Sin duda los problemas del crecimiento económico en México merecen estar en el centro de la discusión pública. A propósito de la publicación de mi libro Algunas tesis equivocadas sobre el estancamiento económico de México esta revista publicó en el número de junio dos comentarios de autores que han reflexionado sobre estos problemas. Si en algo estamos indudablemente de acuerdo mis comentaristas y yo es en que, como dice Ricardo Reyes Heroles en su texto, “el estancamiento económico de México desde 1982 es, hoy, un elemento fundamental alrededor del cual gira la agenda de políticas públicas del país”.

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La reseña de Ricardo Reyes Heroles capta muy bien lo que es el punto de partida y una tesis central de mi libro: que el estancamiento económico de México en las últimas tres décadas no puede explicarse por una caída autónoma del crecimiento de la productividad (es decir, por un descenso independiente del bajo ritmo de crecimiento del producto y la formación de capital físico). Y no puede hacerlo por razones que, en mi opinión, son fáciles de entender y que de paso también responden al texto de Carlos Elizondo.

Cuando observamos la evolución de la productividad por sectores (ya sea la del trabajo o, cuando hay información disponible, la productividad total de los factores) desde principios de los años 1980, vemos que el estancamiento de la productividad agregada (es decir, de la economía como un todo) es producto de dos tendencias superpuestas: un crecimiento relativamente rápido de la productividad (a ritmos similares a los históricos) en la industria manufacturera y en el sector terciario moderno, cuya participación en el empleo total ha tendido a caer y, al mismo tiempo, reducciones en la productividad en los sectores de comercio y servicios de baja productividad, cuya participación en el empleo total ha ido en aumento.

Esta segunda tendencia es la que hay que entender pues es precisamente la que cancela a nivel agregado las ganancias de productividad que han ocurrido en el primer grupo de sectores (modernos, formales, de alta productividad relativa). ¿Por qué cae la productividad y aumenta la informalidad en el segundo grupo de sectores? Por la sencilla razón de que el empleo formal en el primer grupo se expande lentamente desplazando a trabajadores previamente formales y forzando a los que entran a la fuerza de trabajo a autoemplearse en el comercio y los servicios, y provocando con ello una caída de la productividad en esos sectores.

En efecto, cuando ante la falta de oportunidades de empleo formal en la misma esquina aparecen tres vendedores de periódicos donde antes había uno, la productividad promedio, determinada por el volumen de ventas por trabajador, está condenada a caer, al igual que sucede con la productividad del estanquillo de la acera de enfrente cuando aparece en la contraesquina otro estanquillo vendiendo los mismos productos.1 ¿Y por qué ha crecido tan lentamente el empleo formal? No es porque hayan crecido los salarios reales del sector formal (el salario medio real manufacturero se encuentra todavía por debajo del nivel que alcanzó hace más de 30 años) sino porque el otro determinante fundamental de la demanda de trabajo formal, el acervo de capital, se ha expandido lentamente. Sería absurdo, por ejemplo, atribuir el estancamiento económico durante la década perdida de los 1980 a un incremento autónomo de la informalidad cuando claramente ese estancamiento (y el aumento de la informalidad que lo acompañó) se debe a la fuerte caída en la acumulación de capital que siguió a los ajustes ante la crisis de la deuda a principios de esa década. A los efectos adversos que la caída en el ritmo de acumulación de capital en el sector formal tiene en la productividad del sector informal se agregan su impacto en el ritmo de crecimiento de la productividad en los propios sectores formales, que presentan rendimientos crecientes a escala, y el efecto de reasignación adverso al trasladarse fuerza de trabajo de los sectores de alta productividad hacia los sectores de baja productividad.2

