Son extraños aquellos que saben cómo leer una novela. La palabra saber ofrece de inmediato la impresión de arrogancia y dogma. Los que saben y los que no. Una novela simplemente se lee y basta. Es decir: se vive, al leerla, una aventura. Y debido a que esta aventura depende del temperamento, perspicacia, erudición y del color de los pantalones de quien la viva, entonces es mejor no dar juicios definitivos y tajantes sobre la dimensión y la experiencia del lector. ¿Pero hay un lector mejor que otro? Esta pregunta le ha ocupado muchas páginas a críticos como Umberto Eco y Harold Bloom, por ejemplo. Bloom desconfía de que el solo hecho de leer novelas sirva para hacer mejores hombres y que éstos lectores aumenten el bien de la comunidad. Y escribe en ¿Cómo leer y por qué?: “No puedo menos que sentirme escéptico ante la tradicional esperanza social que da por sentado que el crecimiento de la imaginación individual ha de conllevar inevitablemente una mayor preocupación por los demás, y pongo en cuarentena toda argumentación que relacione los placeres de la lectura personal con el bien común”. Es su opinión. Yo me preguntaría si una comunidad de hombres letrados, de lectores, ¿no tendría una mayor capacidad crítica (es decir: un lenguaje) para imaginarse una vida común mejor y así razonar sobre lo que le conviene y no? ¿Quién está más indefenso ante las malas leyes: quien las cuestione desde el lenguaje o quien sólo las asume porque no las comprende a fondo? Carezco de respuestas finales, pero me inclino a pensar que un lector tiene mayor capacidad para mejorar su entorno que un no lector. Bien se podría contener mi opinión citando la sentencia popular de Lope de Vega, en Fuenteovejuna: “Y aquel que de leer tiene más uso, de ver letreros sólo está confuso”. A quien lee de más se le opaca la mente, pierde claridad y reflejos, confunde y mezcla los asuntos importantes con los que no lo son. No es así. Que haya lectores quijotescos que lean novelas y deseen hacer del mundo la extensión de su novela; o que haya otros que han quedado más confundidos que antes luego de reparar en ensayos o en ficciones (es más difícil reconocer a los atolondrados cuando han leído cuatro, cinco libros), no quiere decir que todo lector llegue a la oscuridad después de su experiencia literaria. A lo que me refiero, hoy en particular, cuando aludo a la lectura, es al estímulo de la imaginación, la conversación, la crítica y, en suma, al lenguaje que nos torna capaces de mayor reflexión. Estímulo que hace más bien que mal en la discusión de los asuntos comunes y que se opone a lo expresado por Bloom en la opinión citada.

Y añado algo más: apenas escucho el informe de un político que nos habla del país o sociedad que el guarda en su modesta imaginación, sociedad que maltrata o daña porque no alcanza a comprender a profundidad las ideas de Estado, Civilización y Bien Común, corro de inmediato a leer una novela. En ese momento la novela se vuelve un refugio, un escondite, una ergástula para ocultarme de los zafios y de las malas personas. Ahí la novela se vuelve casa, lugar habitable, realidad paralela y punto de fuga.

Tenemos entonces que la novela puede ser refugio, placer individual, curiosidad por saber, y apreciación del lenguaje. Y ya el lector sabrá o logrará vía su talento alentar cualquiera de estas características. Pero de lo que no me cabe duda es que leer es entrar en el bosque del lenguaje, como lo dice Eco y también Sloterdijk, y reconocer que las palabras tienen sentido y fuerza. Es ahí donde el lector le hace bien a su sociedad en vez de mal. Veamos lo que sucede en México. Simplemente no hay a quién dirigirse para poner en marcha la reflexión, la crítica, la democracia o la reconstrucción de instituciones. No se le habla a lectores, sino a consumidores, espectadores, zombis, cosas vivas carentes de lenguaje. ¿Cómo se va a construir mundo con esta materia prima? ¿Cómo va a ejercerse la libertad?

Por lo demás, existen muchas clases de lectores: avispados, lentos, suspicaces, prejuiciosos, filosóficos, fanáticos y más. Si yo le sugiero a alguna persona la lectura de La mujer de Gogol, de Tommaso Landolfi, no tengo la menor idea de cómo va a reaccionar frente a la historia de un Gogol que se enamora y se casa con un globo… con una muñeca hinchable. Tal vez considere el relato un disparate, o una obra maestra como lo valoran Sergio Pitol y el mismo Harold Bloom, quizás le arranque una sonrisa irónica o simplemente diga: “Carajo, hay cosas más importantes que hacer en la realidad que consumir tiempo en estas sandeces”. Y todos, a su manera, tendrán razón. Sin embargo, el lector que cree que existen asuntos civiles más importantes por resolver antes que ponerse a leer ficciones ridículas, se verá robustecido por la lectura de Landolfi y su lenguaje habrá ganado —aunque sea una minucia— en sutileza, complejidad y sentido del humor. Y ese lector será, desde mi romántica opinión, un mejor habitante de su comunidad; al menos uno más difícil de ser vejado y engañado.

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

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5 comentarios en “La mujer de Gogol

  1. Fadanelli como siempre; ameno y convincente.
    En cuanto consiga la novela “la mujer de Gogol”, la leeré.

    • Lo mejor de un lector es adentrarse en la lectura como si la estuviera viviendo, espero conseguir la novela.

  2. La lectura engendra perspectiva. De ahí la necesidad de las “buenas lecturas” como en tantas otras ocasiones a insistido Fadanelli. La actividad mental de construir una opinión basada en una ficción o una realidad es lo que agradezco de personas como tu al dedicarnos su tiempo por medio de sus palabras. Gracias.