Luego de visitar un mercado de flores decidí que no volvería a comprarlas para regalar. Juzgué insólito que nadie hubiera reparado en la crueldad de cortarlas, venderlas y con ello cumplir otra vanidad social. No me pareció distinto a visitar el rastro, una corrida de toros o un restaurante en donde eliges una langosta para comer, que arrojan viva al agua hirviente.
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