Besos. En la radiante oscuridad del cine – Parte 1

Besos.
En la radiante oscuridad del cine

JAVIER TELLO

A través de una nutrida selección personal, Javier Tello reúne los besos estelares producidos en Hollywood. Los primeros besos en el cine, los que han establecido un récord, los que tienen una coreografía impecable o que anuncian el inicio de un esperado romance. Besos dados por los labios de Marlene Dietrich, Gary Cooper, Greta Garbo, John Gilbert, Grace Kelly, Ingrid Bergman, Cary Grant…

Dulce Helena, hazme inmortal con un beso.
—Christopher Marlowe

Es difícil pensar en una película de Hollywood sin besos. En las historias menos esperadas, en momentos poco propicios, algún personaje se las arregla para darle un beso a otro. La acción se interrumpe, el tiempo se detiene, la música cambia, la iluminación se suaviza y la cámara se cierra para que el espectador presencie este gesto entre dos actores. Incluso hay películas cuyo único propósito parecería ser el que los personajes principales se besuqueen y su historia avance de beso en beso.

Los significados de este simple gesto pueden ser muchos, pero en Hollywood predomina el beso que expresa amor sensual, intimidad física y deseo carnal. Si bien encontramos besos de otros tipos, como el famoso “beso de la muerte” que le da Michael Corleone a su hermano Fredo en El Padrino II, lo que más vemos en las películas emanadas de este condado de Los Ángeles son los sensuales, los carnales.

EL PODER DEL BESO

La importancia que tiene este ritual en el cine de Hollywood no nos debe sorprender dado que este tipo de beso es único al ser humano. Su cualidad “humanizante” la podemos ver claramente reflejada en dos películas. La primera es Blade Runner de 1982, cinta que precisamente trata de establecer lo que hace humano al ser humano, analizando lo que lo distingue de los llamados “replicantes”, androides fabricados a través de la ingeniería genética. El beso en cuestión es el que se dan el policía o “blade runner” Deckard (Harrison Ford) y la replicante Rachael (Sean Young). Ella se aparece en el departamento de él mientras duerme y lo despierta al empezar a tocar el piano. Rachael se acaba de enterar que es una replicante y, al verlo despertar, trata de huir, confundida por lo que siente por él y por saber que en el fondo sus sentimientos no le pertenecen, ya que son el resultado de las memorias de alguien más que le fueron implantadas por algún científico en una fábrica. Pero Deckard la corretea, arrincona y tranquiliza con un primer beso. “Ahora bésame tú”, le dice el policía a Rachael, mirándola fijamente. Ella protesta, no porque no quiera besarlo, sino por la inseguridad que siente respecto a su capacidad romántica como androide. Sin embargo, el policía insiste y con firmeza y ansia le ordena: “Di ‘bésame’”. Ella lo obedece, le dice “bésame” y se dan un beso pasional que no deja duda alguna: Rachael es tan humana como Deckard.

La segunda película que muestra la singularidad humana del beso que expresa amor sensual es Greystoke: la leyenda de Tarzán (Greystoke: The Legend of Tarzan, Lord of the Apes, 1984). Recién desempacado de la selva e instalado en la gran casa de sus ancestros en la campiña inglesa, Tarzán (Christopher Lambert) conoce a Jane (Andie MacDowell) en una cena que el abuelo del hombre mono, Lord Greystoke, organiza en su honor. Ambos han tenido vidas totalmente distintas. Jane la vida de una joven mujer rica y aristocrática, llena de lujo, confort y sofisticación. Tarzán una vida aislada, criado por changos en la selva, sin contacto alguno con otro ser humano. Al mismo tiempo, ambos son profundamente inocentes. Ella, por ser una mujer rica en épocas victorianas, ha vivido en una burbuja. Él, por haber crecido en la selva más profunda, es el prototipo del noble salvaje. Pero una diferencia clave es que ella sabe de la existencia del beso, mientras que él, por haberse criado entre animales, no tiene ni idea de lo que le espera. Su primer beso en sí mismo es tímido, pero la reacción de Tarzán es eufórica; la que tendría cualquiera de nosotros al descubrir el beso si no supiéramos de su existencia. De plano se pone a dar de maromas y vueltas alrededor de Jane haciendo todo tipo de ruidos que, uno supone, son los que hace un chango cuando está muy, pero muy contento. Jane lo ve feliz y nosotros la vemos a ella feliz, sin duda pensando que en Tarzán encontró a un hombre lleno de pasión animal, pero a diferencia de cualquier otro animal, capaz de besar.

