Para discutir las familias

Una de las cosas más interesantes sobre el caso del albergue zamorano “La Gran Familia” es que la discusión ha trascendido las particularidades del caso y ha puesto sobre la mesa una serie de concepciones en disputa sobre asuntos tan importantes como el papel de los medios, el Estado y la caridad en este tipo de situaciones.

Hasta ahora menos discutidas, pero no menos importantes, son las nociones alrededor de la familia que subyacen a la institución misma—que no por nada juega en su propio nombre con una metáfora de parentesco—y a muchas de las defensas que se han hecho de la trayectoria de Rosa Verduzco. Las ideas que circulan alrededor de la familia no sólo tienen consecuencias para los que han tenido la mala fortuna de vivir sin una: son fundamentales en la creación e implementación de leyes y políticas públicas que afectan a la mayoría de la población. Sin escarbar más, a lo largo de lo que va de este año podemos ver que nociones específicas alrededor de lo que es o debería ser una familia han estado en el seno de al menos otros tres casos estridentes de nuestro debate público: la famosa declaración de la Secretaria de Desarrollo Social Rosario Robles en la que anunciaba quitarle apoyo a la familias de más de  tres hijos, porque “la familia pequeña vive mejor”; la campaña en favor de la lactancia del GDF, que bajo el slogan “no les des la espalda, dales pecho” culpaba a las madres por no amamantar a sus hijos; y la creación de la Comisión de la Familia y el Desarrollo Humano, cuya definición de la familia es únicamente aquella integrada “por un hombre y una mujer”, según declararon los senadores panistas José María Martínez y Jorge Luis Preciado.

Estos debates muestran que el concepto de “familia” y otros relacionados (la “niñez”, la “paternidad”, la “maternidad”, etcétera), están muy lejos de ser “naturales” o inmutables. Al igual que las nociones de “mujer” y “hombre”, están construidos socialmente y anclados a procesos históricos específicos.

En el caso particular de América Latina, desde la colonia hasta el siglo XX ha existido una brecha significativa entre un ideal de la familia —que en pocas palabras podemos describir como patriarcal, heterosexual, basado el matrimonio monógamo y enfocado hacia la reproducción legítima— definido y defendido por las élites, y las prácticas familiares de la población en general, pero sobre todo de las clases más bajas de la sociedad. Durante siglos, los patrones familiares entre estas clases han sido mucho más volátiles y flexibles de lo que cabía en la definición legal de familia: han proliferado, por ejemplo, las madres solteras, las mujeres jefas de familia, y las uniones libres. Más aun, varios historiadores de los siglos XIX y XX han mostrado cómo, por presiones laborales o falta de recursos, con frecuencia la crianza de los niños estaba a cargo de personas más allá del padre o la madre: la familia extendida, los padrinos y otras mujeres de la comunidad muchas veces se encargaban de niños ajenos cuando una madre, por ejemplo, migraba a la ciudad para trabajar como empleada doméstica (donde en la mayoría de los casos no estaba permitido llevar hijos), o cuando el estigma social no dejaba que una mujer criara a su hijo ilegítimo.

Los políticos, doctores, intelectuales, reformistas sociales y otros miembros de la élite, sin embargo, tendían a interpretar estas prácticas “anómalas” de crianza y circulación infantil como simple y llano abandono. Hacia finales del siglo XIX y principios del XX la ansiedad de las élites alrededor de estas prácticas familiares “anárquicas” aumentaba, culpándolas de males sociales como la mortalidad infantil, las deplorables condiciones de salubridad pública, la alienación social, el robo y otro tipo de crímenes. La familia representaba, en otras palabras, la calidad moral de la sociedad en general, de tal suerte que surgieron todo tipo de programas para “domesticar” a la familia plebeya.

