I. A Edward Noble

17, Gillingham Street, S.W.
Octubre 28, 1895.

Mi querido Noble,

Recibí su decepcionada carta esta mañana y le puedo asegurar que siento mucho su desilusión después de tanta espera.

Resulta difícil decir algo. Debe recordar que aquello que tiene verdadero valor nunca es reconocido a primera vista. Si Macmillans lo rechazó, entonces debería intentarlo con alguien más. Por qué no lo manda a F. Unwin —podría servir para la serie de seudónimos— o con su nombre real, si es que no le gusta la idea de usar un “nom de guerre”.

Seguramente recibirá una consideración cuidadosa. Eso sí, entregue sólo historias sobre ríos (de entre 30 mil a 40 mil palabras).

Le aconsejo, mi querido Noble, que no se meta en fabulaciones. Hable sobre el río —la gente—, los eventos, vistos a través de su temperamento. Posee usted una capacidad notable para expresarse, resultado de una visión artística del mundo que lo rodea y (si me permite decirlo) no debería gastar ese regalo en sensaciones ilegítimas. Quizá recuerde lo que le dije sobre la historia de vampiros. Soberbia —increíblemente planteada en lo que a las impresiones se refiere—, sólo que para mí, todo el encanto, toda la verdad se pierde en la construcción, por el mecanismo (por decirlo de alguna forma) de la historia, que la hace parecer falsa.

No se enoje conmigo. He meditado esta carta muchas veces a lo largo del día y ahora estoy plasmando mis pensamientos exactos —correctos o incorrectos.

Tiene usted mucho que decir, pero creo que aún no ha encontrado cómo. Recuerde que la muerte no es lo más patético —la cosa más conmovedora—  y que debe tratar los eventos sólo como una ilustración de las sensaciones humanas —como un signo externo de los sentimientos internos —de sentimientos vivos— que por sí solos son auténticamente patéticos e interesantes. Usted tiene una gran imaginación: mucho más grande de la que yo podría llegar a tener aunque viviese cien años. Eso lo tengo muy claro. Pues bien, esa imaginación (ojalá yo la tuviera) debería ser usada para crear almas humanas: para revelar el corazón humano —y no para crear eventos que son accidentes propiamente dichos. Para lograr esto debe cultivar sus facultades poéticas —debe entregarse a las emociones (lo que no es una tarea sencilla). Debe exprimir de su interior cada sensación, cada idea, cada imagen —sin piedad, sin reservas ni remordimientos: debe buscar en los rincones más oscuros de su corazón, en los recovecos más lejanos de su mente; debe buscar en ellos la imagen, el encanto, la expresión adecuada. Y debe hacerlo con sinceridad, a cualquier precio: debe hacerlo hasta terminar exhausto después de un día de trabajo, vaciado de sensaciones y pensamientos, con la mente en blanco y el corazón adolorido, con la sensación de que no queda nada, nada, dentro de usted. Para mí ésa es la única forma de alcanzar la verdadera excelencia —o incluso de acercarse a ella.

Me tomó tres años terminar La locura de Almayer. No hubo un día que no pensara en ella.1 Ni un día. Y al final, honestamente, la considero un fracaso miserable. Los críticos (salvo dos o tres) la sobrestimaron. Me llevó un año arrancarme Un vagabundo de las islas y, sobre mi palabra de honor (ahora que está terminado),2 lo veo con amarga decepción. Juzgue a partir de esto si vale la pena tomar en cuenta mis opiniones. Bien podría estar yendo en la dirección equivocada. Digo lo que pienso y lo hago desde el deseo de verlo triunfar —pero quizá mis juicios estén irremediablemente descarrilados.

Mientras tanto, inténtelo con F. Unwin en el 11 Paternoster Buildings, E.C. Visitaré a Garnett (el dictaminador) y le mencionaré su nombre y el de su manuscrito. Es joven pero tiene un gran sentido artístico. También es un crítico muy severo. Por supuesto que su libro será juzgado estrictamente por sus méritos. Estoy seguro que usted no lo desea de otra forma.

