A Gabriela, Javier y Matilde

“Joseph Conrad no sermonea, pero, al leer sus historias, se entiende y se siente qué significa vivir con lealtad o con mentiras, con coraje o con miedo, con el buen combate o con la deserción.”
—Claudio Magris, en Alfabetos, ensayos de literatura.

A pesar de ser el mejor novelista inglés de fines del siglo XIX y principios del XX, Joseph Conrad (1857-1924) es, hasta donde alcanzo a ver, un autor poco leído en la actualidad. Esto a pesar de que en la historia de la literatura los tres lustros que corren entre 1897 y 1912 son difícilmente igualables en términos de calidad si de lo que hablamos es de la producción de un solo autor. Empezando con su novela El negro del Narciso (The Nigger of the Narcissus), esta lista incluye El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness), Juventud (Youth), Lord Jim, Tifón (Typhoon), Nostromo, El agente secreto (The Secret Agent), El confidente secreto (The Secret Sharer), Una crónica personal (A Personal Record) y Bajo la mirada de Occidente (Under Western Eyes). He mezclado aquí novelas, novelas cortas (género conocido como novella), cuentos y relatos autobiográficos; en todo caso sorprende que un solo autor haya escrito tal cantidad de obras de primer nivel en tan poco tiempo (incluyendo cuatro obras maestras: El corazón de las tinieblas, Lord Jim, Nostromo y El agente secreto).1 Ahora bien, esta es una mirada retrospectiva, pues durante buena parte de su vida Conrad no gozó de la reputación literaria de la que goza en nuestros días. En cuanto a “popularidad”, no fue sino hasta 1914, hace justamente un siglo, que empezó a tener éxito comercial con su novela Azar (Chance). Cabe aclarar que pese a esta falta de éxito en librerías, para cuando se inicia la Primera Guerra Mundial los críticos ingleses tendían a coincidir en que, entre sus contemporáneos, solamente la obra de Thomas Hardy podía compararse con la de Conrad. A este respecto cabe mencionar que a raíz de las feroces críticas que recibió por su novela Jude el Obscuro, publicada en 1895, Hardy decidió dejar de publicar ficción y dedicarse por entero a la poesía. En otras palabras, el inicio de la carrera literaria de Conrad, que comienza con la novela La locura de Almayer (Almayer’s Folly), publicada también en 1895, coincide exactamente con el final de la trayectoria del único novelista inglés que, por decirlo así, podía hacerle sombra.2

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Comienzo con lo que podría considerarse casi una perogrullada: Conrad es un autor que hay que leer con atención. Dicho de otro modo y para evitar malentendidos: Conrad es un autor de historias que, en sus palabras, siempre giran sobre un “pivote moral”. Este pivote le da su sentido, su tempo y su intensidad a las narraciones de Conrad. Es por ello que debemos estar atentos a las sutiles claves y a los tenues matices que lo conforman. Por supuesto, en buena lógica con lo que acabo de decir, sólo al final de la lectura de cada una de sus obras es que esas claves resultarán tales (en toda su extensión al menos). Lo anterior aplica no sólo a los títulos mencionados al inicio de este ensayo, sino también a muchas otras obras, que si pueden no impactar al lector con la misma fuerza, seguramente dejarán alguna huella. Pienso, por ejemplo, en novelas como Azar o Victoria (Victory); en una novella como Con la soga al cuello (The End of the Tether); en un cuento largo como “El duelo” (“The Duel”); en cuentos como “Una avanzada del progreso” (“An Outpost of Progress”), “Amy Foster”, “Falk”, “El príncipe Román” (“Prince Roman”) o “El alma del guerrero” (“The Warrior’s Soul”); en un texto autobiográfico de gran lirismo como El espejo y el mar; en esa combinación de autobiografía y ficción que es La línea de sombra (The Shadow Line) y, por último, en los artículos dedicados al hundimiento del Titanic, incluidos en Notas de vida y letras (Notes on Life and Letters).3

En todas las narraciones de Conrad se cumple eso que, según Morton Dauwen Zabel, es la gran contribución conradiana a la literatura moderna: “su imposición de los procesos y estructuras de la experiencia moral (particularmente la experiencia del reconocimiento) en la forma de la trama”.4 Ahora bien, la modernidad literaria de Conrad se basa también en ese aparentemente inofensivo artilugio del personaje que es, al mismo tiempo, el segundo narrador, el cual proporciona un enorme juego expositivo y permite una amplísima gama de opciones de escritura, tanto formales como no formales. Su máximo representante de este recurso es Charles Marlow, quien aparece no sólo en El corazón de las tinieblas, sino en otras tres narraciones que forman parte de lo mejor de su obra: “Juventud”, Lord Jim y, en menor medida, Azar.

