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No sé tomar notas. No he sido concebido como un ser que toma notas de manera acuciosa y ordenada. Notas, fichas, apuntes, nada de eso. Los diarios íntimos me son ajenos y cuando en alguna ocasión intenté escribir uno, renuncié al vigésimo día a causa de una razón que parecerá un invento más de mi mente: se me olvidó continuar. Había pasado más de una semana desde la última vez que escribiera un párrafo a mi diario cuando recordé que me había echado al hombro una nueva obligación y entonces me desentendí. La responsabilidad estricta no es uno de mis atributos porque me hace sentir atado a una actividad o a una moral. Aludo aquí a las responsabilidades que me son impuestas, ya sea por otros o por mí mismo, no a los acuerdos que me convienen y que cumplo con una regularidad maniaca (como mis columnas o colaboraciones). Cada determinado tiempo me da por hacerme de una libreta para tomar notas. Es como si no me conociera y deseara comenzar a ser una nueva persona. Inicio de forma ordenada los apuntes y conforme avanzan las hojas unos raros garabatos se imponen y un día pierdo la libreta entre mis montones de libros o en algún lugar público de madrugada. Meses o años después alguna de esas libretas aparece y la hojeo lleno de curiosidad. Me doy cuenta de que he escrito varias frases que no comprendo debido a la mala caligrafía o porque simplemente me resultan crípticas. Un ejemplo: “Fotos en peluquería de cuchilleros”. ¿Qué quería decir o recordar cuando escribí eso? En una diminuta libreta leí —también escrita por mi mano— la siguiente información: “Gato, salmón, caballo, alondra, son palabras celtas”. ¿Y eso qué? Me he preguntado a mí mismo. ¿En qué momento de mi vida creí que saber estas cosas me ofrecía algún tipo de utilidad? En otro momento escribí una sentencia que, según parece, le he atribuido a Alejandro Jodorowsky: “No quiero tener nada que los otros no puedan tener también”. Es una línea descarada y muy socialista. Si yo le he encontrado valor en cierta época a esta frase ello quiere decir que mi espíritu es dado a la conmiseración y a la piedad. Podría continuar sumando hallazgos de esta clase, pero prefiero concluir que, en mi caso, mis apuntes son los artículos, ensayos y novelas que escribo. He allí mis garabatos. ¿Qué saldrá de todo ello? Es probable que sean los apuntes de una obra próxima, o simplemente huellas que el tiempo se encargará de erosionar.

Brenda Lozano acaba de escribir una novela de fragmentos que ha titulado Cuaderno ideal. Ella está obsesionada con los cuadernos y libretas y me ha obsequiado a lo largo de casi veinte años de amistad decenas de tales artilugios de papel. En mi época de niño los cuadernos tenían la marca Nevado, ¿o será mi imaginación? No he conservado ninguno que demuestre su existencia. La novela de Brenda es un libro de apuntes en apariencia personal pero en realidad muy elaborado. Es el libro escrito por una buena lectora. De todos los cuadernos que me ha obsequiado sólo conservo uno que ella compró en el barrio chino de alguna ciudad en Estados Unidos. En él escribí un relato completo el cual se salvó de pura casualidad, pues lo guardé dentro de una lavadora averiada que me servía de armario. Aprecio mucho los libros de fragmentos o de trazos en apariencia deshilvanados. No es sencillo obtener un buen libro de la afición por el constante desaparecer. Robert Walser ha llevado este género de la digresión y el apunte a alturas insospechadas de la ficción. Y leyendo el manuscrito del Barón de Teive (La educación del estoico, de Fernando Pessoa), un lector de aquellos que todavía suelen cavilar puede consumir meses enteros merodeando por los contornos de un decir. Cuando lee a Rousseau o a Chateaubriand, el Barón de Teive admite su afinidad con ambos escritores y confiesa: “Hay páginas de algunos de ellos que me angustian: parecen escritas, no diría por mí, sino por un hermano gemelo que no tuve, alguien que es lo mismo que soy yo de forma diferente”. Un sentimiento similar me aborda con los libros que me cautivan: los escribe alguien que es como yo de forma diferente. Tan distinta que incluso puede causarme un asombro absoluto. De allí proviene mi pasión por los aforismos: deseo encontrar algún hermoso —o tormentoso— fragmento del lenguaje para rumiarlo durante toda la eternidad.

Termino este apunte revelando un descubrimiento que acabo de hacer hoy, recién en la mañana. Descubrí varias gotas de sangre en el techo de la cocina. Son pequeñas y me pregunto: ¿cómo pudieron llegar hasta ese sitio a casi tres metros de altura? No tengo idea y me declaro incapaz de inventar un argumento o un relato para embellecer un hecho tan desconcertante. Me valgo entonces de este escrito para conservar el apunte. Y que conste.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

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2 comentarios en “Peluquería de cuchilleros

  1. Excelente, en lo particular me desconcierta encontra notas o apuntes que seguramente cuando los escribí tenían algun grado de importancia, pero cuando los reviso no tengo idea de que significan cuando en el mejor de los casos logro decifrar que dicen.

  2. Me topé una vez con una colaboració periodística de Fadanelli; desde entonces me agradó temas y estilo. En cuanto termine algunas lecturas pendientes, voy leer “mis mujeres muertas”, ó ¿alguna sugerencia? .