La muerte es grande. Nos hunde en un túnel de silencio, del que sólo salimos con el tiempo, ese falso curandero. Heridos, nos preguntamos por qué algunos se van tras una larga agonía y otros con un relámpago inexorable. Paco de Lucía cayó fulminado, en una playa blanca de Tulum, el 25 de febrero de este año, mientras jugaba al futbol con Diego, su hijo de 10 años. Al llegar al hospital, sufrió un infarto masivo, letal. Contaba con sólo 66 años. Richard Chapman y Eric Clapton, autores de Guitar: Music, History, Players, lo describen como “una figura titánica en el mundo de la guitarra flamenco”. Dennis Koster observa que fue “uno de los más grandes guitarristas de la historia”.

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Paco de Lucía nació en un barrio gitano de Algeciras, en 1947. Su padre, Antonio Sánchez, y su hermano mayor, Ramón de Algeciras, fueron sus primeros maestros. Su madre, Lucía Gomes, La Portuguesa, le heredó el nombre que le dio fama. La leyenda ha sido generosa con él: el pequeño Paco aprendió a pulsar las seis cuerdas antes de pronunciar una palabra. Habló a través de la guitarra y su voz fue elegante y cristalina.

La estrellas se conjugaron a finales de los años sesenta, cuando Paco conoció a Camarón de la Isla (1950-1992), el monstruo sagrado del cante jondo. De esa legendaria unión nacieron 10 discos, entre 1968 y 1977, que hoy se consideran como los 10 mandamientos del flamenco.

Valga una digresión. Los jóvenes de aquellos años palpitamos mundialmente con el rock & roll. Su expansión fue ubicua. Todos conseguimos tocar una rola de Bob Dylan o de los Beatles, siguiendo los acordes de un librito de Guitarra fácil. Los más avezados se atrevieron con alguna composición de Cream o Led Zeppelin, porque sabían “leer” música. Tiempo después, la moda de la guitarra rocanrolera unplugged —sin electricidad— reveló el magisterio de Paco de Lucía, su impecable genio. Ensayen ustedes, lectores-guitarristas, seis meses, un año, el comienzo de cualquier grabación de Paco con Camarón, y entenderán la soberanía de la guitarra flamenca. Intenten, por ejemplo, cualquier bulería o, al menos, los 30 segundos iniciales de la soleá “Cada vez que nos miramos” (1970):

Ayayayayay.
Cada vez que nos miramos,
yo no sé por qué será,
se la pone a esta flamenquita la carita colorá. 

Que no me tienes cariño
y me manejas a tu placer,
como si yo fuera un niño. 

Me senté sobre tu cama,
lágrimas como garbanzos
me caían por la cara. 

Por Dios Tomasa
vente conmigo
no tengas guasa.   

La catarata de rasgueos, falsetas, arpegios, alzapúas, golpeos y demás destrezas de la guitarra de Paco, así como “el duende” de Camarón, son inigualables. Cientos de guitarristas y cantaores, en España y en el mundo entero, han intentado emular, sin éxito, a esta dupla mágica. Algún día se reconocerá que esta pareja fue tan importante como la de Lennon-McCartney, Jagger-Richards, o la de Bob Marley y Peter Tosh.

Asentado el prestigio de Paco de Lucía, hemos gozado de piezas memorables: “Entre dos aguas” (1973), “Como el agua” (1981) —con letra de su hermano, Pepe de Lucía—, “Volando voy”, y muchas más. Escúchense canciones de amplia popularidad como “Rosa María” (1976) o “La Tarara”, en interpretación de Paco y Camarón, para ponderar la calidad que dista entre ellos y sus seguidores:

Tengo celos de las flores,
del espejo en que te miras,
del peine con que te peinas,
y del aire que respiras.

Rosa María, Rosa María,
si tú me quisieras, qué feliz sería.

Tras la muerte de Camarón, prosigue el solitario camino de Paco, fusionando guitarra clásica, jazz, bossa-nova y tango, con el flamenco, para mayor esplendor de su arte. Aunque el vacío que dejó Camarón nunca se logró llenar, hay que escuchar el virtuosismo y la fantasía de Paco al ejecutar el “Concierto de Aranjuez”, de Joaquín Rodrigo, y enfatizar que nunca supo leer música. Simplemente, memorizó el concierto. Es una de las más grandes felicidades que nos legó el algecireño. Y ante tal elevación musical, valga citar la oda III de Fray Luis a su amigo, Francisco Salinas, de la Universidad de Salamanca:

El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada
Salinas, cuando suena
la música estremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

La sabia mano de Paco de Lucía gobernaba la guitarra con nobleza y maestría. Al oír sus notas el alma navega por un mar de nostalgia y dulzura: “!Oh guitarra!/ Corazón malherido/ por cinco espadas”, que diría García Lorca. Descanse en paz, Paco de Lucía, y ascienda, con gloria, a las más altas ésferas del Empíreo. Aquí, caen lágrimas como garbanzos, y todo lo demás es triste lloro.

Arturo Dávila

Director del programa del Departamento de Lenguas Extranjeras en Laney College, Oakland. Recibió su doctorado en la Universidad de California, Berkeley.