Además de ser único al ser humano, la importancia del beso en las películas de Hollywood también tiene que ver con lo poderoso que es este ritual en sí, no sólo dentro de la gran pantalla, sino también fuera de ella, en la vida real. Una película que explica con toda claridad lo que está detrás de este poderío es Beso francés (French Kiss, 1995). Al inicio de la cinta, Kate (Meg Ryan) y Luc (Kevin Kline), dos perfectos desconocidos que vuelan de Nueva York a París, platican de cómo perdieron su virginidad y lo hacen con la soltura que lo harían dos personas que jamás piensan volverse a ver. En el caso de Luc, un típico francés, fue con una prostituta que no lo dejó besarla. Los besos, le explica Luc a Kate, cuestan extra y no tuvo dinero suficiente para gozar de este acto. Ella dice entender perfectamente dicha norma ya que “un beso es algo muy íntimo. Uno probablemente se podría abstraer o desconectar de todo lo demás, pero no de un beso… Los labios de dos personas, su aliento, un pedazo de su alma. Lo que quiero decir”, nos explica Kate, “es que en el beso se concentra todo el romance…”. Y sí.

LA EVOLUCIÓN DEL BESO

El beso en las películas de Hollywood ha ido evolucionando, rompiendo records y explorando las múltiples facetas de este ritual. El primero que vemos en la gran pantalla es el de un corto que data de 1896 conocido como El beso o El beso May Irwin. En esta cinta de aproximadamente 47 segundos, los actores May Irwin y John Rice reprodujeron para las cámaras de Thomas Edison el besuqueo que se daban en su exitosa obra de Broadway La viuda Jones.

El honor de uno de los primeros, si no es que el primer beso abiertamente lujurioso y sensual lo tienen Greta Garbo y John Gilbert en la película El demonio y la carne (Flesh and the Devil) de 1926. Los protagonistas se encuentran en un jardín, sentados en una pequeña banca en plena noche, iluminados por la luz de un solo cerillo que ella sopla y apaga antes de que él pueda prender el cigarro que estaban a punto de compartir. Él entiende esta señal como una invitación a besarla y se dan uno de los primeros besos pasionales en la historia de Hollywood. El primer beso en posición horizontal también es entre Garbo y Gilbert en esta misma película, pero lo hacen sobre un chaise-longue, ya que dárselo en una cama hubiera sido un exceso. Cabe señalar que los dos encuentros en esta cinta son adúlteros, lo que sin duda añadió a la emoción que sintió el público al ver a estos glamorosos personajes que, además, en la vida real tuvieron un tórrido romance mientras filmaban la película.

La primera cinta en ganar el Oscar de Mejor Película, Alas (Wings) de 1927, es también la primera en mostrar un beso entre dos hombres. El beso se lo da un joven piloto en la Primera Guerra Mundial, Jack (Charles Rogers), a su amigo de infancia y compañero de vuelo, David (Richard Arlen), quien yace moribundo después de haber sido derribado su avión. Si bien no se trata de un beso explícitamente sexual, la forma en que el uno acaricia al otro, deslizan sus dedos por su cabellera y se ven a los ojos, hace al espectador dudar si estos dos jóvenes no son algo más que buenos amigos y camaradas en armas.

