En Cartagena de Indias estaban celebrando los 40 años de la aparición de Cien años de soledad, el fenómeno más importante en lengua española después de El Quijote. En la calle, muchedumbres ovacionaban a Gabriel García Márquez y algunos le gritaban: “¡Gracias por lo que nos has dado, Gabito!”. Una noche de marzo —era 2007— hubo una ceremonia oficial, que fue apoteósica, a la que asistieron ministros, académicos, escritores, estrellas de cine, los reyes de España y algunos presidentes de países latinoamericanos. Recuerdo que vi a Carlos Fuentes, Antonio Muñoz Molina, Tomás Eloy Martínez, José Emilio Pacheco, Ángeles Mastretta, Carlos Monsiváis, Héctor Aguilar Camín, Martín Torrijos, Daniel Ortega, Víctor García de la Concha, y también a Bill Clinton. En esa ceremonia Fuentes recordó que, después de leer Cien años de soledad, le había escrito a Julio Cortázar una carta que decía: “Me siento nuevo después de leer este libro, como si le hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído El Quijote americano”. Cuando el presidente de la Real Academia Española le entregó a García Márquez el primer ejemplar de la edición conmemorativa de la novela, miles de mariposas amarillas cayeron sorpresivamente desde lo alto y arrancaron a Carlos Monsiváis, bañado enteramente por éstas, una feliz sonrisa inolvidable.

En medio de la alharaca, vi que en la primera fila del auditorio había un hombre muy mayor, y muy enjuto, que aplaudía con manos temblorosas de emoción. Noté que a lo largo de la ceremonia García Márquez intercambiaba miradas con él, y le sonreía de cuando en cuando. Tuve curiosidad. Le pregunté al periodista colombiano Roberto Pombo quién era aquel señor.

—José Salgar —me dijo—. Fue el primer jefe de redacción de Gabo. Fue el editor de Gabo en El Espectador.

Durante el tiempo en que trabajé como reportero de la revista Cambio, que García Márquez y Ramón Alberto Garza dirigían, Gabo solía dedicar una buena parte de las juntas editoriales a recordar toda clase de anécdotas sobre sus tiempos en El Espectador. Los reporteros las recibíamos embelesados —salvo el par de idiotas de rigor, ninguno podíamos creer que estábamos allí, que gozábamos del privilegio único, inmenso, de recibir lecciones diarias de un clásico vivo— y al terminar las juntas devorábamos las crónicas y reportajes de cuya escritura o cuya investigación el Gabo nos había platicado.

Antes que la ceremonia terminara me acerqué a Salgar y le pedí una entrevista. Se sintió halagado. Me citó al día siguiente en un lugar, no recuerdo cuál, desde el que se veía, a través de una ventana, la costa azul de Cartagena. Probablemente ese lugar era la redacción de El Espectador, donde Salgar pasó 70 años de su vida.

De acuerdo con la leyenda, Salgar había llegado al periódico, como empleado de la rotativa, a los doce años de edad. En 1954, cuando ya tenía 23, después de haber aprendido todos los secretos de la impresión de periódicos, fue ascendido a jefe de redacción y conoció a un joven, pedante y fatuo, que alzaba la ceja y miraba a los otros por encima del hombro.

“Los diarios de entonces era un fogón con plomo ardiente y máquinas escandalosas”, me dijo Salgar. Esa era la atmósfera más conveniente, pensé, para envolver la entrada a la redacción de Gabriel García Márquez.

—Llegó con cierta aureola de escritor. Ya había publicado sus primeros cuentos, ya se había codeado con el Grupo Barranquilla. Ya estaba, me parece, escribiendo La hojarasca. Así que era muy superior a los reporteros comunes y lo hacía sentir.

—Él era mayor que usted. Usted tenía 23 y él tenía 27. ¿Qué le parecía como subalterno? ¿Cómo lo veía él a usted como superior?

