Para Gustavo Lara Aguirre,
por enseñarme a convertir la tinta en agua.

Teoría estética de la magia

Monedas que de la nada se materializan en el aire; naipes voladores que dejan solitaria a la carta que he imaginado; conejos, elefantes, rascacielos que desaparecen ante mi atónita mirada para volver a aparecer minutos más tarde; hombres que leen mi mente y me obligan a aullar como lobo; hermosas mujeres —jóvenes, virginales— que no mueren pese a ser atravesadas por espadas; magos que son encadenados y encerrados en un ataúd que se arroja al mar y que, tres minutos después —reloj en mano—, emergen a la superficie como quien nada en una alberca un cálido día de verano.

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René conducía su bicicleta por las calles de Buenos Aires. Era febrero de 1937; era carnaval. No recuerda mucho de lo que sucedió cuando aquel automóvil lo arrolló; a sus nueve años sólo pensaba en lo que, gracias a su tía Juana, había visto en 1935: “El único, el inigualable, el asombroso mago Chang”. Sin el brazo derecho, sus sueños de ser como ese prestidigitador que le había robado el aliento se esfumaban.

Todos los libros para aprender el arte de la cartomagia —esa misma maravilla que había visto con el mago Chang— eran para personas con dos brazos y manos funcionales. La destreza manual es uno de los requisitos indispensables para quien desea practicar Parlor Magic, o magia cercana —una de las varias disciplinas que se incluyen en el ilusionismo.

La magia es un músculo que hay que ejercitar varias horas al día y, sin la mano derecha, René no tenía posibilidad de ingresar en ese mundo de arte escénico.

 

Probablemente, en el mismo momento que Eva y Adán fueron expulsados del Paraíso —ese momento en el que el ser humano cobró conciencia de su desnudez y mortalidad— fue que surgió la magia ritual asociada a las ceremonias religiosas, pero la magia como entretenimiento, el ilusionismo, debió surgir alrededor del año 2570 a. C., en Egipto, cuando reinaba Keops. Se cuenta que el mago Dedi asombraba al faraón con un ganso decapitado que, cuando se le colocaba encima la cabeza cortada, volvía a la vida y caminaba como si nada le hubiera ocurrido.

Los juegos de cubiletes, en los que hay que encontrar un objeto oculto dentro de recipientes que el mago mueve rápidamente para confundir al espectador, datan de la misma época del mago Dedi y se extendieron por todo el continente europeo en el primer siglo de nuestra era.

Esos cubiletes, que sorprendían al desaparecer o multiplicar habichuelas que se colocaban en su interior, viajaron con los ilusionistas durante la Edad Media, pero los magos no eran más que acompañantes menores —arrimados— de las compañías teatrales o circenses. A pesar del truco de la cuerda rota y reconstruida, la fascinación que surgía no era suficiente para acceder al nivel de los artistas.

 

9 de agosto de 1890. El diario Chicago Tribune agota sus ejemplares. La nota que causa furor está firmada por Frederick S. Ellmore,1 pseudónimo de John Elbert Wilkie. Ellmore asegura haber viajado a la ciudad de Gaya, en la India, acompañado del pintor neoyorkino George Lessing. En su largo artículo titulado “It is only hypnotism”2 el supuesto viajero americano narra que contempló el siguiente espectáculo: Un faquir se sienta frente a una cesta y comienza a tocar su flauta. De la cesta, cual serpiente, repta lentamente una cuerda hasta quedar rígida y vertical. Mide alrededor de diez metros. De pronto, un niño se acerca y trepa por la cuerda hasta que desaparece de la vista del público. El faquir desenvaina una cimitarra y va tras el muchacho; también desaparece en las alturas. Del cielo comienzan a caer los miembros amputados y ensangrentados del niño, con tan buena puntería que todos entran en la cesta. Cuando el faquir desciende limpia la sangre de su espada, mete la mano en la cesta y saca al niño de los cabellos. El chiquillo está vivo, completo, sale de la cesta, camina para irse por el mismo sendero por el que llegó.