Creo que uno de los motivos por los cuales Conrad es un autor poco leído es la extendida noción de que sus historias son historias del mar, de barcos de vela para mayor exactitud (y para incrementar aún más la distancia con respecto a nuestros días). Otro motivo sería su conservadurismo, el cual, como veremos, tiene algunos vínculos con el punto anterior. Por otra parte, aunque aquellos que hayan leído El corazón de la tinieblas puedan sorprenderse, desde hace algunas décadas a Conrad se le ha tachado de ser un escritor imperialista (cargo al que se añade en ocasiones el de misógino).5 Por último, en parte como consecuencia de que El corazón de las tinieblas es el único título de Conrad que mucha gente conoce o ha leído, se le considera con frecuencia un autor “pesimista”. ¿Qué decir respecto a todas estas cuestiones?

En cuanto al mar, el propio Conrad lo dijo de muy diversas maneras: él nunca se consideró a sí mismo un “escritor del mar”. El mar fue, casi siempre, un trasfondo para poner de manifiesto lo que a él realmente le interesaba y que en una carta denominó “el valor ideal de las cosas, de los eventos y de las personas”. Y añade casi enseguida en esa misma misiva: “…en realidad son los valores ideales de los hechos y los gestos humanos los que se impusieron a mi actividad artística. Cualesquiera dotes dramáticos y narrativos que yo pueda poseer, siempre los he utilizado, instintivamente, con ese objetivo —alcanzar o poner de manifiesto les valeurs idéales”.6 En otras palabras, para Conrad las impresiones estéticas que podía y debía producir la lectura de un relato eran, sobre todo, impresiones que se derivaban de una visión moral (no moralista) del hombre y su circunstancia. Él nunca se consideró un autor de aventuras del mar; de hecho, al final de su vida afirmó, entre molesto y cansado, que apenas la décima parte de su obra era “what may be called sea stuff”.7 No se trata, por supuesto, de disminuir la importancia del mar en su vida y en su obra, lo que no tendría sentido alguno, pero me parece que el mar en sí significaba para él menos de lo que muchos han planteado. Lo que le importaba sobre todo era el hombre “puesto a prueba”, el hombre reconociéndose a sí mismo y reconociendo a sus semejantes. De esto surge todo un mundo simbólico-valorativo cuyo principal eje de rotación es la confrontación del hombre consigo mismo (con el mar, eso sí, como un peculiarísimo trasfondo).

Conrad fue un marino durante 20 años de su vida, entre los 17 y los 37 años, y es evidente que este hecho lo marcó para el resto de su existencia y le proporcionó un arsenal inagotable de escenarios, situaciones y personajes. Otro gran escritor, el estadunidense Francis Scott Fitzgerald, autor de El gran Gatsby, vio esto con claridad: “Muchos autores, Conrad por ejemplo, se han visto beneficiados por haber crecido en un métier [oficio] que no tenía relación alguna con la literatura. Esto proporciona un material abundante y, más importante, una actitud desde la cual mirar al mundo. Gran parte de la escritura contemporánea sufre de la ausencia de una actitud y de la absoluta carencia de todo material, salvo el que se acumula en la vida puramente social. El mundo, en términos generales, no vive en las playas y en los clubes de alta sociedad”.8

