Lo habían visto, un poco antes, sobre la vereda. El perro gigante. Tiraba de la correa de su amo de tal forma que dos protuberancias aparecían en las pantorrillas del joven mientras éste luchaba por contener al perro. “¡Maldito seas, Rob-roy! ¡Maldito perro!”, gritaba en un tono de cariñosa exasperación.

A lo largo del sendero, varios avisos prohibían que los perros anduvieran sin correa. Por lo menos éste la traía.

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La mujer se quedó mirando al perro, que estaba a menos de cuatro metros, jadeando y resoplando. La cabeza del animal era más grande que la suya, con un hocico pronunciadamente negro, y unos ojos saltones y brillosos. Sus poderosas fauces estaban relajadas; su enorme lengua, rosada como un órgano sexual, babeaba profusamente. Tenía manchas a lo largo de su peludo cuerpo, su pecho era profundo, sus hombros y patas fuertes, y su cola estaba tensa. Debía pesar al menos noventa kilos. Su respiración era húmeda, potente, inquietante.

Su amo, un joven de barba desaliñada, con sudadera beige, pantalones cargo color caqui y botas de montaña, sujetaba la correa con ambas manos, entrecerrando los ojos mientras veía a la mujer, y al hombre que iba detrás, con una expresión que parecía entre culposa y defensiva; o tal vez, pensó la mujer, el joven se estaba burlando de ellos, ordinarios montañistas sin un perro monstruoso con el cual forcejear.

Eso no es un perro, pensó la mujer. ¡Es un ser humano que camina en cuatro patas! Ese tipo de pensamientos surrealistas bombardeaban su cabeza, yendo y viniendo. Mientras nadie se enterara, no les prestaba demasiada atención.

Por suerte, el perro y su dueño tomaron otro de los caminos del Wildcat Canyon. El perro embestía la vereda con ansiedad, olisqueando el suelo; el joven lo seguía mientras balbuceaba maldiciones. La mujer y su compañero continuaron por el sendero principal, que continuaba cinco kilómetros cuesta arriba, hacia el sol, hacia Wildcat Peak.

El hombre, sintiendo la inquietud de la mujer ante la visión de aquel perro, hizo alguna broma, que la mujer no escuchó bien, y de la que no se dio por enterada. Caminaban en fila india, la mujer por delante. Esperó a que el hombre tocara su hombro, como lo hubiera hecho cualquier otro hombre, para tranquilizarla, pero sabía que él no lo haría, y no lo hizo. En lugar de eso, el hombre, con cierto tono de reproche, dijo que el perro era un mastín inglés, “un perro hermoso”.

Mucho de lo que el hombre decía a la mujer, así lo entendía ella, era para reclamarle su estrechez de miras, su carácter timorato. A veces el hombre se sentía entretenido por esos rasgos. Otras veces ella veía en su rostro una expresión de sorpresiva desaprobación, de solapado desdén.

“¡Sí! Hermoso”, dijo la mujer sobre su hombro, con una risilla alocada.

La caminata había sido idea del hombre. O más bien, a su manera oblicua, que quizá era una estrategia tímida, simplemente le había dicho que iba a ir de caminata ese fin de semana, y le preguntó si quería acompañarlo. No se había arriesgado a ser rechazado; dejó claro que él iría de cualquier forma.

Le habían presentado al hombre hacía siete semanas, en una cena en casa de un amigo común en Berkeley Hills. El amigo, más allegado al hombre que a la mujer, le dijo al hombre: “Te va a gustar Mariella. Tiene una cara muy linda”; y a la mujer: “Simon es una persona extraordinaria, pero quizá no lo veas a la primera. Dale tiempo”.

La mujer y el hombre habían ido a varias caminatas juntos. Pero una subida tan ambiciosa como ésta le pareció a la mujer algo muy diferente.

“¡Sí! Me encantaría”, había dicho ella.

 

Se estaba haciendo tarde. Habían caminado durante varias horas y ahora estaban bajando en fila india por la montaña. La mujer iba adelante, seguida por el hombre. El hombre, con más experiencia, quería ir cuidando a la mujer, ya que pensaba que se podía lastimar. Le había sorprendido que llevara tenis ligeros para correr y no botas de montaña como las suyas.