El artículo se acompaña por bocetos de Lessing. No hay una sola fotografía pese a que los viajeros llevaban consigo una cámara Kodak. La impresión fue demasiada para fotografiar, sólo quedaron los dibujos que la memoria permitió al artista reproducir. Para fortalecer el texto, Ellmore cita a Marco Polo quien, supuestamente, también presenció aquel prodigio.

Los lectores están enloquecidos, muchos de ellos también viajaron a la India y aseguran haber visto el mismo espectáculo en diferentes ciudades. Científicos, magos y periodistas hacen el viaje para observar el portento y descubrir el artilugio. Nadie tiene suerte, por más que buscan en las calles de todas las ciudades indias, no encuentran a un faquir que encante a una cuerda para hacerla subir al cielo, ni que trepe en ella para sacrificar a un muchacho.

El Chicago Tribune recula. Tiene que admitir que su colaborador adornó el texto únicamente para hacer amena la lectura de un escrito cuya finalidad era dar a conocer el funcionamiento de la hipnosis, y confiesa que las fuentes de donde se tomaron los relatos de Marco Polo tampoco existen. Ellmore no es despedido, ni siquiera recibe una sanción, por el contrario, ocho años más tarde, John Elbert Wilkie es nombrado jefe del Servicio Secreto de Estados Unidos de Norteamérica.

Un siglo más tarde, en 1990, el truco indio de la cuerda es por fin reproducido. Con la tecnología al alcance y los suficientes conocimientos de ingeniería, química y óptica, los magos pueden hacerlo salvo por la parte del niño descuartizado.

 

René no se resigna. Con su muñón derecho y su mano izquierda irá contra una de las reglas de la magia: la velocidad. Practica durante años con su extremidad completa y, finalmente, cuando cumple 32 años, en 1961, realiza la proeza de ganar una competencia de prestidigitación. Acuña entonces un nuevo término dentro del ilusionismo, la “lentidigitación”, el desarrollo tardo de las argucias mágicas.

Contrario a sus colegas que buscan la rapidez al manipular cartas, monedas, cubiletes y pañuelos, Héctor René Lavandera, mejor conocido como René Lavand, frente a cámaras y público en vivo, asegura que su arte “no se puede hacer más lento”. Baraja un juego de naipes donde se entremezclan los colores y los palos con su única mano, despacio, tranquilo, para maravillar a sus espectadores cuando intercala las tonalidades de las cartas: negro, rojo, negro, rojo. Después solicita a alguien del público que diga los colores que el espectador sospecha, o anhela, habrán de aparecer: rojo, rojo, rojo, negro. Y así sucede.

Pero ser un mago manco no es suficiente. Lavand asegura que hay que “añadirle belleza al asombro”, así que engalana sus presentaciones con historias y reflexiones que relata mientras manipula sus herramientas de trabajo. El público, extasiado, cual niños frente a quien narra sus historias preferidas, se alegra del mismo modo que lo hace el mago cuando suceden los pequeños milagros que, dice René, “jamás entenderé”. Lavand oculta el truco de la mejor manera posible: tras su propia sorpresa, porque “no hay nada más obnubilante que la verdad” y, en cuestión de magia, la verdad a nadie interesa.

 

Los magos conocen mejor que nadie el cerebro humano —incluso lo conocen mejor que cualquier neurólogo.

Uno de los principales elementos de la magia se utiliza también en política —sobre todo en los procesos electorales—: la elección forzada. Lo increíble es que, aún después de ser señalada, la elección forzada puede permanecer sin ser descubierta. La clave es que los seres humanos, más que tiempo y materia, somos emoción. Una vez que una persona es convencida de que lo que hace es una libre elección, la magia está hecha. Se trata de incrustar mentiras en una serie de verdades, así la mentira se da por cierta.

