado, voy descubriendo en cada hora transcurrida un nuevo incremento de ese amor. Nuestras vidas se van uniendo poco a poco y dentro de algún tiempo nadie sabrá distinguir ya una de otra. Seremos iguales. Es cierto que todavía perdura algo de aquellas dudas, de nuestras primeras incertidumbres, pero se borrarán. Después no existirá ya más que el tiempo que vayamos viviendo uno al lado del otro. ¡Sueño tantas veces con eso! ¡Siento que nos vamos impregnando uno de otro sin cesar, cumpliendo paso a paso nuestros inevitables destinos! ¡Cuántas ilusiones han brotado en mí desde que empecé a amarte! Dios sabrá darme de ti lo que quiero, pues todo cuanto estamos viviendo ahora no es más que el comienzo, un preámbulo demasiado pobre de lo que espero darte y recibir de ti. Aspiro a mucho, tú lo sabes; tal vez con exceso. Tengo el vicio de desear cosas, un deseo casi insaciable que me hace temer a ratos si no será realmente un abuso. ¿Tú qué opinas?

 

marzo 11, 1931

Lamento de todo corazón cuanto sucedió hoy a mediodía y mucho más lo que me contaste en la tarde. Comprendo, desde luego, mi falta al reírme cuando tu hermano Luis pasó junto a nosotros en su coche. Tú conoces bien la causa de mi risa, que fue ajena por completo a él. Fue una simple coincidencia de la que ni tú ni yo somos culpables, y creo que Luis debería haberlo entendido así cuando tú se lo explicaste. Ahora bien, ni en uno ni en otro caso pueden justificarse sus palabras. ¿Por qué me juzga así? ¿O es que no hemos estado saliendo juntos durante casi un año con el consentimiento de unos y otros en tu casa? ¿Y si me considera él lo que dice, por qué no lo dijo hasta ahora?

Nunca pensé que nuestras relaciones produjeran un efecto tan desastroso entre ciertas personas de tu familia. Es más, infinidad de veces acompañé a tus hermanas, soy desde hace tiempo un buen amigo de Jaime, he sido presentado a tu mamá con quien fuimos una tarde al teatro y otra a los toros; he estado —aunque accidentalmente— una vez en tu casa, y estoy seguro de que en ninguno de esos casos he dado motivo para que mi conducta haya sido considerada indebida. ¿A qué viene, pues, este odio de ahora?

Si yo conociese a Luis no tendría inconveniente en dirigirme a él personalmente y desvanecer la mala impresión que, por lo visto, le he hecho; muy de veras quisiera hacerlo. Debo pensar que sólo fue el pequeño incidente de hoy lo que despertó su furia y no propiamente el hecho de que tengas relaciones conmigo, porque en ese caso me sentiría demasiado ofendido y no sería capaz de exponerle mis disculpas serenamente.

Te pido, Carmen, que en todos estos altercados veas en mí a tu mejor amigo, a tu mejor confidente. Quiero que, como ahora, no me ocultes nada, pese a que tus confidencias pudieran perjudicar a alguien. Cuando se aman dos personas como tú y yo nos amamos, todos los demás sobran, trátese de quien se trate. Contigo abrí mi corazón cuando las cosas iban mal en casa y no tuve para ti ningún secreto. Por eso fue que todo se resolvió favorablemente y las dificultades quedaron entre los demás y nosotros, no entre tú y yo, que habría sido lo grave. Siempre he venido ilusionándome con la idea de que algún día formemos los dos una sola persona, algo enteramente indivisible contra lo cual se estrellará el mundo con sus pequeñas envidias, sus odios y sus maldades. Mañana, cuando recibas esta carta, contéstame inmediatamente, y si algo volviera a ocurrir, por favor no dejes de tenerme al tanto. Sabes de sobra que no haré nada que pueda perjudicarte. Todo mi afán es satisfacer tus deseos y buscar tu felicidad. Así debes corresponderme en todos los casos. Así saldremos adelante, porque es el único camino.

