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Luego de visitar un mercado de flores decidí que no volvería a comprarlas para regalar. Juzgué insólito que nadie hubiera reparado en la crueldad de cortarlas, venderlas y con ello cumplir otra vanidad social. No me pareció distinto a visitar el rastro, una corrida de toros o un restaurante en donde eliges una langosta para comer, que arrojan viva al agua hirviente. Esa mañana de abril era día de la madre. Acudí al mercado de flores para encontrar algo para Tania. No ignoraba que su flor favorita era el tulipán, pero el presupuesto familiar arañaba para brincar los días y el objetivo era alguna flor más modesta.

08-claveles

Me hice acompañar de una reproducción de La primavera de Sandro Botticelli, pues en la parte inferior de la pintura había flores de muchos tipos, colores y formas. Un ramo de cualquiera de ellas sería suficiente para demostrarle que me importaba y, de paso, celebrar su actuación al frente del timonel de madre. Pero ese día todos recuerdan a su progenitora y el mercado termina en una romería fenicia. La confluencia de personas era tal que parecía la noche antes de la llegada de los Reyes Magos en un mercado de juguetes a descuento. No pocos individuos se arrebataban las flores desesperados, con el rostro erizado, como si en ello les fuere la vida. Entre los empujones y la batalla por respirar, mi reproducción de Botticelli se doblaba de los bordes.

Fue difícil encontrar a un vendedor que tuviera espacio en su local y disposición para mirar la reproducción de La primavera. En medio de aquel tsunami de individuos, ese señor leía el periódico con una sobriedad pasmosa. Era como si estuviera suspendido en el tiempo y la realidad apenas le importara. Tenía unos lentes muy gruesos y el semblante apretado. Lo imaginé de agustino o dominico y me pareció un rol ajustado a su porte. Me acerqué con las prevenciones de quien está por interrumpir un elaborado ritual milenario. Le pregunté si me podía ayudar a encontrar algunas flores. Despegó la vista de su lectura y dijo:

—Es mi trabajo. ¿Qué puedo hacer por usted?

No esperaba esa respuesta, pero lejos del semblante que imaginé que tendría, cambió su mirada y al fondo de sus ojos podían verse destellos de una compasión imposible de hallar en estos días. Le expliqué por qué estaba ahí, mi escaso presupuesto y la posibilidad de comprar alguna flor parecida a las que aparecían en la pintura. Abrió la reproducción con gravedad, pero no se inmutó.

La primavera —dijo—, gloriosa y sublime, tanta belleza en un espacio tan reducido. ¿Sabe? La pintó antes que El nacimiento de Venus y el presagio es aterrador. Mírela bien. Algo que pasó desapercibido para Ernst Gombrich.

No supe qué decirle. ¿Quién era aquel individuo que hablaba de la historia del arte con aplomo y estimaciones críticas? No me importó averiguarlo. Abundan los lectores recalcitrantes que mueren indigestos de conocimiento, incapaces de poner una frase tras otra. Volvió sobre las flores del suelo, que miraba con atención. Colocó la reproducción sobre su escritorio y encendió una lámpara. En el estallido de una primavera es lógico pensar que podrían florecer todas las especies imaginables. Además, estamos ante un instante en que el mundo antiguo hace germinar la felicidad de los hombres a través de la naturaleza. El pacto florece de nuevo. Pero yo no estaba para un despliegue erudito. Empezaba a impacientarme porque el calor era sofocante y no había probado alimento desde la mañana.

Luego de analizar una y otra vez la reproducción, llegó a la conclusión de que en la pintura había claveles. Unos blancos y otros rosas. Opté por creerle para no alargar más el asedio del erudito. Le pedí dos docenas, que alistó de inmediato. Al entregármelas, sentí que las flores me sonreían. ¿Cuánto habían esperado para abandonar aquel campo de concentración? Ahora disfrutarían del aire, el espectáculo de otro escenario y, al llegar a casa, la satisfacción de una mujer que se siente amada por recibirlas. Un sentimiento efímero, como todos, pero que enlaza nuestro ser con la afectividad que nos condena y nos libera, nos retuerce y paraliza. Al llegar a casa entregué las flores a Tania y la abracé con sentimiento. Se liberó al instante. Su humor no podía estar peor porque el niño rayó las paredes recién pintadas y no quería desayunar. Puso el ramo sobre la mesa, con apatía. Busqué un florero y las puse en agua. Hablé con ellas en voz baja para justificar a Tania. No era su yo habitual, pero a partir de ese momento adoptaron un semblante triste y no hubo modo de recuperarlas. Ahí perecieron, agónicas de olvido y desdén. Al vuelo la idea de Alfred Jarry: “la patafísica es la ciencia de las soluciones imaginarias”.

Luis Bugarini

Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.