Tampoco había traído agua. Él llevaba una botella de plástico de medio litro para los dos.

Al hombre le irritaba un poco la mujer, pero aun así se sentía atraído hacia ella. Esperaba que le gustase más —esperaba llegar a adorarla. Había estado solo durante demasiado tiempo y resentía con amargura la soledad de su vida.

Había sido un día extrañamente templado y agradable para estar a finales de marzo. A mediodía, la temperatura quizá rondó los veinte grados. Pero ahora, mientras el sol se hundía como un pequeño huevo roto y sangriento, la oscuridad y el frío empezaban a brotar de la tierra. El día anterior, el hombre le había sugerido a la mujer que trajera una chamarra ligera en su mochila; sabía lo rápido que los senderos se enfriaban en la noche, pero ella sólo había llevado un suéter, jeans y una gorra. (Los ojos de la mujer eran sensibles a la luz del sol, incluso cuando usaba lentes oscuros. Odiaba cuan fácilmente se le ponían vidriosos, con lágrimas corriendo por sus mejillas como una muestra de debilidad.) El hombre se sentía frustrado porque ni siquiera había llevado mochila, bajo la excusa de que odiaba sentirse “cargada”. Conforme el frío arreciaba, la mujer comenzó a tiritar.

El sendero serpenteaba cuesta arriba a través de los pinos y llegaba hasta la cima, que ofrecía una vista espectacular, donde el hombre le había dado a la mujer un poco de agua. Aunque ella dijo que no tenía sed, él insistió. Existe el riesgo de deshidratarte después de tanto esfuerzo, le dijo. Habló con severidad, como si fuese un padre al que no se le puede oponer razonablemente. Él hablaba con la confianza del que raramente es contradicho. A veces, a la mujer le gustaba bastante ese aire autoritario; pero en otras ocasiones lo resentía. El hombre siempre parecía dirigirse a ella con una expresión de desconcierto, como un científico que se enfrentaba a un curioso espécimen. Ella no quería pensar —aunque lo hacía, compulsivamente— que él la comparaba con otras mujeres que había conocido, y que la encontraba poca cosa.

El hombre tomó fotos con su cámara nueva mientras la mujer disfrutaba la vista. El horizonte estaba bordeado por un anillo azul luminoso —el océano Pacífico, a kilómetros de distancia. Más cerca había pequeños lagos, riachuelos. Las montañas estaban esculpidas de una forma extraña, como las laderas desnudas que aparecen en los cuadros de Thomas Hart Benton.

Absorto en sus fotografías, el hombre pareció olvidarse de la mujer. ¡Qué autosuficiente podía ser; qué exasperante! La mujer nunca se había sentido tan cómoda con su propio ser. Por espacio de casi una hora, el hombre se entretuvo sacando fotografías. Durante ese tiempo, otros caminantes fueron y vinieron. La mujer habló brevemente con algunos, mientras que el hombre parecía no verlos. No tenía el hábito, le dijo, de empezar conversaciones con personas “al azar”. “¿Por qué no?”, le preguntó. “¿Por qué no? Porque nunca los volveré a ver”, le contestó, con una expresión que sugería que su pregunta era virtualmente incomprensible.

“Pero si ésa es la mejor razón para hablar con extraños”, le dijo la mujer, con su risilla provocativa.

Al menos el joven de barba con el mastín no había llegado a la cima de Wildcat Peak, aunque otros caminantes con perros sí lo habían hecho. Toda una procesión, de hecho, perros de todas las razas y tamaños, aunque afortunadamente la mayoría se comportó bien y no ladraron, muchos de ellos siguiendo a sus amos, perros adultos que parecían entrenados y se veían cansados.

“¡Buen perro! ¿Cómo te llamas?”, preguntaba la mujer. O “¿De qué raza es?”.

