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El meme se ha infiltrado en la aldea global. Podría ser otro actor de la nueva política de medios. Se generan, reproducen y comparten a velocidad pasmosa. No hace falta ser parte de las redes sociales para entrar en contacto con ellos. Circulan en cualquier teléfono a través de mensajes porque su vocación es viral. Se estornudan desde alguna computadora y saltan entre pantallas en su colecta de risotadas. Además se estampan en playeras, muros y anuncios comerciales. Tienen una condición fronteriza que los hace aptos para circular en cualquier dispositivo móvil. Quien navega en internet se expone a la succión de esta Caribdis. El meme no es nota de síntesis ni cartón político, tampoco boletín de prensa o reporte al momento. Y, no obstante, sintetiza lo mejor de ellos y les permea una fragancia efímera. Un meme que hizo reír ayer pierde sus virtudes antes de que termine el día.

Hasta hace algunos años la palabra era desconocida, mayormente. Era del dominio científico, generada a partir de teorías del conocimiento y estudios sobre la memoria. El meme es una entelequia asociativa. Puente de figuras que flotan una hora y se extinguen a la siguiente. Demandan de quien lo mira un ejercicio de interpretación. Es un producto cultural de vocación local. La tropicalización de cada uno de ellos es forzosa. Tienen movilidad incluso entre clases sociales. Lo que hace reír a unos, para los demás es una confesión de mal gusto. Funciona como un punto de reunión para la carcajada y el chistorete, la sátira de corte fino y esos resquicios de la nota de opinión que pocos terminan de leer. A la par, su naturaleza es magnética y por tanto concluye gregaria. El meme es un cuaderno en blanco para vaciar el chiste del momento, no obstante que su condición es tan efímera como un parpadeo. Van y vienen entre los comentarios que se derraman en la sobremesa. Carecen de una función específica, como no sea darle rienda suelta al ingenio y a la burla.

Lejos de la aspiración política, en lo general, pueden erigirse como un punto de unión para causas comunes. La fotografía emblemática de Ernesto Guevara podría configurar un meme. Alberto Díaz (Korda) jamás imaginó que el rostro que fotografió años antes sería utilizado para las causas más diversas. “Hasta la victoria siempre”, “Patria o muerte”, etcétera. Las revoluciones agónicas se alimentan de la reiteración y la simpleza. Pero los textos más diversos han acompañado la imagen del guerrillero argentino y cada una de sus apariciones inspira de nuevo el sueño revolucionario. El meme que circula en las redes carece de aspiraciones más allá de la sonrisa. Son los actos candorosos de un entusiasta. No es difícil dejarse conquistar y buscar “meme generators” en las aplicaciones de teléfono. No es fácil detonar esa frase explosiva que, al lado de la imagen exacta, logrará la ansiada viralización. Esta modalidad de entretenimiento a costa de los demás tiene la virtud de tener los brazos abiertos al ingenio de cualquier interesado. Encarna una fuga en un entorno de precariedad y empleos temporales. Se crean memes para olvidar el escenario triste de un país arruinado.

 

El término es atribuido a Richard Dawkins, que lo definió en The Selfish Gene (1976) como “la unidad mínima de información que se puede transmitir”. Por los años es lógico suponer que tenía en mente un referente cognoscitivo al proponer la partícula de conocimiento, más que un ejercicio de intercambio de sonrisas. En los años setenta la telefonía celular era patrimonio exclusivo de las películas de espías. Dado que la mimetización aún es nuestra modalidad primaria de aprendizaje, el meme es un acercamiento primordial a las estructuras del pensamiento. El meme es, por tanto, simpleza y comunicación humana.

Así que en la era de la información cualquiera corre el riesgo de terminar como un meme. Una fotografía mal tomada, un gesto espontáneo o una mueca al degustar la sopa, podrían desatar una exposición multitudinaria en redes. La vida diaria sigue siendo la fuente más inmediata de actitudes ridiculizables. Somos para los demás en tanto ellos son para nosotros. No hay límite para la imaginación, ya que siempre habrá una imagen que compaginar con tal o cual actitud de una celebridad o incluso un don nadie. La arquitectura del presente es un andamiaje móvil y esto determina la forma en cómo nos relacionamos. La facilidad para generar contenidos multimedia jamás había estado tan al alcance de la mano. Es el mediodía del ilustrador y diseñador. Nunca como ahora la posibilidad de modificar imágenes podía generar tales niveles de popularidad. Un curso de photoshop de dos semanas otorga las herramientas mínimas para intervenir la realidad y darle un vuelco hilarante.

