Los claustrofóbicos podrían explicar por qué este metro cuadrado de color titanio se siente más pequeño después de que se cierran las puertas mecánicas. Quizás es porque la cuarta pared obliga a estrechar la distancia entre los cuerpos que viajan dentro del elevador. Estamos en un receptáculo mínimo, la única vía para llegar a la azotea desde un sótano lujosamente mortecino de Chelsea. Roberto Saviano sonríe con los ojos, pero esquiva a lapsos la mirada bajo el gorro de lana negro que está ahí para cubrirle el cráneo sin cabello.

Primer piso. Silencio. A medio metro de distancia, Saviano no intimida, pero tampoco intima. Se apoya para proteger su espacio personal y sitúa la mirada en el infinito durante el tiempo suficiente para regresar a la Tierra y ver a los ojos con una sonrisa que no termina de definir. Segundo piso. Silencio. Saviano no se parece ni por asomo a ese enfant terrible y azotado del periodismo que imaginé en 2006 en las páginas de Gomorra, un libro bautizado con un juego de rimas en el que la ciudad maldita de la Biblia alude y sustituye el nombre de la Camorra, la mafia napolitana en donde se infiltró para escribirlo. Lo publicó a los 26 años y la polémica por lo que destapó le cambió las moléculas, como él me dirá más tarde: llegaron amenazas de muerte que lo obligaron a naturalizar la paranoia de sentirse perseguido, a vivir protegido por escoltas, a cambiar de casa hasta cuatro veces en un mes para despistar a quienes lo amenazan. Ahora Saviano tiene 34 años y ha vendido cinco millones de ejemplares traducidos a 54 lenguas. Es muy famoso para quienes lo siguen. También para quienes lo persiguen.

Tercer piso. Respiración pausada. Saviano mira de refilón mi ejemplar de Cerocerocero, su último libro, un relato ensayístico de no ficción de más de 500 páginas que trata de explicar el mundo del narcotráfico en México y que pone al país como el verdadero centro del mundo porque desde su geografía se mueve la economía ilícita global. Cuarto piso. Media sonrisa. Ocho años ocultándose es mucho tiempo, pero medio metro es una distancia lo suficientemente reducida para notar que el autor inalcanzable que presentí en sus libros es completamente humano y está envuelto en un haz de bonhomía con un ápice de timidez.

El ascensor llega por fin a la azotea del Hotel Americano. Las puertas se abren y la penumbra de los pisos inferiores se transforma en una apoteosis de luz. Es como si los presos del mito de la caverna hubieran sido liberados. Los ventanales del edificio de Enrique Norten, en medio de un barrio de galerías de arte ahora habitadas por montículos de nieve, son testigos del primer día de marzo en que el sol da tregua a uno de los inviernos más duros de la última década. No hay escoltas a la vista.

—¿Ahora están aquí? —rompo el hielo.

—No, porque estoy con una fake identity. Así que puedo respirar.

Ya se ha sentado. Afuera Nueva York está a un grado. Adentro hace calor y Daniel, el barman de Costa Rica, agita una coctelera para tentarnos: nos hemos convertido en los únicos clientes de una terraza que parece el ático de una bienal de diseño.

—Trato de mantener afuera la cuestión de la escolta, pero es muy pesado, porque siempre hay ocho personas alrededor de ti, o  bien están los escoltas cuando hago cosas públicas, o la clásica escolta de dos. Siempre están. Es para enloquecer. Siempre, menos cuando estás en una habitación, porque se quedan afuera.