No sé si este incidente impida que nos sigamos viendo. No espero que nadie pretenda alejarte de mí por la fuerza. Pero si hay alguna poderosa razón que me impida continuar mis relaciones contigo, me gustaría conocerla. ¿Mi mal genio tal vez? Tú sabes que de ahí no pasa. Necesito tus letras más que otra cosa; tenme muy al tanto, no importa lo grave que sea. El incidente de hoy no tuvo ninguna importancia ni creo que traiga consecuencias. Es casi ridículo todo, a no ser que se trate tan sólo de un mal pretexto. Y ni aún así me importaría demasiado. Quiéreme mucho y sé mía ahora y siempre.

 

abril 8, 1931

No sé si es la fiebre la que me hace llorar o es este desatado amor por ti. Aquí me van unas cuantas lágrimas de las muchas que he derramado hoy. Tengo mucha fiebre y siento la cara como una brasa. ¿Por qué hemos de estar separados cuando más te necesito? Quiéreme con toda tu alma, con todas las fuerzas de que seas capaz. ¿Sabes que en estos instantes daría mi vida por un beso tuyo? Lloro y lloro y no sé por qué. Te quiero más que a nadie en la tierra. Me siento solo y no dejo de llorar.

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abril 9, 1931

Perdóname que te escriba a lápiz, pero no tengo por el momento otro modo de hacerlo. He estado malísimo anoche, con 40 grados de temperatura. Vino Ramón a verme y me dijo que posiblemente se tratara de una tifoidea. Ahora la fiebre me ha bajado hasta 38 y espero de un momento a otro su visita. Ya estoy tomando las medicinas que me recetó y estoy, por supuesto, a una dieta muy estricta.

Te agradezco en el alma que preguntes por mí. Sé que no me olvidas y cada vez que Manuel me dice que habló Carmen, el corazón me da un vuelco, como si ésta fuese la primer vez que lo haces. No cabe duda de que estamos pasando una mala racha, pues jamás me enfermé tanto como ahora.

Carmen, ayer te escribí unos renglones creo que en mitad de mi delirio, ya que no recuerdo siquiera a qué hora los escribí ni mucho menos lo que decía en ellos. Cuando empezó a subirme la fiebre a media tarde, me entró una desazón tan grave y tan angustiosa que me temo rayó en la locura. Sin saber por qué me pasé llorando la tarde entera, y, hoy que lo recuerdo, no sé si reírme de mí o tomarme un poco más en serio. Tengo, sí, muy presente, que una vez escritas las líneas llamé a la muchacha y le entregué la carta para que la llevara al correo. Después, como te digo, estuve llorando sin cesar hasta que vino Ramón. Ya hacia las diez de la noche me sentí un poco mejor y entonces sí pude pensar en ti con más calma. Nunca me cansaré de decirte que te quiero mucho, muchísimo; que ya no puedo quererte más porque he agotado, por lo que veo, las pocas energías que me quedaban. Ayer quise hablarte, según te había prometido, pero no conseguí sostenerme en pie por la atroz debilidad que tengo. Hoy amanecí ya con mucha menos fiebre y espero que mi enfermedad no sea tan grave como parecía. Ya veremos.

¿Sabes una cosa curiosa? Tengo aquí colgado en una percha el smoking de los días de fiesta. Me da una profunda tristeza verle, pues me temo que siga ahí por un largo tiempo.