—Era un muchacho incorregible. Levantaba la ceja al recibir una orden. Nuestra relación fue ríspida, muy ríspida al principio. Todos los días, sobre la hora del cierre, a solo minutos de mandar la edición a la rotativa, él llegaba con unas notas largas y extrañas, llenas de giros y términos literarios. “Vamos a arreglarnos”, le dije una día, “porque el periodismo es una profesión para contar las cosas sin ficción. Y usted me viene con esa vaina de la literatura”.

La relación ríspida consistía en que García Márquez le metía literatura al periodismo y el implacable lápiz rojo de Salgar luchaba por meterle periodismo a la literatura garcíamarquiana.

—Gabo dice que yo, una de tantas tardes, citando al poeta mexicano González Martínez, le dije: “Gabriel, tuérzale el cuello al cisne”.

—Al parecer, terminaron llevándose muy bien. ¿Cómo sucedió?

—Él dice que yo no sabía dar órdenes con cara de jefe, sino que lo hacía con cara de subalterno, y que por eso nos hicimos cómplices. Cómplices hasta el sol de hoy.

Pensé en las crónicas y los reportajes de García Márquez fechados en 1954. Todos eran, por decir lo menos, extraordinarios. “El muerto alegre”, “El cartero llama mil veces”, “El héroe que empeñó sus condecoraciones”. A García Márquez le encantaba relatar cómo había encontrado, el año de su inauguración en el periodismo, una oficina de cartas perdidas que le permitió escribir uno de los reportajes más célebres y recordados del periodismo latinoamericano. El reportaje que comienza de este modo:

“Alguien puso una carta que no llegó jamás a su destino ni regresó a su remitente. En el instante de escribirla, la dirección era correcta, el franqueo intachable y perfectamente legible el nombre del destinatario. Los funcionarios del correo la tramitaron con escrupulosa regularidad. No se perdió una sola conexión. El complejo mecanismo administrativo funcionó con absoluta precisión, lo mismo para esa carta que no llegó nunca, que para el millar de cartas que fueron puestas el mismo día y llegaron oportunamente a su destino…”.

—En unos meses —dijo Salgar—, Gabo ascendió de reportero raso a reportero estrella. Cada cosa que traía era mejor que la anterior. Pero su verdadera apoteosis comenzó un año más tarde, en 1955. ¿Quiere que le diga cómo ocurrió? Un marino llamado Alejandro Velasco entró en la redacción para ver si nos interesaba oír la historia de su naufragio. Le dimos la nota a Gabo. No le gustó, porque la historia ya había sido publicada. “Es una nota fría”, nos dijo. Hice que la escribiera a fuerzas. Su primera entrega fue muy mala. La segunda, también. Ambas eran de puro periodismo. No les había metido un gramo de literatura. A la tercera entrega no había manera de seguir adelante. Me acerqué a su escritorio y le dije: “Oiga, Gabito, destuérzale el cuello al cisne. ¡Métale literatura al naufragio!”.

Salgar sonrió, feliz, con la llegada de aquel recuerdo. Me dijo:

—Esto es importante porque ahí nació una nueva forma de hacer periodismo. No había un periodismo así en estas regiones.

Agregó:

—Al relato frío del náufrago, Gabito comenzó a meterle una escritura en la que ya se adivinaban… no sé, las mariposas amarillas. Comenzaron a salir unas crónicas tan emocionantes que al cuarto capítulo se produjo el milagro: la circulación se elevó al doble. El gerente del periódico se acercó, y le dijo: “Jefecito, cuántos capítulos cree que va a durar esto”. Gabo contestó: “Por ahí cinco”. Y el gerente replicó: “¡No, jefecito, no! ¡Que dure 50!”.

Pensé en la pasión que García Márquez desplegaba, medio siglo después, al hablar del “mejor oficio del mundo” en la redacción de la revista Cambio. Pensé en sus crónicas milagrosas, tocadas por Dios. Pensé en su diarismo mágico: “Habla un testigo de la primera explosión atómica: en Hiroshima a un millón de grados centígrados”, “Tres días perdidos en la selva”, “Historia íntima de una manifestación de 400 horas”, “Aquí se aprende a leer en el Código Civil”. Recordé lo que el mismo Gabo había escrito alguna vez:

“Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo. El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de los mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran”.