¿Por qué Conrad se sentía tan atraído por la vida del mar? Una vida que sólo decidió abandonar definitivamente cuando se dio cuenta, con la publicación de El negro del Narciso en 1897, que la pasión marinera había sido sustituida por la pasión literaria. De hecho, esta novela es quizás el mayor tributo que Conrad rindió a los hombres del mar. Éste le proporcionó muchas cosas que fueron fundamentales para él durante toda su vida. Comienzo por la soledad y el silencio (esas “inestimables ventajas” como escribió en el primer capítulo de Azar), pero también la posibilidad de la reflexión sin perturbaciones por espacios prolongados de tiempo. Estas son ventajas que el hombre contemporáneo difícilmente puede valorar (menos aún los jóvenes), pero que, como el propio Conrad lo expresó de mil maneras distintas en su obra de ficción, para él tuvieron un valor inconmensurable. Las razones detrás de la enorme valía del silencio eran no sólo la reflexión y la introspección que normalmente lo acompañaban, sino también que desde niño Conrad había sido un lector voraz y el mar le permitió seguir cultivando ese hábito.9 No olvidemos, por lo demás, que Conrad siempre vinculó estrechamente la parquedad en las palabras con la sinceridad y que, como lo expresó en “Freya, la de las Siete Islas”, ciertos silencios “son los únicos que establecen, entre las criaturas dotadas de habla, una compenetración perfecta”. Las palabras, escribió en Bajo la mirada de Occidente, son “las grandes enemigas de la realidad” (expresión que, proviniendo de un escritor, no puede dejar de sorprendernos). En esta misma línea, no es ninguna casualidad que varios de sus “héroes”, si es que podemos hablar de tales en la obra de Conrad, sean notablemente parcos.10

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El mar, o más propiamente los barcos y más concretamente aún la tripulación de cualquiera de ellos, también le dio a Conrad una sensación de camaradería que ni su infancia ni su primera juventud le habían proporcionado; una camaradería que, era, en cierto sentido, la más fraternal de todas. Asimismo, el mar, los barcos y sus tripulaciones significaron para Conrad un ideal de conducta que determinaba (o debía determinar) la actividad más importante del hombre: su trabajo. (“El hombre es un trabajador. Si no es eso, no es nada”).11 Para Conrad el trabajo significaba también la conciencia de un destino común, la fidelidad a una práctica realizada correctamente, el sentido de una conducta que él denominó “honor” en repetidas ocasiones, la dignidad personal (en la medida en que estaba ligada a la dignidad del trabajo que cada quien desempeña) y, por último, el cumplimiento de una vocación. Por ella tuvo que luchar contra viento y marea, pues una carrera en la marina mercante no era lo que se esperaba de un noble polaco cuya familia se había distinguido por su valiente, y finalmente trágica, oposición al autoritarismo ruso.

En relación con el amor de Conrad por los barcos conviene no perder de vista que para él los barcos son, básicamente, sus tripulaciones. En El negro del Narciso uno de sus protagonistas, Singleton, afirma: “Los barcos son eso, los hombres que van en ellos”. Hombres unidos por la “fraternidad del mar” (expresión que utilizó más de una vez); quizás la mayor de las fraternidades si pensamos que la vida de todos y cada uno de los miembros de una tripulación depende de que los demás hagan su trabajo como es debido. Justamente porque el mar es altivo, caprichoso y en última instancia todopoderoso es que los hombres de toda tripulación tienen que ser fraternales, es decir, fieles a sí mismos y a los demás. En suma, los barcos y sus tripulaciones representan y encapsulan la vida misma: “The ship, this ship, our ship, the ship we serve, is the moral symbol of our life”.12 Conrad siempre contrapuso la vida en el mar con la vida en tierra; siempre en detrimento de la vida terrestre. Desde su punto de vista, ésta carecía de reglas, de exigencias y de autoexigencias, además de revelar con frecuencia un carácter fatuo; la novela Azar, por cierto, está llena de referencias y alusiones a esta contraposición.

En el prefacio que redactó en 1919 para Una crónica personal, un breve escrito autobiográfico que no tiene desperdicio para conocer algunas de las directrices vitales de Conrad, éste escribe: “Los que me leen conocen mi convicción de que el mundo, el mundo temporal, se basa en unas pocas ideas muy simples, tan simples que deben ser tan viejas como las montañas. Sobre todo se basa, entre otras, en la idea de Fidelidad”.13 En este sentido no hay solución de continuidad entre la vida marinera de Conrad y su vida literaria. La marina mercante británica (“mi único hogar por una larga sucesión de años”) se transformó a partir de 1896 en los distintos hogares que él, su esposa Jessie y más adelante sus dos hijos (Boris y John) ocuparon en la campiña inglesa durante los casi 30 años que vivieron juntos; es decir, hasta la muerte de Conrad en 1924. En sus propias palabras: “Me atrevo a decir que ahora estoy obligado, inconscientemente obligado, a escribir volumen tras volumen, como en el pasado estuve obligado a ir de viaje marítimo en viaje marítimo”.14 Para Conrad, el entrenamiento marino que recibió en los barcos ingleses lo preparó para el buen servicio (good service) en alta mar; ese servicio serio, constante y dedicado que garantizaba que cualquier barco mantuviera el curso correcto y llegara con bien a su destino. Del mismo modo, mantuvo hasta el final de sus días una cierta idea de lo que era el “buen servicio” en la literatura.