Me desespero solo. No es que me importe la soledad en sí, pero sin hablarte o verte me parece que la vida pierde para mí todo su sentido. En cambio, esos deliciosos minutos que vivimos juntos, sea ya al teléfono o bajo nuestros inolvidables árboles, tienen para mí tal significado que después paso horas y horas tratando de revivirlos. Nunca dejo de pensar qué sería de mí sin ti en la vida. Pienso eso y no sé si tiemblo de gozo o de miedo. Toda la tarde de ayer la pasé solo. Parecía como si todos me hubiesen olvidado a un tiempo. Dieron las cinco, las seis, las siete, las ocho y nadie subió a verme. Por la noche, allá cuando terminó su trabajo, vino Manuel para avisarme que habías hablado dos veces. Y sentí ganas de volver a llorar, y yo no sé cuántos besos te habría dado aquí sobre mi almohada de haberte tenido más cerca. Supe que eras tú, como siempre, la única que no me olvidaba.

Durante toda la noche, según creo, soñé sin cesar contigo. Aparecías y desaparecías y a ratos te reías de mí o me mirabas junto a la cama con una expresión de inmensa tristeza. Te veía andar por el cuarto o asomarte al balcón o sentarte en la misma silla donde suelo sentarme para escribirte. No sé por qué tus ojos verdes me preocupaban, a ratos me deslumbraban y a ratos agravaban mi tristeza. Entonces tú te sonreías y parecías sentir por mí una profunda lástima. Nos abrazábamos y llorábamos muy juntos.

Pues sí, ahí tengo colgado el smoking y mañana será el baile del Centro Vasco. Allí nos conocimos hace un año y quizá mañana todo sea igual que entonces: sonará la misma música, irá tal vez la misma gente, ocurrirán cosas parecidas a entonces… pero para ti y para mí será esta vez muy diferente. ¡Tanto como habíamos pensado ir! ¡Tanto como habíamos esperado esa noche!

Carmen: no puedo vivir sin ti. Quiero tenerte aquí y oírte repetir que tampoco tú quieres vivir sin mí. Durante mis enfermedades, esta necesidad se agrava; entonces echo de menos tu sonrisa, tus manos, tus labios, toda tú entera. Pero sé tener paciencia, ¿te ríes? Tengo mucha fe en ti y doy por bien empleados estos días de soledad ante la ilusión de tenerte pronto conmigo.

Te dejo. Espero hoy tu carta sin falta. Confío pasar el domingo contigo. Quiéreme siempre como ahora, que el ser tú feliz corre de mi cuenta. Te adoro.

 

abril 24, 1931

No sé si tu perfume de hoy me acercó al recuerdo o fue el recuerdo el que me llevó a ti, pero en este día de hoy, ya para cumplirse un año de haberte conocido, me siento más enamorado de ti que nunca.

Quisiera que mi carta te llegara con una emoción semejante a la que se experimenta cuando se hace la primera declaración de amor. Hoy siento ese entusiasmo ardiente que sentí hace tiempo cuando te pregunté si me querías. Y es que hoy floreció en mí algo que, sin estar marchito, se había venido enfriando sin saber por qué últimamente.

