Clasificación
Todas estas variables, tanto las que tienen que ver con el beso en sí como las relacionadas con la película en general, las ha aprovechado y combinado Hollywood a lo largo de los años para crear un sinnúmero de grandes besos. Como resultado, Hollywood nos ofrece el mejor catálogo de besos en el mundo. Los tiene todos y tiene tantos que es necesario clasificarlos, ya que si algo queda claro después de ver Casablanca (1942) es que un beso no es sólo un beso. Hay por lo menos cuatro categorías básicas: el pedagógico, el romántico, el cachondo y el pasional. Además, existen subgrupos dentro de estas categorías que vale la pena destacar.
Beso pedagógico. Si bien el beso que expresa amor sensual y deseo carnal es único al ser humano, todos tenemos que aprender esta maniobra y Hollywood, junto con su catálogo de besos, incluye un manual de usuario para iniciar a cualquiera en este rito. Al igual que muchos aprendieron a fumar observando con detenimiento a Humphrey Bogart o Bette Davis, también muchos descubrieron cómo besar viendo a Clark Gable o Rita Hayworth. Por ello, no sorprende que una categoría común de besos en las películas de Hollywood es la del “beso pedagógico”, donde él le enseña a ella o ella a él y, más recientemente, él a él o ella a ella.
El más famoso ejemplo dentro de esta categoría es el beso entre los personajes centrales en Por quién doblan las campanas (For Whom The Bell Tolls, 1943). Robert (Gary Cooper) es un joven idealista que pelea de lado de los republicanos contra las fuerzas de Franco durante la guerra civil en España. María (Ingrid Bergman) es una inocente campesina a quien rescata el personaje de Cooper. Ella, agradecida, con ojos llenos de admiración y deseo, le dice: “No sé besar o te besaría. ¿Dónde van las narices? Siempre me he preguntado dónde van las narices”. Él le da un beso demostrativo, algo apresurado, para que registre la posición de aquel órgano. Ella, satisfecha, responde: “Veo que no estorban en lo absoluto. Siempre pensé que estorbarían”. Y para verificarlo, ahora ella le da un beso a él y orgullosa de haber adquirido esta nueva habilidad, le dice: “Mira, ya aprendí”. Pero al percatarse que Gary Cooper parece estar algo desconcertado, la joven e inexperta María duda de qué tan bien aprendió la lección y le pregunta: “¿Lo hice mal?”. Para demostrarle lo bien que lo hizo Robert la toma en sus brazos y le da un besototote. Más que disgustado, Robert estaba perturbado por la belleza e inocencia de María y preocupado por las implicaciones de iniciar un romance en plena guerra civil.
Otro ejemplo de “beso pedagógico” es el que ocurre entre Sarah Michelle Gellar y Selma Blair en Juegos sexuales (Cruel Intentions, 1999), una adaptación de la novela Les Liaisons Dangereuses de Laclos ubicada en épocas modernas en la ciudad de Nueva York. Katharyn Merteuil (Sarah Michelle Gellar) es una manipuladora y amoral niña rica de la vida mundana neoyorkina, que decide arruinar la reputación de la inocente Cecille (Selma Blair) enseñándole cómo besar, si bien no queda nada claro por qué esto destruirá la reputación de alguien. Se dan dos besos, recostadas en el pasto en el Central Park de Nueva York en los que Gellar le explica y muestra a Blair, paso a paso y con lujo de detalle, qué hacer y cómo hacerlo, y ambas quedan, junto con todos los espectadores, encantados con la clase.
Beso romántico. Este es un beso con narrativa, cuenta una historia y forma parte de un cuento. Por lo general, marca el principio o fin de algo y suele ser el primer beso de muchos más o el último que se podrá dar una pareja. Se trata muy seguido del típico “beso de cenicienta” que lo transforma todo, que da vida a una nueva vida. Si bien el beso en sí y el contexto inmediato importan, es sobre todo la historia que rodea el encuentro que hace de este gesto uno romántico.
