“Y ustedes, ¿de dónde son?”, preguntó en ruso el taxista, algo bastante inusual en Lviv. Pero con quienes tienen cara de extranjeros —como el papá de Alina— sí se vale comunicarse en esa lengua. Ella sabe que su respuesta puede provocar tensión dentro del automóvil, pero no sabe mentir: “De donde es el presidente”. El chofer, luego de frenarse en seco, ordena: “¡Bájense! ¡Ahora!”.

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Alina me lo contó hace año y medio, resignada. Le ocurrió en 2010. A sus 26 años, pertenece a la generación bilingüe del este de Ucrania que aprendió ucraniano en la escuela —única lengua oficial del país— y ruso en la casa. Su madre a menudo le llama a Moscú desde Donetsk para preguntarle si tal palabra se escribe con la “И” rusa o con la “i” ucraniana, porque no habla un ápice del idioma oficial y tiene que llenar papeles.

El pasado 14 de mayo escribí por teléfono a Alina, con quien trabajé en 2012 en Moscú. Me pidió en perfecto español que cambiara su nombre en este artículo “porque en el gobierno de Ucrania están bien locos, para que no me pase nada a mí y mi familia”. Añadió: “[…] no dicen, pero ahora están matando a muchísimos civiles en mi región de UCR[ania], sin armas. Nada más por salir al balcón a fumar. A todos en la calle de noche! Nos odian porque somos rusos. En 3-4 ciudades de mi región hay una verdadera guerra de civiles con el gobierno que llevó para allá hasta tanques… Compré boleto para el avión y los suspendieron todos, compré para el tren y los pararon. Sólo ayer logré regresar [a Moscú]”.
Inmediatamente, orgullosa, exclama: “Pero sí fui al referéndum!!! Eso es bueno”. Me envió también un par de fotos de la fila para votar en el plebiscito que supuestamente “independiza” a la “República Popular de Donetsk” de Ucrania, y agrega: “Era fiesta! Todos tomando fotos y muy contentos! Hasta las abuelitas. Todos con niños. Nunca en mi vida he visto en Donetsk tanta gente en la calle el domingo. Todos los que podían caminar, fueron!”. Por último, me manda un video en el que ella misma tacha el “SÍ”.

Cuando “el presidente” del que hablaba Alina, Víktor Yanukóvich, firmó la Ley de Idiomas en 2012, que hacía oficial cualquier lengua hablada al menos por 10% de la población local en una provincia, hubo cierta esperanza de reconocer una identidad borrada por más de dos décadas. Pero en febrero de 2014 terminó todo. El gobierno “revolucionario” compuesto por elites nacionalistas provenientes del oeste del país, derogó dicha ley como primer acto parlamentario tras hacerse cargo del Estado, afectando no sólo a rusoparlantes, sino también a comunidades húngaras, búlgaras, rumanas, moldavas y tártaras, negando con ello un multiculturalismo evidente, producto de siglos de historia y de tensiones en medio de una batalla campal entre geografía y demografía.

En octubre de 2012, el Partido de Regiones (de Yanukóvich) ganó la elección parlamentaria y obtuvo mayoría gracias a su aliado, el Partido Comunista. En aquel entonces recuerdo haber preguntado a Alina si estaba contenta con el resultado. Respondió algo así: “¿Cómo no voy a estarlo, si durante cinco años [de gobierno nacionalista; 2005-2010] nadie vio por nosotros, y ahora construyen escuelas y hospitales en Donetsk?”.

Contrario a lo que podría pensarse, Alina se enorgullece de ser ucraniana por nacimiento y le duele su país, aunque trabaja en Moscú porque hay mejores posibilidades. No tiene problema en ir y venir, en cruzar la frontera durante las vacaciones. El problema, curiosamente, es dentro de la misma Ucrania, cuando un taxista de Lviv la discrimina a ella y a su familia por ser no de fuera, sino de dentro; por haber nacido del lado incorrecto del río Dniéper. Al votar en el plebiscito por el “SÍ”, Alina desea menos separarse del país o incorporarse a Rusia de golpe, que preservar una identidad reforzada ante las acciones del actual gobierno central.

Según el Instituto Internacional de Sociología de Kiev, en una encuesta de abril, 52.2% de los habitantes de Donetsk desea permanecer en Ucrania y sólo 27.5% apoya una escisión, con un 20.3% sumamente dubitativo.1 Los números reflejan de alguna forma la demografía regional: 56.9% de los habitantes de Donetsk son ucranianos y 38.2% son rusos.2

Sin embargo, para personas como Alina la disyuntiva límbica entre separación y permanencia, entre preservar una identidad propia frente a la negación que hace un gobierno central visto como ajeno, produce un sentimiento en el que ir a votar en un plebiscito “independentista” es una alternativa viable cuando la región es la antítesis del grupo que detenta el poder en la capital y, sobre todo, siendo Ucrania un Estado unitario en el que provincias tan polarizadas demográficamente no pueden decidir su propia suerte.

