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Ricardo Garibay
Antología (selección y prólogo de Josefina Estrada), Cal y arena, Esenciales del XX, 2013, 645 pp.

La Antología de Ricardo Garibay recién publicada por Cal y arena asombra porque evidencia la capacidad de una obra de mejorar y superarse con el tiempo, un privilegio reservado a muy pocos autores. Como este volumen lo confirma, leer a Ricardo Garibay (1923-1999) equivale a (re)descubrir la agudeza y vitalidad de un estilo que al paso de los años acentúa su fuerza, nitidez, mordacidad y gracia.

Es imposible no advertir esa destreza que lo distingue como un estilista del habla popular y del lenguaje oral de los mexicanos, con su fonética coloquial, rebosante de modismos y caló, a través de una vasta galería de personajes y escenarios múltiples que animan su escritura torrencial: de la ciudad de México a las entidades de la frontera norte y su estado natal, Hidalgo, además de Guerrero, Chiapas, Durango, en fin: zonas urbanas y rurales, pueblos y rincones, viajes y reportajes que le permiten recorrer el país “de punta a punta”, ya como periodista invitado en giras de funcionarios y presidentes, como reportero a cargo de misiones diversas, o inclusive con una caravana extravagante de artistas de la legua, prófugos ocasionales del cine nacional —Garibay funge como “maestro de ceremonias”— en busca de unos pesos y de esquivar a la pobreza.

El capítulo dedicado a la “Crónica” lo relaciona con el “nuevo periodismo” estadunidense de la segunda mitad del siglo pasado. Entre las afinidades cuenta la efervescencia de su inventiva verbal y desde luego el impulso lúdico de su lenguaje —que puede recordar a Tom Wolfe—. Garibay fue aficionado al box, de hecho lo practicó —fue sparring—, y con esta experiencia y sus recursos literarios pudo escribir Las glorias del Gran Púas. Con el procedimiento de un reportero, sigue los pasos del entonces campeón Rubén Olivares, el Púas (“lejos ya de sus mejores días”, todavía en busca de las grandes bolsas que en parte le han esquilmado y en parte él ha despilfarrado) y consigue un retrato pleno de humor y goce verbal —el famoso oído de Garibay en su máxima expresión— que reproduce de modo insuperable el lenguaje del Púas y compañía, su vida destrampada, en alternancia con los sacrificios impuestos por el entrenamiento que antecede a sus peleas.

Una vez más en sintonía con el nuevo periodismo estadunidense, recuerda a Norman Mailer y su fascinación por Muhammad Alí. Como Garibay con el Púas, Mailer convivió con Alí durante una temporada y así logró su espléndida novela El combate, sobre la mítica pelea entre George Foreman y Alí, publicada en 1975, tres años antes de Las glorias del Gran Púas. Pero al margen de las afinidades o los antecedentes, la eficacia de Garibay no admite regateos: es una pieza definitiva de la crónica y el periodismo mexicano del siglo XX (en esto hay un consenso casi absoluto) que por sí misma justifica esta Antología y reivindica el lugar de Garibay en la literatura mexicana.

Su vena cáustica logra otro momento superior en Acapulco (1979), donde expone el entorno de miseria, criminalidad, corrupción, desprecio, prostitución, insalubridad, la injusticia que impera en Acapulco y el estado de Guerrero: una degradación generalizada que al paso de los años no sólo permanece sino que se ha recrudecido. Cito por ejemplo la descripción de una calle en la zona roja acapulqueña de aquellos años:

es un muestrario canceroso —anota Garibay—; gas neón de mil colores y oscuridades; hoyancos y jorobas, lodazales y polvo, puertecitas y puertezotas, bares, piqueras, cabaretes, bules; sillas de ixtle, putas gordas, viejas, adolescentes, maduras, a la vista cuanto tienen, muslos flebíticos, crespos sobacos, carcajadazas, desolados interiores de cemento y rocolas, mil novecientos cuarenta; taquerías, garnacherías; asomos de camas en movimiento; vendedores ambulantes, caballeros descalzos, automóviles enormes, gendarmes y reja de cárcel minúscula, altoparlantes. A media calle todo, en las aceras, en las manos, untado a la cara, como restregón de herida fétida, negruzca.