Ella sabía que el hombre se había dado cuenta de su miedo al mastín al principio de la caminata. Cómo se había tensado ante la visión de aquella bestia jadeante. Seguramente era el perro más grande que jamás hubiera visto, tan grande como un San Bernardo pero sin su greñuda aura benigna. Así que en la cima la mujer quiso dejar en claro un punto al entablar conversaciones con los dueños de los perros de una manera amigable y fresca. Incluso acarició a los gentiles animales.

Cuando tenía nueve o diez años fue atacada por un pastor alemán. No había hecho nada para provocar el ataque y lo único que recordaba eran sus propios gritos mientras intentaba escapar del perro, que ladraba furiosamente, intentando morder sus piernas. Lo único que la salvó fue la intervención de los adultos.

La mujer no le había contado mucho al hombre sobre su pasado. Aún no. Y probablemente no lo haría. Nunca reveles tus debilidades era uno de sus principios. Especialmente a los extraños: eso era esencial. Técnicamente, el hombre y la mujer eran “amantes”, pero aún no eran íntimos. Uno podría decir —la mujer podría decir— que aún eran, fundamentalmente, extraños.

Habían estado en casa de la mujer, arriba, en la cama, pero todavía no habían pasado una noche entera juntos. El hombre se sentía cohibido en la casa de la mujer, y la mujer era incapaz de quedarse dormida a su lado; su presencia física la distraía demasiado. Desnudo y horizontal, el hombre parecía mucho más grande que cuando estaba vestido y en posición vertical. Su respiración era fuerte, húmeda, a través de la boca abierta, y aunque respondía afablemente cuando ella le daba un suave codazo, la mujer no quería seguirlo despertando. De hecho, la mujer nunca se había sentido muy cómoda con un hombre a tan poca distancia, a menos que estuviera un poco bebida. Pero este hombre apenas y bebía. Y la mujer ya no se perdía en el trago; había dejado esa vida atrás.

A la mujer le gustaba decirle a sus amigas que no quería casarse sino estar casada. Quería una relación que pareciera madura, si no es que vieja y acomodada, desde el principio. La novedad y la inexperiencias no le atraían en lo más mínimo.

“Disculpa, ¿cuándo crees que vayamos a regresar?”. Le hablaba al hombre de forma insegura; no quería romper su concentración. En su relación, ella aún no había manifestado impaciencia; aún no había levantado la voz.

Finalmente, el hombre guardó la cámara, un instrumento pesado, complicado, en su mochila, junto con la botella de agua, que ya nada más tenía unos cuantos mililitros —“Quizá la necesitemos más tarde”. Sus movimientos eran medidos y deliberados, como si estuviera solo, y la mujer sintió de pronto una puñalada de antipatía hacia él, de rabia porque pudiera tomarse tan en serio ese tipo de trivialidades y sin embargo pareciera no amarla.

Por supuesto, la maldita vereda no tenía baños. Estas eran rutas serias para montañistas serios. La mujer recordó con anhelo las instalaciones que estaban al inicio del recorrido. ¿Cuánto tardarían en descender? ¿Una hora? ¿Dos? Para los hombres, detenerse a orinar en los árboles no tenía la menor importancia; a las mujeres les costaba trabajo y resultaba vergonzoso. No se había visto obligada a aliviarse en el bosque desde que era una niña, cuando estuvo atrapada en un interminable y odioso campamento de verano en Adirondack. Eran recuerdos emborronados por la vergüenza, humillantes más allá de cualquier incomodidad. Si le contara esa historia al hombre, probablemente se reiría de ella.

De camino hacia el parque, el hombre y la mujer se habían sentido muy felices juntos. A veces les sucedía imprevisiblemente: un súbito destello de felicidad, incluso de dicha, en la mutua compañía. El hombre era generalmente platicador. La mujer se reía de sus comentarios, sorprendida de lo ingenioso que podía llega a ser. Se había sentido emocionada cuando, días antes, él había visitado su galería de arte y había comprado una pequeña escultura de esteatita.

La mujer se había deslizado en el asiento del copiloto para quedar más cerca del hombre, como lo haría una adolescente, impulsivamente. Se sentía tan natural —¡era un ensayo de intimidad!