Son expertos en óptica y acústica, pero los magos van más allá: conocen a la perfección las respuestas neuronales de nuestros cerebros ante ciertos efectos de la física. Por ejemplo: un ilusionista presume que cambiará el color del vestidito blanco que viste su joven y hermosa asistente. Tras algunos pases mágicos se encienden unas luces rojizas y sí, el vestido se ve carmesí al igual que toda la sala y que cada rostro. El público está a punto de abuchear al supuesto mago cuando una enceguecedora luz blanca inunda el escenario y de pronto obra el milagro: esta vez, la asistente porta un vestidito bermellón, la prenda es realmente de un color rojo brillante. Físicos y neurólogos podrían dar una explicación, pero sólo el mago aprovecha los conocimientos de ambas ciencias en conjunto.

A los pases mágicos siempre los acompañan palabras mágicas, no importa que suenen absurdas, ridículas: “abracadabra”, “mix-mix”, “enchilada”, finalmente en la magia, como en la poesía, toda palabra es poderosa.

Cuando un ilusionista adorna sus presentaciones con historias lo que en realidad hace es encauzar la mente del espectador a favor de la magia. Hay un correlato neuronal del que no nos enteramos. 

 

Todo aquel que desee entrar en la magia habrá de hacer un juramento: jamás revelar los secretos. Quien viole la regla será vetado.

Ser mago no es nada sencillo, hay que prepararse durante años. Lo mejor, después de una larga —larguísima— formación, es estudiar una especialidad de acuerdo a la distancia a la que se desea tener al público, el número de espectadores que estarán presentes y, sobre todo, el nivel de asombro que se quiere lograr: Parlor magic, magia cercana o prestidigitación es la magia para públicos pequeños —ocho personas o menos— y el mago requiere ser habilidoso con las manos: se utilizan objetos pequeños y cotidianos como monedas, naipes, pañuelos, listones…

La magia de salón es la que se realiza en fiestas, para alegrar reuniones, con públicos de entre doce y cien personas.

Los grandes escenarios están hechos para los ilusionistas con sólidos conocimientos de física —acústica y óptica, en especial—. Así podrán cortar a las personas en dos o más trozos para volver a unirlas, desaparecer edificios completos o sólo levitar.

Una vez seleccionado el escenario se elige el tipo de mago que se quiere ser: prestidigitador, cartomántico, escamoteador, mentalista, escapista, rey de la evasión, ilusionista, ladrón de carteras, prófugo de la cárcel de Alcatraz.

Para tener éxito todo mago habrá de valerse de sus conocimientos de psicología, pero sobre todo tendrá que ser sumamente discreto.

Tras exhaustivos entrenamientos físicos —que seguramente se han hecho a lo largo de muchos años—, después de estudiar durante horas y horas nociones —no tan básicas— de física y química, luego de ensayar una y otra vez el acto para que todo salga a la perfección, el mago está desamparado. No es un científico: no hace experimentos en laboratorios, no escribe artículos sobre sus descubrimientos, no formula hipótesis; tampoco es un artista: ninguna teoría estética lo respalda.

¿Y cómo podría hacerse una teoría estética de la magia cuando la ley fundamental de su arte es guardar silencio, jamás develar la maquinaria, el artilugio que crea la ilusión? Si fuera revelado el mecanismo que se esconde detrás del truco, por más complejo que sea, no impresionaría a nadie. Hay que resguardar el misterio, preservar el secreto.

Para hacer magia hay que preparar el suspenso. Cuando un mago hace desaparecer un objeto, un animal o incluso a sí mismo, lo importante no es lo que se va —mientras el desaparecido esté fuera de nuestra vista se creará la intriga—, lo importante es lo que regresa, como en la resurrección. No importa que Cristo haya muerto —todos los hombres mueren—, lo que lo vuelve Dios es la resurrección, el regreso, el milagro.

El mago no engaña, el mago no hace trucos —hace magia—, el mago sorprende: lo que hace es mover un objeto y ponerlo en otra posición para darnos una nueva perspectiva y devolvernos el asombro sobre los elementos cotidianos. Los artistas hacen lo mismo que los magos. Finalmente, el arte sólo imita, pero el buen artista será aquel capaz de regresarnos la sorpresa en lo ordinario.

