A fines de los años treinta y principios de los cuarenta del siglo pasado, la ciudad de México ya contaba con los méritos suficientes para calificar como metrópoli. Al abolengo de sus palacios, templos y edificios construidos en la era virreinal, y a las obras arquitectónicas con las que el régimen de Porfirio Díaz quiso asegurarse un buen lugar en la posteridad como adalid del progreso, la capital mexicana había agregado en el pasado reciente avenidas e inmuebles que declaraban la confianza en un futuro que aboliría las distancias y no tendría temor a las alturas.

Aun en la colonia Doctores, barrio proletario y clasemediero en que los asilados políticos Juan Guzmán y Elena del Moral montaron su primer domicilio, eran perceptibles las señales de que los hábitos y las costumbres estaban cambiando por la presencia de objetos, aparatos, tecnologías y servicios que se anunciaban como facilitadores de los esfuerzos cotidianos e incluso como símbolos de un salto civilizatorio: radios, teléfonos, automóviles, películas, cosméticos, navajas desechables, bebidas refrescantes, anuncios luminosos.

Todavía más evidentes debieron hacerse a la pareja esos signos de la vida moderna cuando mudó su hogar a la céntrica avenida Morelos, que se ubicaba cerca de las sedes de los principales periódicos capitalinos y a unos cuantos pasos de Paseo de la Reforma. Este transitado bulevar componía, junto con la también próxima avenida Juárez, el principal muestrario de lo que la ciudad quería presumir como lujo y espíritu cosmopolita.

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Peatones en el cruce de las calles 5 de Mayo y San Juan de Letrán. Ciudad de México, ca. 1943.

Aquellas ediciones impresas en las que Guzmán colaboró entre 1939 y 1953, participaron de esa celebración del porvenir industrioso y tecnificado, tan sólo porque a través de sus anuncios y carteleras se convertían en espacios promocionales de mercancías, novedades y atracciones que lo representaban. Aun si se ocupaban de los peligros, amenazas y lacras de la ciudad en proceso de expansión, los diarios y revistas ayudaban a sus lectores a construir sentidos de pertenencia, dotándolos de cartografías que hacían de aquella urbe una entidad más asequible y menos difusa. Precisamente porque la ciudad aumentaba diariamente el número de sus habitantes, y con ello la posibilidad de encuentros, colisiones y extravíos, no podía haber espectáculo que la superara como compendio de lo rutinario y de lo insólito.

La crónica urbana que alentaron los impresos periodísticos, en sus vertientes textual, gráfica y fotográfica, cumplió con la responsabilidad de documentar las mutaciones del paisaje arquitectónico y de la fisonomía humana de la ciudad de México, pero no se concretó a ser un espejo pasivo e hizo de sus registros modos de la invención y la reinvención. Los lectores pudieron encontrar en esos apuntes, vistas e instantáneas, la constancia de que, transcurridas las horas dedicadas al sueño y al reposo, la inquieta heredera de la Ciudad de los Palacios seguía estando allí, en los mismos lugares en que se había movido el día anterior, fiel a sus tradiciones pero también presa de sus veleidades y de su curiosidad por lo nuevo.

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Escena callejera frente a la nevería Sanbornsito. Ciudad de México, ca. 1941.

Las imágenes que se conservan de las estancias que Guzmán hizo en Francia, Italia, Grecia y España, en los años treinta, revelan el interés que el fotógrafo tuvo, desde sus inicios, por la calle como mirador privilegiado de modos de vida, escenas imprevistas y actividades fuera de lo común. Con esos viajes como bagaje multicultural, en la segunda mitad de 1939 se enfrentó como inmigrante de origen europeo, y poco después como reportero profesional, a la contextura sincrética de la capital mexicana. La hondura de tales hibridaciones y mestizajes, en la vertiente del fervor religioso, le tuvo que quedar de manifiesto el día en que se trasladó al cerro del Tepeyac, cámara en mano, para dar cuenta de los festejos guadalupanos del 12 de diciembre de 1939, lo que fue, según se documenta hasta el momento, el primer reportaje que realizó en México. La solitaria imagen que de ese trabajo decidieron publicar los editores del diario Novedades, al día siguiente, fue complementada con la siguiente descripción: “Frente a la Basílica de Santa María de Guadalupe, en medio de los tenderetes donde se venden mercancías de toda clase, se tira al blanco y se come el exquisito mole de guajolote espolvoreado de ajonjolí, la multitud se agolpa por entrar al templo. Para conseguirlo, muchas gentes durmieron en el atrio, convertido en improvisado campamento, bajo el palio de la noche cuajado de estrellas”.1

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Hombre corriendo detrás de un tranvía en la calle de Las Artes. Ciudad de México, mayo de 1951.