Los orfanatos y las casas cunas proliferaron en América Latina durante la segunda mitad del siglo XIX precisamente como uno de los canales de “domesticación” de estas prácticas familiares. El objetivo era rescatar a los niños de la anarquía y criarlos para que como adultos pudieran, ahora sí, formar familias en forma. Pero lo más interesante del proceso de domesticación es la manera en la que estas instituciones interpretaban la situación familiar de los niños que acogían desde el prisma del ideal de familia definido por las élites, y totalmente divorciado de las prácticas comunes de la sociedad.

En un libro sobre la infancia en Chile durante 1850 y 1930, Nara Milanich muestra que a buena parte de los niños que llegaban a La Casa de Huérfanos en Santiago los llevaban las propias madres y padres cuando, en momentos de dificultad (pobreza extrema, migración o situación laboral) no podían cuidar de su prole. Pero lo hacían con la intención expresa de regresar por ellos cuando su situación mejorara. Es decir, en un país que se urbanizaba y abría nuevas posibilidades laborales para las mujeres (generalmente en alguna variante del trabajo doméstico) estas instituciones se volvieron una espacio más para la recurrida práctica de circulación infantil. Como esta práctica no estaba permitida (ingresar al orfanato implicaba perder la patria potestad) en muchas ocasiones las madres escondían entre las ropas de sus hijos fotos y cartas explicando su genealogía para que pudieran reencontrarse cuando crecieran. Buscando reafirmar el sentido de pertenencia a la familia, las madres también solían dejar petición escrita del nombre con el que querían que bautizaran a sus hijos. Probablemente bajo el criterio de que estas madres eran incapaces de criar a sus hijos, la institución ignoraba sistemáticamente estas peticiones. También de manera sistemática, cuando el niño en cuestión era un hijo ilegítimo los encargados borraban de su archivo la información del padre y lo clasificaban como huérfano, aunque el padre expresara su intención de mantener contacto con él. De esta manera, cuando la familia del niño no se ajustaba a los criterios (establecidos por la élite) de lo que debía ser una familia, la institución automáticamente traducía su situación como de abandono o orfandad, rompiendo de manera deliberada todo vínculo del pequeño con su familia y convirtiendo en huérfanos de facto a niños que no lo eran.

Ann Blum estudia un patrón similar para la Ciudad de México durante básicamente el mismo periodo, y muestra cómo la práctica de recuperación de hijos de la Casa de Niños Expósitos se volvió tan común, que durante un breve periodo se añadió a la categoría de “expósitos” la de “amparados”, en la que se permitía que los padres que no podían mantener a sus hijos los internaran durante el tiempo que necesitaran.

Estos ejemplos nos pueden ayudar a dilucidar algunas de las distintas posiciones que han surgido en la discusión pública, sobre todo respecto al caso de La Gran Familia, pero también al de la campaña a favor de la lactancia, al de Rosario Robles y su diatriba contra la decisión de las familias sobre cuántos hijos tener.

A medida que se ha ido desdoblando la historia de La Gran Familia, ha quedado cada vez más claro que la institución no sólo recogía a niños de la calle, huérfanos e “hijos de nadie” a los que Verduzco “dio nombre y apellido”, como dijo un defensor. Ella misma, entrevistada por León Krauze, acepta que actualmente los internos no son tanto huérfanos como niños con problemas familiares o de conducta. Aún así, Rosa Verduzco decidía “adoptarlos” por medio de un convenio ante notario (dejemos por un momento de lado la discusión sobre la validez legal de esta práctica) que, como ella misma acepta con desempacho, impedía que sus familiares pudieran reclamarlos en el futuro—aunque pudieran mejorar, hipotéticamente, los recursos de los padres para lidiar con sus hijos. La decisión de Verduzco de romper los vínculos familiares de los niños parece haber sido una decisión que tomaba de manera deliberada al interpretar y juzgar la situación familiar de los pequeños. ¿Cuál era el criterio que esta señora zamorana, nacida en la década de los treinta del siglo XX, usaba para llegar a esa conclusión? A juzgar por este testimonio de una de las mujeres que pasó por su casa, probablemente ese criterio estaba basado en una noción de familia restringida y tradicional. Y esta entrevista que hace León Krauze a la madre de una niña, hoy desaparecida, que fue a dar a La Gran Familia nos hace sospechar que el DIF tenía cierta complicidad en ese entendimiento de quién puede y quién no encargarse de un hijo.

