La promoción del olvido ha sido parte fundamental de la estrategia de seguridad interna del Partido Comunista chino desde el movimiento de Tian’anmen. Por 25 años la palabra “Tian’anmen” ha sido censurada en la prensa, borrada de los buscadores y editada en los discursos. La propia plaza ha sufrido una transformación paulatina: de ser el epicentro de la vida política china y de movimientos populares como la Gran Revolución Cultural (1966-1976) y el Movimiento Demócrata Chino (1978), pasó a ser un sitio resguardado por las fuerzas policiacas después del 4 de junio de 1989. En 2013, cuando un vehículo 4×4 perteneciente al Movimiento Islámico de Turkestán del Este se dirigiera en contra de un grupo de peatones y se incendiara, matando al conductor, sus dos acompañantes y un par de turistas que se hallaban cerca del retrato de Mao Zedong, la plaza fue cercada con vallas. Así está hoy en día.

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Seis veces del tamaño del zócalo, Tian’anmen debería ser la representación física de un régimen que ha sacado a más de 600 millones de personas de la línea de pobreza. Pero en vez de reflejar la vitalidad del sistema comunista chino (si es que se le puede llamar comunismo a lo que existe en China), lo que cuenta es la atrofia de la relación entre el liderazgo y la sociedad. En la plaza del pueblo, al pueblo no se le permite reunirse; por el contrario, cercas y policías le cierran el paso. Donde antes los amantes se veían para pasear y los niños para volar papalotes, hoy sólo marchan miembros de las fuerzas de seguridad.

Así pues, la plaza simboliza la relación entre el poder y la sociedad, un intercambio que se acota y se dirige desde los servicios de inteligencia. Prueba de ello es la intolerancia hacia el activismo, al menos al activismo humanitario. Pero esta necesidad de controlar la discrepancia se extiende mucho más allá de este sitio. Por lustros los medios chinos han permanecido completamente cerrados a cualquier mención de lo sucedido el 4 de junio de 1989.

Quizá por el simbolismo del 25 aniversario, este año la represión tomó nuevos matices. Desde finales de abril abogados, activistas e intelectuales fueron detenidos en distintos puntos de la nación. En la provincia de Cantón, al sur de China, cinco activistas fueron arrestados después de expresar su solidaridad con Li Weiguo, otro agitador detenido por querer llevar a cabo una demostración relacionada con la matanza. Hacia el norte, en Hangzhou, un escritor fue encarcelado por escribir un ensayo sobre derechos humanos y Xu Guang, de 45 años, fue detenido antes de que pudiera declararse en huelga de hambre. En Beijing, la capital, 15 intelectuales llevaron a cabo un seminario conmemorativo en una casa privada. En pocos días cinco de ellos fueron aprehendidos y el resto puesto sobre aviso de las consecuencias de continuar digiriendo el pasado. Hasta ahora el caso más sonado ha sido el de la periodista Gao Yu, de 70 años de edad, quien ni siquiera pudo llegar al seminario pues fue atajada antes por supuestamente revelar secretos de Estado a las agencias de noticias extranjeras para las cuales trabaja. Así, a 25 años de censura, el Estado aún está empeñado en borrar cualquier vestigio de lo sucedido —no es de sorprenderse cuando se considera que el número de muertos posiblemente ronda un millar.

Lo particular de la ola de detenciones de este año es que la represión cada vez se adentra más en el plano de lo privado. El Partido Comunista parece decidido a quitarle a la gente el derecho de recordar el liu si o 4 de junio, como se le conoce al movimiento de Tian’anmen en mandarín. Al menos eso es lo que indica la censura en las redes sociales de temas de interés público que puedan generar conflicto. Bajo el pretexto de “evitar contenido ilegal y dañino”, el gobierno no quiere oír hablar de problemas de tenencia de la tierra, contaminación y mucho menos derechos humanos. Al parecer la única opción que les queda a los chinos es revelarse olvidando. Como lo dijera el artista Ai Weiwei, hace cinco años, durante el aniversario número 20 del movimiento estudiantil: “Ante la ausencia del derecho a recordar, decidimos olvidar”.

El placebo para el olvido es una economía que ha crecido en promedio 9% en los últimos 30 años. Si antes de la matanza el sistema político chino se caracterizaba por la hiperpolitización de la sociedad (nada más hay que pensar en el Gran Salto Hacia Adelante, que inició en 1958 y terminó en 1961, o los 10 años de la Revolución Cultural), después de 1989, la política le cedió el escenario al consumo. Centros comerciales de ultralujo, bares donde sólo se bebe Moët & Chandon y Ferraris en las calles han elevado a China al segundo sitio en términos de consumo mundial y a echar un velo del olvido sobre lo ocurrido.