Su “lupa desmesurada” y “milimétrica” también se concentra en los indígenas de Hidalgo y su pobreza ancestral, tan implacable como la que expulsa de sus lugares de origen a los “paracaidistas” que llegan a instalarse en los cinturones de miseria de la ciudad de México y sus inmediaciones, entre pepenadores y desechos fétidos a cielo abierto. Legiones de menesterosos que Garibay describe sin atenuantes: “millones de mexicanos” condenados “a la basura” y la penuria, excluidos de cualquier oportunidad por la práctica de un sistema autoritario, represivo, depredador, corrupto: el supuesto régimen de la Revolución mexicana.

Fue ajeno a los principios de lo que ahora se llama “corrección política”. Así lo muestra su trato con Díaz Ordaz en el poder, de quien perfila una semblanza punzante y detalla la personalidad tortuosa, pero de quien Garibay, como confiesa, acepta un subsidio. Lo hace público, sus colegas lo cuestionan (Carlos Monsiváis en particular) y al explicarse (“pude entregarme enteramente a leer y escribir”) reafirma su independencia: “No me vendo ni hay precio que me compre. Lo único que festejo en mí, es mi lealtad a mi oficio”.

Ante el gremio literario, Garibay insiste en mantener una distancia y reniega de “hablar con escritores”, aunque varios de los textos aquí reunidos lo contradicen. Convencido de que “escribir es pelear” y de ejercer el derecho de “ser impertinente”, se refocila al denostar autores reconocidos de toda procedencia, en el capítulo titulado “Paraderos literarios” que delinea su gusto y da cuenta de sus lecturas. Cito algunos ejemplos: Jean Austen “fue como una dócil vaca, lechosa y soñolienta”. George Simenon: “un mentecato excepcional que vivió marranamente… los triunfos y glorias de la literatura”. Agatha Christie y la novela policiaca: “¿Qué me importa a mí quién mató al idiota de la primera página?… La novela policiaca es la forma literaria de la estupidez”. Calderón de la Barca: “Hay que tener hígado para soportar a los clásicos, ciertamente. Qué cantidad de tonterías”. Marcel Proust: su lectura “me resulta insoportable”. Alfonso Reyes: “cometió centenares de páginas innecesarias” y padecía de “horror a la verdad desnuda”. Bioy Casares: “me llena de irritación, de impaciencia o de cólera”. Además, como apunta Josefina Estrada en su prólogo, tachaba a Rulfo “de estreñido y de haber escrito sólo dos libritos folclóricos”.

La actitud beligerante o desdeñosa, la disposición iracunda y polémica, descollaron como señas de identidad; su personaje público añadió la impostación y hasta las batas chinas que ostentaba en sus programas televisivos; pero eso no comprende la profundidad ni los alcances de su paisaje social y literario. Tampoco hace falta compartir sus improperios o descalificaciones, reflejo de su temperamento: la forma en que disiente y fustiga los prestigios establecidos lo asemeja a un fajador —en el lenguaje del boxeo— que conecta sus mejores golpes en el clinch y se atribuye los nocauts más fulminantes.

A su vez padeció el ninguneo, la falta de reconocimiento a su trabajo. Como apunta Josefina Estrada, “no obtuvo ni los premios ni los reconocimientos más sobresalientes, nacionales o internacionales, que recibieron sus contemporáneos”. Libró su vida literaria como una vocación a contracorriente, un campo de batalla, y al mismo tiempo como “una forma de felicidad” que al madurar se hizo espontánea. Según refiere en estas páginas, cuando escribía Acapulco abandonó esa obsesión que persigue a tantos escritores, para darse un lujo que muy pocos se permiten: “No corrijo —apuntó—, lo que escribo sale a la primera; así se va a la imprenta”.

La colección que inicia con este volumen, “Esenciales del XX”, es una oportunidad para el rescate de autores que no están disponibles en librerías como sería deseable. Ricardo Garibay habla de cincuenta libros publicados; la bibliografía que cierra este volumen registra alrededor de cuarenta; los diez tomos de sus Obras reunidas se publicaron entre 2001 y 2005. Sólo esta Antología contiene más de 200 mil palabras: un dato que ilustra la amplitud, no la potencia de su escritura, que fluye en este libro intenso y brinda a sus lectores —nuevos y añejos— la constancia de un esencial de nuestro siglo XX.

Roberto Diego Ortega

Poeta y traductor. Ha publicado Nacer a cada instante.

 

3 comentarios en “Ricardo Garibay: Lo que ve el que escribe

  1. simplemente todo los defectos que encuentra en los demas escritores desde son sinonimo de su escritura, aunque yo añadiría, y Ricardo Garibay simplemente leerlo es lo cosa mas desesperante y aburrida que te puede pasar.