Mascotas, políticos, cantantes, celebridades, personas que viajan dormidas en el metro. Nadie escapa a esa mano larga que puede trenzarnos en un segundo de aparición mediática, y dotarnos con unas palabras para terminar como un chispazo de descontextualización celebrada. La generación de memes es otra vertiente de la libertad actual de que se dispone. En tiempos de dictadura un ejercicio semejante podría derivar en un fusilamiento por alzamiento o traición a la patria. Los tiranos desconfían del humor tanto como del enemigo. Reír es insurrección. Ya podría hablarse de una estética del meme y nos restaría esperar al artista contemporáneo que lo utilice como barro para una obra. Una instalación de memes podría llenar el MoMA o cualquier galería parisina. La modernidad también nos obsequió la capacidad de birlar a la alta cultura. Esta naturaleza gráfica del meme lo dota de autonomía y proximidad con el espectador. Ignoro si alguien realiza este ejercicio en la actualidad, pero no vendría mal almacenarlos para vislumbrar, pasados los años, qué se dijo en el actual momento histórico. Los fabricantes de memes equivalen a los dibujantes del siglo XIX. Son los Honoré Daumier, los José Guadalupe Posada y las tantas plumas anónimas que alimentan la vitalidad de un siglo que despierta ansioso de llevar al límite la tecnología que descubre a diario.

 

La manipulación de contenidos multimedia queda al servicio del humor. Proliferan los sitios de internet sobre videos inusuales o atípicos. Son los que tienen el mayor número de visitas y comentarios celebratorios. El ser humano sigue siendo la principal fuente de risas para los demás. Y sonreír es catártico. Hay quienes, incluso, postulan los efectos saludables de reír a lo largo del día. Imagino que los países más lesionados por la circunstancia económica son los más propensos a la creación de memes. Éstos generan utopías, acciones imposibles, abrazos entre personajes que se odian. Cultura pop y hecho histórico coexisten y se funden. No hay límites para estos crossover producto de la agudeza. La realidad mexicana es pródiga para las noticias de escándalo y los destapes perturbadores. El resultado es una consecuencia lógica. Según nos adaptamos a lo que puede hacerse con internet y el tiempo real, adaptamos nuestra capacidad para integrar microsociedades de intereses comunes. Las cascadas de retuits en Twitter y compartir en Facebook, respecto de memes, alcanzan cifras escandalosas. Sólo noticias de alto impacto generan ese eco y esto no siempre sucede. Como si la real politik pudiese esperar hasta que terminen las carcajadas.

El capital de que dispone un creador de memes es el mundo entero. Google arroja una búsqueda de resultados cercana a las cien millones de referencias en la red para la palabra “meme”; para “Juan Pablo II” apenas pasa de los veinte. Todas las imágenes creadas, soñadas o entrevistas pueden terminar en uno de sus recipientes. El cazador de memes es un ojo entrenado para perfilar una imagen y aderezarla con un comentario irresistible. Muchos de ellos naufragan. Pasan al olvido ignorados en el acto. El silencio es el tiro de gracia. En la sobremesa se comparten los más exitosos. Lo regular es que ya todos los hayan visto en su mayoría, porque no hay un resquicio para evitarlos, como no sea una cabaña en medio de la nada o una temporada en el infierno. De sesgo pop, el meme también es un servicio a la comunidad: anuncia, opina, determina. Es la voz de quien carece un medio informativo para expresar sus opiniones, o ese chispazo único e irrepetible que no puede quedar confinado sólo para los amigos. Porque el ingenio es una carrera de cien metros. Acontece en segundos y el vencedor es apenas distinguible. El resto de intentos puede terminar en una repetición molesta.

El consumo de memes, por otro lado, también puede provocar indigestión. No puede reemplazar a un análisis de un estudioso en forma. La crónica, artículo de fondo, el reportaje in situ aún son necesarios. Ponen a circular una posible lectura de la historia. Quizá años después sean tomados como referencia para interpretar tal o cual hecho. Porque el meme, al final, es un espejo. Ahí destella la furia popular, el fervor por la ceremonia pública, el ansia clarificadora de los afectos que a todos nos competen. A su lado, el meme nos hace perder el sabor del chiste contado a la antigua y la anécdota sostenida que exige la atención de los oyentes. Nuestra capacidad para escuchar una historia es cada vez menor. Necesitamos la imagen y el chisporroteo de una frase que nos haga meditar sobre la crueldad o bienaventuranza del destino. El meme está llamado a capturar los vaivenes de nuestro paso por el mundo. Quien disfrute de la fama hoy, mañana puede ser el escupidero general, se ha visto tanto.

Pero las virtudes del “alma popular” son incontables. De ella han nacido las tradiciones y los usos que se arraigan hasta lo más profundo. El uso del meme podría ser otra de sus expresiones aunque la masificación lo pone en peligro. Llegará el día en que optemos por voltear la vista antes que exponernos al cochambre de tantos residuos. Finalmente, no he visto que alguien firme sus memes a título personal. Es posible que no haya visto los suficientes. Quizá esa apropiación del ingenio le restaría atractivo a una forma expresiva nacida para vagar libre. Las reglas sobre la muerte del autor le aplican y lo mejor es que se preserve el anonimato. Que sea de todos y de nadie: bien colectivo para paliar los males.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Un comentario en “Mimados, memes y mimos

  1. La verdad mucho “rollo” para llegar a la conclusión de su simpleza y forma de comunicación.
    (Lo peor de todo es que lo leí completito)