Para él, toda obra que aspirara a la condición de arte, debía llevar su justificación en cada línea. En el célebre prefacio de El negro del Narciso, Conrad afirma que el escritor habla a la capacidad humana de deleite y asombro, al sentido de misterio que rodea toda vida humana, a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y del dolor. Y, en relación con algo ya señalado, el artista habla también —desde la perspectiva de Conrad— al sentimiento latente de fraternidad con toda la creación, a la sutil pero invencible convicción de solidaridad que entrelaza (knits together) la soledad de incontables corazones, a una solidaridad en sueños, alegrías, penas, aspiraciones, ilusiones, esperanzas y miedos, “que une a los hombres unos con otros, que reúne a toda la humanidad —los muertos con los vivos y los vivos con los que no han nacido”.15 Para Conrad no existe un solo rincón en este mundo que no merezca, cuando menos, una mirada fugaz de asombro y piedad. De aquí, en parte al menos, lo que él pretende hacer con su prosa: “Mi tarea, la que trato de lograr mediante el poder de la letra escrita, es hacer que ustedes puedan oír, que puedan sentir —es, antes que todo, que puedan ver. Esto —no otra cosa, y esto lo es todo”.16

Este esfuerzo, sin embargo, fue mucho más demandante y cuesta arriba de lo que algunos podrían inferir. Me refiero así a una cuestión que no puede pasar inadvertida en cualquier intento por proporcionar una visión panorámica de la vida y obra de Conrad: el enorme sacrificio que representó la redacción de su obra. Ese objetivo que se planteó al escribir, “crear almas y develar corazones humanos”, tal como lo refiere en la carta a Edward Noble incluida en este dosier, fue un camino que estuvo lleno de penalidades y de no pocos obstáculos. No olvidemos, por lo demás, que el inglés era la tercera lengua de Conrad, con la que tuvo contacto hasta que tuvo 20 años; aunque no hay que exagerar esta cuestión, pues como lo revela la correspondencia con Joseph de Smet y a Hugh Walpole (también incluida en este dosier), él sintió respecto a la lengua inglesa lo que podríamos denominar una afinidad electiva. En todo caso, desde su primera novela (La locura de Almayer), hasta la redacción de su última novela (Suspenso), que no terminó y publicada póstumamente en 1925, Conrad sufrió emocional y físicamente la redacción de buena parte de sus escritos, hasta niveles hoy difícilmente concebibles. A este respecto conviene señalar que desde su paso por África en 1890 hasta su muerte, sufrió severos ataques de gota, que le impedían hacer nada que no fuera estar postrado en cama durante semanas, en ocasiones meses, y que se agudizaban cuando estaba inmerso en la redacción de alguna novela. A este respecto, es casi imposible dar una idea cabal de lo que el proceso creativo significó para Conrad y de su carácter agónico sin haber leído su correspondencia. Desafortunadamente, ésta no ha sido traducida al español. En todo caso, el proceso mencionado estuvo tan lleno de adversidades que un crítico literario ha planteado que ningún otro novelista vivió condiciones tan duras para lograr transmitir su arte.17