Trate de animarse. Tiene usted muchas historias. Reescriba algunas desde un punto de vista interior. Desde ese punto de vista cualquier cosa  puede volverse interesante y la capacidad para hacerlo está en usted, a menos que yo esté completamente equivocado.

He terminado de corregir las pruebas, una ocupación horrenda. El libro saldrá el 25 o 30 de noviembre. Por supuesto, le mandaré una copia.

II. A Joseph de Smet3

02-cartas-01

Capel House.
Enero 23, 1911.

Querido señor,

Es perfectamente correcto. Tenía diecinueve años antes de aprender inglés. Me hice a la mar algo tarde, a la edad de diecisiete, pero pasé dos años en el Mediterráneo.4 Abordé mi primera nave inglesa en marzo de 1878, creo. Mientras subíamos por el Bósforo alcanzamos a ver el campamento del ejército ruso en San Stefano. Ése fue el año. En mayo de ese mismo año pisé tierra en Lowestoft (en la costa Este) sin conocer a nadie en Inglaterra. Mi primera lectura en inglés fue el periódico Standard, y mi primer contacto oral con el idioma fue a través del habla de los pescadores, los constructores de buques y los marineros de la costa Este. Sin embargo, en 1880 había dominado lo suficiente el lenguaje para pasar mi primer examen para convertirme en oficial de la Marina Mercante, que incluyó una conversación de más de dos horas. Aunque “dominado” no es la palabra correcta; debí haber dicho “adquirido”. Nunca he abierto un libro de gramática inglesa en mi vida. Mi pronunciación es más bien defectuosa hasta la fecha. Debido a la mala suerte de no tener oído, mi acentuación es insegura, especialmente cuando, en el curso de una conversación, me vuelvo autoconsciente de ello. Cuando escribo, lucho dolorosamente con ese lenguaje que siento que no poseo sino que me posee —¡ay!

Gracias por su amistosa carta. Disculpe el retraso en contestarla, pero estoy intentando terminar una historia bastante larga y me siento tan cansado al final de la jornada que una vez que bajo la pluma no tengo la energía de levantarla de nuevo para escribir mi correspondencia. Hay una pila de cartas sin contestar justo enfrente de mí en este momento.

Quede seguro del profundo conocimiento que guardo por su aprecio solidario. Sincera y cordialmente suyo.

 

03-conrad-02

III. A Alfred A. Knopf

Capel House.
Julio 20, 1913.

Querido señor Knopf,

El señor Glasworthy me ha entregado su muy interesante y amistosa carta. Puedo asegurarle que soy muy sensible a la buena opinión que tiene sobre mi obra (que también es del agrado del querido Hudson), por lo que me felicito a mí mismo —ya que, si usted no hubiera “aparecido por ahí”, todos estos libros seguirían reposando en los estantes traseros de la editorial, donde han estado reposando durante los últimos diez años. Leo en su carta la sospecha de que estoy siendo excesivamente indiferente. No es así. Estoy muy interesado. Me siento emocionado de ser redescubierto por mi propio editor después de tanto tiempo.

He manifestado el mismo interés en mi editores que el que ellos han manifestado en mí —y nada menos; sería irrazonable esperar más de cualquier hombre— no conozco a ningún ángel que se haya decidido por la literatura. Bajo ninguna circunstancia sería yo uno.

Escribiéndole como buen amigo de mi obra, debo empezar diciendo que al hablar de negocios soy partidario de hablar claro y hacer tratos con franqueza. Estoy contento de escuchar que Doubleday, Page & Co. ha comprado dos de mis obras al señor Doran. Es una muestra de interés. Pero el hecho sigue siendo que el señor Doubleday podría tener todos mis libros actualizados si le hubiera interesado. Otra gente los ha comprado y no he escuchado que eso los haya arruinado; aunque le puedo asegurar que no vendí mi obra a diez centavos el volumen. No soy un principiante. Acepto cualquier cosa menos que jueguen conmigo. Quizá el señor Doubleday no lo sabe, pero es un hecho que, desde Nostromo (1904), cada línea que he escrito ha sido publicada en revistas en Estados Unidos —a excepción de El espejo del mar, que de todas formas fue publicada casi por completo en Harper’s Weekly. Y Espejo… no es la clase de obra que se lee en el tren elevado o en el ferry de camino a casa. Y aun así el Pall Mall Mag (una revista popular) publicó varias entregas, Blackwood publicó dos o tres, y otra revista de mayor prestigio las últimas dos.

