Diario de Cartagena IV

Precauciones librescas

Al terminar el Congreso de la Lengua Española en Cartagena de Indias, un escritor mexicano compró una maleta para llevarse los muchos libros con que lo abrumaron colegas, instituciones y admiradores. “Llévate sólo los que te interesan”, sugirió alguien. “De ninguna manera”, respondió él. “Podría sucederme lo que  a aquél nuestro colega en Cuba”. “¿Cuál colega?”, preguntó alguien más. “¿No te sabes la historia?”, dijo él. “Es muy famosa”.

Nadie sabía la historia y procedió a contarla:

Un escritor mexicano apreciado por el gobierno de Cuba recibió la invitación a hacer una gira literaria por la isla leyendo textos y contando cuentos. Hizo la  gira bajo la tutela diligente de un escritor cubano que lo llevó y lo trajo sin contratiempo alguno por todas partes, resolviéndole todo.

De vuelta en La Habana, en la inminencia de su partida, el escritor mexicano se percató de lo mucho que había recibido de su colega en ese viaje, sin haberle dado a cambio otra cosa que la discutible amenidad de su compañía. Un río de gratitud hacia su cicerone remontó su garganta, haciéndole decir:

“No sé cómo pagarte, hermano. Lo que has hecho por mí en este viaje, no tiene precio. Pídeme lo que quieras, lo que sea. Estoy obligado contigo de por vida”.

El escritor cubano contestó:

“No quiero nada. Sólo que leas mis obras y me digas lo que piensas”.

Al día siguiente llegó al Hotel Nacional, donde se hospedaba el mexicano, un paquete de libros. El cicerone era un autor prolífico y con algún peso en las editoriales de la Cuba revolucionaria, de tal suerte que el paquete recibido a última hora era un tabique de varios tomos con pasta dura.

El escritor mexicano supo de inmediato su predicamento. Estaba por salir al aeropuerto, cargado de compras y regalos, sin espacio en su equipaje para un alfiler más. No dejó los libros de su entrañable cicerone tirados en el cuarto. Con una recomendación profesional de lectura, los puso en mano de una camarera del hotel con la que había cruzado algunas inteligencias literarias, durante su diario cruce matutino.

Poco después, el escritor mexicano recibió una invitación del gobierno cubano, ahora para ser jurado de algún premio. En una de las idas y venidas  de su nueva encomienda, se topó con su guía. Lo sorprendió la frialdad absoluta, terminal, de su saludo. Desconcertado, preguntó:

—¿Qué pasa, hermano, no te acuerdas de mí?

El cicerone respondió sin verlo:

-—Mi hermana es camarera en el Hotel Nacional.

Héctor Aguilar Camín

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Publicado en: Sólo en línea