Otros estilos de tenderetes del comercio ambulante y de precarias construcciones habilitadas como refugio temporal o permanente, y otras expresiones de la convivencia multitudinaria, determinada lo mismo por el seguimiento del calendario festivo que por la convocatoria cada vez más influyente de los espectáculos y los deportes, se integraron a la memoria gráfica que Guzmán conformaría, en las siguientes dos décadas, como resultado de sus recorridos citadinos. Se perciben en esas correrías tanto la buena disposición del flâneur para sorprenderse, como la obligación de cumplir, a como dé lugar, con un determinado encargo periodístico. Sus mejores reportajes de ambiente urbano se beneficiaron de la combinación de ambas perspectivas: la soltura del caminante que merodea sin rumbo fijo y los calculados movimientos de quien tiene, como cazador, bien identificada a su presa.

Los impresos periodísticos capitalinos para los que Guzmán trabajó en ese periodo (el diario Novedades y las revistas Así, Sucesos para Todos, Hoy, Mañana y Tiempo) utilizaron sus imágenes en fotonotas y reportajes que confirmaban el permanente interés que la ciudad de México mantenía como materia noticiosa. No sólo por ser la urbe más poblada de la República (donde habitaban 1.7 de los 19.6 millones de mexicanos que había en 1940)2 daba de qué hablar todos los días. Sede principal de los poderes terrenales y celestiales, la capital mexicana concentraba buena parte de los debates, acciones y decisiones que determinaban el rumbo del país. Era la avanzada proletaria y burguesa, nacionalista e internacionalista, en un país que en lo fundamental seguía siendo, en palabras de Nathan L. Whetten, “una civilización rural, con una gran mayoría de sus habitantes viviendo en pequeñas comunidades y ganándose el sustento de la agricultura”.3

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La señorita Heines y una acompañante pasean por el Zócalo después de visitar la Catedral. De la serie Turistas. Ciudad de México, 20 de febrero de 1950.

En las postrimerías del gobierno de Lázaro Cárdenas la ciudad de México lidiaba con la doble encomienda de dar atención a viejos rezagos y abrir espacio a propuestas renovadoras, preparando el terreno que en las siguientes décadas sería colmado y desbordado por los efectos del desarrollo industrial, el crecimiento económico y el acelerado aumento de la población. El cargo de fotógrafo que Guzmán ocupó en el diario Novedades, entre 1939 y 1941, le obligó a tomar conciencia de la condición multifacética de la capital mexicana y a obtener, lo más pronto que pudo, los conocimientos básicos que le permitieran entender su no muy ordenado funcionamiento. Ya como colaborador de otras publicaciones pudo constatar las enormes posibilidades que el caos podía tener en una urbe donde los pasajeros solían transportar a los vehículos, las inundaciones volvían trasuntos de canales venecianos a las calles céntricas, había quien podía conducir un auto con los ojos vendados y sucedían milagros de esta naturaleza: “En donde no cabe un alfiler bien caben dos ruleteros”, prodigio del que dio fiel testimonio en un reportaje publicado por la revista Mañana en 1952.4

Es de suponerse que Guzmán nunca tuvo mayor movilidad que cuando atendió las heterogéneas órdenes de trabajo del único impreso de aparición cotidiana al que estuvo ligado en su trayectoria fotográfica, el cual fue su puerta de entrada al medio periodístico de la ciudad de México. Solo o en compañía de algún colega de Novedades, Guzmán dirigió sus pasos al parque Venustiano Carranza para retratar a los beisbolistas afroamericanos McDuffie y Chet Brewer; a Milpa Alta a presenciar la danza de Moros y Cristianos; al parque de la Lama para ser testigo de una exposición canina; al domicilio en que contrajo matrimonio civil la pareja formada por Raymundo León y María Asunción Espinosa, cuya corta edad (él de 17 años y ella de 12) concitó a la atención pública.

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Hombre montando un caballo. Ciudad de México, 1942.

Las responsabilidades con Novedades llevaron asimismo a Guzmán al siniestro penal de Lecumberri, que hacía honor al sobrenombre de Palacio Negro. En 1940 lo visitó con cierta regularidad para retratar, sobre todo, a los reclusos de reciente ingreso. Con el ambiente carcelario como trasfondo —rejas, celdas, crujías, juzgados—, los nuevos “huéspedes de la gayola” mostraron a Guzmán la diversidad de sus semblantes y fisonomías, a partir de los cuales el fotógrafo compuso retratos uniformes, en su mayoría frontales y de medio cuerpo, que al tiempo que remitían a la filiación policiaca no cancelaban del todo la expresión gestual de los reclusos ni otros rasgos de su personalidad. Las notas ilustradas por estos retratos daban todavía más sustancia biográfica a los hombres y mujeres que sufrían, con todo merecimiento o de manera injusta, los rigores de la prisión.

En esa misma vertiente de reportero de nota roja, Guzmán dio seguimiento a los dos atentados, el primero fallido y el segundo mortal, que en 1940 sufrió León Trotsky, “ex comisionario de la guerra del soviet” y fundador de la Cuarta Internacional, que vivía en la ciudad de México desde tres años atrás. Su asesino, Ramón Mercader, oculto bajo el seudónimo de Jacques Mornard, había actuado por instrucciones de José Stalin y cumpliría su sentencia tras las rejas sin jamás revelar la trama secreta de su conspiración criminal. Guzmán lo retrató en diferentes etapas de su proceso judicial y de su reclusión. Otros presidiarios célebres fotografiados por Guzmán fueron el falsificador Enrico Sampietro y el multihomicida José Ortiz Muñoz, alias el Sapo.