Me quedé pensando un rato, mientras fingía darle un trago largo al café que Salgar me había ofrecido.

—Así que el secreto era destorcerle el cuello al cisne —le dije.

Los ojos del viejo periodista brillaron.

—Ahí está el secreto —contestó.

Y luego, con gesto cómplice, con un hermoso gesto cómplice en el que se diría que flotaba la cara de un subalterno, añadió:

—El secreto está en que nadie sabe qué fue lo que hizo Gabo con el cisne. Nadie sabe lo que Gabo hizo con el cisne —repitió.

Salí de El Espectador y me prometí darle las gracias a García Márquez por todo esto. No lo hice. Una tarde, hace poco tiempo, lo encontré en un restaurante, pero no lo hice.

Héctor de Mauleón

 

16 comentarios en “Gabo en la redacción

  1. Que relato tan emotivo y que privilegio haber tenido esa oportunidad de entrevistar al Sr. Salgar y conocer algo mas de nuestro Gabriel Garcia Márquez.Gracias por la generosidad.Un abrazo.
    Alma Perez G.

  2. Definitivamente el periodismo cultural y literario es una herencia magnífica que nos ha dejado Márquez. Me atrevo a mandarte mi gran admiración Mauleón, por tu exquisita forma de contar historias, no es mas que un gran escritor, con esencia definida, contándonos a cerca de otro gran y memorable escritor. Saludos desde Morelia.

  3. Me ha inspirado, me ha hecho soñar, me ha hecho pensar que el periodismo requiere, también, imaginación. Gracias por el texto.

  4. Qué pinche suerte Héctor, te envidio. Haber tenido esa cercanía con García Márquez es fabuloso, como tu texto anecdótico y bien escrito. Chingón, vale. Un abrazo

  5. Estimado Héctor. Con esta pausa biográfica que Ud. hace de Garcia Márquez se confirma aquello que la grandeza de una obra precede a la ídem del autor, y a toda una vida evocada a superarse a sí mismo. Hermosa anécdota como la forma de contarla. Enhorabuena!!

  6. Héctor, muchas gracias por compartir este sabrosísimo relato sobre el arte de escribir, me parece un digno homenaje al Gabo.

  7. Estoy comenzando la carrera de periodismo y leer estas líneas me enriquece e inspira para seguir creando más de ello, muchas gracias.

  8. Vaya que anectoda hermano y sin embargo no se termina hay todavia mucho mas que decir del querido Gabriel Garcia Marquez….

  9. Cuando se combina el periodismo con la literatura y la genialidad de los escritores dan como resultado obras como las de Gabo. Gracias tocayo por narrarnos la forma en que se inició en el periodismo este gran escritor. Saludos

  10. Estimado colega Héctor de Mauleón, magnífica anécdota, me emocionó pues yo también conocí a GGM en la Revista Sucesos para Todos en 1964, cuando yo seguía mi carrera de monero, me gustaba como escribía pues a pesar de que Raúl Prieto (a) Nikito Nipongo que era el director le rechazaba el cuento semanal que entregaba, GGM se lo tomaba con ese profesionalismo de periodista, em “gorreaba” un cigarrillo “Delicados” y ambos seguíamos nuestra labor, él volviéndo a escribir otro cuento ( a la mejor para cobrar en sábado y comer ) y yo admirando esa valentía de enfrentarse a un director tan “perro” como lo fue Raúl Prieto, gracias por su tiempo y lo sigo viendo en “El Foco” del canal 40.

  11. Cuando el viento regresa.

    Silenciosa y
    profunda regresa
    la noche en el
    canto infinito
    de una dulce
    poesía: siento
    la vida pasar
    suavemente
    donde viene
    la rima de la
    nueva canción.

    Francesco Sinibaldi