Aunque creo que Reyes Heroles simpatiza con la visión que acabo de resumir, este autor encuentra dos debilidades en mi argumentación. La primera tiene que ver con el hecho de que me atribuye como marco teórico los modernos modelos de crecimiento endógeno. De hecho, coincido con él en que muchos de ellos, al igual que muchas innovaciones aparentemente revolucionarias de las últimas décadas, no lograron perdurar y han sido víctimas tempranas de la destrucción creativa (como sucedió, por ejemplo, con las videocaseteras que fueron rápidamente remplazadas por los aparatos de DVD). En mi opinión, la razón no es tanto que esos modelos se refieran a conceptos inmedibles, como lo afirma Krugman en The New Growth Fizzle (citado por Reyes Heroles), sino a limitaciones empíricas que he tratado en detalle en mi libro Rethinking Economic Development, Growth and Institutions.3 En realidad, mi marco analítico preferido no son estos modelos sino la economía clásica del desarrollo y las contribuciones tardías de Kaldor a la teoría del crecimiento que creo, al igual que innovaciones básicas más viejas (como la electricidad o los plásticos), van a perdurar por mucho tiempo más (al menos mientras existan países en desarrollo). Lo único en lo que coincido plenamente con los modelos modernos de crecimiento endógeno es en que, al igual que en aquellas contribuciones que los antecedieron, el aumento de la productividad es, en buena medida, un subproducto del propio proceso de acumulación de capital y de la expansión del mercado que ese proceso impulsa, lo cual refuerza el papel que pueden tener las políticas macroeconómicas en el crecimiento (como Reyes Heroles ve y expone muy claramente).4

La segunda debilidad en mi argumentación, de acuerdo con Reyes Heroles, radicaría en que descuido el papel que trabajos recientes han atribuido a las distorsiones en la asignación de recursos para explicar las grandes diferencias entre países en la productividad total de los factores (PTF), lo cual puede conducir a subestimar el importante rol de la eliminación de esas distorsiones como fuente de crecimiento durante un periodo prolongado. Como bien dice Reyes Heroles, éstos son temas abiertos en la literatura reciente sobre desarrollo económico pero, dicho esto, quisiera hacer un par de observaciones.

La primera es que, al igual que sucede con los ejercicios de “contabilidad del crecimiento”, los de “contabilidad del desarrollo” —que descomponen las diferencias en producto por trabajador entre países en diferencias en la acumulación de factores y aquellas atribuibles a la PTF— hacen supuestos muy restrictivos sobre la función de producción y pierden de vista que la forma física del acervo de capital es muy distinta entre países, con lo cual el mismo monto de capital puede tener implicaciones muy distintas para la PTF misma.

La segunda observación, estrechamente vinculada a la anterior, es que el razonamiento que atribuye a las distorsiones en la asignación de recursos un papel importante en el crecimiento de la productividad supone no sólo la existencia de un mercado imaginario de bienes de capital usados que permite trasladar los bienes de capital de una empresa intrínsecamente menos productiva a otra intrínsecamente más productiva (permitiendo así elevar la productividad de los mismos bienes de capital), sino que pierde de vista el hecho de que los bienes de capital y la tecnología que los hace más o menos productivos van en gran medida juntos. Así, aun si existiera ese mercado de bienes de capital usados, las ganancias de productividad que resultarían de una reasignación serían muy pequeñas, en todo caso mucho menores a lo que con frecuencia se estima.5 Otra manera de plantear este argumento, como lo hago en mayor detalle en el capítulo 2 del libro en relación a las distorsiones que fomentan la informalidad y en respuesta a un comentario similar de Santiago Levy a un borrador del libro (véanse las páginas 50 y 51 y, en particular, la nota en pie de página 9), es diciendo que las ganancias de productividad que se pueden materializar como consecuencia de una mejor asignación de recursos dependen crucialmente de cuánto capital se acumule y de cuánto crezca la economía.