El primer beso entre dos mujeres involucra a Marlene Dietrich, vestida de esmoquin y con sombrero de copa, en la película Marruecos (Morocco) de 1930. Dietrich, quien interpreta a una cantante de cabaret, está en pleno acto cuando ve entre el público a una joven y bella mujer con una flor en el pelo. Después de pedirle permiso, toma la flor, la huele y le planta un besote de agradecimiento en la boca, para después aventársela a un joven y apuesto soldado de la Legión Extranjera, interpretado por Gary Cooper, que le aplaude con gran entusiasmo.

El primer beso interracial entre un hombre blanco y una mujer negra lo vemos en Una isla al sol (Island Under the Sun) de 1957, mientras que el primer beso entre un hombre negro y una mujer blanca se da una década después en la película Adivina quién viene a cenar (Guess Who’s Comming to Dinner) de 1967. Si bien el romance interracial es el tema central de la película, sólo hay un beso y lo vemos muy brevemente por el retrovisor de un taxi en el que viaja la joven pareja. Es interesante que Hollywood retrató besos entre hombres y entre mujeres muy temprano en su historia, pero no fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX que vemos el primer beso interracial, si bien hoy son cada vez más comunes.

El récord del beso más largo siempre lo tuvo la película You’re in the Army Now de 1941, en la que Regis Toomey le da un beso a Jane Wyman que dura poco más de tres minutos. Sin embargo, en la cinta Revuelo en las aulas (Kids in America) de 2005, ya en los créditos finales, de manera planeada por el director para precisamente romper el récord de la película anterior, Gregory Smith besa a Stephanie Sherrin por poco más de seis minutos.

En cuanto al mayor número de besos en una sola película, todo parece indicar que el récord lo tiene Don Juan de 1926. La historia narra la vida de Don Juan de Marana, interpretado por el gran John Barrymore, quien le da 127 besos a las dos actrices principales, Estelle Taylor y Mary Astor, y 64 besos adicionales a distintas actrices secundarias para un gran total de 191, si bien es poco probable que en todos y cada uno de ellos se concentre, como diría Meg Ryan, “todo el romance”.

EL BESO COMO INSTRUMENTO NARRATIVO

Pero más allá de besos específicos que rompieron récords, los grandes directores de Hollywood, conscientes del poder que tiene este gesto, lo han aprovechado como instrumento narrativo. Quien probablemente mejor explota este ritual en sus películas es el inglés Alfred Hitchcock: lo utiliza para crear una atmósfera, generar tensión y desarrollar su trama, deleitando siempre a los espectadores con sus besos maravillosamente coreografiados. Todas sus películas están plagadas de grandes besos; los vemos en Tuyo es mi corazón (Notorious), La ventana indiscreta (Rear Window), Vértigo (Vertigo) e Intriga internacional (North by North West). Pero la cinta que probablemente sobresale en este sentido es Para atrapar al ladrón (To Catch a Thief, 1955).

Son tres los besos que destacan en esta película. El primero ocurre al inicio de la historia. Grace Kelly y Cary Grant se acaban de conocer en Mónaco. Ella viaja por Europa con su madre, una estadunidense archimillonaria. Él es un famoso ladrón de diamantes ya retirado. Los tres cenan juntos y toda la noche él platica con la madre, sin hacerle el menor caso a la hija, quien no parece estar ni interesada en su atención, ni preocupada por su falta de interés. Al terminar de cenar, Cary Grant acompaña a cada una de las damas a su cuarto de hotel, primero a la madre y después a la hija. Al llegar a su habitación, Grace Kelly, antes de entrar al cuarto, sin haber intercambiado una sola palabra con Cary Grant toda la noche, se da la media vuelta, camina hacia él, coloca uno de sus largos brazos alrededor de su cuello y le planta un beso bien dado. Al terminar, lo ve fijamente a los ojos unos segundos y, sin decir nada, entra a su cuarto y cierra la puerta, dejándolo afuera. Grant voltea a la cámara y sonríe. Es la sonrisa de alguien a quien le pasan este tipo de cosas todo el tiempo, pero no por ello lo deja de apreciar y es blazé al respecto. Al contrario, ni lo presume ni lo vuelve arrogante; simple  y sencillamente lo divierte y despierta  su curiosidad.