Entre los reportajes que Guzmán realizó para Novedades no pueden dejar de mencionarse los que sirvieron como complemento gráfico de varias entregas de la columna Por calles y plazas, y de las cuatro crónicas que describieron la vida miserable e insalubre que anidaba en el barrio de Tepito y en la colonia del Piojo. Joquín Sanchís Nadal, periodista oriundo de Valencia que era parte de la comunidad de exiliados españoles que vivían en la ciudad de México, fue el responsable de los textos de esas entregas y crónicas, abundantes en adjetivos, reclamos y lamentos, que exhibían los atrasos y dolores del crecimiento de la gran ciudad.

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Cilindreros en tres diferentes escenarios urbanos. Ciudad de México, junio de 1953.

Sanchís Nadal dio a Tepito el epíteto de “foco de inmundicias” y no vio en él más belleza que “un poco de sol y unos tiestos de flores”.5 De la colonia del Piojo dijo que era el rincón capitalino “donde la resaca de la vida ha lanzado más abyección y más oprobio”.6 En la entrega “Es más fácil andar que circular” de Por calles y plazas, responsabilizó de los accidentes automovilísticos —causantes, según sus cuentas, de la muerte de entre ocho y diez personas diarias— a la contumaz indisciplina de los peatones y conductores que “se empeñan en circular mal por todas partes, sin importarles un comino el inmenso aparato de señales, avisos y medidas coercitivas conducentes a la regularización del tráfico”.7 El tributo que en esa misma columna Sanchís Nadal rindió al esforzado cilindrero, tipo callejero que consideraba representante de un mundo condenado a la desaparición, abría con este párrafo apocalíptico: “La vorágine de la urbe moderna está desplazando a lo típico y característico de nuestro país. Lo viejo, lo clásico, cuanto el México castizo dio a luz, nacido de su interior, de su alma criolla, de su espíritu sencillo, está siendo barrido por la ráfaga violenta del modernismo, que es exponente de velocidad, de ruido, de trajinar constante, de lucha por la solución de difíciles problemas y es suma de frivolidades, de indiferencia por cuanto no se ajusta al ritmo uniformemente acelerado de la vida actual”.8

Imágenes realizadas por Guzmán en los años cuarenta y cincuenta demostrarían que las predicciones de Sanchís Nadal, sin ser del todo erradas, no se iban a cumplir en el corto plazo: frente a los hoteles de lujo y al pie de los altos edificios, se siguieron oyendo los acordes salidos de los organillos que los cilindreros llevaban por doquier sobre sus espaldas. En la crónica urbana que el fotógrafo desarrolló en esos años no únicamente acompañó la nostalgia adelantada por oficios y lugares que desaparecían o se transformaban por causa de la “vorágine” a que hacía referencia el periodista valenciano —cuyo veloz impulso, efectivamente, había rebasado comportamientos y valores arraigados en las tradiciones pueblerinas para imponer modas de carácter internacional—; con reportajes como los publicados en 1940: “Eva de paseo” —que tuvo por tema a la calle como pasarela de la elegancia femenina, y fue publicado en Novedades— y “Su maquillaje” —una guía para aplicar afeites faciales, difundido por la revista Así—, abrió otra vía para el registro de la vida citadina, mediante la que pudo prestar atención a los brillos seductores de las novedades técnicas, comerciales o mediáticas en su rápida o paulatina adaptación al escenario local: los escaparates y sus mirones, las vitrinas y sus figurines, la conquista publicitaria del espacio urbano o la evolución del tianguis callejero al aséptico supermercado.

Alfonso Morales
Investigador, curador y museógrafo. Una de sus más recientes publicaciones es Manuel Ramos. Fervores y epifanías en el México moderno.


1 Novedades, 13 de diciembre de 1939, p. 7.

2 Censo de Población y Vivienda, 1940, Instituto
Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

3 Nathan L. Whetten, Rural Mexico, Chicago,
University of Chicago Press, 1948, p. 34.

4 “En donde no cabe un alfiler bien caben dos ruleteros”, Mañana, 19 de julio de 1952, pp. 34-41.

5 Joaquín Sanchís Nadal, “Tepito, exponente de la miseria en México”, Novedades, 11 y 14 de enero de 1940, pp. 6 y 4, respectivamente.

6 Joaquín Sanchís Nadal, “La Colonia del Piojo. Sín- tesis de la depravación”, Novedades, 30 de enero de 1940, p. 14.

7 Joaquín Sanchís Nadal, “Es más fácil andar que circular”, Novedades, 5 de enero de 1940, s.p.

8 Joaquín Sanchís Nadal, “El cilindrero”, Novedades, 3 de enero de 1940, p. 12.