Carlos Elizondo limita sus comentarios al capítulo final de mi libro y, como él mismo lo dice, no deben verse como una reseña. Resulta un tanto extraño como crítica de un libro cuyo propósito principal no es, y soy muy explícito al respecto, aportar una explicación del estancamiento económico de México ni proponer una agenda alternativa de política económica. El propósito de ese capítulo es hacer hincapié en la necesidad, como corolario de la discusión que se plantea en los capítulos anteriores —y por ello el final no puede ser visto en forma aislada— de poner la política macroeconómica en la agenda de discusión sobre el crecimiento económico de México. Nada más ni nada menos. Creo que Elizondo estará de acuerdo en este punto básico.

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En cualquier caso, según este autor mi visión de por qué México no crece está equivocada. Veamos en primer lugar lo que Elizondo entiende por mi visión, pues el problema aquí es que me atribuye una tesis que no está entre las mías. En su interpretación de lo que digo, atribuye el lento crecimiento económico a una baja tasa de inversión (correcto), pero esta insuficiente inversión se debería a su vez a un bajo nivel de utilización de los recursos, como producto de una política macroeconómica que ha contenido la demanda agregada por debajo del producto potencial.6 Éste es un serio error de interpretación. Lo que digo es algo muy distinto. Lo que sostengo es que las políticas macroeconómicas han incidido de manera adversa en el crecimiento, principalmente porque han afectado directa y adversamente, valga la reiteración, el potencial de crecimiento ¿Qué puede querer decir esto sino es que han afectado directa y negativamente la expansión de la capacidad productiva? No se trata de la demanda, como tampoco el estancamiento de la productividad es el resultado de una falta de demanda. En la descripción de los múltiples mecanismos que han afectado la productividad (y a los que me he referido anteriormente) en ningún punto entra en escena la demanda agregada por bienes. En otros trabajos más teóricos, supongo explícitamente (con el fin de simplificar) que en muchos de los sectores sujetos a rendimientos crecientes a escala y expuestos a la competencia internacional, las empresas no están sometidas a restricciones significativas de demanda. Simplificando, venden todo lo que desean, dados sus costos, al precio de mercado determinado por la competencia internacional. Esto es, por cierto, lo que hace que la rentabilidad en esos sectores y la inversión que realizan sean tan sensibles al tipo de cambio real y más sensibles a éste que al grado de utilización de la capacidad productiva, a diferencia de lo que ocurría antes de la apertura comercial.

Creo que estos problemas de interpretación son los que llevan al autor a atribuirme que la solución al estancamiento pasa por la adopción de políticas keynesianas de estímulo a la demanda agregada (por cierto, creo que la palabra “gasto público” casi no aparece en mi libro, a diferencia de la impresión que transmite el texto de Elizondo). Vale la pena ser muy claro en este tema (como lo he sido en otros textos7). El subdesarrollo no es un problema de demanda efectiva. Ojalá lo fuera, pues entonces los remedios keynesianos que conocemos para estabilizar el ciclo económico y mantener un alto nivel de utilización de la capacidad productiva nos servirían también para salir de ese estado. El subdesarrollo no tiene que ver con una falta de demanda efectiva sino más bien, como lo pensaban los clásicos de la economía del desarrollo, con un acervo de capital tan pequeño que resulta insuficiente para absorber a la totalidad de la fuerza de trabajo en actividades de alta productividad. A diferencia de Estados Unidos y otros países desarrollados, nuestro problema no es uno de desempleo abierto causado por una demanda insuficiente en el mercado de bienes, que hace que las empresas no encuentren provechoso emplear a más trabajadores, sino un problema de subempleo derivado del pequeño tamaño del acervo de capital (junto con la existencia de tecnologías de subsistencia que no utilizan capital) que hace que una alta proporción de la fuerza de trabajo tenga que emplearse en actividades informales y muy intensivas en trabajo donde la productividad es muy baja precisamente porque el trabajo no se ve ahí “fructificado” por el capital (para usar una expresión de Arthur Lewis). Estos “excedentes de trabajo”, como los llamaban los clásicos de la economía del desarrollo, no se reducen con la expansión de la demanda efectiva por bienes pues no hay suficiente capital para emplear a los trabajadores actualmente subempleados en actividades de elevada productividad y alta intensidad de capital.

