En 2006 el senado de Estados Unidos aprobó el Secure Fence Act, ley que autoriza la construcción de la cerca que hoy se levanta en la frontera con México. Esta legislación transformó la valla de metal que ya existía en una doble cerca fortificada que hoy se extiende desierto adentro y que —con muchas interrupciones— llega hasta el Golfo de México. Si pasara la reforma migratoria que está considerando ahora la Cámara baja, se aprobarían más de 46 mil 300 millones de dólares adicionales para añadir un total de mil 300 kilómetros de vallas y pilotes, para entrenar y desplegar 20 mil nuevos agentes de la patrulla fronteriza, para construir torres de vigía, instalar sensores de movimiento y visión infrarroja, y para comprar aviones sin tripulantes (los famosos “drones”), helicópteros Blackhawk y barcos.1

Esta valla en nuestra frontera norte, junto con el muro de concreto que divide Jerusalén y separa los asentamientos israelíes de las poblaciones palestinas en los territorios ocupados, se han vuelto famosos porque parecen aberraciones. Pero no son casos aislados. En los últimos 15 años se han construido más de 35 muros y barreras alrededor del mundo y se siguen planeando y construyendo otros tantos. Parece, pues, que hay una tendencia internacional a construirlos y que ésta comenzó cuando nadie la esperaba. 

Las cercas y fosos comenzaron a aparecer después de la caída del Muro de Berlín, precisamente cuando se suponía que el fin de la Cortina de Hierro traería apertura y globalización. Pero además de sorprender, los muros ofenden. Junto con las bardas han proliferado los comentarios periodísticos y manifestaciones artísticas que las deploran. Las obras de arte y los estudios a menudo recuerdan el poema de Robert Frost: Something there is that does not love a Wall. Hay algo que no quiere al muro divisorio, pero no es muy claro de qué se trata. Esto es obvio en el caso de la frontera entre México y Estados Unidos: al fin de cuentas el muro es legal, construido en territorio estadunidense. ¿Qué tiene de malo entonces?

Cuando hacemos preguntas de ética política, cuando preguntamos qué tiene de malo esto o aquello en la vida pública, lo más común es que enfoquemos detalles concretos del problema y hagamos análisis de costo-beneficio. Es decir, hablando de muros, se busca una barda específica, se muestra el daño que ha causado, a quién se lo ha causado, y este daño se evalúa en términos de los beneficios que prometía al principio. En el caso de las críticas al muro que existe en la frontera entre México y Estados Unidos, los activistas se concentran en cuatro puntos principales. Primero: la valla destruye los ecosistemas fronterizos. Segundo: la separación forzosa mina la vida económica y cultural de la zona fronteriza. Tercero: es un insulto para los mexicanos y manifiesta la cultura xenófoba de los estadunidenses. Cuarto: es ineficiente porque no detiene el flujo de inmigrantes ni de drogas, y por lo tanto es una forma de tirar dinero a la basura.

Es probable que los cuatro puntos sean ciertos. Pero eso no es suficiente para determinar qué tiene de malo el muro, porque esta forma de evaluar tiene sus propias dificultades. El primer problema es que cuando nos concentramos en las consecuencias de muros específicos tenemos que medir sus efectos empíricamente. Sin embargo, dado lo espinoso del tema es muy difícil encontrar estudios empíricos que no estén sesgados.

El segundo problema es más grave:  las consecuencias negativas que se viven en la frontera se tienen que balancear contra otros valores, y dependiendo de cuáles y de quién sean los valores, éstos pueden hacernos concluir que los efectos no son importantes, o que valen la pena. Por ejemplo: ¿cómo se evalúa el daño ecológico local cuando el beneficio potencial es la seguridad de un Estado-nación y todo su territorio? Los activistas estadunidenses que rechazan el muro han trabajado mucho para mostrar que no funciona. Pero hacer evidente que la política es ineficiente, es un tiro que se regresa por la culata: a menudo, saber que la valla no detiene a los inmigrantes no lleva a la conclusión de que el muro está mal, al contrario, es un motivo para que los votantes exijan que los políticos redoblen esfuerzos para que deje de ser una pérdida de dinero y alcance las metas propuestas. Y esto es lo más preocupante, porque en Estados Unidos sí hay recursos y tecnología para hacer el muro infranqueable. (Esto lo saben bien quienes venden la tecnología. Muchos fabricantes de productos militares se han alistado para venderlos a la patrulla y a los gobiernos fronterizos locales una vez que el ejército de Estados Unidos se retire de Afganistán.)
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Si nos enfocamos en los daños específicos no llegamos muy lejos contestando la pregunta de qué tienen de malo los muros, porque el argumento depende de los valores que se ponen en la balanza a la hora del cálculo de costo-beneficio. Así es que si de lo que se trata es de decir por qué está mal el muro, hay que dar un paso atrás y determinar cuáles son los valores que importan. Lo que hay que entender es por qué, y en qué circunstancias están mal los muros, no en situaciones específicas, sino en general, en principio.

El principio que importa aquí, más que la seguridad nacional, es la igualdad universal de derechos. Este compromiso de la ética política contemporánea se manifiesta en el rechazo generalizado de las jerarquías basadas en el origen étnico o racial de los individuos, y también en los compromisos estatales para defender los derechos humanos. Se antepone a la nación, porque la nación cívica —que es la única que se puede defender hoy en día— se construye sobre el principio de igualdad. Pero aquí hay que irse con cuidado. Superficialmente parece que el compromiso con la igualdad y los derechos humanos nos obligaría a olvidarnos de la fronteras, a incluir y dar derechos políticos a quienes los pidan y a exigir libertad de movimiento en todo el orbe. Pero de la igualdad universal no se pasa tan fácil al mundo “sin fronteras”. Hay que tener en mente que lo único que hace efectiva la igualdad son las instituciones de participación política democrática, y que éstas son necesariamente parroquiales.