Ningún ilusionista podrá fascinar a alguien si su público no tiene disposición para admirarse; quien lo contempla tiene que estar abierto al pasmo, preparado para el encantamiento. Se necesita voluntad de recibir, voluntad de asombro, conceder permiso para el embeleso, no buscar el truco.

Si el principio sobre el que se forja la magia es el secreto, resulta inútil el intento de escribir una teoría estética de la magia. Si se revelara el truco de la mujer aserrada se perdería la ilusión. Lo que entonces puede formularse es una teoría del asombro, de la manera en que el sentimiento de maravilla se crea en cada uno de nosotros.

Teoría del asombro

Cuando, tras una tormenta, aparecen arcos coloridos en el cielo, es el asombroso Taumante quien nos embelesa con trucos que increíblemente podremos llegar a comprender.

En la mitología griega Taumante o Taumas es el dios de la maravilla, del milagro, del prodigio, pero no tiene nada de especial: es hijo de Gea, la tierra, y de Ponto, el mar —nada anormal dentro de la cosmogonía—, sin embargo, Taumante es quien engendra portentos.

Con o sin conocimientos sobre la refracción de la luz, un arcoíris en el cielo nos deslumbra en todo sentido. Iris, hija de Taumante y de una ninfa, es una diosa mensajera, y es la responsable de crear esos arcos de unión entre el cielo y la tierra, es el medio por el cual el hombre accede a lo divino, es el asombro mismo.

Taumante gesta a Iris. Taumante crea asombro. Taumante hace magia.

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Al prodigio hay que aceptarlo como tal, sin escepticismo. Hay que sortear la curiosidad, eliminar el deseo de develar el mecanismo secreto. Pero no es posible mantener este estado por mucho tiempo. Hay un contrasentido: Cuando Lewis Carroll (1832-1898) escribió Alicia en el País de las Maravillas conocía la doble naturaleza del asombro. Alicia, en el segundo capítulo, llora y se queja: “Curiouser and curiouser…”. Esta expresión en apariencia no tiene significado alguno —Carroll dice que la niña estaba tan sorprendida que dejó de hablar correctamente—, sin embargo se aplica cuando una persona, en apariencia apática, frente a un hecho extraordinario se llena de curiosidad y se vuelve más curioso a cada segundo que pasa. Tras la sorpresa será inevitable para el ser humano el quedarse sin explicaciones.

Aristóteles aseguraba que el asombro provocado por causas misteriosas (causas que han de ser así y de ninguna otra manera; ésa es la condición básica para despertar el sentido de maravilla) nos lleva, automáticamente, a indagar sobre éstas. Así es como nació la ciencia. Ésa es la razón de que en el mito Iris, el arcoíris, sea hija del asombro: siempre buscaremos el conocimiento y el avance intelectual. Sin asombro no hay avance.

Como Alicia en el País de las Maravillas, ante las respuestas nos volvemos más y más curiosos. No es suficiente descubrir las leyes causales de los seres y los acontecimientos del mundo natural, después de conocerlas llegará la pregunta “¿Por qué todo está normado por leyes?”. Albert Einstein decía: “Lo que me asombra no es que las cosas sean inexplicables, sino por el contrario, que tengan explicación y que nosotros podamos encontrarla”.

Necesitamos de la ciencia para alterar lo natural. La proximidad con la naturaleza resulta terrible para el hombre. La naturaleza no está hecha para que vivamos en ella: es agresiva, implacable, inclemente. Necesitamos ciencia para modificarla, para transgredirla. Entonces surge el milagro.

Lo milagroso se produce cuando se violan las leyes naturales. Cuando Lázaro revive se ha dado el milagro. Sin embargo, Lázaro es la antítesis de los zombis o muertos vivientes que surgen en algunas religiones de origen africano. El zombi, que de alguna manera también ha resucitado, representa la apatía, el momento en el que el prodigio deja de sentirse, versus Lázaro que simboliza el milagro de revivir y el asombro de la vida.

El choque con lo extraordinario produce en nuestras mentes un acto de grandeza poética: sirve para deshacernos de lo que a la vida le estorba. El asombro, luego, está en contra de la perfección que crea la naturaleza. Lo perfecto no producirá efecto alguno en nuestro sentido de maravilla; el asombro busca lo alterado, lo distinto, lo que rompe con los ideales de toda clase.