¿De qué maneras han afectado las políticas macroeconómicas directamente el potencial de crecimiento? Primero, planteo que el bajo nivel de la inversión pública ha sido un factor importante en el estancamiento. Elizondo argumenta que es más difícil despedir personal que reducir la inversión pública. Sí, por supuesto. También es más difícil aumentar impuestos que reducir la inversión pública. ¿Pero de qué modo esto invalida mi argumento? Muchos economistas ortodoxos (véase, por ejemplo, Barro 1990), si no todos ellos, reconocen que un muy bajo nivel de inversión pública tiene efectos adversos en el crecimiento. Y por cierto, cuando hablo de inversión pública en infraestructura no estoy pensando en Estelas de Luz (no sabía de nadie que considerara tal cosa como inversión en infraestructura). Soy muy explícito al respecto. De lo que hablo es de un “nuevo trato” con el sur8 que al crear “las condiciones para aprovechar el potencial productivo del sur —y permitirle alcanzar el nivel de desarrollo medio del resto del país— generaría por sí mismo un considerable impulso al proceso de crecimiento, además de reducir las desigualdades regionales” (p. 138). Y todo esto requiere, efectivamente, de una ambiciosa reforma fiscal que permita financiar grandes proyectos de inversión y gasto social sin incurrir en desequilibrios fiscales que pondrían en peligro la estrategia de crecimiento y sin provocar una mayor desigualdad en la distribución del ingreso (como sucedería si la reforma se basara en impuestos al consumo como lo sugiere Elizondo).

Según Elizondo el gasto público en infraestructura subió de 2% del PIB en 2000 a más de 5% en 2014. Si esto fuera cierto constituiría una magnífica noticia pues significaría que la inversión en infraestructura es prácticamente igual al total de la inversión pública promedio en 2010-2012 (véase el cuadro 7.1, p. 128, en mi libro). Me temo, sin embargo, que las noticias no son tan buenas pues Elizondo parece estar incluyendo en infraestructura mucho gasto que no es tal y usando definiciones distintas en 2000 y 2014, lo que hace que las cifras no sean comparables entre sí.

De acuerdo con el INEGI (Sistema de Cuentas Nacionales), si incluimos en infraestructura obras para el abastecimiento de agua, petróleo, gas, electricidad y telecomunicaciones más vías de comunicación más obras de urbanización, la inversión pública total en estos rubros era en 2012 igual que en 2003 y aproximadamente 2% del PIB (el periodo para el cual hay datos comparables). Además, este gasto bajó continuamente de 3% a alrededor de 2% de 2009 a 2012. La inversión pública total como porcentaje del PIB siguió cayendo en 2013. Para ese año (2013), la inversión era un punto porcentual del PIB inferior que la del año 2000 (que a su vez era menor en dos puntos porcentuales del PIB respecto de la de mediados de los 1990). (ver gráfica)9

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Segundo, sostengo que al profundizar y prolongar las recesiones, las políticas macroeconómicas (fiscal y monetaria) procíclicas, conducen a pérdidas irreversibles de potencial productivo. Elizondo parece estar de acuerdo con mis argumentos. Lo único que puedo comentar es la curiosa observación sobre la crisis de principios de los 1980. Dice Elizondo (citándome): “[…] incluso la crisis de 1982 no la explica por una falla en la estrategia de impulso a la demanda, sino por ‘la verdaderamente inexplicable explosión del gasto público en 1981’…”. Francamente no entiendo: el problema con la política fiscal durante el auge petrolero radica precisamente en que fue procíclica, en especial en 1981. Eso es lo que estoy diciendo, más allá de que la crisis de 1982 fue un fenómeno internacional que se explica en gran parte por causas internacionales.10