En cuanto al conservadurismo de Conrad, cabe plantear que era una postura política “esperable” de un aristócrata polaco que había perdido a sus progenitores a corta edad por motivos políticos revolucionarios y que, más adelante, la jerarquización y el orden que tienen que prevalecer en todo barco concordaron, por decirlo así, con su sensibilidad. Desde muy temprano en su vida consideró a Inglaterra un bastión que resistía los embates del “revolucionarismo” continental y un dique frente a una “fraternidad política” que le parecía pura propaganda, que desde su punto de vista no solucionaría ningún mal y que, encima, debilitaba el sentimiento nacional. Por lo demás, siempre desconfió profundamente de todo intento radical de transformación política o social, pues la redención del hombre por la vía sociopolítica le parecía un sinsentido. De aquí su escepticismo respecto a casi todos los “ismos” políticos de su tiempo; empezando con el anarquismo, pero incluyendo al socialismo, al comunismo y al liberalismo. En términos de ficción, el primero fue objeto de dos grandes novelas (El agente secreto y Bajo la mirada de Occidente) y de dos cuentos que son interesantes en más de un sentido (“El informante” y “El anarquista”). En las cuatro obras es perceptible una actitud llena de recelo por parte de Conrad respecto a cualquier intento por transformar drásticamente la realidad social y política, en gran medida por la manipulación de los seres humanos que, para él, estos intentos conllevaban indefectiblemente.

Conrad era muy crítico de lo que consideraba otra ingenuidad: la que depositaba el liberalismo en la libertad individual. Como buen conservador, se sintió siempre atraído por lazos comunitarios y por la reciprocidad que, desde su punto de vista, garantizaban la vida civilizada y la decencia (decency) que debía acompañarla. Sin embargo, quizás su mayor crítica al liberalismo surgía de la sociedad mercantilista e industrial que el liberalismo prohijaba y del tipo de valores que fomentaba; sobre este tema me parecen elocuentes los artículos que escribió con motivo del hundimiento del Titanic o diversos pasajes de novelas como Nostromo, El agente secreto, Bajo la mirada de Occidente y Azar, en donde la sociedad occidental sale, por decirlo benévolamente, mal parada (un aspecto que se pierde de vista en el caso de Bajo la mirada de Occidente porque se considera que el blanco de las críticas de Conrad era Rusia exclusivamente). Se puede decir que sus nociones, tan británicas por cierto, sobre una cierta solidaridad social, sobre el honor y la decencia representan una época que vivía sus últimos momentos al inicio del siglo XX y que la Gran Guerra haría saltar en pedazos, dando paso a una serie de actitudes y de conductas sociales que a él le parecían una combinación de egoísmo, afectación y fatuidad.18

En las críticas al “imperialismo” de Conrad, el ahistoricismo de las mismas me parece evidente. No debe olvidarse que El corazón de las tinieblas fue redactado en el siglo XIX (aunque fueran sus postrimerías); ¿puede entonces ser considerado un escrito “imperialista”?19 A mí ese relato me sigue pareciendo una de las más devastadoras denuncias jamás escritas en contra del imperialismo europeo; amén de ser una de las cumbres de la literatura universal. Ahora bien, el presente ensayo, además de haber sido concebido como una invitación y un acicate para que los lectores se acerquen a Conrad, es también un intento para que El corazón de las tinieblas deje de ser utilizada como una especie de llave maestra para acceder a la monumental obra de este autor. Esto tiene que ver no solamente con el hecho, ya señalado, de que El corazón de las tinieblas representa una ínfima parte de su obra, sino también con que el sambenito de “pesimista” que se le cuelga a menudo a Conrad se desprende en buena medida de la naturaleza de este relato.20

Antes de leer uno solo de sus escritos, yo había leído y escuchado en más de una ocasión que Conrad era un autor “pesimista”. En general, este término siempre me ha resultado descriptivamente torpe, no sólo porque a menudo no sé bien a bien lo que la persona que lo emplea quiere decir, sino también porque aplicado a otros autores que conocía bien antes de leer a Conrad (Miguel de Unamuno y Albert Camus) siempre me pareció un adjetivo fuera de lugar. En el caso específico de Conrad, creo que su incontrovertible pesimismo cósmico, así como su pesimismo respecto a cualquier intento de transformación radical del ser humano, son indiscutibles. Todo este pesimismo, sin embargo, no tiene, en mi opinión, un equivalente con el pesimismo entendido de un modo más “real” o, si se quiere, más vital, más cotidiano: como la propensión del ser humano a ver y juzgar, aquí y ahora, a sus semejantes y a las cosas en su aspecto más desfavorable, más negativo.