Un ejemplo es el que se dan Richard Gere y Debra Winger al final de Reto al destino (An Officer and a Gentleman, 1982). Los personajes interpretados por estos dos actores se convierten en amantes desde el inicio de la cinta y a lo largo de la película no hacen más que besarse, pero son todos besos pasionales y cachondos, ninguno de ellos es romántico. Sin embargo, después de que truenan como pareja, vestido en su elegante uniforme blanco de oficial de la Marina, Richard Gere va a la fábrica en donde ella trabaja, la sorprende, abraza y carga, todo el tiempo dándole besos y más besos —los primeros románticos que se dan— y se la lleva en brazos mientras todas las trabajadores de la fábrica aplauden y en el fondo escuchamos la canción “Up Where You Belong” de Joe Cocker. Y nos queda claro que vivieron felices el resto de sus días, sin duda gracias a que no dejaron de darse besos (cachondos, pasionales y románticos).
Otro gran beso romántico es el que le da Grace Kelly a James Stewart en La ventana indiscreta (Rear Window, 1954). Con la pierna rota, el personaje de Stewart se encuentra dormido en su silla de ruedas frente a la ventana en su pequeño departamento de Nueva York. Vemos la sombra de una persona que se acerca poco a poco y, al ser una película de Hitchcock, nos asustamos un poco, para descubrir segundos después de que se trata de Grace Kelly, quien se agacha y lo despierta con un beso. La cámara enfoca ambas caras y centra el beso que, si bien es breve, es profundo y sensual. Él despierta y ve a la mujer más bella del mundo —que además es su novia— agachada sobre él, viéndolo con unos ojos llenos de amor y deseo. Ella, con una sonrisa algo traviesa, le hace una serie de preguntas que él contesta: “¿Cómo está tu pierna?”. “Me duele un poco”. “¿Tu estómago?”. “Vacío como una pelota de futbol”. “¿Y tu vida amorosa…?”.
Un tercer beso romántico maravilloso es el que se dan Harrison Ford y Melanie Griffith en Secretaria ejecutiva (Working Girl) de 1988. Tess McGill (Melanie Griffith) es una secretaria en un banco de inversión que estudia finanzas por las noches, ya que aspira a convertirse algún día en una exitosa financiera. Durante un viaje de esquí, su jefa se rompe la pierna y queda varada en cama por varias semanas lejos de Nueva York. Tess aprovecha su ausencia para hacerse pasar por una ejecutiva del banco e inicia el proceso de fusión de dos grandes empresas de medios con la ayuda de Jack Trainer (Harrison Ford), otro banquero de inversión. Para Jack, inicialmente se trata de un negocio más y ve a Tess como colega, si bien reconoce que tiene, como ella misma lo define, “una buena cabeza para los negocios y un cuerpo hecho para el pecado”. El beso en cuestión ocurre al salir de una exitosísima reunión con su cliente en la que cierran, para efectos prácticos, la fusión. Tess y Jack van bajando unas elegantes escaleras de mármol ya de salida, cargando sus portafolios, todo tipo de documentos y sus gabardinas. Ambos están felices por los resultados obtenidos en la junta. Ella camina unos dos pasos delante de él, pero de repente se da cuenta que ha dejado de bajar las escaleras. Tess voltea para ver por qué se ha detenido y ve a Jack que la ve a ella. Es una mirada de gran intensidad. Jack claramente está experimentando una epifanía: frente a él tiene no sólo a una gran cabeza para los negocios, como claramente lo demostró Tess en la junta de la que acaban de salir, ni un mero cuerpo diseñado para el pecado, como lo revela el ajustado trajecito sastre que trae puesto, sino sobre todo, a unos cuantos escalones de distancia, está parada la mujer más maravillosa del planeta, la mujer de su vida. Jack suelta portafolio, papeles y gabardina, desciende medio mareado pero maravillado los tres escalones que lo separan de Tess, la toma en sus brazos y le da un beso que dura toda su vida.