Saviano estuvo en Nueva York en 2011 durante un periodo corto en el que impartió de forma secreta un curso de mafia en la New York University. Sus alumnos, en un juramento de palabra parecido a los que se hacen en el interior de las organizaciones sobre las que el autor escribe, se comprometieron a no revelar quién era su profesor. Todos cumplieron. Él hizo alguna aparición pública sin avisar y de nuevo se esfumó su rastro. Ahora, más de dos años después, está de nuevo en una urbe donde ser de fuera y pasar los meses más fríos entre sus calles te hacen sentir casi neoyorquino, un estatus que se adquiere cuando empiezas a convertir el caos en lógica, el ruido en ritmo. Los parques son sus lugares favoritos, pero su ágora sigue siendo su espacio para escribir: una pequeña habitación ocupada por pilas de libros. El escritor napolitano se ha acostumbrado a ser un autor perseguido, pero también se pone en la piel de quienes lo cuidan. De hecho, ha dedicado Cerocerocero al equipo de seguridad que ha compartido con el napolitano más tiempo que con sus propias familias. Ellos son los mismos que verificarán lo que cualquiera de sus amigos le escriba si le manda un correo electrónico.

—Es extraño porque muchas veces me ha tocado escribir en un cuartel. Te parecerá raro, pero muchas veces he sentido que ésa era la dimensión justa. Otras veces he escrito en casas pequeñísimas. He escrito bajo cientos de techos. Por eso, para sentirme en casa, me basta con una conexión a internet.

La intimidad es casi un lujo para Saviano. Lo único que se salva de la revisión es su prosa, que se ha convertido en su lugar secreto, en su refugio. Por eso es un obsesivo de la pluma: economiza los términos y busca la belleza en el cuidado del concepto y de la frase, a la que dedica largas jornadas de pulimento. Saviano mima su escritura con la dedicación de quien cultiva orquídeas.

Su forma de hablar, en cambio, es mucho más relajada. Es correcta sin ser demasiado coloquial, acariciada por el ritmo del acento napolitano de una persona culta que ama el periodismo y conoce la riqueza de registros que le permite el idioma donde nació la primera universidad del mundo. Mientras habla italiano, usa sin problema algunas expresiones en inglés. Fake identity ha sido sólo el primer anglicismo dentro de nuestra conversación, que tendrá lugar completamente en italiano, un idioma que admite palabras de otras lenguas pero que se vuelve espurio cuando se mezcla con los dialectos de Italia, como sucede con la escena del libro en la que un ex mafioso napolitano instruye a los futuros narcotraficantes latinos de Nueva York.

Un escritor de no ficción, es decir, un autor que no inventa, sino que explora el mundo para tratar de entender sus incongruencias, siempre presenta pruebas para que sus afirmaciones sean verificables, aunque parezcan sacadas de una película de James Bond. La credencial que Saviano me muestra tiene su fotografía, pero el nombre y apellidos son los de otro individuo, una identidad que quizás es inventada y que resultaría familiar y hasta cómica para más de uno si pudiera revelarse. Su sentido del humor es negro y, sobre todo, cómplice. Tarda en aflorar, igual que los coches con motor diésel tardan en calentarse.

—Mira, tu nombre no está en las dedicatorias de este libro. Será porque es la edición en español. Esto es grave, muy grave —le dice en broma a K, su profesora de inglés, una rubia menuda y tímida que nos ha acompañado hasta este punto.

La siguiente expresión que dice Saviano en inglés es precisamente nonfiction novel, la estirpe de la literatura de la que se sabe hijo.

—Mi sueño en Cerocerocero era el mismo que el de Truman Capote en A sangre fría, es decir, escribir una novela que tiene el estilo narrativo, la exactitud y rigor del ensayo, la belleza y la verdad de la poesía.

—¿Y has cumplido ese sueño?

—No sé si lo he logrado —me dice el hombre que concibió el título de su primer libro como una metonimia para lectores de periodismo, una figura literaria que se convirtió en un best seller—. Quizás no lo he logrado en todas las páginas. Sin embargo, mi objetivo era construir una especie de pastiche que permitiera apropiarse de la historia. Como si fuera una narración desde Rusia en la que quiero que mi lector en Córcega sienta que Rusia le concierne, pero no porque le tiene que gustar la página, sino porque le doy también las pruebas, no sólo las emociones. Es el relato real del que habla Javier Cercas.