¿Por qué lo hicieron? Seguramente no porque les gustara mi obra. No conozco a ningún editor de revistas, ni siquiera de vista. Y de su lado, conozco a Col. A Harvey lo vi una vez —hace años. Obviamente lo que hago tiene algún valor. También es un hecho que desde que Appleton publicó en 1898 El negro del Narciso (bajo el título absurdamente endulzado de Niños del mar) invariablemente he tenido muy buena prensa en Estados Unidos. Y no podrá negar que la mayoría de los periodistas son hombres de cierto gusto. Si hablamos de popularidad, estoy más cerca de la gente que Stevenson, que era muy literario, un virtuoso consciente del estilo; mientras que la mente promedio no se preocupa mucho por el virtuosismo. Mi punto de vista, que es puramente humano, mis temas, que no son muy especializados en lo que a la gente o los eventos que plasma se refiere, mi estilo, que puede ser torpe de vez en cuando, pero que es perfectamente claro y que tiende a lo coloquial, no puede interponerse de ninguna manera con el lector masivo. Sobre lo que tengo que decir, usted sabe que nunca es escandaloso para la mente o los sentimientos. ¿Es interesante? Pues bien, estoy siendo traducido a todos los idiomas europeos salvo español e italiano. No creo que me estén traduciendo por aburrimiento.

Existen dos modelos en el mundo editorial. El primero es especulativo. Un libro es una apuesta. Aciertas o fallas. Hasta cierto punto, así debe ser. Pero de vez en cuando un escritor puede ser considerado como una inversión. Una inversión debe ser atendida, debe ser cuidada —si uno cree en ella. No puedo tener una gran relación con un editor que me considera en el modelo de “aciertas o fallas”. Una apuesta no crea un vínculo. La posición que he alcanzado no se la debo a ningún editor. La he alcanzado tras dieciséis años de trabajo duro.

La pregunta es la siguiente: ¿Doubleday, Page & Co. simplemente compró dos de mis libros o existe la posibilidad de establecer un vínculo? Si es esto último, entonces verá que soy lo suficientemente receptivo. Aprecio con calidez la evidencia palpable de su buena voluntad hacia mi obra. La redacción de una carta tan larga (algo que no suelo hacer) es la mejor prueba de ello ya que, le puedo asegurar, no me hubiera tomado la molestia de abrir mi mente ante un indiferente desconocido.

Haré todo lo que se encuentre en mis manos para establecer una conexión estable con la editorial —incluso sacrificando mis gustos personales. Para empezar revisaré las notas que hay sobre mí y se las enviaré, espero, en el mismo barco que esta carta. Sobre el retrato: haré arreglos esta misma semana con los Cadbys (una pareja de reputados fotógrafos, muy artísticos) para hacerme más de un retrato que salga lo mejor posible. Las fotografías estarán en sus manos con tiempo suficiente antes de la publicación de Azar. Nos gusta mucho el retrato que me hizo Rothenstein, pero creo que necesitamos algo más reciente.

Para el futuro: un joven amigo literato, el señor Richard Curle, estuvo aquí hace un tiempo y me pidió permiso para escribir un libro sobre mí, una monografía crítica sobre mi obra. No crea que estoy hablando de una baratija. Será un intento interesante por describir mis temas y mis métodos. Digamos que 50 o 60 mil palabras. Será justo lo que se necesita para educar a los lectores. Conoce mi obra al derecho y al revés. Podría pedirle que empiece de inmediato y el libro estaría listo en unos seis meses. Pero no puedo pedirle que abandone todo y se meta con el estudio a menos que le pueda decir que usted, una vez terminado, podría llegar a considerar de buena gana su publicación en Estados Unidos. Por supuesto, no le estoy pidiendo que se comprometa por adelantado. ¿Qué dice?