Hoy olías a otros tiempos y me hiciste recordar muchas cosas que pasaron ya y que justamente por eso son tan bellas e inolvidables. Apoyado en el recuerdo, en aquella época abrileña de tanta lluvia y de tanto sol este año, fui meditando con toda calma y hallé, a pesar de que el tiempo vuela, un abismo entre aquel 26 de abril y éste, que ya está a la puerta. Y como si hoy también el cielo quisiera favorecer mi pensamiento, empezó a caer una lluvia pertinaz que nos hizo escapar de nuestra banca para refugiarnos allí donde tú sabes. Así dejamos que lloviera, sin movernos del rincón en que estábamos. Y esta variación en nuestras citas diarias, esta novedad de la lluvia que interrumpió nuestra cita de esta mañana, fue lo que hizo para mí doblemente maravillosos los instantes que acabo de vivir. Con tu cara muy cerca de la mía, como siempre que estamos juntos, dejamos pasar aquellos instantes de lluvia. Me pareció que el clavel que llevabas en la mano exhalaba también infinidad de memorias y que las ramas que se mecían bajo el peso del aguacero engendraban más y más recuerdos. Todo, en fin, en aquel jardín querido, con sus estrechos caminos y la fuente que nunca cesa de sonar, parecieron ayudarme a evocar, repito, cómo un día empecé a amarte sin conocerte siquiera ni suponer mucho menos qué es lo que podría llegar a darte. Sabes muy bien que, al verte por primera vez, tuve una sola idea: “Esa mujer será mía”. Y con ese pensamiento te fui siguiendo con la mirada mientras tú bailabas, con la cautela de quien no desea perder de vista su pieza después de haberla herido. Así llegué a acercarme a ti más tarde y por fin a enlazarte entre mis brazos. Si hubieras sido un faisán simplemente o una deliciosa alondra, tal vez te habría cogido por el cuello y depositado en mi cesto; pero como eras un ave rara, un ave como yo no había visto nunca otra en mis años de cazador, preferí dejarte como estabas, sangrando un poco por el pecho, justamente a través del pequeño hueco que había abierto en tu carne el perdigón, y anduve la noche entera con la rara ave en mi mano, mostrándosela a todo el mundo sin sentir el menor empaño en que todos codiciaran mi pieza. Me acompañaste, sí, durante toda la noche, y yo me sentí feliz.

Pues aquel amor, o, mejor dicho, aquella pasión secreta que despertaste en mí la primera noche, fue algo así como la impresión que recibimos al descubrir una poesía que nos subyuga y que nos hace volver enseguida la página para volverla a leer desde un principio. Alguna vez, recordando aquella noche, me preguntaste si, en efecto, había sentido yo de inmediato un verdadero interés por ti. Lo que sentí, si te soy franco, fue una urgente necesidad de ti. Y si al bailar más tarde contigo no dejé que adivinases nada de eso fue por el simple temor de que pudieras reírte de mí. Por eso preferí callar y volver con el secreto a casa, ya fatalmente enamorado y arrepentido de no haberte dicho lo que quería.

Siempre que me voy de tu lado me traigo en las manos tu perfume, que perdura en ellas hasta el anochecer. Y yo cuido de él lo más que puedo, procurando así conservarte cerca de mí. De ahí que al acercarme hoy a ti y reconocer aquel perfume casi olvidado, volvieran inesperadamente todos estos recuerdos. Dicen que el amor florece a la sombra de los pesares; que el verdadero amor se alimenta de las lágrimas. Tú y yo tal vez no hayamos sufrido aún lo bastante, pero sé que nos amamos de ese modo. ¿Qué será —me pregunto— el día en que compartamos de veras nuestros mutuos sufrimientos?

Me gusta recordar nuestro pasado. Y volviendo unos meses atrás, veo ahora el parque del Hipódromo, húmedo, recién lavado por la lluvia, con sus macizos de flores y las torres blancas de su teatro al aire libre. Veo un cielo azul o nublado, pero casi siempre luminoso, y unas bancas bajo los árboles, generalmente vacías. Y me veo paseando de arriba abajo, contando mis pasos mientras tú llegas, mirando sin cesar el reloj y más tarde hacia tu rumbo. Después me veo contigo, caminando muy despacio, oyendo gotear las hojas y repitiéndote la misma cosa: lo que ansío de ti, lo que espero, lo que es para mí la vida sin ti. ¿Te acuerdas? Fue aquella la temporada de los malos y los buenos presentimientos; cada día tenía yo uno distinto. ¿Piensa en mí? ¿Me olvida? ¿Seré para ella nada más que uno de tantos? ¿Un entretenimiento? ¿Una curiosidad o un bicho raro?… Después siguieron los bailes, las fiestas, nuestras citas secretas, diarias, y aún así continuaron mis zozobras y dudas. Fueron, no obstante, días alegres y bullangueros, que nos llenaban de optimismo. Hubo un baile en el Centro Asturiano, muy al comienzo de nuestros amores, en que ibas vestida de negro. Me pareciste más hermosa de cuanto yo imaginaba y créeme que ya de regreso en mi casa continuaba yo asombrado. Como muchas veces te he dicho, solía yo por aquel entonces olvidar a menudo tu figura en tanto no estabas conmigo; tu imagen se me escapaba y esto me hacía desesperar. Gozamos mucho en aquel baile y bailamos más que otras veces. Que recuerde, fue la vez en que te vi más hermosa.