No se trata, pues, de negar el pesimismo de Conrad (intento vano donde los haya), pero conviene complementarlo y atemperarlo con no pocas manifestaciones, tanto en sus escritos de ficción como de no ficción, a las cuales, no se ha prestado suficiente atención. Entre los primeros, pienso en historias como Tifón, “El confidente secreto”, “Falk”, “El duelo” o incluso Azar. En relatos que distan de los anteriores en cuanto a no tener un desenlace relativamente feliz, como es el caso de Con la soga al cuello, con frecuencia Conrad pone en boca de sus personajes (en este caso Henry Whalley, otro héroe conradiano, protagonista de esta novella) expresiones que él seguramente compartía y que casan mal con su traído y llevado “pesimismo”: “El capitán Whalley creía que en todo hombre había una disposición para el bien, aun cuando el mundo no fuera, en su totalidad, un lugar demasiado feliz. Tenía menos confianza en la sabiduría de los hombres que en su inclinación a la bondad”.21 Las manifestaciones antedichas se pueden encontrar con relativa facilidad en narraciones autobiográficas como “Juventud” o La línea de sombra (la obra maestra de los últimos años de la vida de Conrad); lo mismo puedo decir de Una crónica personal. En cuanto a sus ensayos, en donde cabría esperar que ese pesimismo se hiciera más evidente, la serie de artículos dedicados al hundimiento del Titanic me parecen reveladores. Es ahí donde, por ejemplo, Conrad escribe: “Sí, los materiales pueden fallarnos, y los hombres pueden, también, fallarnos a veces; pero ocurre con mayor frecuencia que los hombres cuando se les da la oportunidad, pueden probarse a sí mismos más seguros que el acero, ese acero delgado y maravilloso del cual están hechos los costados y mamparas de nuestros modernos leviatanes marinos”. O, un poco más adelante, deja caer oraciones como estas: “En casos extremos, incluso en el peor de los casos, la mayor parte de la gente, incluyendo a la gente común, se comportará decentemente. Éste es un hecho que al parecer sólo ignoran los periodistas”.22

Insisto: Conrad no era ningún “optimista”; nunca lo fue. Sin embargo, me parece que la persistencia de algunos en presentarlo como un autor eminentemente pesimista puede hacernos perder de vista nociones como la fidelidad, la solidaridad y la dignidad, que son cruciales para entender su obra y que, con variaciones en el tono y la intensidad, recorren casi todos sus escritos.23 La persistencia mencionada tiende a pasar de largo sobre ese afán, tan conradiano, de estar siempre a la altura “de esa noción ideal de la propia personalidad que cada cual se atribuye secretamente a sí mismo”, tal como lo expresa el capitán-narrador al inicio de “El confidente secreto”, que, dicho sea de paso, quizás sea el mejor cuento corto de Conrad. Creo también que darle un peso excesivo a su pesimismo, como hacen legos y expertos por igual, pone entre paréntesis algunos de los elementos esenciales de la trama de sus mejores historias, así como la sutileza y complejidad de la urdimbre moral que caracteriza sus mejores escritos. Más aún, me parece que dicha persistencia traiciona, en mayor o menor medida, algo que constituye, desde mi punto de vista, un aspecto fundamental del legado vital y literario de Joseph Conrad: su exigente, complejo y profundo amor por la vida.

A mediados de 1920, cuando contaba con 63 años, Conrad recibió un telegrama en el que se le preguntaba si su último libro (El Rescate, también traducido al castellano como Salvamento) tenía algún mensaje para los jóvenes. A Conrad le pareció una pregunta muy tonta, especialmente porque se le planteaba “a un hombre como yo que jamás ha ondeado ningún tipo de ‘mensaje’ al resto del mundo”. Evidentemente molesto, Conrad escribió en una carta a su amigo Hugh Dent que estuvo tentado a responder que todo dependía de si el joven en cuestión era un tarugo o no, pero que finalmente decidió enviar una respuesta mucho más amable: “en un trabajo exclusivamente artístico, en su objetivo de apelar a emociones, debe de haber algo para todos aquellos, jóvenes o viejos, que sean de algún modo susceptibles a las impresiones estéticas”.24

 