Hay otro asunto. El año pasado publique en Harper’s un pequeño volumen titulado Una crónica personal. Un poco de autobiografía —y un poco de buena escritura también. En ese momento acepté unas regalías del 10 por ciento porque de una u otra forma Harper’s me ha pagado muy bien durante los últimos cinco años; también porque pensé que quizá harían algo especial con el texto. Pero parece que no. Al parecer vendieron un par de miles de ejemplares, por la fuerza del nombre, y nada más. El libro, más bien íntimo, muy disfrutable, y por el que albergo un cariño especial, está siendo desperdiciado. Si usted se lo pudiera comprar a Harper’s y pudiera ofrecerlo al público en una edición económica  (quiero hacer arreglos para una segunda edición de seis aquí) a, digamos 50 centavos, creo que funcionaría bien. Sugeriría alargar un poco el título a algo así: J. Conrad. Una crónica personal. La historia de sus primeros libros y su primer contacto con el mar. De hecho, de eso se trata el libro, nada más. Y si la gente está interesada en ese tipo de cosas, podrán aprender mucho de mí en ese pequeño libro.

Ahora bien, si Doubleday, Page & Co. puede hacer eso y quiere usarlo para la publicidad (no pretendo que manden gente armada para empujárselo al público, pero excepto eso…) por mi parte estaría dispuesto a olvidar mis regalías (bajo el acuerdo con Harper’s) por tres años —salvo en caso de que el libro formara parte de algún compendio antes de ese tiempo.

Estoy dispuesto a respaldar mi propuesta con un acuerdo tan pronto como logre extraer el libro de Harper’s, lo que no debe ser muy difícil si se hace pronto. No creo poder hacer más para poderle mostrar mi interés por su editorial, así como mi agradecimiento por los esfuerzos que ha hecho por mí.

Créame, querido Sir, con los más afectuosos sentimientos.

P.D. Estoy muy ocupado terminando mi siguiente novela —de la que le hablé al señor Doubleday. Espero que no se haya muerto de aburrimiento. Por favor comuníquele mis más sinceros saludos. Trataré de mandarle a tiempo las galeras corregidas de Azar. Le recomiendo especialmente ese libro por su carácter inusual. ¡No es algo que uno haga dos veces en la vida!

03-conrad-03

IV. A Hugh Walpole

Capel House.
Enero 7, 1918.

Mi querido Walpole,

Primero que nada quiero agradecerle por el pequeño libro y decirle que me siento profundamente conmovido por todas las cosas que desde su corazón y su conciencia ha dicho sobre mi obra. Lo único que me apena y me hace patalear de rabia es el creciente mito que Hugh Clifford ha hecho brotar de la nada sobre mi supuesto titubeo entre el inglés y el francés como lenguaje literario. Es completamente absurdo. Cuando escribí las primeras frases de La locura de Almayer, llevaba ya años y años pensando en inglés. Empecé a pensar en inglés mucho antes de dominar, no diré el estilo (eso aún no lo logro) pero sí el lenguaje hablado. ¿Resulta siquiera imaginable que alguien poseído por una inspiración tan efectiva podría contemplar por un momento algo tan descabellado como traducirla a otra lengua? Además existen otras consideraciones: como el simple gusto por ese idioma, el temprano y amoroso descubrimiento de su prosa cadenciosa, el acuerdo sutil e imprevisto de mi naturaleza emocional con su genio. Esto último, mi querido Walpole, usted mismo lo atestigua en su semblanza crítica, ¡a menos que lo haya malinterpretado por completo! Tome mi palabra si le digo que, si no conociera el inglés, nunca hubiera escrito una línea publicable en mi vida. C[lifford] y yo hemos discutido sobre la naturaleza de ambos idiomas y lo que dije fue: Que si hubiera tenido la alternativa hubiera tenido miedo de lidiar con el francés, que queda cristalizado en la forma de sus oraciones y por lo tanto es más exacto y menos atractivo. Pero en ningún momento consideré esa alternativa, ni siquiera en sueños. De alguna forma C transformó un comentario general en una declaración personal.