El segundo beso clave en Para atrapar al ladrón ocurre al día siguiente de su primer encuentro en la cena. Grace Kelly invita a Cary Grant a un picnic y se lo lleva a las afueras de Mónaco en un pequeño coche deportivo que ella conduce a toda velocidad. En el camino le dice: “He estado esperando todo el día que menciones el beso que te di ayer en la noche”. Él le contesta: “No sólo lo disfruté, sino que quedé maravillado por tu eficacia y eficiencia al dármelo”. Ella replica: “Bueno, soy una persona que no le gusta andarse con rodeos”. Llegan al lugar del picnic, Kelly saca la canasta con la comida, ve fijamente a Grant y le pregunta si prefiere muslo o pechuga (“Would you like a leg or a breast?”). Él la ve de arriba abajo tratando de decidir y le contesta: “Tu escoge”. Cuando ella mete la mano a la canasta, Grant la toma del brazo, la jala hacia él, se besan y empieza el “picnic”.

El tercer gran beso de Para atrapar al ladrón tiene lugar la misma noche del picnic en la suite en la que se está quedando el personaje de Grace Kelly. Con el pretexto de ver los juegos artificiales sobre la bahía de Mónaco planeados para esa noche, ella lo invita a su cuarto con la intención de hacerle confesar que él es el famoso ladrón de joyas. Para tentarlo, se pone un precioso vestido strapless blanco y un espectacular collar de diamantes. Sentada en un sofá en la penumbra, su cara invisible en la oscuridad pero su decolletage iluminado por la luz de la luna, Kelly le dice a Grant: “Aun en esta luz sé qué es lo que tus ojos no pueden dejar de ver”. Y sin duda Grant tiene la mirada fija en lo que, con precisión y buen gusto, ilumina la luna. Grant se sienta en el sofá y Grace Kelly le dice: “Míralos… Tócalos… Diamantes… Lo único en el mundo que no puedes resistir”. Toma la mano de quien ella supone es el famoso ladrón de diamantes, besa cada uno de sus dedos y pone el collar en la palma de sus manos. “¿Alguna vez te han hecho una mejor oferta?”, le pregunta. “Nunca me han hecho una oferta más loca”, le contesta. “Sólo busco satisfacerte”, ella responde. “Pero tú sabes tan bien como yo que este collar es falso”, él le revira. “Pero yo no”, le dice ella de inmediato, se besan, hay un corte y vemos por la ventana unos fuegos artificiales espectaculares sobre la bahía que se quedan cortos frente a los que sin verlos sabemos explotan dentro de la habitación.

La importancia del beso en Hollywood llega a un nivel tal que en algunas películas este ritual es, en cierto sentido, el motor de la historia. Una película que claramente muestra esta dinámica es Lo que el viento se llevó (Gone With the Wind, 1939). La historia avanza de beso en beso y el romance entre el terrible capitán Rhett Butler (Clark Gable) y la tremenda debutante Scarlett O’Hara (Vivien Leigh), se puede contar a través de sus muchos y diferentes besos. Todo empieza cuando se ven por primera vez en Tara, la plantación de la familia de Scarlett. No se conocen, pero Rhett se queda viendo a Scarlett mientras sube las escaleras con una amiga. Ella le pregunta a su compañera, supuestamente escandalizada pero en realidad halagada, intrigada y emocionada: “¿Quién es ese tipo?… Me ve como si supiera cómo me veo desnuda”. Después de esta observación, que ocurre en los primeros minutos de la película, el espectador sabe que tarde o temprano estos dos se darán un buen beso. Y así sucede y la locación de este primer encuentro es perfecta. Están en la cima de una colina, con la puesta del sol a sus espaldas. Rhett, a punto de irse a pelear a la guerra, se echa un discurso más cursi que un pastel de boda: “Tienes frente a ti”, le dice, “a un soldado sureño que te ama, que quiere sentir tus brazos alrededor de él, que quiere enfrentar al enemigo armado con la memoria de tus besos. No importa que no estés enamorada de mí Scarlett. Eres una mujer parada frente a un soldado que parte rumbo a su muerte; ármalo con la bella memoria de uno de tus besos. Bésame Scarlett, bésame una sola vez”. Rhett la besa y Scarlett lo cachetea.

