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I. Aldo Moro
Morir en Penthouse

Las Brigadas Rojas encuentran una insólita “compañera de viaje”: la revista Penthouse que con sus seis millones y medio de ejemplares ha derrotado a Playboy en las “guerras públicas”. Pietro Di Donato, oscuro novelista italoamericano, describe los últimos días de Aldo Moro con datos que se supone le proporcionaron las propias Brigate Rosse. El artículo suscribe incondicionalmente la racionalización de las BR en el sentido de justificar la tortura psicológica y el asesinato de Moro a nombre de un proletariado al que nadie consultó. Donato abunda en injurias contra la víctima, la Democracia Cristiana, el PCI, Moravia, Montale, Fellini, Oriana Fallaci y, en fin, todo italiano que no milite en el grupo o no simpatice con sus acciones. Da qué pensar esta inesperada alianza entre las BR y la vanguardia de la mercantilización de la llamada revolución sexual, una revista que se muestra gozosa y provechosamente incapaz de presentar a una mujer sin degradarla. No obstante, el texto de Donato proporciona nueva información sobre el caso. A pesar de todas las reservas es conveniente difundir entre nosotros algunos extractos.

La utilidad de los muertos

El 16 de marzo de 1978 los comandos que secuestraron a Moro y mataron a sus guardaespaldas lo condujeron a un reducto secreto en el estacionamiento de un gran edificio. Allí lo recibió el hombre a quien Donato llama Zucor. Rico y miembro de la nobleza, Zucor descubrió que la defensa de los oprimidos era “su forma de sensualidad”. Empezó a militar en compañía de su amigo el célebre editor Giangiacomo Feltrinelli, de cuyo asesinato inculpa al gobierno y a la CIA. En 1969 —gracias a Zucor, Feltrinelli, Renato Curcio y su esposa Mara— nacieron las Brigadas Rojas en la universidad de Trento y en las fábricas de Turín, Génova y Milán.
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Zucor trató cortésmente a Moro, su viejo conocido. Le dio libros y revistas de la BR, televisor y tocadiscos. Pidió que colaborara en su proceso y le dijo que, en caso de ser declarado culpable por los crímenes del gobierno, su vida se canjearía por la de Curcio y los brigadistas presos en Milán.

Ya que Moro había ocupado todos los puestos gubernamentales fue hecho responsable tanto de asesinatos de huelguistas y guerrilleros como de leyes reaccionarias, robos y corrupciones. A solicitud de sus jueces Moro escribió unas ochenta cartas a sus amigos y colaboradores. Cada noche vio por televisión el desarrollo de su drama: desde un principio el gobierno se negó a ningún trato con las Brigadas Rojas y decidió ofrendarlo como mártir.

“Usted se ha convertido en un estorbo para la iglesia y el Estado”, dijo Zucor. “Crucificado les será mucho más útil”. Anna, la única mujer en la célula maestra que secuestró a Moro, fue quien más lo presionó durante un proceso a cuyo veredicto estaba predeterminado. En cierto momento Anna llegó a escupir al prisionero.

La situación de Moro empeoraba días tras día. La DC lo abandonó, el presidente Leone tuvo el mal gusto de llamar a su perro “Moro”. Continuó la pesadilla de las falsas pistas, las fotos, los comunicados. Las cartas se hicieron más angustiosamente lacónicas: “Ustedes —Zaccanignini, Andreotti, Fanfani, Berlinguer, Leone y Cosiga— son culpables junto conmigo y deben tener la hombría de compartir mi suerte. Estoy aquí por todos ustedes y, si no aceptan el intercambio de prisioneros, los consideraré a ustedes y al gobierno como mis asesinos”.

A Moro muerto…

El Papa y el gobierno hicieron algunos gestos simbólicos para demostrar que simpatizaban con Moro, su esposa y sus hijos. Todos los intentos públicos y privados para encontrar una salida que al mismo tiempo salvase a Moro y al prestigio del régimen se estrellaron ante la obstinación oficial. La carta en que Moro anuncia su fin y se despide de su hija Norina fue severamente criticada por el sector más reaccionario de la DC, sector que presionó al Papa a fin de que aconsejara a Moro resignarse a su suerte y morir como buen católico.

