Dos calaveras, casi inéditas hasta ahora, escritas por Luis Miguel Aguilar y José Joaquín Blanco, quien alguna vez escribió: “La poesía de Efraín Huerta ha cubierto una de las principales carencias de la poesía mexicana: la ha hecho incluir la realidad urbana de opresión y miseria; ha opuesto la capacidad colérica al bucolismo reinante; ha impuesto la vida cotidiana y pasional del poeta como espacio real”.
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