Tercero, argumento que la política monetaria y la cambiaria han afectado el tipo de cambio real en la dirección de apreciarlo. Estoy de acuerdo con Elizondo en que el precio del petróleo y las remesas afectan el tipo de cambio real. No era mi propósito discutir todas las razones por las que el tipo de cambio real se ha apreciado. Y ello no invalida mis argumentos en esta parte: 1) que un tipo de cambio real apreciado tiene efectos adversos en el crecimiento a través de lo que se ha denominado el “efecto de rentabilidad” o el “canal del desarrollo”, y 2) que el régimen de política monetaria que prevalece en México, un régimen estricto de metas de inflación —como lo han documentado Gerardo Esquivel (2010) y otros— tiene un sesgo hacia la apreciación cambiaria. La evidencia empírica sobre estos dos aspectos, que reviso con algún detalle en el capítulo 7 de mi libro, me parece considerable.

En suma, el hecho de que el subdesarrollo no sea un problema de demanda efectiva para nada quiere decir que la política macroeconómica no desempeñe un papel muy importante en la explicación del lento crecimiento y que lo mejor que podemos hacer para crecer sea apegarnos estrictamente a la ortodoxia fiscal y monetaria. A menos, claro, que se considere que la cura es peor que la enfermedad, pero no veo en el texto de Elizondo argumentos sólidos para sostener esa posición.

Creo que, en el fondo, la crítica de Elizondo, más que a mi visión del estancamiento, se refiere al peso, exagerado en su opinión, que atribuyo a las ideas en la formulación y aplicación de las políticas económicas. Debo decir que en este tema estoy en buena compañía. Hacia el final de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Keynes reflexiona sobre este tema en los siguientes términos:

[…] las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. En realidad el mundo está gobernado por poco más que esto. Los hombres prácticos, que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto. Los maniáticos de la autoridad, que oyen voces en el aire, destilan su frenesí inspirados en algún mal escritor académico de algunos años atrás. Estoy seguro de que el poder de los intereses creados se exagera mucho comparado con la intrusión gradual de las ideas.11

Además, las ideas influyen en la percepción que tenemos de nuestros intereses. De ahí la referencia, en la introducción al libro, a la reflexión de Dani Rodrik sobre este tema y que Elizondo saca de contexto (este es mi supuesto “as bajo la manga” que, por cierto, no me había percatado de haber usado). Pero, sin duda, los intereses influyen sobre las ideas. El mundo no se ve igual, Marx dixit, si se es un especulador en los mercados financieros, un alto ejecutivo de una gran corporación, un obrero de fábrica o un desempleado. Y, por otra parte, las ideas interactúan con los hechos. La Teoría general de Keynes es inconcebible sin la gran depresión de los años treinta del siglo pasado al igual que la prosperidad compartida de los países desarrollados hasta fines de los años 1970 es inimaginable sin la filosofía social a la que contribuyó la Teoría general. Mi libro no se adentra en estas interacciones y no estoy seguro de que valga la pena hacerlo. Mantengamos el debate en el terreno de las ideas que es, finalmente, para lo que se supone que servimos.

Referencias
Barro, R. J. (1990), “Government spending in a simple model of endogenous growth”, Journal of Political Economy 98 (5), part 2: 103-125.
Dávila, E., G. Kessel y S. Levy (2002), “El Sur también existe: Un ensayo sobre el desarrollo regional de México”, Economía Mexicana, nueva época, vol. XI, núm. 2.
Casar, J. y J. Ros (2004), “¿Por qué no crecemos?”, nexos, octubre.
Esquivel, G. (2010), “De la inestabilidad macroeconómica al estancamiento estabilizador: El papel del diseño y conducción de la política económica en México”, en N. Lustig (coord.), Crecimiento económico y equidad, vol. IX de Los Grandes Problemas de México, El Colegio de México, México.
Keynes, J. M. (2001), Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Fondo de Cultura Económica, México.
Krugman, P. (2013), “The New Growth Fizzle”, The New York Times, 18 de agosto.
Moreno-Brid, J. C. y J. Ros (2010), Desarrollo y crecimiento en la economía mexicana. Una perspectiva histórica, Fondo de Cultura Económica, México.
Ros, J. (2013), Rethinking Economic Development, Growth, and Institutions, Oxford University Press.
Solow, R. M. (1994), “Perspectives on growth theory”, The Journal of Economic Perspectives, 8: 45-54.