En vísperas de elecciones los democristianos prefirieron un mártir: bajo la impresión del sacrificio los electores votarían por la ley y el orden. No se equivocaron: la DC obtuvo las cifras necesarias para elevar su promedio hasta el cuarenta y seis por ciento, en tanto que el PCI lo vio descender hasta el treinta por ciento.

El último día

Un brigadista infiltrado en los servicios secretos anunció que un criminólogo alemán había deducido correctamente la zona en que se encontraba el escondite, muy cerca de la vía Mario Fani donde ocurrió el secuestro y en un edificio varias veces cateado por la policía.

Aquella noche los brigadistas trasladaron a Moro a una casa de veraneo en la playa. Lugar de vacaciones para ricos a una hora de Roma, estaría casi deshabitado hasta junio.

El 9 de mayo Zucor advirtió a Moro que había llegado el fin. Moro le contestó que estaba fatigado, reflexionó en el mensaje de su esposa Eleonora: “La iglesia y el hombre te abandonaron. Ahora sólo Aldo Moro puede ayudarte”. Moro pensó en escapar, luego rechazó la idea. Comentó con Zucor: “Me vería mal vestido de khaki”. No quiso tomar su última cena ni aceptó que le dieran sedantes. Su único deseo fue rezar.

Un joven sacerdote radical fue conducido hasta su cuarto. Moro se confesó en voz baja y se mostró ferviente en su acto de contrición. El sacerdote celebró misa y, llorando, le dio a Moro los últimos sacramentos. Luego Moro bebió un vaso de agua. Anna le cortó el pelo. Se bañó y se lavó los dientes pero no se preocupó por afeitarse. Vistió la ropa que llevaba el día del secuestro. Sin darse cuenta se puso los calcetines al revés. En sus bolsillos guardó su escapulario, su rosario y sus medallas de santos.

Zucor le dijo: “Ahora, usted se va a ir con Anna y Franco”. Moro los siguió mansamente hasta llegar a una camioneta roja Renault 4. “Por favor entre y acuéstese”, ordenó Zucor. Moro obedeció. El espacio era tan reducido que se vio obligado a doblar las piernas. Zucor dio instrucciones a Franco y Anna: “Estacionen y cierren la camioneta en vía Caetani, en el antiguo gueto, entre los democristianos de Moro y los comunistas de Berlinguer. Aléjense despacio con sus armas en una bolsa de compra”.

Franco manejaba, Anna vigilaba a Moro desde el asiento delantero. El Renault, con la placa robada “Roma N57686”, fue rebasado por coches y camiones en la carretera junto al mar. Luego dio vuelta y se detuvo en un camino aislado y arenoso.

Franco y Anna bajaron. Él llevaba una pistola de nueve milímetros, ella una metralleta escorpión, ambas dotadas de silenciadores. Alzaron la puerta trasera y aseguraron la aldaba. Moro los miró…

Once balas atravesaron el pecho de Moro dejando un sendero de perforaciones. Lo envolvieron en un sudario de plástico anaranjado y lo colocaron sobre un abrigo grueso y sucio. Anna y Franco guardaron sus armas en una bolsa de almacén, subieron al coche y tomaron la carretera hacia Roma.

Pietro Di Donato concluye su reportaje con estas líneas: “Ni una sola bala tocó el corazón de Moro. Le llevó de cinco a diez minutos el morir desangrado”.

29 de enero de 1979

II. Henry Miller en México

Hubo una generación capitalina expropiada de su adolescencia y juventud por el largo reinado (1952-1966) del “Regente de Hierro” Ernesto P. Uruchurtu. Bajo el dedo admonitorio que Adolfo Ruiz Cortines blandió en su discurso inaugural, Uruchurtu trató de convertir en la Salem puritana la Bagdad y la Sodoma que había sido México durante el alemanismo. Fueron los tiempos de la hojita parroquial en la que la Liga de la Decencia arrojaba contra las películas el rayo de sus siglas: C1, C2, FCPI (“Fuera de clasificación por inmoral”), aunque ante la producción media de 1980 estas últimas parezcan tan eróticas como las aventuras de Dumbo.

