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La guerra estalló en 431 a. C. Una sucesión de mezquinas rencillas desembocó en ella, insuficiente explicación, en resumen, de la lucha a muerte entre los dos principales Estados de Grecia. Aristófanes las ridiculizó, declarando que todo comenzó porque unos jóvenes borrachines de Atenas fueron a un poblado cercano y
    robaron a una cortesana.
    Los megarenses, irritados, se apoderaron entonces
    De dos hetairas, amigas de Aspasia, y por esto,
    Por tres meretrices, se encendió la guerra.
    Por esto Pericles el Olímpico tronó y relampagueó y
    Conturbó a toda Grecia.

Lo que Aristófanes parodió fue desechado por el historiador Tucídices. La verdadera causa de la guerra no fue esta o aquella perturbación trivial, la revuelta de una colonia distante, la violación de un tratado sin importancia o cosas similares. Fue algo que estaba muy por debajo de la superficie, en las profundidades de la naturaleza humana, y causa de todas las guerras jamás luchadas. El móvil fue la codicia, esa extraña pasión por el poder y las posesiones que ningún poder ni posesiones pueden saciar. El poder, o su equivalente, la riqueza, escribió Tucídides, creó el deseo de más poder, de más riqueza. Atenienses y espartanos lucharon sólo por una razón: porque eran poderosos, y por lo tanto se vieron impelidos (palabras del propio Tucídides) a buscar más poder. No lucharon porque fuesen distintos —democrática Atenas y oligárquica Esparta— sino porque eran similares. La guerra no tuvo nada que ver con diferencias de ideas ni con consideraciones sobre lo justo o lo injusto. ¿Es justa la democracia, e injusto el gobierno de los pocos sobre los muchos? A Tucídides le habría parecido que esta pregunta evadía la cuestión principal. No había un poder justo. El poder, lo ejerciera quien lo ejerciera, era malo, era el corruptor de los hombres.

Fuente: Edith Hamilton, El camino de los griegos (1930; capítulo nueve, “Tucídides: Lo que ha ocurrido es lo que volverá a ocurrir”), trad. Juan José Utrilla, Turner/FCE, México, 2002.

 

2 comentarios en “La verdadera causa de la guerra

  1. La búsqueda de más poder sigue siendo la causa última de las guerras hasta el día de hoy. El pretexto cambia con los tiempos y, puede ser, prácticamente, cualquiera.

  2. Es la hybris de la que habló el mismo Tucidides. Ningún historiador que se precie de serlo se puede desentender del tema.