Cabe mencionar un subgrupo, si no es que perversión, del beso romántico que se le da a Hollywood con gran facilidad, el beso cursi. Un claro ejemplo es el que se dan Kate Winslet y Leonardo Di Caprio en la proa del Titanic en la película del mismo nombre de 1997. Este beso lo tiene todo. La puesta del sol es de película; los protagonistas son unos jóvenes tan guapos que bien podrían ser estrellas de cine; hay gran química entre ellos; es un amor prohibido no sólo porque ella está comprometida, sino también por pertenecer a diferentes clases sociales; viajan en el Titanic, por lo que su amor tiene las horas contadas; y se encuentran en la proa del barco más grande del mundo que avanza con autoridad y arrogancia en dirección del Nuevo Mundo en donde todo es posible, incluso el amor entre personas de distintas clases sociales. Sin duda se trata del beso más cursi en la historia de Hollywood.
Beso cachondo. Este es juguetón, travieso, impulsivo y sensual. Se trata de un beso espontáneo, de coyuntura, sin un largo preámbulo, ni narrativa que lo explique o lo justifique, y del que nadie espera nada; es puro antojo. Un beso que puede o no resultar en una gran pasión o romance, pero que por lo pronto es algo sabroso y, en ese sentido, irresistible. Se trata de una especie de beso chatarra, delicioso pero no nutritivo.
En la película El amor llamó dos veces (The More the Merrier, 1943) hay un buen ejemplo de este tipo de beso entre Jean Arthur y Joel McCrea. Ambos viven en el mismo edificio y, supuestamente, son amigos y sólo amigos, ya que ella está comprometida. Un día, mientras caminan rumbo a casa, ella no deja de platicar de su prometido, mientras él le ajusta su chal, la toma del brazo y pone su mano sobre su hombro descubierto. Sin hacerle caso, pero sin detenerlo, ella sigue hable y hable de su futuro esposo, cada vez más nerviosa. Él no deja de tocarla y de darle pequeñas caricias. Ella le enseña su anillo de compromiso y él acaricia su cuello. Ella habla de la madurez y sensatez de su prometido y él responde con un beso ya sentados en los escalones a la entrada de su edificio. Ella se queda inicialmente paralizada, pero segundos después voltea y lo agarra de la cabeza para darle un beso aún más feroz y hambriento. Al dejar de besarlo, un poco asustada, se para y le dice muy formalmente: “Buenas noches, Sr. Carter”, y él responde: “Buenas noches, Srta. Milligan”.
Un segundo buen ejemplo de un beso cachondo es el que se dan Karen Allen y Harrison Ford en Los cazadores del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981). Él está todo golpeado en el camarote en un barco después de uno de sus muchos encuentros con algún maloso y ella lo está tratando de curar. El problema es que lo toque donde lo toque, él dice que le duele. Desesperada ella le dice: “Por Dios, Indy. ¿En dónde no te duele?”. Medio enojado, él señala la única parte de su cuerpo que no le duele, su codo izquierdo. Ella besa su codo izquierdo. Indy se da cuenta de que este procedimiento puede funcionar a su favor si avanza con precaución y, señalando su frente, le dice que tampoco le duele. Ella le quita cuidadosamente el sobrero y le da un beso en la frente. Entonces él señala su párpado derecho y dice que tampoco le duele. Ella lo besa. Luego, algo titubeante, le dice que tampoco le duelen sus labios y ella, una vez más, lo besa en el lugar señalado. Los demás besos ya no los presenciamos; hay un corte y vemos el barco alejarse por alta mar en lo que será una larga y curativa travesía para Indiana Jones.
Otro gran beso cachondo, éste entre dos mujeres, es el que se dan Laura Elena Harring y Naomi Watts en la película Mulholland Drive de 1991. Rita (Laura Elena Harring) es un voluptuosa y sensual femme fatale que sufre de amnesia. Betty (Naomi Watts) es una güerita más inocente que el helado de vainilla, recién llegada a Hollywood. Las dos comparten una cama y Rita, al acostarse, inocentemente le da un beso a Betty en la frente y le dice “Buenas noches dulce Betty”. Betty le contesta “Buenas noches” y le da un beso, pero en la boca y empieza una sesión de besos exploratorios. Rita de repente se detiene y le pregunta a Betty si ha besado a una mujer antes. Algo apenada, pero ávida de continuar con el experimento, le contesta que no y a su vez le pregunta si ella lo ha hecho antes. Rita, quien tiene amnesia, lo piensa y con una sonrisa traviesa le dice: “No sé…”.