Alguien concertó una maniobra precacerolística de una eficacia inigualada: la destrucción de las revistas “pornográficas” —hoy más ingenuas que Heidi— por parte de su público natural: los adolescentes de las secundarias privadas. El fenómeno de movilización es digno de estudio. En un país tan desorganizado como el nuestro, la maniobra fascista se efectuó con precisión digna de la Wermatch en sus mejores tiempos. En grupos de tres los jóvenes invadieron el centro de la ciudad y asaltaron los puestos de periódicos para despojarlos de las llamadas publicaciones inmorales, sin compasión alguna por la economía de los expendedores. Luego se concentraron en el Zócalo, bajo la complacencia o al menos la tolerancia de las autoridades e incineraron en una gran hoguera las revistillas que tras el golpe desaparecieron del mercado.

Antídoto contra la lujuria

Muchos miembros de aquellos efímeros escuadrones del vicio guardaron entre pecho y camisa ejemplares de las publicaciones condenadas. El gran raid antipornográfico despertó entre sus ejecutores la mayor fascinación por la pornografía. A las pocas semanas surgieron en los salones de clase los “libritos”. Horriblemente impresos en la Cuba de Batista, grotescamente ilustrados y escritos de la manera más vil, fueron para la generación uruchurtiana su primer acercamiento literario a la sexualidad. Es casi milagroso, dada la índole del material, que el trauma haya sido leve.

Porque la pornografía cubana parece producto de otra Liga de la Decencia, en el sentido de hacer de algo supuestamente destinado a exaltarla un verdadero antídoto contra la lujuria y presentar las relaciones sexuales como algo sucio y triste. Los “libritos” se vendían bajo cuerda en los alrededores del Tívoli. Desaparecieron tan misteriosamente como habían llegado.

Aquel teatro, y sus gritos inmortales de “Aguayón: mucha ropa” y “pelos, pelos”, furtivas peliculitas —La torre de Nesle, Cómo se bañan las damas—, las páginas en color de Siempre! y las centrales de Cine Mundial que presentaban “artistas” en bikini, fueron todo el alimento de la imaginación erótica ante los hijos espirituales de Uruchurtu. Esto representó un estímulo indirecto para la lectura: se buscaron pasajes literarios que pudieran ser excitantes; no fallaron los ilustrados capaces de hallar que la Enciclopedia Uteha podía leerse con una sola mano gracias a sus láminas de estatuas griegas y desnudos renacentistas.

Amor y sexualidad

Como el castellano de la colonia, el inglés que se enseña en México suele limitarse a lo estrictamente necesario para entender las órdenes del amo. Algunos privilegiados que pese a todo aprendieron a leer en ese idioma descubrieron en un rincón de Misrachi los libros, verde oscuro y envueltos en celofán, de Olympia Press. Tenían precios entonces inconcebibles —lo que cuesta ahora un efímero y deshojable tomito de bolsillo— y la fotocopia era desconocida. Sin embargo Tropic of Cancer y Tropic of Capricorn se convirtieron en manoseados objetos de culto para quienes adivinaban contextualmente aquellas palabras —cunt, fuck, prick— que no les enseñaron en sus cursos ni figuraban en los diccionarios.

Así pues, en el remoto México de entonces, Miller fue leído, de la manera más burda y sexista, exclusivamente como pornógrafo. La avidez del hambriento buscaba sus descripciones y se saltaba sus reflexiones. Pocos deben de haber reparado en una crucial: la sexualidad sin amor es un índice de la inutilidad humana y sólo las palabras obscenas pueden expresar su vacío.