Las regiones “rusas” del sudeste de Ucrania, en realidad, no tienen una mayoría de población étnicamente rusa —salvo la perdida Crimea, con 58% de rusos. En segundo lugar está Luhansk, hoy también zona de conflicto, con 39%. No obstante, sí hay una mayoría rusa culturalmente hablando —y, más que “rusa”, transnacional.

Aunque el porcentaje de habitantes étnicamente rusos en toda Ucrania es 17.3% según el último censo (2001), el contexto socioeconómico de la cuenca del Don (el “Donbas”) ha producido una identidad propia donde, al menos hasta hace poco, las diferencias étnicas no eran motivo de oprobio ni violencia.

Hoy en día, fuera de la capital, el Donbas es la región más rica del país, resultado de décadas de industrialización masiva bajo dominio soviético, donde la mayoría de la población —ucranianos incluidos— se comunica mayoritariamente en ruso sin problema. El Donbas genera una cuarta parte de las exportaciones de Ucrania; el grueso de sus pobladores son trabajadores de “cuello azul”: gente que sale de la fábrica o de la mina esperando recibir su cheque, pensión y servicios sociales, cuyos líderes (gremiales y políticos) están conscientes de que, si Ucrania entra en la Unión Europea como pretende obsesivamente el nuevo gobierno en Kiev, la economía local se irá a pique y muchas empresas cerrarán por ser “poco competitivas”.

 

La ribera occidental del Dniéper es exactamente lo contrario. A la lógica transnacional y urbanizada del sudeste se contrapone una nacionalista y rural en el noroeste, construida en reacción a las rusificaciones zarista y soviética y, posteriormente, a la colectivización forzada del siglo XX. Esta mitad de Ucrania vive de la agricultura, tiene una población abrumadoramente rural, se comunica exclusivamente en ucraniano y vota, sin ser sorpresa, por partidos de corte nacionalista y conservador.

La obsesión sin igual del grupo que destronó a Yanukóvich —conformado por dirigentes de esta última región— por ingresar en la Unión Europea, sólo se explica en virtud de lo que dicha oportunidad ofrece a la economía de estos territorios y a sus grupos socioeconómicos, la completa antítesis del sudeste industrial y transnacional. No es coincidencia que las protestas pro occidentales en Ucrania, lo que se denominó “Euromaidán” (noviembre 2013-febrero 2014), hayan comenzado cuando Víktor Yanukóvich suspendió el Acuerdo de Asociación con la UE, pues las motivaciones principales de aquella protesta fueron básicamente económicas. Intento explicarlo a continuación.

El potencial agrario de la Ucrania occidental es impresionantemente vasto, ubicándose entre los más explotables del mundo. La cuarta parte del suelo más fértil del planeta (chernozem) se encuentra en este corredor, ocupando dos terceras partes del territorio nacional. Dada la importancia de la economía primaria para esa mitad del país, el artículo 14 de la Constitución de Ucrania declara una protección especial del Estado sobre la agricultura, que depende en un 100% de subsidios estatales.

En cuanto llegó un presidente proveniente del Donbas como Yanukóvich en 2010, quien veía por los intereses de su región y tenía la última palabra sobre la política agraria y sus (de por sí) deficientes subsidios, la única alternativa de los productores del noroeste fue considerar la Política Agrícola Común de la UE, que entrega enormes cantidades de dinero a los productores de sus Estados-miembro directamente. No es difícil entender, entonces, por qué el Euromaidán fue encabezado por partidos políticos conservadores del noroeste (Batkyvschiná, UDAR, Svoboda), ni el porqué de protestas masivas en el occidente de Ucrania.

Sumidos en un entusiasmo liberal bastante desinformado, diarios como Le Monde describían cómo “una gran parte de la población ucraniana” había llegado a la plaza Maidán en Kiev,3 aunque no hay que ser matemático para saber que 70 mil personas no son une large part de 44 millones. También se dijo que los manifestantes acudían “de toda Ucrania”, pero al entrevistarlos la abrumadora mayoría decía provenir de Ternópil, Lviv, Ivano-Fránkivsk, Drógobich, Rivne o Lutsk, regiones del oeste del país, con contingentes muy reducidos del sudeste.4 De igual forma, se pasó por alto en la prensa el cálculo deliberado que implicó que los manifestantes de Maidán ocuparan el Ministerio de Agricultura, el de Energía —otro sector clave en la economía— y el de Justicia, sin dejar lugar a coincidencias.