Un último ejemplo de un beso cachondo es el que se dan Kirsten Dunst y Tobey Maguire en El hombre araña de 2002. Después de rescatar heroicamente a Mary Jane Watson (Kirsten Dunst) de las garras de su enemigo, el Hombre Araña (Tobey Maguire) la deposita en un lugar seguro. Ella, emocionada tanto por el peligro que vivió como por el rescate audaz, respira con rapidez. El Hombre Araña cuelga bocabajo, suspendido por su telaraña, con la cara a centímetros de la de ella. Al tratarse de un superhéroe enmascarado, ella no tiene ni la más mínima idea de quién está tras el disfraz, por lo que el beso será con un perfecto desconocido. Él está cubierto de un material tan pegado al cuerpo que bien podría estar desnudo. Ella, empapada por la lluvia, tiene la ropa pegada al cuerpo y luce espectacular. Él, al estar suspendido de su telaraña que agarra con ambas manos, se encuentra indefenso e inmóvil, atado. Ella aprovecha esta situación para deslizar levemente su máscara hasta descubrir sus labios, lo cual, al tratarse de un superhéroe enmascarado, equivale ni más ni menos, que a desvestirlo. Ya “desvestido”, ella lo besa con abandono y alegría, convirtiendo a este superhéroe en un simple mortal.
Beso de femme fatale. Un tipo de beso cachondo que vale la pena destacar por separado es el de la femme fatale, una de las grandes invenciones de Hollywood. Se trata del beso de una mujer, ya sea mala o caída en desgracia, con la que no puede ni debe haber futuro. Son mujeres misteriosas, seductoras, sin escrúpulos, manipuladoras y vampiresas que van tras la sangre de su víctima, armadas con grandes e irresistibles encantos físicos. Desde Theda Bara en A Fool There Was de 1915 hasta Sharon Stone en Bajos instintos de 1992, pasando por Mary Astor en El halcón maltes de 1941, Lana Turner en El cartero siempre llama dos veces de 1946 y Rita Hayworth en Gilda también de 1946, las femme fatales nos han dado algunos de los mejores y más divertidos besos en la historia del cine. Por lo general son besos que ellas les dan a ellos. Son besos egoístas, peligrosos e incluso en ocasiones destructivos; desesperados o tramposos, cuya química es corrosiva.
Uno de los primeros y más famosos de este tipo de besos en la historia de Hollywood es el que le da la vedette Lulu, interpretada por la inolvidable Louise Brooks, a su benefactor en la película La caja de Pandora (Pandora’s Box) de 1929. La insaciable, caprichosa y libertina Lulu está en su camerino con el Dr. Schon (Fritz Kortner), un rico empresario, ya mayor y algo panzón, que está obsesionado con la joven actriz. Ella hace un tremendo berrinche, se pelean, Lulu lo golpea y muerde, pero pasan del pleito al beso, justo cuando se abre la puerta y entra la prometida del Dr. Schon, una jovencita inocente de buena familia, quien los ve desconsolada. Lulu la voltea a ver con una sonrisa cruel que muestra su intención de bajarle el novio, y no por estar enamorada sino por aburrimiento, porque es lo que una hace si una es una femme fatale.
