De Italia recibí un correo. ¿La remitente? Una fiel lectora reclamándome por haber escrito un desatino. Así fue: en cierta columna escribí que el inventor del teléfono había sido Alexander Graham Bell y no Antonio Meucci. En su amable, aunque determinante misiva, ella, la lectora, me informaba que incluso el Congreso de Estados Unidos había reconocido al italiano como el inventor del teléfono. En efecto, yo había escrito que el inventor del teléfono, Graham Bell, prefería no tener teléfono en casa, y que Edgar Degas, el pintor, se negaba a responder el aparato pues temía que quien le llamara no le hubiera sido presentado con anterioridad. Por otra parte, debo confesarlo, mi opaca cultura no contempla siquiera remotamente el nombre de Antonio Meucci, de quien nunca antes he tenido noticias hasta el correo ahora citado.

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En vez de aceptar mi ignorancia respecto al tema telefónico, respondí a mi lectora lo siguiente: “Es verdad, transcribí sin citar un párrafo entero de Guy Davenport sobre Graham Bell y Degas. Lo importante de esta cita en mi columna es la anécdota (pues Bell no quería teléfono en casa), y creo que los inventos concretos no son obra de una persona, sino consecuencia de un proceso cultural, tecnológico, de conocimiento en el que están involucrados, en este caso, todos los físicos importantes (Galileo, Kepler, Bacon, los inventores anónimos, las amas de casa, etc…), y demás. Nos gusta atribuir el descubrimiento o invención de un objeto a una persona, porque de eso se trata la vida (y más la vida de los judeocristianos… etc.). Tú sabes que sucede algo similar con el descubrimiento de América adjudicado a Cristóbal Colón, Américo Vespucio y a Leif Erikson, pero también a un piloto o navegante anónimo que dejó su nombre enterrado en el fondo del mar”. Hasta aquí mi respuesta. Sobre Edgar Degas no quise añadir más, pues tampoco sé demasiado al respecto de su persona excepto que, como a mí y a Céline, le gustaban las bailarinas.

Lo que sí defiendo —aunque ya no tengo edad para defender nada—, es lo que llamaría “la postura incrédula” y que se devela cuando de adjudicar méritos excesivos a una persona se trata. Me resisto a venerar a nadie porque, contemplada desde una nueva perspectiva, la persona venerada puede pasar de súbito a un estrado secundario e insignificante. Los grandes hombres viven sólo en nuestra imaginación. Ahora que me dedico a leer los ensayos de George Orwell me encuentro con un ejemplo que se adapta bien a mi reticencia. Orwell escribe en 1944 un artículo titulado “Tobías Smollett. El mejor novelista de Escocia”. Después de tan rimbombante título, Orwell pasa a explicar la vena picaresca de este escritor, su excentricidad, su decencia y la superioridad artística que tuvo sobre otros autores posteriores que intentaron resucitar la tradición picaresca, como Evelyn Waugh o Aldous Huxley. Sin embargo, de lo que en realidad nos habla Orwell en este artículo es de su gusto, cultura, conocimiento y afán de pontificar y de creer en sus propias palabras. No es de otra manera: ¿Cuántas veces no he afirmado yo acerca de alguien que se trata de mi mejor amigo y años después he tenido que salir corriendo en estampida para alejarme de él? La exageración de Orwell pasa como un bello descuido si lo comparamos con la desbocada y algo rufianesca manera en que el crítico, Harold Bloom, osa referirse a los escritores y a sus personajes. Allí sí que encuentro mis límites.

Dice Bloom que el único escritor que puede hacerle sombra o ser rival de Shakespeare en la literatura de invención de los últimos cuatro siglos es Cervantes. Ya la palabra “rival” es indigesta cuando se trata de encontrar correspondencias o hacer comparaciones entre dos escritores que de por sí representan, cada quien, un universo complejo e inabarcable. Lo dejo pasar para no hacer más corajes y porque considero que cada quien puede proclamar su gusto y opinar sobre literatura de ficción lo que se le antoje. Pero llegar a afirmar que la Madame Bovary de Flaubert es el “Quijote mujer” me hace sonreír más de la cuenta.1 De modo que este crítico sabe también acerca de mujeres. Bloom va por allí dando bendiciones, haciendo analogías descabelladas, inventando jerarquías y poniendo de cabeza a quienes le creen. Es un crítico por demás respetable y muy culto, aunque carece de una filosofía que valga la pena.

En fin, pido disculpas al fantasma de Meucci por arrebatarle la autoría de un invento que el decentísimo Congreso de Estados Unidos le ha adjudicado por toda la eternidad: y me excuso también ante Harold Bloom por leerlo con desconfianza y dudar de su conocimiento académico sobre las mujeres, tanto ficticias como de carne y hueso (Bloom llega a decir que, como en la vida y a diferencia de los hombres, las mujeres de Shakespeare son capaces de establecer verdaderas amistades). En cambio defiendo —aunque no tengo edad, etc.— “la postura incrédula” que se niega a engullir trozos de pastel como “el mejor escritor”, “el inventor de la estufa”, “el primero que hizo tal cosa”, y demás paparruchas mitológicas.

Guillermo Fadanelli

Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.


1En 1955, José Ortega y Gasset escribió que Madame Bovary era un “Don Quijote con faldas”. Antes, en 1917, el filósofo Antonio Caso afirmó que México adolecía de “Bovarismo”, es decir, que era una Madame Bovary disfrazada de país.