Todo esto se omitió en el grueso de la prensa internacional y declaraciones políticas. El Euromaidán se leyó como una protesta hiperlegítima que buscaba “acabar con la corrupción”5 y hasta morirse en el frente por “La Democracia”,6 que anteponía la típica dicotomía de un “Pueblo” muy enojado contra un “Tirano” megalómano. Pocos se tomaron la molestia de voltear a la geografía social, a las lógicas locales.

Resultaba más cómodo, entre los más ignorantes, llamar “dictador” a Yanukóvich,7 personaje elegido democráticamente —de manera “transparente y honesta” según la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa—8; alguien que, durante la crisis política, buscó incorporar a la oposición en el gobierno, liberó a todos los presos vinculados a las protestas y firmó el regreso a las enmiendas constitucionales de 2004, que minaban considerablemente su poder: De “dictador” acaso tendría lo ramplón.

En la reciente crisis del sudeste ucraniano los prejuicios también abundan. Se ignora por completo la lógica que señalé al principio, el contexto del Donbas, y se compra anticipadamente la versión de la maldad y omnipotencia de Vladímir Putin.9 La demonización del presidente ruso como advirtió Henry Kissinger, es un subterfugio en ausencia de una política real hacia la región de parte de Occidente. En Crimea, por ejemplo, la “opinión pública” occidental se escandalizó por un referéndum que no era cosa nueva: ni el primero (1991) ni el segundo (1994), sino el tercero en un periodo de 23 años.

Arremolinando esas ideas para mostrarse congruente con la parte de la población a la que rinde cuentas, el nuevo gobierno en Kiev, surgido del Euromaidán, también ve en Rusia al culpable de todos los males que aquejan hoy a Ucrania, declaraciones que se reproducen de manera muy grave en Washington, Bruselas e incluso en el G7 sin ponderación ninguna, sin que nadie ofrezca pruebas de nada. Sorprende, también, que prácticamente no se haya condenado la derogación de la Ley de Idiomas de 2012 en detrimento de un multiculturalismo innegable y derechos básicos de minorías étnicas. Pero no es la única razón para que las poblaciones ajenas al gobierno en funciones piensen en la autonomía o aun en separatismos.

La elite gubernamental en Kiev, sumida en una profunda visión nacionalista, tergiversa constantemente su entorno en la práctica y el discurso. En abril, al enterarse de que 100 individuos (literalmente) tomaron un edificio de la administración de Donetsk —con los que la mayoría de la población local no está de acuerdo—, el presidente interino Oleksandr Turchynov mandó al Ejército a desalojarlos, en vez de negociar una liberación directa. Culpar a Rusia y bombardear aleatoriamente resultó más fácil para Kiev que ponerse a gobernar, sin siquiera preguntar a las regiones opositoras sus necesidades como premisa básica tras una “revolución” que de “toda Ucrania” tenía poco.

La desproporción de la respuesta sólo produjo, como era de esperarse, más violencia y consecuencias catastróficas. Por citar quizá la más alarmante, el 30 de mayo Al Jazeera reportaba que alrededor del 10% de la población de Sloviansk ha emigrado por miedo a los abusos de las fuerzas armadas ucranianas, sobre todo mujeres y niños.10

El discurso oficial no es menos exagerado: el gobierno en Kiev recurrió al viejo truco de restar complejidades e inventar un Enemigo bajo el término “terrorista”, que ya es parte también del lenguaje cotidiano de la prensa. La implicación es clara: “terrorista” es quien está en contra de “Nosotros”; un subterfugio para desoír un problema que a todas luces es interno, que legitima al gobierno ante un Enemigo desconocido e hiperbolizado. No deja de ser curioso, pues seguramente a los líderes del Euromaidán también les molestaba que los tildaran de “terroristas” durante sus propias protestas, cuando secuestraban policías u ocupaban edificios de gobierno,11 igual que los “terroristas” del sudeste.

La inyección de este lenguaje en el discurso público ucraniano no es casualidad. Fue introducida por uno de los partidos que lideró a los grupos más radicales en el Euromaidán: Svoboda (“Libertad”), asociación nacionalista extrema. Algunos de sus miembros han declarado abiertamente que el Holocausto fue “un periodo de luz en la historia”,12 mientras otros han pedido en video “que se dispare” a los manifestantes pro rusos.13 Svoboda es una versión —supuestamente— más políticamente correcta del extinto “Partido Social-Nacional de Ucrania” (PSNU), abiertamente neonazi y heredero declarado de Stepán Bandera, nacionalista ucraniano y colaborador de Hitler, luego perseguido por éste durante la Segunda Guerra Mundial.14

Uno de estos personajes, Andriy Parubiy, segundo al mando del PSNU y líder de su rama paramilitar, fue designado por Turchynov como director del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional de Ucrania, principal agencia de seguridad del Estado. Ahora, desde su nueva posición, nada le impide perseguir a placer a los “enemigos” de las organizaciones en las que militó: los rusos, para lo cual ya no necesita hooligans futboleros como los que reclutaba en los noventa, pues tiene todo un aparato de Estado a su disposición. El término “terrorista” en la retórica oficial del nuevo gobierno ucraniano tiene su origen en los documentos y discursos del PSNU al referirse a las poblaciones rusas, y ni Turchynov, ni su sucesor Poroshenko, ni el primer ministro Yatseniuk lo habían empleado antes.