Para los jóvenes que nacieron en los años ochenta, que crecieron en una era de abundancia (nada más alejado de lo vivido por sus padres), Tian’anmen es una referencia geográfica, pero no histórica. No obstante, esta generación definida por la apatía política es también la generación que vive enchufada a las redes sociales. Servicios como Sina Weibo o QQ (parte de Tencent Weibo) cuentan con centenas de millones de usuarios que discuten temas tan variados como los índices de contaminación atmosférica, los artículos del bloguero más popular del mundo, Han Han, dónde comprar bolsas en descuento de Chanel o Gucci, y quizá aún más relevante para los líderes de la Ciudad Prohibida, la inflación y la corrupción del partido.

Así pues, las redes sociales le han quitado eficacia a la estrategia gubernamental. Este cambio ha generado un fenómeno nuevo para un régimen que, además, se enfrenta con una desaceleración económica. En 2013, por ejemplo, la economía creció 7.7%, un número admirable para el resto del planeta, pero no para un sistema que durante años registró un aumento de dos dígitos en su producto interno bruto. De ahí la necesidad de bloquear servicios como WeChat, Linkedln y Google días antes del aniversario del 4 de junio. Si antes la estrategia era controlar el flujo de información vertical —del Partido a la sociedad , ahora se trata de podar a como dé lugar los intercambios horizontales. Quitarle fuerza al murmullo electrónico, sin embargo, lo único que parece generar es irritación social. En un acto de protesta varios intelectuales y blogueros decidieron dejar de escribir en Sina Weibo el 4 de junio y el galardonado director de cine Jia Zhanke fue más irónico al tuitear: “No se preocupen por el olvido —al menos los censores de Sina Weibo se acuerdan”. En unas cuantas horas, este post también desapareció.

Ahora bien, durante todos estos años Occidente ha estado tan concentrado en analizar todo lo que sucede en China bajo la lente del liberalismo democrático, que no ha alcanzado a dimensionar las verdaderas raíces de la crisis de 1989. Si el movimiento estudiantil tuvo los alcances que tuvo fue porque las políticas de liberalización económica iniciadas por Deng Xiaoping, en 1978, generaron un alza en los precios de 25% y un aumento en la corrupción. Para los pekineses que habían crecido bajo el mantra maoísta de los años sesenta y setenta que dictaba “revelarse es justificado,” unirse a los estudiantes en 1989 para protestar por motivos económicos fue un paso natural.

En ese sentido, la represión de Tian’anmen no tenía como propósito salvaguardar los dogmas económicos marxistas, por el contrario, en el centro del cálculo gubernamental estaba, antes que nada, evitar un fenómeno social como el vivido en 1969 cuando los Guardias Rojos empujaron al país al borde de la guerra civil y, segundo, preservar las preceptos del libre mercado recién inaugurados. Los tanques en la plaza defendieron “el capitalismo con características chinas” y no “el socialismo con características chinas” como piensa la prensa en Occidente.

Sin embargo, ni siquiera la originalidad del sistema chino lo ha librado de caer en las contradicciones propias del capitalismo —las mismas de las que se quejó en Londres el 27 de mayo Christine Lagarde, presidenta del Fondo Monetario Internacional—. Hoy como hace 25 años hay un descontento plausible entre la gente, nada más que contrario a lo que sucedió durante el movimiento estudiantil, ya no se trata solamente de un proceso inflacionario, ahora el desencanto es contra un sistema donde 23% del PIB se concentra en 5% de la población (cifras de la Universidad de Pekín). El malestar social es particularmente agudo cuando cerca de 60% de los mantos acuíferos está contaminado y los niveles de contaminación son literalmente tóxicos en algunas ciudades.

Quizá el gobierno consiguió borrar del imaginario colectivo el movimiento de Tian’anmen, pero no así la necesidad de la población de expresar su desacuerdo ante partes de un sistema que necesitan reforma. He ahí el gran reto que los lí- deres chinos enfrentan. Es momento para que traduzcan el dinamismo económico, que los ha llevado a ser la segunda economía más poderosa del mundo, en un sistema político capaz de resolver de manera institucional los distintos problemas que aquejan a China. No se trata de copiar la democracia liberal de Occidente, más bien como muchos pensadores chinos han propuesto, de abrirle el paso a la imaginación y buscar en la propia historia china fórmulas de organización social adecuadas para ese país. Bajo esta lógica, resguardar el derecho a la memoria no es un peligro, sino una forma de capital.

 

Marusia Musacchio
Maestra en estudios orientales por la Universidad de Harvard.

 

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