Y de la ciencia surge la tecnología. El escritor y científico británico Arthur C. Clark (1917-2008) decía que la verdadera tecnología se parece a la magia, que son indistinguibles una de otra.

Los ilusionistas y los científicos, al conocer una gran cantidad de respuestas, terminan por sufrir lo que llamaré “la maldición de Houdini”: al desenmascarar cada artilugio, cada triquiñuela, ¿quién o qué podrá maravillarlos?

Muchos magos despiertan su imaginación en exposiciones y conferencias científicas. Avivan su mente para luego descubrir el misterio, para eliminar la ilusión creada por la razón científica, por la razón académica, e inventan nuevos trucos, nuevos embelesos.

Pero en la ciencia los resultados no siempre son los esperados porque existen variables de indeterminación. El principio de incertidumbre, enunciado por Werner Heisenberg, asegura que nunca podrán ser controladas todas las variables que intervienen en los estudios científicos o en la naturaleza misma. El resultado será una sorpresa: ésa es la belleza de la ciencia, por eso hay magia en ella, porque construye lo inesperado.

 

Un niño de cinco años prueba por vez primera un extraño elixir que hace más de un siglo fue vendido como tónico cerebral. La bebida se trasladó de la botica al bar y del bar a la vida cotidiana. Cuando el niño prueba por primera vez una Coca-Cola se desconcierta, siente placer y extrañeza al mismo tiempo, burbujas chispeantes recorren su garganta, dice las mismas palabras que el monje benedictino Dom Pierre Pérignon (1638-1715) pronunció cuando descubrió y probó el champaña: “Estoy bebiendo estrellas”. Después de varios refrescos, el niño deja de beber constelaciones. La cotidianidad transforma al agua estrellada en agua de uso; la cotidianidad diluye el asombro.

¿Por qué me siento maravillada frente a un autómata del siglo XIX y, difícilmente, me embeleso frente a un iPhone? Si lo analizo bien, el segundo se parece a la lámpara de Aladino: basta con que la frote para que aparezca el genio que me dirá cualquier dato que quiera conocer del mundo o que me permitirá hablar con cualquiera que se encuentre a miles de kilómetros, e incluso ver a esa persona. Quizá la masificación del objeto me ha hecho perder la costumbre de cuestionarme sobre su funcionamiento y, por lo tanto, me ha desaparecido el asombro, el tenerlo cercano le resta misterio. Así pues, el asombro se forma a partes iguales de secreto y de novedad. Lo que aquí se mide es una ruptura con lo cotidiano.

No son las personas, los hechos o los objetos extraordinarios por sí mismos. El pasmo proviene del contraste. Así, un tercer elemento del asombro es el choque de emociones, embate que ha de producir miedo, temor. El miedo y el asombro necesitan uno del otro —finalmente, el asombro es una especie de susto.

 Para vencer los miedos hay que ir al lugar en el que se originan. Quien tema a la oscuridad tendrá que refugiarse en ella. Tras un tiempo sin luz verá que no hay nada que temer. Tras perder el miedo, viene la decepción. No hay misterio. Se ha comprendido que el mago no puede cortarnos en pedazos ni nos hará desaparecer.

¿Qué crea más sentimiento de maravilla: lo que nos asombra o darnos cuenta de que caímos en el engaño, que —pese a nuestras mentes racionales— somos sujetos del pasmo?

El temor proveniente de esta fascinación acerca al hombre al sentimiento de lo sublime. Según el filósofo Immanuel Kant (1724-1804), lo sublime se encuentra en lo grandioso, en lo caótico, en lo desmesurado. Además, la imaginación humana tiende a progresar en lo infinito, pero a la vez tiene el ideal de la totalidad absoluta. De este modo, cuando el hombre aprecia magnitudes y contrastes, se elimina toda soberbia, se activa la humildad, se despierta lo sublime. Es nuestra propia pequeñez, nuestra insignificancia frente al Cosmos la que nos lleva al estupor.

