Mamá Rosa, la matrona del famoso orfanato michoacano, nos ha llevado a pensar en asuntos muy interesantes, pero con variados tipos de importancia. El principal de ellos no llegó primero, pero finalmente apareció en los diarios y noticieros: la situación real y documentada de los niños que vivían con ella. Pero detengámonos por el momento en los otros asuntos. Cuando no se ha hablado de los niños ha habido tres temas que han dirigido el cauce que subyace algunas de las discusiones. El primero ha sido la labor histórica de Rosa Verduzco y la difícil pero necesaria tarea de juzgar a alguien así en términos no judiciales. El segundo tema ha sido su relación con las autoridades, y no sólo en este último momento, sino en su larga historia. Y por último, el caso también ha rescatado la discusión sobre la organización y la utilidad de la filantropía privada, en particular, el de los orfanatos con inspiración religiosa.
Aunque Mamá Rosa no era una religiosa formal, su vocación filantrópica, la familia de la que provenía, su llamado juvenil a hacer el bien, su soltería, su austeridad, hacen eco de una larga tradición católica que no le es exclusiva a ella, sino que está bien asentada en esta región del Bajío. Es una zona donde no es extraño que este tipo de bien hacer, más personalizado que institucionalizado, se arraigue entre una comunidad que subsidia y celebra el mérito de vocación social y santidad individual. Esto ocurre en muchas sociedades donde el Estado se encuentra ausente o semiausente, donde la filantropía privada se vuelve principal. Sin embargo, las formas particulares en que la caridad cristiana se encarna en este mundo no son iguales en Nairobi que en Zamora, y responden a códigos y métodos histórica y socialmente determinados.
El proyecto de Mamá Rosa también tiene su contexto. Aparece ante nuestros ojos como el producto de una idea de caridad, que aunque socialmente aprobada por los zamoranos, parece estar a destiempo: una mujer sola que, por amorosa y matriarcal, se cree que puede darle apellido y una buena vida a 600 niños. Y prueba de ello, se asume, ha sido su probada “vocación” para vivir con ellos, cuidarlos a su modo, al defenderlos en la calle con megáfonos. Tan normalizada la legitimidad de este anómalo matriarcado que darles su apellido a todos, no sólo era “práctico” para ella, sino también un acto y una prueba más de amor que los protegía de sus padres desalmados. En la entrevista que le hizo León Krauze se adivina que Rosa creía que, dado que ella no iba a ser irresponsable como los padres, tenía el derecho y el deber de sustituirlos. Los testimonios de algunas personas que vivieron ahí sobre su “rudeza” y algunos de los castigos físicos, tampoco imagino que sorprendan tanto a una persona que, como yo, haya crecido bajo la mano “firme” de la educación católica de tipo marista, de otro tiempo y de esa región.
Añadiría que la defensa que se hace de ella por recibir a cualquier necesitado sin discriminar (por edad o razón de llegada) defiende un criterio de universalidad ciega que es probable que haya sido el origen de algunas de las denuncias. Esta “universalidad” parece haber tenido dos consecuencias negativas. Una en el sentido pedagógico de mezclar muchachos con distintas necesidades emocionales o de readaptación social, cosa que pudo haber dificultado la manutención de la civilidad al interior del orfanato. Y esa misma idea de “universalidad” probablemente también ayudó a solapar la responsabilidad social de padres que no sólo por necesidad sino por frivolidad (o mero conservadurismo) decidieron abandonar a los hijos que tuvieron fuera de matrimonio. En esos casos particulares Mamá Rosa le proveía un servicio a su comunidad conservadora más que al hijo bastardo de los padres irresponsables. Un buen servicio conservador, un mal servicio social. ¿Y quién le iba a decir algo? Eso nos lleva al siguiente punto: el Estado y la sociedad.
Una de las defensas de la jefa por parte de quienes la conocieron y ayudaron ha sido que suplía al Estado, que le hacía el trabajo. Es parcialmente cierto. Esta “república de niños” (como le llama J.M.G. Le Clezio) era financiada sobre todo por la caridad privada y era una institución autónoma bastante autorregulada; mientras tanto el Estado le ponía poca atención. Una república autónoma que, dicen los testimonios, llegaba al punto de asignar a los propios muchachos para fungir como capataces de ellos mismos. Más que una república, una manada. No queda la menor duda de las enormes muestras de apoyo filantrópico privado no estatal al instituto. Desde pequeños comerciantes hasta familias ricas o notables de la región que ayudaban sistemáticamente a Mamá Rosa.
Sin embargo, como se advierte arriba, su orfanato también recibió ayuda regular del Estado vía la transferencia de fondos públicos. De hecho, es probable que ese orfanato tampoco hubiese sido posible sin la ayuda de los políticos y los gobiernos del Estado que ayudaron a Mamá Rosa. El Estado no la abandonó. El Estado no ha sido en este caso una institución que ha atacado o renegado de la filantropía privada, de hecho ha sido parte de ella. Más bien, si se prueban las acusaciones, quedará claro que el tipo de abandono del Estado consistió en no supervisar la institución que financiaba. La ausencia es de regulación no de financiamiento. La lección no es que la filantropía privada, por deficiente que sea, nos salva del abandono estatal; la lección es que el Estado, por deficiente, nos deja a merced de servicios sociales privados, mal regulados y subsidiados parcialmente por los impuestos generales.
Finalmente, sobre la legitimidad y papel de la filantropía privada, creo que hay cosas que es importante no pasar por alto. El primero es que modernizar las instituciones privadas, mejorar la calidad de los servicios que provee la filantropía de inspiración religiosa, problematizar el conservadurismo anticuado, todo esto y más, también es tarea de los católicos socialmente responsables.
Desde la posguerra, el mundo de la filantropía católica comenzó a modernizar y a extender sus orfanatos a regiones pobres de los cinco continentes donde el Estado brillaba por su ausencia. Se ha ido acercando a la idea de agape, de ese amor a la humanidad sobre la que escribió con elocuencia Benedicto XVI.1 La catolicidad fue ambiciosa y a pesar de sus pecados recientes, también logró sostener instituciones aggiornadas. Una fundación austriaca en origen, SOS Kinderdorff, por ejemplo, ha construido un modelo de orfanatos funcionales y de puertas abiertas, integrados a la comunidad y organizados en pequeñas unidades de diez personas y no de seiscientas. Vale la pena revisar este modelo de caridad, porque no toda la caridad es igual. Si la referencia parece muy lejana, más cerca, en el estado de Morelos, está la Casa San Salvador de NPH-México. Todas referencias que los zamoranos quizá deberían consultar para reconstruir lo perdido.
Es cierto que los donantes también son seres de su lugar y su tiempo, pero en este caso, muchos investigadores del Colegio de Michoacán han defendido esta institución caritativa. Imagino que para ellos con un poco de esfuerzo hubiera sido poco complicado trascender la circunstancia local para imaginar otro modelo filantrópico. Fuera de la necesaria regulación estatal, la filantropía privada es responsabilidad de los patronos que subsidiamos instituciones de este tipo. Donar dinero para cumplir con la comunidad no es suficiente. La calidad de nuestra filantropía, no sólo es tarea del Estado, también es nuestra responsabilidad. Si eso nos va a tener sin cuidado, entonces es mejor no donar.
Mario Arriagada Cuadriello
Internacionalista por El Colegio de México y politólogo por la London School of Economics.
1 Encíclica Deus Caritas Est, navidad del 2005.