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La filóloga se aleja a otro sillón lo suficientemente cercano para poder aguzar el oído si lo desea. Con una voz de flauta dulce, K me contará después que Saviano es buen alumno, que ha mejorado mucho, pero que podría dedicarle más tiempo al estudio, un tiempo que no tiene porque lo usa para su trabajo. El periodista no acaba de dominar la lengua de Shakespeare. Pero sus padres literarios, al menos los que él ha adoptado de forma consciente, son todos anglófonos. Primero enumera a aquellos que pusieron nombre al New Journalism norteamericano. Le salen tres nombres: Hunter S. Thompson, Norman Mailer, Truman Capote. Pero cuando le pido que me recomiende libros que lo hayan marcado como autor, deja atrás a las luminarias de los manuales de nuevo periodismo y camina por lindes mucho más de culto. Dicen que los libros que uno pone junto al lugar donde duerme revelan más sobre nosotros que nuestra autobiografía. No muy lejos de su cama, Saviano atesora el único libro del cronista Michael Herr, autor de Dispatches, un reportaje narrativo publicado en 1977 sobre las experiencias de los soldados en la guerra de Vietnam en el que se inspiraron las películas Full Metal Jacket y Apocalypse Now. Saviano hizo el prefacio de este libro cuando se publicó en Italia. Al hablar de Herr pone el rostro serio, como si encontrara elementos relacionados con su propia biografía en los volúmenes de su devoción.

—Herr para mí es un maestro. Vive todavía, a dos horas de Nueva York. Y sólo un libro. Uno. Y después no fue capaz de escribir nada. No pudo. No lo logró. Y entiendes por qué. Vio cosas que lo volvieron estúpido ante cualquier intento de escribir más.

Del otro lado del péndulo de la no ficción, el del ensayo, a Saviano le interesan los escritores que saben afrontar la palabra con la voluntad de explicar los mecanismos, algo que él mismo busca en sus obras. De entre ellos, menciona sólo uno: el periodista británico Misha Glenny, autor de los libros McMafia: A Journey Through the Global Criminal Underworld —que desenmascara los engranajes del crimen organizado en el mundo—, y Maximum City: Bombay Lost and Found, un relato real sobre un hombre de Bombay que regresa a su tierra después de muchos años ausente y logra ver las atrocidades de la ciudad con ojos de extranjero.

Pero no hay pupilo que no mate a su maestro. Los periodistas que se asumen como escritores siempre tienen un mentor, uno o varios padres putativos, pero no copian, sino que construyen y defienden su propio decálogo. Sentado en el lado opuesto del sillón azul que compartimos, Saviano revela sus breves mandamientos para la no ficción:

—La regla es contar un hecho real, con disciplina, pero manteniendo dentro la mirada. Los anglosajones hablan de la distancia justa. Pero lo que yo quiero es la cercanía justa.

Distancia y cercanía riman en italiano. Es un juego de palabras. La primera —la distanza— es fría, fáctica, verificable: sea larga o corta, basta tener un metro a mano para calcularla. La segunda —la vicinanza— se mide con métodos mucho más primitivos y se puede afrontar de dos modos: el primero es aproximarse a la llama y detenerse en el punto donde el calor empieza a abrasarte la carne (este procedimiento arde pero no provoca heridas). También hay otro camino para lograrla: meter directamente el dedo en el centro del fuego y retirarlo poco a poco hasta encontrar el punto justo donde el calor lame la piel pero ya no la consume. Aquí las quemaduras son un mal menor pero inevitable.

En Gomorra Saviano optó por la primera fórmula: fue la clave de su éxito editorial. También fue la llave de su calvario.

Pero en Cerocerocero, un relato real sobre el narcotráfico mexicano cuyo título invoca el grado máximo de pureza de la cocaína, la pregunta es cómo afrontó Saviano esa cercanía anhelada si tuvo que escribir desde las sombras con un espacio acotado por sus fama y sus exigencias de protección. Él dice que con una situación de seguridad mucho más delicada que antes de escribir Gomorra, el proceso del nuevo libro tuvo que ser obligatoriamente distinto: lo que en Nápoles se resolvió a través del periodismo vivencial, en el volumen sobre la cocaína devino en un trabajo de archivista, una sublimación del relojero que busca los engranajes para armar unidades a partir de piezas sueltas. Ya no se infiltró sino que tuvo que frecuentar tribunales, cuarteles, trabajar con fuentes secundarias: interceptaciones, interrogatorios, minutas, actos judiciales. Las páginas se escribirían como una novela pero con el rigor de un documento. Y luego, cientos de entrevistas.