Otro gran beso de femme fatale es el que le da Lauren Bacall a Humphrey Bogart en Tener y no tener (To Have and Have Not, 1944). Marie es una joven y bella cabaretera sin rumbo y sin preocupación alguna en la vida. Steve es un viejo y cínico capitán de barco que bebe de más. Marie se asoma al cuarto de Steve y le pregunta si tiene un cerillo, pero se lo dice de tal forma y con una mirada que queda claro que quiere mucho más que un simple fósforo. Poco después se aparece con una botella, entra al cuarto de Steve y le dice: “Sabes, no eres tan difícil de leer. Sólo a veces me confundes, pero la mayor parte del tiempo sé exactamente lo que vas a decir”. Se sienta en sus piernas y le da un beso. Bogart, sin alterarse, le pregunta: “¿Por qué hiciste eso?”. Ella le contesta: “Curiosidad, ganas de ver si me gustaba”. “¿Cuál es el veredicto?”, pregunta Steve. “No sé”, le contesta Marie, le da otro beso y al terminar le dice: “Es aún mejor cuando ayudas”. Satisfecha su curiosidad, Marie se levanta y deja el cuarto del capitán, pero antes de salir se voltea y desde la puerta le dice: “Conmigo no tienes que actuar o pretender Steve. No tienes que decir nada y no tienes que hacer nada. Absolutamente nada. Bueno, tal vez chiflar. Sí sabes chiflar, ¿verdad, Steve? Tan sólo juntas tus labios… y soplas”.
Un ejemplo más de un beso de femme fatale es el que ocurre entre William Hurt y Kathleen Turner en Fuego en el cuerpo (Body Heat, 1981). Ella es una mujer casada y él un joven abogado soltero. Claramente hay una atracción y después de un encuentro supuestamente accidental en un restaurante, con las peores intenciones él le ofrece un aventón a ella. Al llegar, parados frente a la puerta de entrada, ella le pide que por favor se vaya ya que su marido no está y dice sentirse débil, incapaz de resistir sus avances. Hurt parece hacerle caso, pero después de dar unos cuantos pasos da media vuelta y regresa para toparse con la puerta ya cerrada y ella parada tras una enorme ventana de vidrio como en escaparate. Ella se rehúsa a abrir, pero se queda parada a plena vista, humeante. Él empieza a caminar de arriba a abajo frente a la ventana y de repente agarra una silla de jardín, la avienta contra la enorme ventana que se rompe en mil pedazos, entra y la devora a besos con el pleno consentimiento y la ayuda de Kathleen Turner. El pobre de William Hurt piensa que él es el depredador, que él es el que la besa, pero se trata de un beso provocado y orquestado por Kathleen Turner y totalmente bajo el control de esta tremenda femme fatale. Y así le va a Hurt en el resto de la película.
Beso pasional. Este es un beso desesperado, sediento, resultado de una total y absoluta pérdida de control, en el que pasado y futuro dejan de importar. Se trata del beso como una fuerza de la naturaleza que, con el poderío de un huracán, arrasa con todo.
Un claro ejemplo es el que se dan Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en el restaurante La Belle Aurore el día en que entran los alemanes a París en la película Casablanca. Hay un primer beso justo cuando se escuchan a distancia los cañones alemanes. Ilsa se sorprende y dice: “¿Fueron cañones o es mi corazón que late?”. Está totalmente abrumada por la situación, ya que para entonces sabe que su esposo, Víctor Lazlo, está vivo por lo que tendrá que dejar a Rick, el gran amor de su vida. Desesperada le dice: “Te quiero tanto. Y odio este mundo tanto. Es un mundo loco. Cualquier cosa puede pasar. Si por alguna razón no pudieras escapar, si algo nos mantuviera separados, en donde quiera que estés y donde me encuentre yo, quiero que sepas….”. Y lo empieza a besar totalmente intoxicada por sus propios sentimientos que ya no puede controlar, al mismo tiempo que le dice, le ruega: “Bésame, bésame como si fuera la última vez”.
Un gran beso pasional es el que se dan Keira Knightley y James McAvoy en Expiación, deseo y pecado (Atonement). Ella es una niña bien, lo suficientemente echada a perder. Él es un niño inteligente, obediente y bien portado, hijo del jardinero que, gracias a los padres de ella, recibió la mejor educación posible. Los dos han crecido juntos y queda claro que estamos a punto de presenciar la explosión y consumación de un deseo que lleva años alimentándose y creciendo. La casa está llena de invitados debido a una elegante cena, pero la pareja se encuentra sola en la biblioteca. Ella viste un espectacular vestido verde con la espalda totalmente descubierta, que da la sensación de que si uno le soplara se desintegraría como un diente de león. En la penumbra, rodeados de libros cerrados, sin palabras de por medio, pero con miradas que lo dicen todo, él la prensa contra un librero con una brusquedad que muestra su incapacidad de controlar la pasión que siente por ella y la besa. Parte de lo que hace este encuentro un gran beso es el hecho de que ocurra en una biblioteca, un espacio donde supuestamente reina la mente y el cuerpo se olvida, y donde el silencio debe ser total; un contexto ideal para un beso pasional, secreto, reprimido, muy inglés.