El radio del coche estaba tocando una pieza para piano del compositor checo Janáek: “En la niebla”. La mujer la reconoció después de las primeras notas. Ella había tocado varias de sus obras de niña. El recuerdo hizo que sus ojos se cubrieran de lágrimas. El hombre siguió hablando como si no oyera la música. La mujer escuchaba con avidez las sombrías y características notas, interpretadas en una —“neblinosa”— clave menor. No registró las palabras del hombre, pero su voz estaba bañada con la melancólica belleza de la música, y ella sintió que lo amaba o que quizá podría amarlo. Él será el hombre de mis sueños. Ya es tiempo.

La mujer tenía cuarenta y uno. El hombre varios más. Berkeley. Había sido director de un laboratorio de investigación en durante muchos años. Su trabajo era un aspecto predominante en su vida. Era idealista, un fanático de la educación científica y la preservación del medio ambiente. Su generosidad hacia los jóvenes científicos era famosa, un mentor legendario para sus estudiantes graduados y posdoctorales. Nunca se había casado. No estaba seguro de si algún día había estado enamorado. No tenía hijos aunque siempre los quiso. Se sentía insatisfecho con su vida fuera del laboratorio. Se sentía tonto y engañado; estaba preocupado de que la gente sintiera lástima por él.

Había pasado un mal trago a principios de año mientras visitaba a uno de sus protegidos en el Salk Institute, cuya esposa también era científica y con quien tenía varios hijos; la joven pareja vivía en una hermosa cabaña de dos pisos asentada dentro de una hectárea de bosque. En ese hogar el hombre había sentido el profundo vacío de su propia existencia; él habitaba una casa sin amueblar cerca de la universidad, donde había vivido durante más de veinte años. La visita lo dejó perturbado. Y no mucho tiempo después conoció a la mujer en una cena.

La mujer también se sentía sola e insatisfecha —pero generalmente con los otros, no con ella misma. Había tenido varias relaciones desde la universidad, pero ninguna realmente significativa. Incluso había salido con varios hombres al mismo tiempo. Aun así, le lastimaba profundamente que un hombre no estuviera involucrado exclusivamente con ella. Su padre había dejado el hogar cuando era niña y rara vez la visitaba. Toda su vida había anhelado ese a hombre ausente, incluso aunque sintiera resentimiento hacia él. Odiaba su propia vulnerabilidad.

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Era una mujer atractiva. Dentro de su pequeño círculo de amigos era popular, era admirada. Se vestía con estilo. Era sociable. Invertía inteligentemente en su galería de arte. Aun así, le preocupaba mucho cómo la veían los demás. Apenas y podía contemplar su propia imagen en un espejo: su cara, pensaba, era muy pequeña, su barbilla muy estrecha, sus ojos demasiado grandes y profundos. Odiaba ser pequeña. Hubiera preferido medir 1.77, caminar con garbo, segura de su sexualidad. Con su 1.60 de altura parecía no tener mayor opción que ser el recipiente, el receptáculo, de los deseos de los hombres.

A veces, a la mitad de alguna animada reunión, algo en el interior de la mujer parecía apagarse. Una sensación como de muerte se le colaba dentro, una helada indiferencia. Al final de la velada sus amigas la abrazaban, o el esposo de una amiga la rodeaba con el brazo para besarla, un poco demasiado sugestivamente, y su frío interior decía no me importa un carajo si te vuelvo a ver o no.

Se reía de sí misma. Un agujero en el corazón.

Aun así sucedió que, en la compañía de este nuevo hombre, la mujer sintió una extraña sensación de esperanza. Si no podía amar al hombre, quizá sería suficiente que el hombre la amara a ella; quizá eso será suficiente para tener hijos, por lo menos. (Durante los momentos de mayor debilidad de la mujer, lamentaba el hecho de no tener hijos, de que pronto sería muy vieja para poder tenerlos. Pero los niños la aburrían, incluso sus sobrinos, a los que ella misma encontraba encantadores.)

¿Qué pensaría el hombre si conociera las elucubraciones de la mujer? ¿O acaso eran sólo inofensivas fantasías con pocas posibilidades de cumplirse?