La primera valoración mexicana de Miller es mérito de Juan García Ponce. En la Casa del Lago de 1962 Juan Vicente Melo organizó un ciclo dominical sobre los “Clásicos del siglo XX” en que García Ponce leyó el ensayo después publicado en la Revista de la Universidad (XVI, 8 de abril) y recogido en su libro Cruce de caminos. Si uno recuerda que López Velarde murió sin conocer el mar, aprecia el cambio que trajo a nuestra literatura la era del yet y la posibilidad de salir del país que empezaron a tener los escritores. García Ponce estaba recién llegado de Nueva York donde en un año de estancia pudo leer todas las obras de Miller —hasta Nexus (1960), el volumen final de The Rosy Crucifixion— y ponernos al día sobre lo que Miller significó.

La explosión pornográfica

Idolo de la generación beatnik —que nació, quién lo diría, en la colonia Roma donde estaba el México City College y sigue estando el bar Cucú— no menos que los jipis, Miller fue naturalmente leído de otra manera en el México de los sesentas y setentas, aunque nunca llegó a tener tantos lectores como Hesse. La publicación legal de sus libros en los Estados Unidos abrió el camino de la explosión pornográfica que hoy ha hecho hasta de la última aldea en ese país el campo de una libertad sexual que no conocieron ni siquiera los romanos de la decadencia o los nobles franceses en vísperas de 1789.

En una fecha tan temprana como 1966 Miller protestó contra los nuevos usos y abusos de la sexualidad. Catorce años después la pornografía se vende, incluso en México, junto a las papas y los caramelos y ha perdido completamente su encanto de tabú. La predicción es el más falible de los géneros. No obstante, parece probable que la pornografía será una de las cosas cotidianas de ahora que no existirán en 1990, como los automóviles y la carne de res. La ofensiva es muy fuerte y ya no proviene de las ligas de la decencia sino de las mujeres que ven en la pornografía la gran responsable del aterrador aumento de la violencia sexual.

A fines de los sesentas Women’s Liberation denunció a Miller como falócrata y la sentencia no ha sido revocada. Al mismo tiempo el Times Literary Supplement lo cesó como clásico al decir que era un escritor que no podía empuñar la pluma sin que de ella goteara un lugar común. Y en su propio país John Updike lanzó la condenación (por más que libros como Couples serían impensables sin Miller, del mismo modo que entre nosotros hubiera sido muy distinta Rayuela): “Las novelas de Henry Miller no son novelas: son cópulas ensartadas en segmentos de arenga personal. Están más próximas a las Mil y una noches que a Tolstoi. No son novelas sino cuentos (tales)”.

Arte, vida y Miller

En 1934 Cyril Connolly había reseñado la edición de Trópico de Cáncer que vendió sólo cien ejemplares pero que le dio a Miller críticos y lectores como Eliot, Huxley, Wilson y Orwell. “Una primera novela”, escribió Connolly, “del Céline norteamericano: alegre, feroz, ofensiva, a veces brillante, a veces enloquecedoramente irritante. Aparte el poder narrativo, la ondulación de un estilo perfectamente adecuado a su creador, el libro posee una madurez muy distinta de la balandronada y la adolescencia espiritual de tantas novelas norteamericanas. Lo que escribe Miller tiene la naturaleza del optimismo filosófico whitmaniano, ahondado y disciplinado por sus años de miseria en una ciudad donde hasta morirse de hambre es una forma de educación”.

Miller le escribió a Connolly una carta que éste reprodujo en su clásico The Unquiet Grave (1944), magistralmente traducido por Ricardo Baeza como La tumba sin sosiego: “Es usted muy sabio, muy comprensivo y realmente muy agradable. Me asombra que continúe siendo un crítico. Usted puede ir más allá. Debe usted tener grandes temores y dudas, y ha superpuesto otra personalidad a la original, una máscara protectora entre usted y lo que imagina ser un mundo áspero y cruel”.