Si examinamos con cuidado el principio de igualdad universal, podemos ver que no se opone a las fronteras, sino que incluso las necesita. Aunque el principio se refiere a las relaciones entre individuos, éstas sólo se puede expresar de manera colectiva: por medio de la ley y las instituciones políticas. Es decir, que para hacer válido el principio de igualdad, necesitamos libertades políticas que permitan que los individuos participen en la creación y manejo de su propio gobierno. Por lo tanto, para hacer válida la idea de igualdad universal se requieren derechos y democracia, y éstos, a su vez, requieren Estados y pueblos que se autogobiernen. Y dado que los pueblos cívicos no son universales, ni están definidos por su cultura, hacen falta fronteras territoriales para delimitar poblaciones y formalizar la igualdad. Así que, paradójicamente, la igualdad universal necesita fronteras territoriales.

Ahora bien, ¿qué nos dice esto de los muros de la frontera? Como parte del proceso de demarcación de la frontera los muros, en principio, no tienen nada de malo. Pero con una condición: no tienen nada de malo en la medida que sostengan el principio de igualdad universal en ambos lados de la frontera. Lo que hace problemáticos a los muros es que ponen en entredicho el principio que justifica al Estado: el principio de igualdad de todos, nacionales y extranjeros. Lo que está mal del muro es que  sea unilateral.

Cuando el muro cierra la frontera unilateralmente transgrede el principio de igualdad universal que justifica el Estado liberal democrático, porque la coerción contra todos los de fuera establece una jerarquía moral con los de dentro. Por ejemplo, si un país fortificara su frontera porque algunos de los que quieren entrar pudieran ser terroristas, el país en cuestión estaría tratando a todos los de dentro como víctimas potenciales y a todos los de fuera como amenazas potenciales. Por lo tanto, el muro trataría a todos los de afuera como si no merecieran el mismo respeto que los de adentro y generaría una desigualdad moral. Más importante aún, el muro establece una desigualdad política con respecto al gobierno del muro mismo. En la medida que la frontera vaya en contra de los que están fuera, los gobierna y, por lo tanto, un gobierno democrático debe darles una justificación que puedan aceptar.

Como arguye Arash Abizadeh, las rejas, las garitas y los guardias ejercen coerción, y por lo tanto los Estados deben poder justificarla incluso a los que quedan fuera de sus fronteras.2 Pero ya que los Estados no tienen medios formales para incluir a los extranjeros fuera de su territorio, deben incluirlos por medio de las instituciones extranjeras colindantes, en especial si ésas también son democráticas. Si aplicamos los principios en los que descansa la democracia liberal tenemos que aceptar que necesitamos Estados y fronteras, pero que estas últimas no se deben gobernar unilateralmente.

Queda claro, entonces, que lo que está mal con la valla que separa Tijuana de San Diego es un asunto de principios. Lo que tienen de malo los muros de la frontera no es que detengan la migración o controlen el territorio, al fin de cuentas ésa es una prerrogativa del Estado, lo malo es que lo hagan unilateralmente. Aunque los estadunidenses digan que la barda no es xenofóbica, el solo hecho de que no haya habido consulta oficial con las instituciones mexicanas muestra que Estados Unidos no considera a los mexicanos como iguales.

La política del muro es un error político porque sólo genera beneficios de corto plazo para los legisladores que sacan provecho de los miedos raciales de una minoría de estadunidenses, y porque al adoptar el modelo unilateral los estadunidenses minan la confianza de sus vecinos. Pero también es un error moral, porque a la larga el muro disminuye también la legitimidad de sus propias instituciones políticas, que debían descansar en el principio de igualdad universal. Y además de ser un error político y moral, la política del muro es una pena, porque Estados Unidos y México tienen ya la infraestructura de instituciones bilaterales transfronterizas que permite la cooperación.

El muro presenta una oportunidad para reexaminar los principios en los que descansa la legitimidad de los Estados colindantes, y además nos recuerda que no podemos ver a las fronteras como algo ajeno. Esto no hay que perderlo de vista,  particularmente cuando se trata de cómo gobernamos nuestras fronteras al sur.

Paulina Ochoa Espejo
Politóloga.


1 Estos cambios se adoptaron después del adendo de los senadores Corker y Hoeven en junio de 2013. Más información en: http://www. nytimes.com/2013/06/21/us/politics/2-gop- senators-reach-deal-on-border-security-plan. html?pagewanted=all&_r=0

2 Arash Abizadeh, “Democratic Theory and Border Coercion”, Political Theory, febrero 2008, vol. 36, n. 1.

 

3 comentarios en “¿Qué tiene de malo el muro?

  1. El muro exibe a la clase dominante de ese pais como una forma de ver enemigos donde solo hay subdesarrollo, pobreza y marginación, a la que mucho contribuyen con sus políticas colonialistas y depredadoras; bueno, construir muros y equipo para detener y localizar indocumentados resulta un buen negocio para las empresas de la degradación humana.

    • Es como cuando se excluye a alguien, no se le invita o no se le comparte información o puntos de vista por no tener la misma capacidad adquisitiva. Eso se le conoce como “prejuzgar” o prejuicio .