 

Ahora, mientras emprendían el descenso, ansiosa de salir del parque que hacía apenas unas horas parecía tan seductor, la mujer se sentía desconsolada. La larga espera en la cima la había enervado. La aparente indiferencia del hombre la había enervado. Mientras el sol cambiaba de lugar en el cielo, sintió que las fuerzas se le escurrían del cuerpo.

El hombre caminaba detrás de ella, pensativo y silencioso, a veces tan cerca que casi le pisaba los talones. Tenía ganas de voltearse y decirle “¡No hagas eso! Voy tan rápido como puedo”.

La mujer iba tan absorta en sus pensamientos que sólo reparó a medias en el sonido familiar que provenía de no muy lejos de donde estaban —un sonido húmedo, una respiración elaborada. El camino seguía bajando, regresaba sobre sí mismo, anunciaba otro camino que corría en paralelo y que se juntaría en unos cuantos metros; y en este camino dos figuras corrían apresuradamente, una de ellas, la que iba a la cabeza, era una bestia enorme que corría sobre sus cuatro patas.

Horrorizada, la mujer vio al enorme mastín detenerse, inevitable, en la unión de ambos senderos. Los fijos y húmedos ojos del perro se clavaron en ella. Con una especie de indignación que de pronto se convirtió en furia, el perro comenzó a ladrarle a la mujer, tirando de su correa mientras el joven de barba le gritaba para que se sentara.

La mujer sabía que no debía sucumbir ente el pánico; sabía que no debía provocar al perro. Pero no podía evitarlo, comenzó a gritar y a retroceder. Era la peor reacción posible para el perro que, enloquecido por el miedo, saltó sobre ella, ladrando, rugiendo y arrancando la correa de las manos de su amo.

En un instante el mastín estaba sobre la mujer, gruñendo y mordiendo, casi tirándola al piso.

Incluso en medio del horror, la mujer pensaba: Mi cara, debo proteger mi cara.

Su compañero intervino rápidamente, colocándose entre ella y el perro incluso mientras éste seguía atacando sobre sus patas traseras. El amo gritaba, inútilmente, “¡Rob-roy! ¡Rob-roy!”. El perro no le prestaba la menor atención.

La lucha frenética no pudo haber durado más de uno o dos minutos. El hombre golpeó con fiereza al perro usando puños y pies. El joven intentaba jalar al perro por el collar, maldiciendo. Finalmente y con mucho esfuerzo, logró quitarle de encima el perro al hombre, que sangraba profusamente; tenía heridas en sus manos, brazos y cara.

La mujer, aterrorizada, gritaba detrás de él. Sentía algo húmedo en su cara. No era sangre sino la baba del perro. “¡Ayúdelo! ¡Consígale ayuda o se va a desangrar!”.

El perro seguía ladrando como un histérico, saltando y embistiendo con sus colmillos, mientras el joven luchaba por contenerlo, disculpándose en exceso, asegurando que el perro jamás había hecho algo así, nunca. “¡Dios mío! Conseguiré ayuda”. Había una estación de guardabosques un par de kilómetros abajo. Correría hacia ella.

Sola junto al hombre herido, la mujer lo arrulló entre sus brazos mientras él aullaba de dolor. Parecía aturdido. ¿Estaba en shock? Su piel se sentía fría. Apenas podía comprender lo que acaba de suceder en tan sólo un instante.

El perro también le había mordido y arañado las manos a ella. Estaba sangrando. Pero ella temía por el hombre. Comenzó a buscar con torpeza en sus bolsillos; encontró su celular y trató de marcar el 911, pero no había señal. Se preguntó si sería bueno hacer un torniquete para parar el sangrado del antebrazo del hombre. Hacía años, en la preparatoria, había tomado un curso de primeros auxilios pero, ¿recordaría cómo hacerlo? ¿Necesitabas un palo para hacer el torniquete? Sus ojos bailaban por todos lados intentando buscar ¿qué? Como un estúpido pájaro atrapado, su corazón le brincaba en el pecho.

