El sol frío de octubre pasa su brocha de oro sobre las calles y los muros de esta ciudad a la que no recuerdo cómo ni por qué llegué.

Es baja, bajo la sombra, la temperatura. Al sol es lo bastante alta para buscar sombra. Quien puede se hidrata. Pocos tienen para cerveza o refresco. El agua se vende embotellada, no hay bebederos. No hay agua potable en las calles y plazas.

No hay mar, aquí, ni ríos. Los hubo. Alguien empezó a cubrir el lago —esta ciudad fue dios de agua antes que dios de granito— el de piedra, sin corazón ni cerebro. Empezó, alguien, y otros siguieron. Terminaron por enfangar y ocultar todo aquel lago. Quedaban ríos en que chapoteaban muchachos y a veces aparecía un cadáver. (Muchas aguas he cortado con remos, muchas corrientes he remontado: los ríos guardan cadáveres humanos entre vacas y cerdos que se pudren y son devorados por pequeñas bestias subacuáticas.) Los ríos, ya entubados, son vialidades. Chalupas, canoas, nadadores; motores, trenes, mecanismos, peatones y avenidas de árboles, pasto y mala yerba.

No hay agua, hay sombra si se quiere. Ya nadie ve a nadie como humano, si alguien ve a alguien. Somos millones, nos estorbamos, no cabemos ni tenemos a donde ir —al cementerio.

En casa cualquier caricia que se dé o reciba amedrenta. La casa es sombra, frío.

Se huye hacia las calles. De las calles se quiere huir hacia la nada.

En esta ciudad a la que no sé cómo ni por qué llegué, ni para qué llegué —nunca he tenido un para qué, por eso he llegado a tantos sitios—, hay tanta belleza y misterio como en ciudades de las que se habla como de lontananzas bellezas y misteriosas.

El agua llega con la lluvia. La lluvia contaminada no puede beberse. El agua de lluvia se pierde, anega el asfalto, feroz, vuelve inclemente deambular. La lluvia, aquí, sirve para vender paraguas que se rompen al primer vendaval. Ciudad lejana al mar que ha merecido el aliento de Eolo.

Belleza y misterio salen al paso, están a la vista para quien quiere hallarlos. Ciudad donde la rosa de los vientos no tiene ángulos sino líneas asintóticas, da lo mismo un par de zapatos que un automóvil.

El andante, el que sabe andar, nunca repite caminos y rara vez va a los mismos lugares. Al doblar una esquina ve una construcción insospechada y hermosa. Al paso por un callejón ve un asalto, una violación o un asesinato. Nada que hacer ni con la belleza ni con el misterio. Cosas que se guardan para uno y acaso se fotografían. Si se vuelve a casa no se dice nada, todos han visto maravillas, nadie conserva la mirada del asombro ni la voz del entusiasmo.

Ante la fachada de una casa en ruinas, espectáculo estético inusual e inquietante, crece un rosal que sigue dando rosas que nadie arranca porque no las ven. Bajo el rosal golpean a un mendicante, son dos, quieren matarlo. Cadáver que nadie ha de buscar, alguien a quien nadie busca desde hace mucho. El andante mira invisible. No corre peligro. Esa gente quiere matar a ese hombre, nada más. No piensan seguir con el primero al que encuentren. Se escuchan sirenas y gira en el aire nocturno la ludocromía que expanden las torretas policiacas. Brilla una una navaja que destripa al guiñapo: tiene que morir. Todos huyen. Los culpables y el que no lo es: tendría que inventar identidades, nombres, hechos que no sabe ni el cerebro retiene ni los ojos distinguen.

Muchas patrullas, una ambulancia. El paramédico hace una seña, un oficial dicta claves por radio. Cubren el cuerpo y se van, todos —se van sin que sus vidas hayan cambiado un ápice. Han pedido a los vecinos una sábana. Los vecinos no han visto nada, no avisaron. El cadáver queda a la espera del forense bajo el rosal que nadie ve, frente a esa fachada de inusual belleza sin testigos. Queda el cadáver, lo único visible, poco tiempo.

El andante se ha ido a otras bellezas y misterios.

Patrullas y ambulancia tienen mucho que atender. La niña atropellada. La motocicleta y el camión que chocaron en un cruce —de una no queda nada, el camión quiso evitar el golpe y ha volcado— el camionero es culpable. Un borracho golpeó a una vendedora. Una adolescente se aventó a las vías del metro. Un acólito se desangra en una sacristía mientras el cura lo asiste y le murmura un consejo en el nombre de Dios.

Noche y días pasan como relámpagos, ninguno igual al otro, ninguno distinto al resto.

En esta ciudad donde no hay más agua que la lluvia, se ha sublimado el miedo y la muerte se ha convertido en espectáculo.

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.

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Un comentario en “Esta ciudad

  1. “El andante mira invisible. No corre peligro”
    ¿Por cuanto tiempo?

    “Esa gente solo quiere matar al mendicante. No piensan seguir….”
    No este tan seguro.