Un beso pasional entre dos hombres es el de Heath Ledger y Jake Gyllenhaal en Secreto en la montaña (Brokeback Mountain, 2005). Dos jóvenes vaqueros, Jack y Ennis, se enamoran y tienen una apasionada relación mientras cuidan el ganado en un lugar remoto en las montañas de Wyoming. Cuatro años después de ese primer encuentro, ambos vaqueros están ya casados, pero Jack, al no poder olvidar aquel romance en las montañas, va en busca de su viejo compañero. Llega a su casa, lo recibe Ennis en la puerta y Jack lo agarra, se lo lleva a un rincón apartado, lo empuja contra la pared y, pensando que están fuera de vista, se besan apasionadamente, dando vuelo a sentimientos y deseos embotellados durante años. La esposa de Ennis sin querer los ve y, sorprendida por un nivel de pasión que desconoce en su esposo y apenada por la intensidad del beso, se da la media vuelta y desaparece dentro de la casa.
Otro gran beso pasional es el que se dan Rachel McAdams y Ryan Gosling en Diario de una pasión (The Notebook, 2004). Se trata del típico amor imposible que siempre es un buen punto de partida para un beso pasional. Allie (Rachel McAdams) es una chica de sociedad de 17 años que pasa el verano en la casa de campo de la familia. Noah (Ryan Gosling) es un joven de 19 años que trabaja en el aserradero del pueblo donde ella veranea. Inician un romance, pero la familia de ella, preocupada por la intensidad de su relación y la juventud de la pareja, pero sobre todo por la pobreza de Noah, los separa. Varios años después, justo antes de la boda de Allie con un joven y apuesto muchacho, hijo de una rica y distinguida familia sureña, los viejos amantes se reencuentran. Ella se entera que Noah compró una casona abandonada que a ella siempre le gustó y que la remodeló exactamente como ella le había dicho aquel lejano verano que le gustaría que quedara. Allie lo visita en esta casa donde Noah vive solo. Él la invita a remar en una lanchita por el lago que está frente a la casa y la lleva a un rincón que en esa época está lleno de patos, todos blancos. Su conversación hasta ese momento ha sido civilizada e inconsecuente, y si bien ha sido cariñosa, ninguno ha tocado el tema que a ambos los consume: ¿qué diablos pasó con su gran amor? Remando de regreso, se desata una tremenda tormenta. Al llegar al pequeño muelle frente a la casa, ella se baja y empieza a caminar rumbo a la casa en busca de refugio, pero se detiene, da la media vuelta y furiosa le pregunta a gritos por qué no la buscó, por qué no le escribió, por qué no insistió. Él le contesta que sí le escribió, que le escribió 365 cartas, una diaria durante todo un año (nos enteramos después que las cartas fueron interceptadas por la madre de Allie). Noah, a su vez, le dice que su historia nunca terminó y que aún no ha terminado. Ambos empapados, corren el uno hacia el otro y se besan apasionadamente sobre el muelle y bajo la tormenta.
Un subgrupo de beso pasional que merece un trato aparte es el brusco o maltratado. Un gran ejemplo es el primer beso que se dan Maureen O’Hara y John Wayne en El hombre quieto. En un pequeño pueblo en Irlanda, Sean Thorton, un boxeador ya retirado, llega a su casa y se topa con la joven y guapa campesina, Mary Kate, quien de metiche husmeaba en su cabaña. Ella sale corriendo, pero antes de lograr escapar, él la toma del brazo, la jala, le da una vuelta de bailarina, le tuerce el brazo tras su espalda, la dobla y le da un besote, mientras el viento sopla alborotando la maravillosa melena pelirroja de Maureen O’Hara. Al terminar de besarla, ella trata de darle una cachetada, pero él esquiva el golpe. Ella sale furiosa, pero antes de irse se voltea, lo agarra con ambas manos por la cabeza y ahora sí no falla y le planta un besote que noquea al gran boxeador. Se trata de un beso profundamente físico y dramático, mitad ballet mitad lucha libre. Se trata de una fórmula particularmente eficaz de organizar la mecánica del beso por una sencilla razón: muchas mujeres quieren ser sorprendidas y sometidas por una pasión incontrolable, una pasión que se desborda, le gana a los buenos modales y protocolos, lo inunda todo.