Más aún, denuncias como las de Hugo Casillas, quien llegó a La Gran Familia después de que su madre lo encargó al DIF al trabajar doble turno y no tener con quien dejarlo, me hacen pensar que el de Rosa Verduzco y sus defensores puede ser un caso más de la dificultad histórica que han tenido las élites para entender las prácticas familiares y el recurso de la circularidad infantil de las clases bajas. En su defensa a Verduzco, Enrique Krauze asegura que La Gran Familia acogió a “bebés abandonados, niños malqueridos, maltratados, que viven en cloacas, entre un mundo de drogas, alcohol, golpes, necesidades extremas y atroces abusos”.  ¿Será este un caso más en el que desde la élite se interpretan prácticas familiares que no se conforman a un tipo ideal de familia como abandono o anarquía, concluyendo que por definición estos niños no pueden ejercer sus derechos dentro de sus familias? No se trata aquí de romantizar las formas de organización familiar plebeyas, sino de señalar el hecho de que tal vez ni siquiera hemos tratado de entenderlas.

Tal vez Enrique Krauze no se dio cuenta del flaco favor que le hizo cuando, intentado celebrar su labor, afirmó que “Rosa lleva los archivos de un Hospital infantil en la cabeza. Le basta una palabra del niño para adivinar la historia que lo arrojó a la calle”. De alguna manera lo que nos está diciendo es que Verduzco ya tenía una idea predeterminada de qué clases de personas podían sostener una familia y cuáles no, sin considerarlas caso por caso. Así, vale la pena preguntarse: ¿Cuáles serán las ideas sobre lo que es o debería ser una familia de quienes insisten en que Verduzco salvó a estos niños del anonimato o la miseria? ¿Desde dónde brota esa certeza irrebatible de que esos niños, incuestionablemente marginados, estarían peor sin Rosa Verduzco?

Finalmente, parece haber una distancia similar entre las prácticas y los ideales de familia en los otros casos mencionados. Como bien señaló Mauricio Merino, detrás de la declaración de que “la familia pequeña vive mejor”, la Secretaria Rosario Robles tenía la convicción de que los pobres no pueden tomar buenas decisiones familiares; no parece contemplar la posibilidad de que la práctica de tener muchos hijos pueda ser, de hecho, una elección “racional”. De manera similar, culpar a las mujeres por no querer amamantar a sus hijos supone una distancia abismal respecto a las dificultades que enfrentan las madres de manera cotidiana—y sobre todo las madres trabajadores de escasos recursos, que no pueden darse el lujo de quedarse en casa con sus hijos.

En la entrevista citada, Rosa Verduzco insiste en que existen dos mundos diferentes, el de los pobres, sus pobres a los que adopta con la intención de darles una familia y una vida mejores, y los ricos que comemos en Sanborns y no entendemos que haya gente que viva cotidianamente a base de latas y refrescos caducos. Y tiene razón en que nuestra posición de clase influye de manera decisiva en nuestra perspectiva sobre el problema. ¿Pero no será, más bien, que muchos de quienes están al frente de este tipo de instituciones y quienes se encargan de diseñar políticas públicas al respecto han concluido de manera sistemática que ciertas prácticas por definición excluyen a ciertas personas (generalmente pobres) de ejercer sus derechos familiares?

 

Sara Hidalgo es internacionalista por el Colegio de México y estudiante de doctorado en historia en la Universidad de Columbia, Nueva York.

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Publicado en: Sólo en línea