En suma, el descontento de las regiones del sudeste luego de que los líderes del Euromaidán llegaran al poder es perfectamente entendible, tanto como la indignación de éstos contra Yanukóvich por olvidarse de que debía gobernar para todos. En ese contexto, el federalismo se alza como una alternativa perfectamente razonable para que cada región pueda elegir a sus propias autoridades y representantes, manteniendo a Ucrania unida.

Hay un problema de origen en el diseño institucional ucraniano, basado en constantes improvisaciones al paso de los años. Que su sistema político se dijera unitario desde 1991, al tiempo que se tenía una “República Autónoma” como Crimea dentro —con autonomía nula—, era una trastada por partida doble: un caso único en el mundo. La llamada “Revolución Naranja” y la de 2014 no fueron más que alzamientos improvisados de una misma elite para quitar poder a una institución presidencial que no favorecía a sus regiones, en detrimento de un diseño político coherente con la realidad social y el multiculturalismo de Ucrania.

En los últimos días, al escuchar a Poroshenko hablando sobre “descentralización”, no puedo evitar pensar que la misma discusión pudo haber ahorrado muchos problemas si se hubiera planteado hace 23 años.

 

Rainer Matos Franco
Internacionalista por El Colegio de México. Se especializa en el espacio postsoviético y la política postcomunista.


1 “The views and opinions of South-East regions residents of Ukraine: april 2014”, Instituto Internacional de Sociología de Kiev: http://kiis.com.ua/?lang=eng&cat=news&id=258.

2 Censo poblacional de Ucrania, 2001: http://2001.ukrcensus.gov.ua/eng/results/general/nationality/.

3 Mathilde Gérard, “Ukraine: cinq questions sur la crise politique”, Le Monde, 3 de diciembre de 2013: http://www.lemonde.fr/europe/article/2013/12/03/cinq-questions-sur-la-crise-politique-en-ukraine_3524695_3214.html.

4 Marie Jégo, “À Kiev, les révoltés de Maïdan s’attendent au pire”, Le Monde, 14 de diciembre de 2013: http://www.lemonde.fr/europe/article/2013/12/14/les-revoltes-du-maydan-s-attendent-au-pire_4334542_3214.html?xtmc=a_ kiev_les_revoltes_de_maidan&xtcr=1.

5 Corey Flintoff, “In Ukraine, protesters
declare corruption the problem”, NPR, 27 de enero de 2014: http://www.npr.org/2014/01/27/267203653/in-ukraine-protesters-declare-corruption-the-problem.

6 Romano Prodi, “How Ukraine can be saved”, The New York Times, 20 de febrero de 2014: http://www.nytimes.com/2014/02/21/opinion/prodi-how-ukraine-can-be-saved.html.

7 Jorge Zepeda Patterson, “La resistencia”, El Universal, 2 de marzo de 2014: http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2014/03/68995. php.

8 “Reporte final de la Elección Presidencial en Ucrania, 17 de enero y 7 de febrero de 2010”, OSCE: http://www.osce.org/odihr/elections/ukraine/67844.

9 Rainer Matos Franco, “Crimea en la plumería mexicana”, Distintas Latitudes, 9 de abril de 2014: http://www.distintaslatitudes.net/crimea-en-la-plumeria-mexicana.

10 John Wendle, “Assault fear sparks Ukraine town exodus”, Al Jazeera, 30 de mayo de 2014: http://www.aljazeera.com/news/europe/2014/05/thousands-flee-violence-ukraine-east-2014530194220954158.html.

11 Daryna Shevchenko, “Protesters take police hostages in conflict”, Kyiv Post, 21 de febrero de 2014: http://www.kyivpost.com/content/ukraine/protesters-take-police-hostages-in-conflict-337266.html.

12 Leonid Stonov, “The extremism and xenophobia of Ukraine’s Svoboda (Freedom) Party”, Union of Councils for Jews in the former Soviet Union, 22 de agosto de 2013: http://www.ucsj.org/2013/08/22/svoboda/.

13 “Iryna Farion, a member of Svoboda, calls for shooting pro-Russian protesters”, LiveLeak, 13 de abril de 2014: http:/www.liveleak.com/ view?i=4e2_1397417244.

14 David R. Marples, Heroes and villains. Creating national history in contemporary Ukraine, Budapest, Central European University Press, pp. 146-151.