Sin embargo, no hay nada que anhele más un periodista que respirar, que impregnarse de la poética de los espacios. Y para eso hay que viajar. ¿Cómo escribir periodismo desde el escritorio, recluido, escoltado, sin libertad? Le leo entonces las palabras con las que él mismo describe Sinaloa en el pasaje donde narra la tortura de Kiki Camarena, el policía estadunidense que se infiltró en el cártel como un narcotraficante más. Saviano escribe en la primera parte del libro: “Con sus ríos que descienden de Sierra Madre al Pacífico, Sinaloa es tan precioso que no crees que pueda haber otra cosa que luz deslumbrante y pies en la arena”. Otro párrafo reza que este lugar del norte de México es “una lengua de tierra, un paraíso donde se expían penas dignas del peor infierno”.

—Hablas de México como si hubieras estado en sus tierras. ¿Has pisado México?

—Sí —responde y luego toma aire—. He estado en algunas zonas de México pero bajo una identidad secreta. Estuve en toda la zona que hace frontera con Estados Unidos. Fake identity es como se llama la manera en que he pisado todos los países donde en realidad yo oficialmente no he estado. También estuve así en África, en los Balcanes. Y también aquí, en Nueva York, como te dije. Soy fake identity. Para mantenerme under cover me tienen que hacer entrar así. Es lo más parecido a ser normal.

—¿Pero por qué, entonces, esa obsesión por seguir trabajando a la sombra de lo más oscuro?

—Lo hago un poco por venganza. No es una cosa noble, lo sé. Lo hago porque siento que es una especie de demonio. Siento que conozco mucho los mecanismos de las cosas sobre las que escribo. ¿Sabes tocar el violín? —me pregunta.

—No.

—Imagínate que tú supieras tocar el violín y de repente decidieras dejar de hacerlo porque tienes que tocar otros instrumentos. Pero resulta que sólo sabes tocar el violín. ¿Lo dejarías? —me reta.

Entiendo la metáfora. Le respondo que escribir sobre la droga conlleva más riesgos que pasar un arco por las cuerdas. Saviano se quita el gorro negro que aún lleva puesto y lo deja en un lugar que después no recordará. En el sillón de cuatro plazas que preside la azotea quedamos ahora a un metro de distancia, el espacio justo donde cabría un juego de mesa.

—Yo hasta ayer estaba convencido de que si no te quemabas totalmente no amabas tu página de forma verdadera. Pero hoy siento que esto es una pulsión un poco adolescente. Hoy estoy convencido de que sí es posible escribir protegiéndose. Hoy ya no estoy seguro, como ayer, de que sea necesario arruinarse la vida para escribir un libro verdaderamente bueno. Pero en estos dos libros que yo he escrito, hasta ahora nunca me protegí porque estaba en medio de la vorágine de quien piensa que desde mañana todo cambiará porque leerán este capítulo.

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Escribir es para Saviano entender la visión del otro, y por eso se encuentra cómodo cuando trata de construir la filigrana que da forma a los juegos de poder. Para estudiar al contrincante es necesario entrar en el campo de juego. En 2010, cuando estaba en pleno proceso de escritura de Cerocerocero, le envió un correo en italiano a la periodista mexicana Laura Castellanos, autora del libro México armado y la última persona que había entrevistado al subcomandante Marcos. Ella no sabía si se trataba de una broma. Respondió con brevedad y esperó a la jugada de quien supuestamente era Roberto Saviano. Poco después, el segundo email, ya redactado en español con ayuda de algún colaborador, llegó a las 4:06 de la madrugada, hora mexicana. Laura Castellanos estaba delante de su computadora porque se encontraba terminando un reportaje y es más nocturna que diurna. Llevaba como asunto “Da Roberto Saviano” y decía así: “Querida Laura, gracias por tu disponibilidad. […] Es probable que el sub haya leído Gomorra, mi libro. Quisiera confrontarme con Marcos, dialogar con él de su mirada sobre lo del narcotráfico. Marcos hoy día se encuentra en una situación complicada. La lucha zapatista ahora tiene como enemigos incluso los narcos. Mi deseo sería confrontar a un mexicano, precisamente a Marcos con la historia […] que ha llevado a la situación actual en la que la coca desempeña un papel de primer plano en la economía mundial”. Castellanos me cuenta que trató de localizar a Marcos, pero su contacto no lo permitió. No hubo más comunicaciones por parte de Saviano. Se acabó la partida.

