Después de la ocupación de la sede de La Gran Familia en Zamora, y del interrogatorio y liberación de su directora, la señora Rosa del Carmen Verduzco Verduzco, nos enfrentamos a una súbita, por llamarla así, crisis moral. Dos cosas llaman mi atención: los medios y el lugar.
Los medios
La reforma en telecomunicaciones se estrenó con la cobertura zamorana. A menos que se piense que los medios impresos y sus versiones digitales son fundamentales en la comunicación política en México, los reproches por una cobertura sesgada deben dirigirse sobre todo a los que mandan: la radio y la televisión abierta. Si no se dice esto cuando surge la indignación por la parcialidad de los medios nada se está diciendo en realidad. Más aún, exageran quienes argumentan que la ofensiva mediática en el caso de la señora Verduzco no tiene precedentes. Éstos abundan y abochornan; entre los damnificados encontramos políticos e intelectuales opositores y gánsteres que antes fueron piezas del sistema político. El machacamiento del honor de las personas en los medios no se inventó la semana de la intervención del albergue en Zamora. Hay una relación simbiótica y tal vez genética entre la televisión privada y Los Pinos y ese vínculo a veces parece tener vida propia: camina con sus propios pies y devora el honor de los ciudadanos.
En la televisión, sobre todo, no hay réplicas. Poco valen las rendijas que dejan pasar alguna luz de información y opinión independiente y distinta. El honor de los ciudadanos está, como si dijéramos, a su disposición, y peor aún si se trata de opositores o disidentes o representantes de otro interés, también legítimo. Asumamos que los defensores del honor de la señora Verduzco tienen razón y se ha cometido una injusticia: el daño sólo podrá ser resarcido, y en alguna medida, en una comparecencia suya o de sus amigos en los estudios de la televisión, en un buen horario, y con la anuencia de los dueños. Tal no fue el destino de muchos otros. En este sentido la señora Verduzco es afortunada.
El lugar
Hay una confusión rampante entre la historia del lugar y el lugar; entre la historia de la Casa y la casa física de la semana pasada; entre la saga de la señora Verduzco y sus capacidades actuales para dirigir un refugio y una escuela para más de 500 niños y adolescentes. Hay una confusión entendible pero peligrosa entre pasado y presente; por eso las evocaciones personales de León Krauze (Letras Libres) y Teresa Zerón (Nexos), antes que una explicación de la crisis de la casa, son un tributo emocionado a su fundadora. Discernir entre historia y explicación (es decir, no incurrir en el mito de los orígenes, como exigía Marc Bloch) es imprescindible porque en la discusión en curso un nudo emocional, ideológico e institucional las mantiene atadas. Queda oculto, así, lo que a mi juicio es el asunto esencial: ¿estaban los internos en el lugar donde deberían estar? Según los protocolos y el estado de la cuestión en 2014, ¿lo de esa casa es lo único que México o Zamora podían ofrecer? No juzgo el esfuerzo y la épica de la señora Verduzco sino la ideología de las buenas intenciones.
Usaré un término que irrita a muchos: institucionalizar. Petulancia mía, sí, pero ni modo: las buenas instituciones trascienden el ciclo vital de las personas y, a veces, los avatares de los tiempos económicos y políticos. Institucionalizar: reglas para la designación de la autoridad, de operación con los niños y adolescentes, de discernimiento para ver quién entra y quién no, para la obtención y asignación de recursos (y ya se otea la jauría, arrojada sobre la integridad financiera de Mamá Rosa). Y, advierto, no pienso en una institución “oficial”; pienso en una de asistencia privada. Hago notar que la centralidad mediática y emocional de la casa de Zamora puede hacernos olvidar que hay otros experimentos más organizados, actualizados operativa y fiscalmente, y sustraídos de conducciones hiperpersonalizadas. En 2014 es bueno empezar a olvidar a Iván Ilich: desinstucionalizar es peligroso porque la autorregulación de grupos o lugares como la casa de Zamora es un mito, un principio ideológico. Reglas hay que deben venir de afuera; estándares nacionales e internacionales que debemos respetar; protocolos a los que debemos adherirnos. Y si esto es obligatorio para los gobiernos, debería serlo más aún para la “sociedad civil”. Ésta –la sociedad civil– no puede ser responsable sólo por sí y ante sí.
Porque en los testimonios disponibles pocas cosas son tan obvias como que la señora Verduzco era el alma de todo: de la recolección de productos y dinero, de las relaciones públicas y políticas, del orden y concierto de la casa, de las relaciones con los padres y de los trámites legales. ¿Es razonable tal protagonismo con 500 niños y adolescentes “problema”, y que sumaron miles según pasó el tiempo? Hay algo de tribal en esa conducción; sí, algo de caciquil. Broker ella en las relaciones con todos, los peligros estaban a la vista: la intermediación desenfadada y sin código en busca de recursos y en la vindicación de una causa pone a las personas en peligro. ¿Mala fe? No. Sociología política pura. No soy tan inocente para suponer que el carisma y el liderazgo no hacen historia; hacen, y mucha, pero de resultados impredecibles. La entrevista impresionante que León Krauze hace a la señora Verduzco no deja lugar a dudas: ella tiene convicciones, y las practicó, de cómo educar y disciplinar niños y adolescentes; de cómo administrar una casa; de cómo medir la calaña de los padres y de cómo controlarlos para que no se arrepientan.
La altísima emotividad depositada en el caso Zamora provoca que los niños y jóvenes se nos escapen. Niños y niñas, adolescentes problemáticos, aparecen en casi todos los relatos zamoranos como de obvia resolución: son ellos el problema, según el dicho de padres descastados (o desesperados o ignorantes), de organismos oficiales irresponsables o fodongos o corruptos (o todo junto); pero es asimismo un argumento de la defensa de Mamá Rosa. Pero, caramba, ¿y las excepciones? ¿y los matices? ¿Quién certifica las razones de un internamiento? ¿Quién, que deben estar ahí? ¿Y quién valida esa práctica, bárbara, de acudir al notario público para que los padres “renuncien” a la patria potestad? Por las razones que sean en Zamora no había peritos ni ciencia ni derechos a la vista. Yo puedo creer lo que los defensores de la señora Verduzco dicen, esto es, que hacia lo que hacía por una pasión pura de hacer el bien; pero de otros testimonios me asalta la duda: ¿internamiento de niños y jóvenes problemáticos para su educación y readaptación, pero también algo de profilaxis social que el ambiente y la cultura local endosaron a la señora Verduzco? Yo no lo sé.
Ariel Rodríguez Kuri.
Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y La experiencia olvidada. El ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912.