Puede ser que los lectores de Conrad no sean tan escasos como he sugerido en este ensayo; imposible saberlo. En cualquier caso, creo que, más allá de su conservadurismo político, algunos temas conradianos siguen siendo de una notable actualidad. Pienso, por supuesto, en lo que nos dice o sugiere sobre el imperialismo y la supuesta superioridad de Occidente un relato tan polifacético como El corazón de las tinieblas, pero pienso también en lo que Nostromo nos transmite sobre el “progreso” y sobre la corrupción de los ideales (individuales y políticos), en lo que El agente secreto nos plantea sobre el terrorismo y especialmente sobre las “lógicas” que lo subyacen y, para no extenderme más, en lo que Bajo la mirada de Occidente nos dice acerca del abuso de la palabra, la limitada capacidad de los occidentales para entender a los “otros” (los rusos en este caso) y los peligros deshumanizadores de toda utopía social. Creo, en suma, que Conrad y su vena introspectiva nos interpelan de diversas maneras en estos tiempos de globalización y de hipercomunicación. Más importante aún, sin embargo, es que, mediante una serie de artificios narrativos (muy avanzados para su época), de una prosa inconfundible y de personajes tan cautivadores como Lord Jim, Joseph Conrad es capaz de apelar a nuestras debilidades, a nuestros ideales y a nuestras incertidumbres de un modo particularmente original y, en mi opinión, tremendamente profundo.

 

Roberto Breña

Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 En las letras inglesas creo que el único caso comparable son las novelas que Dickens escribió durante los 12 años que van de 1849 a 1861; entre ellas, David Copperfield, Tiempos difíciles, Un cuento de dos ciudades y Grandes esperanzas.

2 Además de Jude, basta haber leído Lejos del mundanal ruido y Tess de los D’Uberville para darse una idea de lo que perdía la literatura con la decisión que tomó su autor en 1895. Hardy, que había nacido en 1840, moriría hasta 1928. Para entonces Virginia Woolf y James Joyce habían transformado radicalmente el paisaje de la novelística británica.

3 Estos artículos fueron reunidos y traducidos por Pablo Soler Frost en una edición que, desafortunadamente, ya es difícil conseguir: Acerca de la pérdida del Titanic, Libros del Umbral, México, 1998. Este libro es una selección de artículos extraídos de Notes on Life and Letters; hay versión en español: Notas de vida y letras, Ediciones Parsifal, Barcelona, 1996 (traducción de Carlos Sánchez-Rodrigo).

4 Morton Dauwen Zabel (ed.), The Portable Conrad, Penguin Books, Nueva York, 1976, p. 26. Permítanme los lectores un detalle autobiográfico que es al mismo tiempo un agradecimiento (pues la introducción de Dauwen Zabel es muy buena): esta antología de Conrad fue un regalo que Jerónimo Pastor y otros alumnos del CIDE me hicieron hace tiempo (en 2001 para ser exactos), al finalizar un curso en el que habíamos leído El corazón de las tinieblas. Me gustaría pensar que algún interés por Conrad y por su obra logré sembrar en algunos de ellos.

5 Con Conrad sucede algo similar a lo que acontece con Albert Camus y las 150 páginas de El extranjero. En este caso, aunque las obras completas del primero cuentan con más de nueve mil 800 páginas, en la cabeza de mucha gente Joseph Conrad se reduce a las 120 páginas de El corazón de las tinieblas.

6 Carta a Sidney Colvin, en Joseph Conrad (Life and Letters) de Gérard Jean-Aubry (Doubleday, Nueva York, Page and Co., 1927; 2 vols.), p. 185 (vol. II), en francés en el original.

7 Carta a Richard Curle, en ibíd., p. 316.

8 The Portable Conrad, op. cit., pp. 39-40.

9 “No sé qué hubiera sido de mí sin mi afición infantil a la lectura”. Citado en la semblanza biográfica “Joseph Conrad: homo duplex” de Jules Cashford, incluida al final de El copartícipe secreto, Atalanta, Girona, 2005, p. 80.

10 El caso más conspicuo quizás es el del capitán MacWhirr, protagonista de Tifón; sobre esta novella, véase el texto de Ariel Rodríguez Kuri en este dosier.