—Cuando  era adolescente, México para mí era el subcomandante Marcos —me dice Saviano desde el sillón azul—. Pero ahora, en este momento, para mí México es lo contrario de la carnicería caótica que ve el mundo. Es lo contrario: es una estructura ordenadísima, y su guerra militar es una guerra de orden, no de desorden. Y  Sinaloa, en efecto, no me lo imaginaba tan bello. Y así lo digo: en este momento, si no conoces México no conoces el mundo. Esto no es una hipérbole.

Después explica que en México se ha hablado muy poco de que el subcomandante Marcos predijo a finales de los noventa en su libro La cuarta guerra mundial que Colombia dejaría de ser el centro del narcotráfico. Nadie lo escuchó, pero el tiempo lo ha colocado como un visionario de lo que sucede hoy.

—Siempre me ha sorprendido la mirada de Marcos porque no fue el típico guerrillero que piensa que el narcotráfico es el capitalismo. Había intuido que era otra cosa. Y hoy prácticamente se ha quedado inmóvil a causa, justamente, de los narcos. Su zona es una zona de paso. Mientras que el Estado puede buscar pactos, los narcos te eliminan. Y también por esto me gusta la figura de Marcos, porque él sabe bien que si se expone su comunidad será masacrada. Marcos tenía dos caminos: hacer como las FARC, es decir, tomar dinero de los narcos, o bien hacerse a un lado. En este momento se ha hecho a un lado, ya no hace guerrilla activa. Y yo aprecio este gesto.

Más allá de las acciones, los crímenes o la inmoralidad del Cártel de Sinaloa o de la ‘Ndrangheta de Calabria, lo que le interesa a Saviano es buscar siempre la forma de ponerse en el pellejo del objeto de estudio. Nunca pudo entrevistar a Marcos, pero sí le fue posible atravesar la frontera con el nombre de otro. Para él, pisar México suponía rozar esa justa cercanía que le permitiera trascender estereotipos como la Santa Muerte o la guerrilla.

En México, Saviano no encontró el far west que difunden los medios de comunicación. Tampoco el México que él había imaginado en su adolescencia, en Nápoles, cuando él lo reducía a historias de zapatistas en marcha pacífica contra un gobierno. No halló elementos que calcaran las imágenes de González Iñárritu o la prosa de Paco Ignacio Taibo. Tampoco vio el México construido en la mente de los viejos italianos de extrema izquierda, ésos que escuchó en la infancia, para los que el país era como una vieja amante, un lugar casi mítico al que podían escapar de la policía italiana, el sitio donde se refugió León Trotsky y el sitio donde lo mataron. No. En México Saviano encontró un eslabón que sólo podría compararse con la metáfora de la telaraña global.

—Encontré una continuidad. Y a veces mucha más continuidad con los periodistas mexicanos que con los españoles o los mismos italianos. En el sur de Italia se siente mucha más cercanía con quien trabaja en México que con quien trabaja en el norte de Italia. Estas son las cosas increíbles de la globalización: ciudad de México, Buenos Aires y Nápoles son mucho más parecidas que Nápoles y Roma. Y parece increíble. Los argentinos son italianos que hablan español y se creen ingleses, como decía Borges.

—¿Y los mexicanos?