Este primer beso arranca una larga historia de todo tipo de besos (y cachetadas) entre estos dos personajes, ya que a lo largo de la película nuestra heroína insiste en casarse sin estar enamorada y en estar enamorada de la persona equivocada. Uno de estos besos ocurre tras la muerte y velorio del segundo esposo de Scarlett. Rhett la agarra y le dice: “Te casaste primero con un niño y luego con un viejo. ¿Por qué no lo intentas ahora con alguien de tu edad que sabe complacer a las mujeres?”. Scarlett, si bien le brillan los ojitos, le dice que está loco y que además sabe que ella siempre estará enamorada de alguien más. Pero Rhett la toma en sus brazos y le da un beso pasional. Ella protesta y dice que se desmayará, pero él contesta: “Eso es lo que quiero. Quiero que te desmayes. Estás hecha para ser besada y ninguno de los tantos tontos que has conocido te han besado de esta forma, ¿no es así?”. Y Scarlett, una vez más, lo cachetea, pero queda claro que habrá más intentos de seducción a lo largo de la película.

DIÁLOGOS SOBRE BESOS

En las películas de Hollywood encontramos no sólo todo tipo de besos que le dan un cierto ritmo a las cintas de este barrio de la ciudad de Los Ángeles, sino también grandes diálogos al respecto entre personajes que se besan, están pensando en besarse o se acaban de besar. Está, por ejemplo, la maravillosa escena en Lo que el viento se llevó en la que Scarlett O’Hara ya por fin decide darle un beso voluntariamente al capitán Butler y, conforme a protocolo, cierra los ojos, se para de puntitas, se pone flojita y pone los labios de piquito. Pero Rhett, justo antes de besarla, se detiene y le dice: “Abre los ojos y mírame. No, creo que no te daré un beso, aunque desesperadamente necesitas que te bese. Ése es tu problema. Eres una mujer que necesita ser besada y mucho, y por un hombre que sabe cómo”. La suelta, toma su sombrero y se va, dejando a Scarlett frustrada y resentida por haberse perdido lo que hubiera sido, no obstante sus dos matrimonios, su primer beso de verdad.

Otro gran diálogo ocurre en La emperatriz escarlata (The Scarlet Empress, 1934), película en la que Marlene Dietrich interpreta a Catalina la Grande de Rusia. La joven emperatriz se encuentra en un granero junto con el conde Alexei que se convertirá en uno de sus amantes. Con un bonche de paja que sostiene frente a sus labios como protección, Catalina lo medio amenaza y medio incita diciendo: “Si te acercas, gritaré”. El joven conde le va quitando cada una de las pajas de entre sus labios, una por una, con enorme delicadeza, como si fueran palillos chinos y, al final, antes de besarla, le dice: “Te será más fácil gritar sin paja entre tus labios”.

Finalmente, uno de los más famosos diálogos sobre besos es el de la comedia romántica La bella y el campeón (Bull Durham, 1988). El diálogo es entre Kevin Costner, un veterano cátcher del equipo de beisbol de los Toros de Durham, y Susan Sarandon, una groupie que se autoimpone como misión seducir a cada joven estrella que llega al equipo. Estos dos personajes debaten acaloradamente sobre sus distintas y contrastantes filosofías de vida. Costner, después de enlistar todas las cosas en las que cree en un largo y mojigato sermón, remata con la famosa frase: “Y creo también en besos largos, lentos, profundos, suaves y mojados que duran tres días”. Y con esa frase se despide educadamente de mano de Sarandon, dejándola más que curiosa sobre estos besos en los que tanto cree Costner.

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Publicado en: Especial mayo 2014