Otra cosa.

Usted dice que mi formación ha sido influida por Madame Bovary. De hecho, la leí hasta después de terminar La locura de Almayer, al igual que las demás obras de Flaubert y, de cualquier forma, mi Flaubert es el de La tentación de San Antonio y La educación sentimental, y eso sólo desde el punto de vista de la representación de algunas cosas en concreto y de algunas impresiones visuales. Creo que es maravilloso en ese sentido. No creo haber aprendido nada de él. Lo que hizo por mí fue abrirme los ojos y despertar mi ambición. Uno puede aprender algo de Balzac, pero ¿qué podría aprender alguien de Flaubert? Nos obliga a admirarlo —que es quizá el mejor servicio que un artista puede hacer por otro.

El cuento de La flecha de oro está terminado. Sólo debo escribir las notas preliminares y finales, porque va a ser, específicamente y con una declaración en el título, “Una historia entre dos notas”.

Todo parece indicar que iremos a Londres la siguiente semana. Algo se tendrá que hacer con la rodilla de Jessie, de inmediato. El asunto se está volviendo imposible. Estoy considerablemente preocupado por el futuro inmediato de este y otros asuntos.

Gracias por preguntar por el chico. Ayer recibimos una carta suya fechada el día 3. Está realizando labores de capitán junto con su regimiento, ya que el oficial está de licencia en Inglaterra. Al chico parece gustarle, pero también ha confesado que la presión de la espera se ha vuelto casi insoportable. Aun así, está con sus hombres, superiores y subordinados, a los que quiere y en los que confía así que, llegado el caso, sería más fácil morir a su lado.

Afectuosamente suyo.

 

V. A Sir Hugh Clifford

Capel House.
Enero 25, 1919.

Mi querido y viejo amigo,

No puedo postergar más la respuesta a su carta y prefiero dictarla antes que esperar a poder sentarme y escribir. He sido víctima de la gota durante varios días y el estado de las cosas no ayuda en absoluto con la recuperación. Cierto, la guerra ha terminado; nunca dudé del éxito de nuestras armas. El futuro, sin embargo, es lo suficientemente oscuro como para no poder evitar sentir descontento y ansiedad. Será algo más instintivo que racional, pero aún así no se puede negar que existe un mal presagio en el ambiente en que la paz y los problemas de la reconstrucción están siendo abordados. La intervención de Estados Unidos fue de gran suerte para los poderes del Occidente, pero la suerte es algo que también se tiene que pagar. La ayuda llegó tarde, cierto, pero el precio tendrá que ser pagado por completo.

Por supuesto, mis preocupaciones están con Inglaterra, que absorbe todas mis afecciones y pensamientos. Observo todos los problemas e incertidumbres del día exclusivamente desde ese punto de vista. En lo que a Polonia se refiere, nunca me he hecho ilusiones, y debo admitir con justicia que los polacos tampoco las albergan. La cuestión polaca ha sido enterrada durante tanto tiempo que su importancia política aún no es claramente entendida. En esta guerra no ha sido de importancia relevante. Si las alianzas se hubieran fraguado de otra forma, los poderes de Occidente hubieran entregado Polonia al cerdo amaestrado alemán con el mismo ápice de remordimiento con que estaban dispuestos a entregarla al sarnoso perro ruso. Para mí es un gran alivio pensar que ninguna vida se haya perdido en ninguno de los frentes a costa de Polonia. El peso de esa obligación hubiera sido demasiado y, ciertamente, es preferible morir que vivir bajo el peso de la bancarrota moral, que hubiera durado muchos años. La única justificación para el restablecimiento de Polonia es la necesidad política, pero eso nunca se ha visto con claridad salvo por alguna que otra mente superior de Francia e Inglaterra. Nunca se hará nada serio o efectivo. Polonia tendrá que pagar el precio de un compromiso atroz, como podrá ver usted. Después de perder la razón, el sarnoso perro ruso está invitado a sentarse en la mesa de negociaciones ¡por iniciativa británica! El asunto es inconcebible, pero ahí está. Uno se pregunta si se trata de idealismo, estupidez o hipocresía. Desconozco quiénes son los individuos responsables, pero espero que terminen mordiéndolos. Toda esta irrisoria transacción de conciliar lo que no es sino un mero crimen por miedo a alguna oscura represalia política me enferma. En una competencia no hay cabida para la reconciliación. La parte atacada no puede salvarse arrojando por la borda la honestidad, la dignidad y la convicción. Es un tema de vida o muerte, y si algo puede salvar la situación es el coraje despiadado. E incluso así no estoy seguro. Sería mejor desafiar a un terremoto.