Traslapes. Cabe señalar que, obviamente, puede haber un cierto traslape entre tipos de besos. Un beso puede ser simultáneamente pedagógico, romántico, pasional y cachondo, como lo es el primer beso que se dan Faith (Marisa Tomei) y Peter (Robert Downey Jr.) en Sólo tú (Only You). Al mismo tiempo, sí es posible que una pareja se dé un beso pasional sin que éste sea romántico ni cachondo, como por ejemplo el beso que le da Mike (James Stewart) a Tracy Lord (Katharine Hepburn) en Historias de Filadelfia (The Philadelphia Story, 1940). Todos sabemos que Tracy, en el fondo, está enamorada de su ex esposo C.K. Dexter Haven (Cary Grant), si bien cree que está enamorada de George Kittredge (John Howard). Mike, por su lado, está enamorado de su colega Miss Imbrie (Ruth Hussey) por más que sienta una enorme atracción por la socialité Tracy Lord. Sin embargo, con la guardia baja como resultado de tomarse unas copas, Tracy y Mike aprovechan el momento y se dan un beso sin duda con pasión, pero no es ni romántico —ambos están enamorados de alguien más— ni cachondo —los dos están demasiado borrachos.
Asimismo, puede haber besos románticos que no son ni cachondos ni pasionales, como el beso que se dan Meg Ryan y Tom Hanks al final de la película Tienes un e-mail (You’ve got mail, 1998). Se trata de un beso entre dos grandes amigos que descubren, poco a poco, que están enamorados. Después de una larga y tortuosa historia, más que pasión hay un gran alivio al descubrir que este sentimiento es recíproco. El beso que por fin se dan es torpe y algo tímido, pero son precisamente estas características, dada la historia, lo que lo hace aún más romántico.
El beso tiene una larga historia en la gran pantalla a nivel mundial, pero son las películas de Hollywood las que mejor exploran y aprovechan este ritual. Se suele decir que este condado de la ciudad de Los Ángeles es una “fábrica de sueños” y su principal materia prima son los besos. Hollywood y el beso van de la mano, hasta en Rocky hay besos. El beso es Hollywood.
Precisamente, por su enorme importancia en la historia del cine, el beso ha sido festejado de manera explícita por distintos directores. Probablemente, el homenaje más famoso es el de Cinema Paradiso en la escena en la que Salvatore, ya grande y convertido en un famoso director, ve el rollo de película que le dejó al morir su viejo amigo y mentor, Alfredo. Se trata de un collage de todos los besos que fueron censurados por el cura de su pueblo natal a lo largo de los años y cuidadosamente guardados, pegados y editados por Alfredo. Es un maravilloso montaje de beso tras beso, que ilustra la importancia de este ritual para el cine y en la vida real. El beso, según Guy de Maupassant, “es inmortal. Va de boca en boca, de siglo en siglo, de edad en edad”. Es justamente esta inmortalidad y su viaje a través del tiempo que captura esta famosa escena de Cinema Paradiso. Y tiene el impacto que tiene sobre el espectador porque todos atesoramos nuestro propio collage de besos de la gran pantalla, además de que el lenguaje del beso es uno que todos hablamos con fluidez, en parte gracias a las clases que hemos recibido en el cine.
Alguna vez dijo Marilyn Monroe que “en Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma”. Se trata, probablemente, de algo injusto, pero por los besos que uno puede ver en la gran pantalla no sólo ha sido dinero bien gastado, sino que además le han salido baratos sus besos a Hollywood.
Javier Tello

