A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Diciembre de 1915. No hay familia mexicana, de buen abolengo o de prosapia humilde, que no cuente con una Concha o con una Lupe, cuando menos. Ciertos jefes de familia tienen las dos. Ésos son los privilegiados de la fortuna, que los premia por su respeto a las tradiciones. El caso es que los repetidos nombres, uno sonoro y otro dulce, como doble cuerda de una dulzaína, continúan prodigándose sin competencia posible. Es que son bellos y de fácil y armoniosa dicción. De su misma vulgaridad, salen indemnes y siempre se les sorprenden nuevos sonidos, resonancias no comprendidas antes. Tienen en sí algo de la música wagneriana. Resultan beneficiados con las repeticiones.

Y que los llevan gentilmente las figuras femeninas, a los veinte años de la hermosura que sueña, que ignora y que espera, nadie lo pone en duda. No hablamos aquí de las asociaciones piadosas con los diminutivos antitéticos de “Conchita” y “Gualupita”; que en proporción que se envejece, uno también se infantiliza, como una gratuita y vana protesta contra la carga de años. Ni Concha ni Lupe he conocido en aquella edad feliz que no acreciera con un nuevo ritmo su respectivo y casi legendario nombre; y un amigo mío, dado a curiosas observaciones de fácil verificación, me hizo notar, una bella mañana que discurríamos por la Alameda poblada en esos momentos por un mujerío elegante y florido, que casi no había muchacha bonita en México que no se llamase Lupe o Concha. Y sobre la marcha lo demostraba. Pues cada vez que nos cruzábamos con alguna damita cuya mamá no imponía extraordinariamente, mi compañero hacía sonar como al azar uno de esos nombres, y un involuntario movimiento de la desconocida lo interpretaba el ensayista como la prueba palmaria de su atingencia.

Fuente: Rafael López, Crónicas escogidas, FCE, México, 1970.