Usted y los suyos han estado continuamente en nuestros pensamientos. No le escribí antes, querido amigo, porque ¿qué le podía haber dicho? El viejo orden debía morir —y murió noblemente— y finalmente los muertos encontraron la paz. Son aquellos que quedaron vivos quienes probablemente tendrán que mendigar por sus almas con las fuerzas más materialistas y sin escrúpulos que hayan movido a la humanidad hasta ahora. Un destino humillante.

Boris sufrió ataques con gas y quedó traumatizado en octubre en el camino de Menin-Cambrai durante el avance del segundo ejército. Tras pasar varias semanas en un hospital francés, ahora estará de licencia con nosotros durante un mes. La pobre Jessie posiblemente tenga que pasar por otra operación. La voy a llevar a Londres la primera semana de febrero y no sé hasta cuándo tendremos que estar ahí. Nadie sabe qué pasará y francamente estoy tratando de no pensar en ello. John está en un instituto. Ambos son grandes hijos, ¡pero los miro y no puedo dejar de preguntarme cómo terminarán! Existe una terrible sensación de irrealidad alrededor de la susodicha Liga de las Naciones, de la llamada reconstrucción, de la producción de materias primas y de los acuerdos industriales, mientras que Fisher parlotea solemnemente sobre cómo la educación y las juntas de reconciliación están siendo establecidas para unir los corazones, siendo que la mera conciliación de intereses es imposible a todas luces. Es como si la gente estuviera pisando una cancha de tenis cuyo piso se estuviera moviendo desde el principio. Me pregunto a quién pueden engañar con todas estas ceremonias. Resulta verdaderamente cómico, pero bien sabe usted que en los asuntos humanos lo trágico y lo cómico se atropellan a cada paso.

Debe perdonar esta carta mecanografiada. Me cuesta mucho trabajo escribir. Gracias por su libro verde, que he leído con el mayor interés.5 Entiendo su decepción en torno a la construcción del puerto. Me imagino que debe ser una de las costas más imposibles del mundo para emprender una empresa de esa naturaleza.

Espero poderlo ver en vacaciones. Dejaremos la casa en marzo, pero aún no encontramos otro lugar.

Por favor salúdeme a Lady Clifford. Mis felicitaciones por el éxito de War Workers. Su talento está lleno de carisma y promesa. Aún no he visto el libro más reciente. No he leído nada últimamente; de hecho no he leído nada importante en los últimos tres años.

Jessie me suplica que les mande sus más afectuosos saludos.

Agradecido por su indulgente y constante amistad.

 

Joseph Conrad

Narrador y ensayista. Entre sus obras se encuentran: Azar, Los duelistas, El corazón de las tinieblas y El espejo del mar.

Traducción de César Blanco.


1 Conrad se refiere a los capítulos VIII al XII que escribió entre febrero de 1891 y el 22 de mayo de 1894.

2 Acababa de terminarlo el 14 de septiembre.

3 Hombre de letras de origen belga que escribió el primer ensayo en francés sobre la obra de Conrad en 1911.

4 En realidad, Conrad tenía casi veinte años cuando empezó a aprender inglés; y pasó más de tres años en el Mediterráneo.

5 El libro era una publicación oficial sobre la colonia de África del Oeste, de la cual Sir Hugh Clifford era gobernador en ese entonces.