Gabriel García Márquez: el distractor de la muerte

La muy anunciada muerte de Gabriel García Márquez evoca el desvanecimiento de una perspectiva de la literatura y la historia que marcó a varias generaciones de hispanoamericanos. García Márquez es la figura más descollante e idolatrada de esa generación de titanes literarios que formaron el boom hispanoamericano. En el despliegue del boom como fenómeno comercial y cultural confluyen varios factores: un período de producción excepcional en la narrativa latinoamericana,  una ampliación de la matrícula universitaria y del público lector; un momento de despegue de la industria editorial hispanoamericana y un ambiente propicio (por la descolonización, por el ambiente asfixiante de la Guerra Fría, y por el influjo de la Revolución Cubana que permite por un periodo ubicar en América Latina las expectativas de renovación social) para la apreciación, en las metrópolis culturales, de las literaturas entonces consideradas periféricas. En este entorno se logra una difusión sin precedentes de una serie de autores que, más allá de sus diferencias temáticas y estilísticas, exploran la realidad latinoamericana desde una perspectiva que combina la aproximación histórica y la recreación mítica; las técnicas experimentales y la oralidad; el cosmopolitismo y la reivindicación de las tradiciones locales; el rigor artístico y la denuncia política.

García Márquez, y otros autores del boom, no eran meramente escritores, sino una nueva especie de actores políticos y mediáticos, representantes de una cultura radical continental que pretendía vincular indisolublemente la renovación estética con la revolución social.  En este sentido, el arquetipo más influyente del escritor en esas décadas ya no es el autor de la denuncia costumbrista, o el anticuado humanista liberal, o el aburrido adalid del realismo socialista, sino alguien que seduce a su creciente público con el culto a la experimentación artística y, de manera destacada, con  la vinculación a las causas políticamente correctas. En particular, ciertos rasgos de la personalidad de García Márquez (su antisolemnidad y buen humor, su sencillez), lo alejaron (más que a otros escritores de su generación) del estereotipo glacial del intelectual y lo convirtieron en una suerte de ídolo popular, afable, alegre, cercano a la gente y, al mismo tiempo, en un socialité, capaz de bailar con actrices inalcanzables y de aconsejar a jefes de Estado.

La vasta y valiosa obra de García Márquez tiende a reducirse a su aclamada Cien años de soledad. Ciertamente, en esta novela confluyen todos los rasgos del boom y Macondo se vuelve el reflejo mítico y sentimental de América Latina con sus peculiares mezclas raciales y culturales, con sus procesos de modernización trágicos y azarosos, con esa peculiar contradicción entre civilización y barbarie, entre magia y secularización. El mundo de García Márquez con sus matriarcas plenas y patriarcas truncos, con sus dinastías rústicas y violentas, con sus personajes estrambóticos y elementales, con sus desastres y prodigios pone en contacto al lector con una realidad ancestral y sincrética. Con su facultad imaginativa, García Márquez crea un territorio sin fronteras lógicas o genéricas, donde seres indefinidos deambulan entre lo humano, lo sobrehumano y lo infrahumano, entre el costumbrismo y la teratología, entre la referencia al añejo imaginario popular y la alusión, a ratos maniqueísta, a hechos históricos y políticos concretos. Por lo demás, allende su desmesurado poder de invención, García Márquez  es un autor profundamente humano que a lo largo de toda la novela, sobre todo en su narración de la ruina de Macondo, despliega, aparte de maestría literaria, las virtudes filiales de la tolerancia y la piedad.

Acaso la confusión entre su notoriedad pública y su talento narrativo generaron desencuentros con algunos de sus lectores. Sería insincero, en mi caso, no mencionar las numerosas ocasiones en que sus posiciones (u omisiones) como intelectual público me resultaban controvertibles o decepcionantes. Sin embargo, acaso el espacio propicio para el encuentro con un autor está más allá de sus actitudes públicas, y en efecto el encuentro más entrañable con los escritores se da en la mesa de lectura o debajo de un árbol tutelar en esas tardes interminables en que el tiempo se vuelve más generoso y uno es capaz de apreciar, sin acordarse de otra cosa, la maestría, la vitalidad y el don de gentes del contador de historias que nos distrae de la  fugacidad y de la muerte.

Armando González Torres
Poeta y ensayista. Autor de Las guerras culturales de Octavio Paz, entre otros libros.

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Publicado en: Sólo en línea