El hombre trató de insistir que estaba bien, que podía caminar hasta la estación del guardabosques. Quiso reírse, de manera grotesca. No se daba cuenta de lo desfigurada y sangrienta que tenía la cara.

La mujer le ayudó a levantarse. ¡Qué pesado estaba! ¡Qué poca coordinación tenía! Su rostro era una máscara sanguinolenta, tenía tiras de piel que le colgaban de las mejillas y la frente. Uno de sus lóbulos estaba despedazado. Al menos sus ojos se habían salvado.

La mujer sujetó al hombre por la cintura, torpemente, y él fue capaz de caminar apoyándose en ella. Ella trababa de confortarlo —no tenía ni idea de lo que decía, excepto de que pronto llegaría la ayuda, que iba a estar bien. Vio que su suéter estaba bañado en sangre.

El sol se había ocultado detrás de la línea de los árboles. Anochecía, el aire era frío y húmedo, como si acabara de llover. Empezaron a escuchar voces, dos guardabosques estaban corriendo por la oscura vereda con linternas, gritando.

Los llevaron a la estación del guardabosques y les dieron primeros auxilios. Vendas, solución esterilizante. El mayor de los guardabosques aplicó rápidamente un torniquete en el antebrazo del hombre, mientras le decía la suerte que había tenido. “La artería no sufrió daños graves”. Un ataque canino incluía la posibilidad de contagiarse de rabia. Resultaba imperativo localizar al animal. Parecía que el joven había huido del parque junto con el mastín. Increíblemente, no había reportado el ataque. Pero un montañista, que lo había presenciado de lejos, había alertado a los guardabosques y anotado las placas del jeep. El hijo de puta será juzgado por el ataque y por abandonar la escena, dijo el guardabosques.

Alrededor de los vendajes, el rostro del hombre estaba ceniciento. Su respiración era rápida y superficial. Le pidieron que se recostara en un catre. A pesar de sus protestas, llamaron a una ambulancia. Sus heridas necesitaban puntos —eso estaba claro.

Minutos después apareció la ambulancia en el estacionamiento, ahora prácticamente desierto. La mujer quería ir con el hombre, pero él insistió en que ella se llevara la camioneta y lo alcanzara en el hospital; no quería que su coche pasara la noche en el estacionamiento.

A pesar de sus heridas, y de que hablaba con dificultad, el hombre parecía estar pensando con calma, racionalmente.

La mujer tomó las llaves, la cartera y la mochila del hombre, y siguió la ambulancia a través de los caminos sinuosos en la camioneta. Apenas y podía respirar, su soledad era tan palpable y sofocante como un trozo de algodón.

Aún no lograba hacerse a la idea de que el dueño del perro hubiera huido sin reportar el ataque. El joven no se había interesado en absoluto en su bienestar; huyó sabiendo que si el perro no era localizado ambas víctimas tendrían que recibir inyecciones contra la rabia.

Los guardabosques le dijeron que lo capturarían en tan sólo unas horas. El ataque ya había sido reportado a la policía local. Se había emitido una orden para arrestar al dueño del perro. Le habían asegurado que las autoridades encontrarían al hombre y revisarían al perro para cerciorarse de la rabia, pero ella se encontraba tan angustiada que apenas había podido escuchar, y apenas le importaba.

Al llegar a la clínica, increíblemente iluminada, la mujer se apresuró a entrar mientras llevaban al hombre en camilla a la sala de emergencias. Ahora parecía estar parcialmente consciente, sin darse cuenta de dónde estaba. Le preguntó a uno de los médicos qué estaba sucediendo y le dijeron que el hombre había sufrido una especie de ataque en la ambulancia; había perdido el conocimiento, su presión sanguínea se había elevado de forma alarmante y su ritmo cardiaco se había acelerado, en fibrilación.

¡Fibrilación! La mujer no sabía muy bien lo que eso significaba.