11 A Personal Record and The Mirror and the Sea, Penguin Books, Londres, 1998, p. 190. Un poco más adelante, Conrad cita a Leonardo da Vinci: “El trabajo es la ley. Como el hierro que se mantiene ocioso degenera en una masa de herrumbre, como el agua en un charco se estanca y corrompe, asimismo sin acción el espíritu del hombre se convierte en una cosa muerta, pierde su fuerza y deja de impulsarnos a dejar algún rastro de nosotros en esta tierra”. Ibíd., p. 194.

12 “El barco, este barco, nuestro barco, el barco al que servimos, es el símbolo moral de nuestra vida”. Notes on Life and Letters, J. M. Dent & Sons Ltd., Londres, 1970, p. 188.

13 A Personal Record, op. cit., p. 17 (la mayúscula es del original). El otro texto explícitamente autobiográfico de Conrad es El espejo y el mar. Este escrito contiene la que tal vez sea la despedida más sentida que se haya escrito jamás a los barcos de vela; al respecto, cabe añadir que para Conrad los barcos de vapor significaron una especie de decadencia de la vida marítima, así como la vida en la tierra representaba una especie de decadencia respecto a la vida en el mar. Existen versiones en español de ambos textos.

14 Ibíd., p. 31.

15 The Portable Conrad, op. cit., p. 706.

16 Del prefacio de The Nigger of the Narcissus, en ibíd., p. 708 (las cursivas son del original).

17 Introducción de Morton Dauwen Zabel, ibíd., p. 47.

18 Sobre su manera de ver el escenario europeo al final de la guerra, véase la carta a Hugh Clifford incluida en este dosier. Sobre la Gran Guerra y algunos de sus vínculos con la obra de Conrad, véase el texto de Rodrigo Negrete.

19 Mutatis mutandis, lo mismo podría decirse sobre la misoginia de Conrad. Es una obviedad que los protagonistas de Conrad son en su inmensa mayoría hombres y que su interés por la psique femenina es más bien limitado. Ahora bien, existen excepciones notables, como Emilia Gould en Nostromo, Winnie Verloc en El agente secreto y, por supuesto, Flora de Barral, la protagonista de Azar (una novela que si bien contiene algunos pasajes despectivos respecto a la mujer, contiene otros que revelan una inclinación que puede considerarse casi opuesta). Para terminar con este tema, cabe apuntar que en su vida familiar el esposo y padre Joseph Conrad fue un típico representante de la típica familia victoriana.

20 No me extiendo en El corazón de la tinieblas por la primera de estas razones, pero también porque en su contribución a este dosier, David Miklos se ocupa de este relato y de la celebérrima película que inspiró: Apocalypse Now.

21 Con la soga al cuello, Austral, Madrid, 2007, pp. 169-170; cabe apuntar que a este extenso relato a veces se le traduce como El cabo de la cuerda o, en una edición relativamente reciente, como Situación límite.

22 Acerca de la pérdida del Titanic, op. cit., pp. 26 y 48.

23 En cuanto a la solidaridad, la primera biógrafa moderna de Conrad, Jocelyn Baines, se expresa del siguiente modo: “No es aventurado afirmar que Conrad ha presentado de manera más dramática y profunda que cualquier otro artista el angustioso conflicto entre el innato aislamiento del hombre y su anhelo por la solidaridad humana”. Joseph Conrad (A Critical Biography), Penguin Books, Harmondsworth, 1971, p. 530 (la edición original de este libro es de 1960). La conclusión de Baines, con la que es difícil no estar de acuerdo, es que si bien la obra de Conrad es un logro en términos de afirmación del carácter indomable del espíritu humano, no ofrece consuelo alguno.

24 Joseph Conrad (Life and Letters) de Jean-Aubry, op. cit. p. 242 (vol. II).

 

2 comentarios en “¿Por qué Conrad?

  1. Excelente reseña de la obra de Conrad y sus matices. Lo confieso, El Corazón…, es la única obra q he leído de Conrad, pero me parece monumental por la denuncia del colonialismo europeo y por la complejidad de los personajes, en situaciones extremas.

  2. Conrad es un gran maestro del manejo de los espacios y de la construcción de los personajes. El Corazón de las tinieblas no es sólo una novela histórica sobre los abusos en el Congo, sino una representación del tiempo y el espacio en la travesía del mar.
    Muy mágico