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Para hacer un retrato de Efraín Huerta (que este mes de junio cumpliría 100 años) habría que tirar un par de lugares comunes que se erigen como un muro a su alrededor y nos impiden ver al verdadero poeta. Para empezar, habría que decir que ese muro, ladrillo a ladrillo, lo construyó él con su manera de ser fácil y jacarandosa, con su risa franca, su afición por el autoescarnio bromista y su generosidad sin límites. Está claro que a mi generación no le tocó conocerlo en persona. El 2 de febrero de 1982, día en que murió, yo contaba apenas con 14 años y no había abierto ningún libro todavía con interés genuino. Seis años después, en cambio, ya en la universidad, uno de los primeros libros que deshojé con fruición y llevé conmigo como un talismán hasta que su sobrecubierta quedó primero deshecha fue el grueso tomo de su poesía completa que Martí Soler editó para el Fondo de Cultura Económica. Es cierto que los poemínimos me divertían, como todo aquello que fuera políticamente incorrecto e incitara a malpensar, pero Los hombres del alba causaron una revolución en mi alma. La “Declaración de odio” a la ciudad de México se volvió mi himno de guerra, con él afilé mi instrumental poético, y “La muchacha ebria” era mi estatuto romántico. Ahora que lo he revisitado no dejo de pensar que a Efraín Huerta le debo todo, cada línea que he escrito (para bien o para mal) se puede leer como un eco tímido de esos versos suyos, poderosos y contundentes. Tengo la impresión, incluso, de que la fuerza de un libro como Los hombres del alba ha impulsado no sólo mi escritura sino la de generaciones enteras. En el espléndido arranque del prólogo a esa edición de la poesía completa, David Huerta retoma una idea de José Emilio Pacheco: “La vasta descendencia de este libro ya es toda una ancha corriente de poesía mexicana; no la única, desde luego, y en ocasiones tampoco la más valiosa —en buena parte porque resulta devorada por una retórica de lo tremendo y de lo visceral que no ha limado sus asperezas en los delicados cristales de muchos poemas de, por ejemplo, Efraín Huerta”. Parece fácil empedrar de lo mundano el camino hacia lo sublime, pero lograrlo es casi un milagro. Es mucho más común caer (sí, caer) en la risotada que elevarse al poema. Detrás de ese muro hay que buscar al verdadero Efraín Huerta. Más allá del “poeta del relajo”, de la “explosión jovial”, de los “estallidos de sensualidad alburera dedicados a fastidiar a las almas bellas” o a hacer justicia social, revolucionaria, contra el capitalismo brutal, se encuentra el apasionado y minucioso descifrador de mapas (una de las caras aficiones de Efraín Huerta).

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Cuando leí las conferencias que impartió en el Instituto Cultural Hispano Mexicano en 1965 (editadas por Mónica Mansour) comprendí lo que decía su hijo David: Efraín “se divertía haciéndose fama de maleducado y antilibresco, cuando la verdad simple y llana es que era un lector omnívoro, con un impecable juicio crítico”. Más allá del poeta y del chancista (no puede, eso sí, decir una frase sin hacer un malabarismo verbal y ensartar una puya), también había un Efraín preocupado por los procesos culturales históricos, hilvanando juicios y atando cabos. Traza ahí, en un ensayo que puede ser leído como un ajuste de cuentas con sus mayores, lo que él llama “La hora de los contemporáneos”, a quienes denomina “dioses de engallada figura” y de quienes rescata al poeta Jorge Cuesta: “Embriagarse en la magia y en el juego/ de la áurea llama, y consumirse luego”. También ajusta cuentas con su generación cuando toca “La hora de Octavio Paz”, de quien le parece admirable “el demonio de sus elementos expresivos” y a quien describe con palabras de Rodolfo Usigli: “Octavio Paz se busca. Buscarse es ya en sí un acto poético precursor del acto de la conciencia y del acto de luz en que el poeta se encuentra y se estremece en una sacudida más tremenda que la del espasmo, en un impulso vertical más dinámico que el del nacimiento, en un descendimiento más profundo que el de la muerte”. “Él no tiene la culpa de haber rebasado —dice también ya sin parafrasear a nadie—, como los inevitables Rulfo y Arreola en la prosa, los límites humanos, para convertirse en el mito publicitario casi extravagante que es ahora”. En lo que luego llama “La hora de los aficionados”, esboza lo que ocurrió en México tras la guerra de España. “Como hongos se multiplicaron los hijos del Sol, vulgo poetas, justamente raza más abundante que las setas”. Dice que La realidad y el deseo de Luis Cernuda es “uno de los más bellos volúmenes de verdadera poesía escritos en idioma español”, y Poeta en NY de Federico García Lorca le parece sobrevalorado. Frente al “charlatán Efraín Huerta” coloca a una verdadera poeta, Pita Amor, “criatura de pasión e ideas”. Dice que “el más claro, el más alto, el más noble y maravilloso poeta que jamás haya pasado por estas tierras se llamaba Paul Éluard. A su lado, Neruda es un elefante rodeado de todos los actuales cuentos verdes sobre elefantes; Nicolás Guillén es un tamborero de la Sonora Santanera; Alberti un mandarín gaditano, etcétera”. Difícil tomarse en serio a un lector tan apasionado, aunque es el impulso vital y no cerebral justamente el que lo define e invita a tomarlo en serio. Al final de este ensayo se ocupa de lo que llama “La hora de nadie”, que viene a ser su recuento final de lo que ocurría en la década de los sesenta, plagada de poetabernarios, poetarambanas, poetambres, poetarántulas y tragamusas. Habla de la poesía amordazada y de la poesía en bikini, y de las muchas revistas literarias que hay. Sin embargo, concluye, “no se está en un recinto de la poesía vital, sino en una capilla de Gayosso. No hay que excederse en el aspecto romántico, porque el romanticismo es un arte vertiginoso. Pero no hay vértigo en esa desquiciante tranquilidad, en las caras de palo, en la sociedad doctoral”.

En el desdibujado mapa de la literatura mexicana que estudia y traza de nuevo Efraín Huerta (con Los hombres del alba y Amor, patria mía —su gran poema sobre la historia de México dicho a su amante en la cama) brilla una verdad absoluta: “La poesía es algo muy importante, algo muy arrebatador, algo muy lúcido: algo que requiere un contenido, un lenguaje y un oficio”. Verdad (tan absoluta como su amor) que generaciones como la mía parecen olvidar.

Juan Manuel Gómez

Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.