Le impidieron seguir al hombre hasta la sala de emergencias. Se encontró a sí misma parada en una esquina, mientras le preguntaban cosas. Rebuscó la cartera del hombre, buscando la tarjeta del seguro. Su tarjeta universitaria. Sus movimientos eran tan lentos —era tan torpe con los vendajes como si trajera guantes. Uno de los paramédicos le estaba diciendo que también necesitaba ser atendida. Pero la mujer se negaba a escuchar. Se puso roja de indignación cuando la mujer detrás del mostrador le preguntó cuál era su relación con el hombre. “Soy su prometida”, respondió con aspereza.

01-mastin-03

No sabía a ciencia cierta cuánto había permanecido en la sala de emergencias. El tiempo se había descoyuntado. Sus párpados pesaban tanto que apenas podía mantener los ojos abiertos. Había preguntado varias veces por el estado del hombre y le contestaron que estaba siendo tratado de emergencia por arritmia cardiaca y que todavía no podía verlo. Esas noticias eran inaceptables para ella. ¡Sólo lo había mordido un maldito perro! No parecía estar tan malherido; había insistido en caminar. La mujer se sentía mareada. Sus manos empezaron a arderle. Escuchó su propia voz, delgada, lastimera, suplicando: “¡No dejen que se muera!”.

Se dio cuenta de la gente la miraba. Una mujer enloquecida por la preocupación, por el miedo. Una mujer cuya voz se había elevado a un grito de pánico. El tipo de mujer del que —mientras la compadeces— te alejas lentamente.

Se dio cuenta de que su suéter escocés de punto ancho —era uno de sus favoritos— había sido destrozado más allá de cualquier arreglo.

Dentro del baño con luces fluorescentes, frente al espejo, su rostro parecía borroso, como esos rostros en la televisión que son pixelados para proteger su identidad. Estaba pensando en cómo el enorme perro se había arrojado sobre ella y en cómo se había lanzado el hombre —increíblemente— para protegerla. ¿La amaba? Qué cobarde había sido, escondiéndose detrás de él, agarrándolo con desesperación, arrastrándose, encogiéndose, gimoteando como un niño aterrorizado. El hombre se había lanzado para recibir el ataque en su lugar. Un hombre que era virtualmente un extraño y que había arriesgado su vida por ella.

La mujer tenía la mochila del hombre, junto con su cámara y su cartera. En un estado de miedo y nerviosismo, revisó la cartera; era de piel de buena calidad pero estaba muy vieja. Tarjetas de crédito, el carnet de la universidad, la tarjeta de la biblioteca, la licencia de conducir. Había una foto en miniatura de un hombre de mediana edad que sonreía tensamente, de ceño fruncido y cabello hasta los hombros al que —podría asegurar— nunca había visto en su vida. Descubrió que había nacido en 1956 —¡tenía cincuenta y siete años! Una década más de lo que hubiera supuesto, y dieciséis años mayor que ella.

Otra tarjeta indicaba que el hombre tenía una condición cardiaca —prolapso mitral. Había una receta, fechada años atrás y doblada varias veces, donde venía la medicina que le debía ser administrada por vía intravenosa. Familiares a ser notificados en caso de emergencia: una mujer con su mismo apellido, probablemente su hermana, que vivía en San Diego.

La mujer se apresuró al mostrador para hablar con alguien. Le embarró la receta a una enfermera, quien prometió reportarle el descubrimiento al especialista cardiaco que estaba supervisando el tratamiento del hombre.

Le estaban siguiendo la corriente, supuso la mujer. ¡La prometida histérica! Habían llevado a cabo sus propios análisis sobre el paciente.

“¿Señora?”. La sala de espera estaba casi vacía cuando un pasante apareció para informarle que su compañero iba a ser hospitalizado por esa noche y que estaría bajo observación en la unidad de cardiología. El cardiólogo de turno había logrado controlar la fibrilación y su ritmo cardiaco era casi normal, pero su presión sanguínea seguía alta y sus glóbulos blancos mostraron niveles muy bajos. La mujer trató de sentir alivio. Trató de pensar, ya me puedo ir a casa, ya pasó el peligro.