Y así pasaron otras muchas noches en centros y casinos, en romerías y giras campestres. Desde entonces se nos vio juntos en todas partes, y ya nadie supo de mí sin ti ni de ti sin mí. Estábamos “públicamente” enamorados.

Y también recuerdo hoy muy claramente nuestras tardes domingueras, sencillas, con mucho sol, en que solíamos ir al cine Primavera. Era realmente subyugador salir a media tarde y volver ya anochecido bajo los árboles de las avenidas, que a esa hora estaban ya desiertas. Así pasamos muchos domingos de este año. ¿Cuántos? Y acontece que hoy, inopinadamente, vuelvo a enamorarme de ti. Es lo más extraño que me ha ocurrido hasta ahora, pues pienso que enamorarse sin haber dejado de amar es algo que no parece posible; pero lo es, no cabe duda. Me he traído conmigo la ilusión de quien habla por primera vez a una mujer en la que se ha pensado siempre; la impresión de quien estando amando durante mucho tiempo no se ha atrevido aún a expresarlo. Además de tu clavel, me he traído conmigo los restos de tu perfume, que no cesa de recordarme que acabo de estar contigo. Así subí a mi cuarto y así me dejé caer en la cama, mirándote con tal exactitud, que no supe si soñaba o estaba todavía a tu lado. Dime, ¿consideras que sea casual que tú y yo nos hayamos conocido? Pero si eso es posible, no lo es el que nos hayamos amado. Desde que te vi lo comprendí perfectamente; supe que debería ocurrir. Hoy, que ya eres algo muy mío, quizá lo entiendas también y no te extrañe que en los años que vengan me enamore de ti mil veces más. De cualquier modo que sea, y suceda lo que suceda, este año transcurrido dejará en nosotros una huella imborrable, alegre y triste a la vez, deslumbradora. Todo mi amor para ti y lo que quieras.

 

junio 5, 1931

Enfermo de cuerpo y alma, me revuelvo entre las sábanas como en espera de una próxima agonía que tal vez llegue al fin, sin el dulce beso que me debes y que me prometiste ayer a la sombra de aquellos árboles.

 

Francisco Tario (1911-1977)
Escritor. Entre sus libros: La noche, La puerta en el muro, Breve diario de un amor perdido y Una violeta de más.

Este fragmento forma parte del Universo Francisco Tario, que publicará La Cabra Ediciones.

 

4 comentarios en “Para ti, mágico fantasma

  1. El espíritu literario de ese gran hombre impregnó cada área de su vida. Saberlo así de enamorado me hace pensar en la clase de ser que fue: por sus cuentos uno pensaría que sufrió, y si lo hizo no fue solo esa circunstancia la que le dio marca a su vida, sino el haber tenido de una mujer a la que amó sin límites.

  2. Me parece una falta no haber puesto que lo que publican es un adelanto del libro Universo Francisco Tario, de Alejandro Toledo, por aparecer en La Cabra Ediciones. Solicitaría de la manera más atenta una acalaración. Gracias. MAría Luisa Passarge, directora de La Cabra Ediciones

    • Estimada María Luisa,

      Muchas gracias por su comentario. La información ya fue añadida al texto.

      Saludos,

      Esteban Illades
      Editor en línea

  3. Parece que esas caras describen una situación personal. Confieso que me dio un poco de temor, como si le hubiere ayudado a escribir sin conocerlo, porque nunca había escuchado de este escritor. ¡Qué forma de amar!