 

Jaime Ros Bosch
Profesor de tiempo completo de la Facultad de Economía de la UNAM y profesor emérito de la Universidad de Notre Dame.

Agradezco los comentarios y consejos de colegas y amigos que leyeron un borrador de este texto: Rolando Cordera, Gerardo Esquivel, Carlos Ibarra, David Ibarra, Santiago Levy y Juan Carlos Moreno-Brid. Agradezco también la ayuda en la investigación de Luis Ángel Monroy Gómez Franco y la revisión editorial de Alejandra Adoum.


1 No viene al caso discutir si estos vendedores deciden o no ser informales siempre y cuando se tomen en cuenta las restricciones que enfrentan y que incluyen de manera prominente las oportunidades existentes de empleo en el sector formal.

2 Véase el capítulo 1 del libro donde se exponen en detalle estos y otros mecanismos.

3 Véanse en particular, los capítulos 2, 4 y 5. Menciono este libro un tanto especializado porque Reyes Heroles lo cita en términos que agradezco.

4 No he visto en la literatura sobre el tema una crítica convincente de este aspecto (la endo- geneidad de la productividad), aunque sí de la magnitud de los efectos de productividad de la acumulación de capital que algunos de esos modelos suponen (véase, por ejemplo, Solow 1994, que hizo muy pronto esta crítica a los modelos que suponen rendimientos no decrecientes del capital en la función de producción agregada).

5 Supóngase que trasladamos las viejas máquinas de escribir (junto con los trabajadores que las operan) de una empresa poco eficiente (PTF baja) a otra empresa más productiva (que lo es por el hecho de que usa computadoras, es decir PTF alta). ¿Se vuelven las máquinas de escribir más productivas en su nuevo hogar? Me parece más bien que lo que va a suceder es que la PTF de la empresa más eficiente va a disminuir.

6 O como lo dice Elizondo: “Para Ros el problema es que el gobierno, al no ‘garantizar un alto nivel de utilización de la capacidad productiva’, ha afectado el potencial de crecimiento”.

7 Véase, por ejemplo, mi artículo de nexos en 2011, disponible en https://www.nexos.com.mx/?p=14592

8 Al igual que lo hicieron hace muchos años Dávila, Kessel y Levy (2002), Casar y Ros (2004), y muchos otros.

9 Agradezco a Carlos Ibarra la elaboración de esta gráfica y la sugerencia de incluirla.

10 En su discusión de la crisis de la deuda,
Elizondo se refiere también al texto de Ajit Singh y John Eatwell de abril de 1981. No
sé a qué viene al caso, porque este trabajo se refiere a la situación que prevalecía en 1980 cuando se estaba muy lejos de haber perdido el control de las finanzas públicas
y de la acumulación de deuda externa. El déficit presupuestal en 1980 (excluyendo
el servicio de la deuda externa) era de 2.4% del PIB (comparado con el 7.2% en 1981) y la deuda externa total representaba 30% del PIB (comparada con cerca del 70% en 1982). (Véase Moreno-Brid y Ros, 2010, cap. V.)

11 Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, FCE, traducción de Eduardo Hornedo, p. 337.

 

3 comentarios en “Réplica

  1. Me gustaría entender a que se refiere el autor (en términos prácticos, no teóricos, ni retóricos) cuando dice “una ambiciosa reforma fiscal” sin considerar en ello impuestos al consumo.

  2. Excelente respuesta de Ros. Ya se extrañaba un razonamiento riguroso desde una mirada distinta a la ortodoxa.

  3. Hay un factor importante que no aparece en tu texto: el crecimento del trabajo informal dentro de las empresas formales, ya sea por contratos simulados, subcontratación o contratación de trabajo sin salario ni prestaciones. Son muchos más de lo que imaginamos.