En lugar de eso, subió a la unidad de cardiología. Se quedó parada en la antesala de la habitación del hombre durante varios minutos, indecisa sobre si debía o no entrar. Adentro, el hombre yacía en una posición antinatural mientras las enfermeras hacían un revuelo a su alrededor. Su corazón estaba siendo monitoreado por una máquina. Su respiración estaba siendo monitoreada. La mujer vio que los vendajes que le habían sido aplicados de emergencia en la estación del guardabosques habían sido removidos; sus numerosas heridas habían sido suturadas y vendadas de nuevo, en una elaborada y estridente máscara de zigzagueantes tiritas blancas. Las manos y los brazos del hombre habían sido vendados de nuevo.

Cuando entró al cuarto, pensó que se iba a desmayar. Sin embargo, estaba agradecida con la valentía que había mostrado el hombre, y con su bondad. Y sentía vergüenza de ella misma, por haberlo valorado tan poco.

Tomó una silla y se sentó junto a la cama.

La respiración del hombre era rápida y superficial pero rítmica. La cama estaba colocada en un ángulo de treinta grados. Sus párpados revoloteaban. ¿La estaba viendo? ¿La reconocía? Ha olvidado cómo me llamo, pensó ella.

El hombre estaba tratando de hablar. ¿O de sonreír? Le estaba preguntando ¿qué? Sus palabras eran balbuceos.

Se escuchó a sí misma explicándole que le haría compañía un rato. Hasta que termine el horario de visitas. Ella tenía su cartera y su cámara y las llaves de la camioneta. Dijo que regresaría por la mañana, cuando lo dieran de alta, y que lo llevaría a su casa. Si él quería. Si él la necesitaba. Ella regresaría, traería sus cosas y lo llevaría a casa. ¿Entendía?

El hombre se dejó atrapar por el sueño. Le habían dado un sedante, asumió la mujer. Su boca se abrió y comenzó a respirar húmeda, pesadamente. Era la respiración nocturna que la mujer recordaba, y que ahora le parecía reconfortante escuchar. Practicó en voz alta su nombre: “Simon”. De pronto le pareció un nombre hermoso. Un nombre nuevo para ella, para su vida, ya que nunca había conocido a nadie llamado Simon.

Las lágrimas comenzaron a salir de los ojos de la mujer y corrieron como riachuelos por su rostro. Estaba llorando como no recordaba haberlo hecho antes. Era demasiado vieja para esas emociones; había algo ridículo y humillante en ello. Pero estaba recordando cómo, en lo alto de la montaña, el hombre había insistido que tomara agua de su botella. Ella no había querido beber el agua tibia, pero lo había hecho bajo la mirada condescendiente del hombre. En su relación, el hombre siempre sería más fuerte; ella resentiría la superioridad, pero se sentiría protegida por ella. Quizá la desafiaría, pero no se opondría a ella. Estaba pensando en las dos o tres ocasiones que había besado al hombre simulando una emoción que aún no había sentido.

Al igual que el hombre, la mujer estaba exhausta. Reclinó su cabeza contra el respaldo de la silla. Sus párpados se cerraron. Lo vio, vívidamente, en la cima de Wildcat Canyon, con su complicada cámara, en lo alto, observando a través del visor. El viento agitaba su fino cabello entre plateado y cobrizo —no había reparado en eso antes. Iría con él, pensó. Se pararía junto a él y le rodearía la cintura con los brazos para estabilizarlo. Esa era su tarea, su deber. Él era más fuerte que ella, pero un hombre puede perder la fuerza. El coraje de un hombre le puede ser arrancado, puede desangrarse. Aunque ella era la que tenía miedo de algo, ¿o no? El pálido anillo azul del océano Pacífico. Las montañas esculpidas y los pequeños y exquisitos lagos que parecían tan irreales como si estuviesen hechos de papel mache, de ése que puedes atravesar con los dedos. Para su horror, se dio cuenta de que, en algún lugar detrás de ella, o quizá más abajo en la vereda, se escuchaba un jadeo, una respiración húmeda, en la creciente oscuridad, esperando.

 

Joyce Carol Oates
Escritora. Entre sus libros: Mujer de barro, Hermana mía, mi amor y Un jardín de placeres terrenales.

Traducción de César Blanco