—Por un lado están los difidentes. Por otro, los que se tapan los ojos: hay una parte muy progresista en México, cierta comunidad blanca a la que no le gusta hablar del narcotráfico porque les duele, porque es como si afectara a su propia imagen. “No somos criminales”, dicen. Y pasa lo mismo con buena parte de la población italiana. En México se cree que hablar del problema del narco es crear el problema del narco. No. El problema existe. Hablar significa resolver.

Dice Saviano que el único que puede cambiar el curso de las cosas es el lector mexicano. Está seguro de que la razón por la que la mafia empezó a perseguirlo como escritor no fue su libro, sino quienes lo adquirieron. Los criminales no temen a los autores, sino a los que leen. El lector ideal que sueña Saviano es un escéptico, uno que no se fía, un lector que se va a buscar a los periódicos para comprobar si las historias del libro son todas verdaderas.

—¿Anhelas la libertad? —le pregunto.

—Anhelo la serenidad. Creer en una cierta autenticidad te hace tener la sensación de no escribir algo inútil. Pero te hace perder también la serenidad. Envidio muchísimo a los escritores italianos serenos. Por mal que les vaya con un libro, tendrán una mala crítica. A mí, si me va mal, me llueven denuncias, querellas, procesos civiles y penales, campañas mediáticas de desprestigio. Éste es el verdadero problema. No es sólo estar perseguido. La falta de serenidad es otro precio que hay que pagar.

Saviano no es el primer autor extranjero que ve en México un terreno fértil para escribir sobre la realidad: en 1913 John Reed cruzó la frontera con Estados Unidos para escribir una crónica de la lucha armada de la Revolución, desde dentro, compartiendo sus ideales, y que tituló México insurgente. Medio siglo más tarde, el antropólogo norteamericano Oscar Lewis eligió el lenguaje del periodismo para escribir el retrato mísero de una familia de Tepito, Los hijos de Sánchez, publicado en inglés en 1961 y en español en 1964. El director del Fondo de Cultura Económica de entonces, Arnaldo Orfila, perdió su puesto por una demanda judicial que lo acusó de difundir un volumen “obsceno, difamatorio, subversivo y antirrevolucionario”. Fue una bomba que desenmascaró los agujeros del milagro mexicano y que antecedió las revueltas del 68. Ahora, a un siglo de Reed y a medio de Lewis, el conflicto que refleja Saviano es muy distinto, pero se trata de un libro que mete el dedo en la llaga de otro parteaguas: una nueva visión que saca al narcotráfico de su dimensión local, y sitúa a México como el eje de un cambio en la economía mundial. Hasta la yerba que se fuman los bohemios de Amsterdam ha pasado por México.

Saviano, lejos de estar en pose, responde sin rodeos a todas las preguntas. Su caballerosidad es propia de un ajedrecista. El periodista dibuja ahora un cuadrado con las manos en el espacio de tela que nos separa.

—Para mí la escritura es como una partida de ajedrez en donde el jugador, antes de actuar, siente verdaderamente que ha entendido a su adversario cuando ha intuido la visión. Si yo juego ajedrez contigo, siento que tengo la partida en mis manos cuando he logrado entender tu visión: lo que tú quieres hacer con el juego. He entendido que quieres destruir la infantería, o todos los peones, he vislumbrado tu visión. Quizás, después me puedes vencer, pero mientras tanto trataré de defenderme.

Sus palabras están atravesadas por un trasfondo de amargura. El sabor agrio que siempre lo acompaña es el elixir que sigue alimentándolo porque en el fondo es un idealista y cree que su trabajo, aunque sea duro, aunque le cueste caro, servirá de algo. De lejos, Saviano puede parecer un superhéroe oscuro, de ésos que viven en las alcantarillas y no pueden salir a la calle a menos que se pongan su disfraz. Pero a un metro de distancia es un optimista desasosegado, un caballero andante que calza tenis y viste jeans. Un hombre que siempre lleva puesto el traje de periodista. Incluso dentro del no tiempo de un elevador.

Sergio Rodríguez Blanco

Escritor, periodista, crítico y traductor. Ha publicado el libro Alegorías capilares y es colaborador en Reforma, Gatopardo, Chilango, Nierika y El Malpensante.