El asombro despierta la curiosidad, de la curiosidad surge la ciencia —las explicaciones científicas, en principio, destruyen el asombro, pero pronto es recobrado porque surgen nuevas interrogantes—, la magia de la ciencia nos cambia el lenguaje y con el lenguaje transforma nuestras emociones. La retórica es ilusión. El último asombro está en el habla.

La palabra “asombro” se define como un susto, un espanto. El asombro, originalmente, se da cuando un caballo se sobresalta ante su propia sombra. El asombro, pues, es estar entre sombras y ver cosas que no son reales, meras ilusiones, y alterarse por ellas, temer. Pero cuando ese sobresalto lleva a la curiosidad el pensamiento se vuelve hijo del asombro. Se sabe entonces que no basta con vivir, hay que tomar conciencia del vivir. No importa que se develen los enigmas, siempre habrá más misterio tras cada misterio. Habrá que resignificar la palabra “asombro”: es cierto que en un primer momento implica sombras, tinieblas, ignorancia, miedo, pero después viene la luz, el conocimiento, la conciencia, la iluminación.

 

La única certeza que tenemos en la magia es que en ella nadie muere: ni la mujer aserrada, ni el asistente atravesado por espadas, ni el mago encadenado que es arrojado al mar, ni el niño atropellado que perdió el brazo derecho. En la magia nadie muere.

El asombro, pues, es el momento en el que se reinventa la humanidad.

 

María Emilia Chávez Lara
Profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y miembro de la Asociación UC-Mexicanistas (Intercampus Research Program). Es autora de La canción del hada verde. El ajenjo en la literatura mexicana 1887-1902.


1 John Elbert Wilkie no eligió su pseudónimo al azar, el apellido de Frederick junto a la inicial de su supuesto segundo nombre, forma las palabras “sell more”, lo que equivaldría a “Frederick vende más”.

2 ”Es sólo hipnotismo”.

 

12 comentarios en “Teoría estética de la magia

  1. Realmente hermoso. Gozo de la amistad de magos ilusionistas y es asombrosa la manera en que el ensayo me atrapo y llevo a momentos vividos con ellos. Gracias.

  2. Los primeros actos de magia que presecié, fuéron con los merolicos de los mercados, que además de actos de magia, mas bien eran vendedores de ilusiones, ya que entre cada número de magia ofrecían las pomadas milagrosas que todo lo curaban o jabones limpiadores que a la gente embellecerían o pócimas para curar el alma y el espanto de los niños, no se si aún esto siga ocurriendo pero este artículo me lo recordó .Un saludo y reconocimiento al trabajo divertido y ameno de María Emilia Chávez Lara.

    • Cada vez pasa menos, Héctor. Recuerdo, cuando era niña, haber visitado alguna feria y ver la publicidad de un “niño-armadillo”. Jamás vi al niño, porque sentía miedo, pero estoy segura de que se trataba de algún truco para atraer visitantes (claro que eso lo sé ahora, no lo supe de niña). En el siglo XIX los remedios milagrosos eran frecuentes en cualquier feria/circo.

  3. Profesora Chávez Lara: su texto es asombroso. Gracias. Leyéndolo, pensé que muchas de las cosas que escribe sobre la magia podrían ser aplicadas a la acrobacia y a varias disciplinas del circenses. Hace unos años escribí, precisamente refiriéndome al circo (que es el arte del asombro): “El asombro es, junto con el lenguaje, la manifestación más alta del hombre ante si mismo.” Me gustaría invitarla a una función del Circo Atayde Hermanos en la ciudad de México. Muchas felicidades.

  4. Que regalo nos ha dado con este texto, maestra. Maravilloso.
    Me hizo recordar muchos momentos en que me pasaba con la boca abierta. De niña me asombraban las luciérnagas y la moneda que sacaba mi tío detrás de mi oreja, ahora me siguen asombrando muchas cosas, como el sonido de un instrumento desconocido.
    Muchas gracias, quedo en espera del siguiente.