En los sesentas, cuando lo prohibido empezaba a convertirse en lo aburrido, Connolly revisó su juicio. Primero: “Nadie se ha esforzado tanto (como Miller) por escribir pornografía. Nadie tampoco ha fracasado de modo tan notorio”. Después: “Mi mayor desacuerdo con mi veredicto original radica en mi juicio sobre la prosa. Hay un exceso en su manejo como en el de automóvil. Una interminable rapsodia derivada de Lautréamont, Whitman, Joyce, Lawrence y Céline, un ensayo escrito en la orilla izquierda del Sena sobre arte, vida y Miller que ahora me deja frío. No es profundo, es egomanía adolescente y en gran parte pudo cortarse… Miller tiene una atroz segunda velocidad y puede escribir con la torpeza de una debutante en su primera orgía”. (The Evening Colonnade, reseñas compiladas en 1973.)

Desde su santuario de Big Sur, Miller no se preocupó por los cambios de la opinión. “Haz lo que quieras: de todos modos se cagarán en ti”, había escrito filosóficamente a Lawrence Durrell en los treintas.

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Inside the whale

Hasta donde sabemos, Miller sólo vino a esta ciudad en 1934 —para conseguir un divorcio “al vapor”. A pesar de Lawrence y el de los beatniks, México no existió para él. Sin embargo, prologó los dos libros de Haniel Long que se ha convertido en un semiclásico de la antiacademia en Estados Unidos: The Marvelous Adventures of Cabeza de Vaca y Malinche y dijo: “En este continente tuvo lugar la mayor desdicha ocurrida jamás al hombre blanco. Desde niño me impresionó el relato de la forma en que los indios acogieron como dioses a los recién llegados. Más tarde, como hombre y sobre todo como norteamericano, el vergonzoso recuento de nuestras relaciones con los indios me ha entristecido de una manera inexpresable”.

Miller no murió sin verse ampliamente reivindicado por Norman Mailer en Genio y lujuria. Ni sin dar su última entrevista a Fernando de Ita (Unomásuno, 14 de noviembre de 1979) que hoy es su testamento y despedida: “Durante más de cincuenta años he venido repitiendo lo mismo: hay que tener el coraje de ser libre. Como en mi juventud, no veo ninguna sociedad que ofrezca al individuo semejante alternativa. Cualquier sistema, por definición, tiende a sujetar dentro de sus marcos al individuo. No creo que la humanidad en su conjunto logre algún día terminar con los sistemas… La libertad es responsabilidad de cada individuo, y esta advertencia se ha tomado como una deficiencia histórica que no toma en cuenta el medio ambiente social, económico y político en el que el individuo busca su libertad. Por el contrario, lo que digo es que hay que considerar todas esas circunstancias para darse cuenta de que la libertad está por encima de ellas”.

Como lo vio Orwell, en 1940, Miller vivió hasta el fin “dentro de la ballena”. Pero esa ballena tuvo la fortaleza necesaria para desatar tempestades.

23 de junio de 1980

III. Vidas reales que parecen imaginarias
Adolfo León Ossorio (1895-1981)

 

El novelista que escriba unos Episodios Nacionales contemporáneos hallará un personaje capaz de guiarlo por los acontecimientos que van de la caída de Porfirio Díaz (1911) a la lucha del capital contra la capital (1981) en la persona de Adolfo León Ossorio, que acaba de morir el 10 de agosto.
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Tan real e inverosímil como su existencia misma es el ignorado libro La vida tormentosa y romántica del general Adolfo León Ossorio y Agüero (1962), por Agustín Aragón Leyva. Esta biografía apologética, muy similar a las que cada sexenio se escriben al vapor sobre el recién destapado, tiene el mérito incontrastable de ser la única fuente acerca de una personalidad como no ha habido otra en nuestro tiempo mexicano.

León Ossorio nació en Monterrey en 1895, de padre español y madre cubana. “Desde la cuna le circundó la turbulencia y demostró su perspicacia; era activo, nervioso, impulsivo y travieso”. Tras ser expulsado de escuelas de esta ciudad su madre lo internó en la correccional de Guadalajara. De allí escapó robándose el caballo del jefe de la guarnición, animal que le permitió descubrir su gusto por la charrería.

En 1910 conoció a Madero en Puebla y se volvió correo entre el candidato antirreeleccionista y Aquiles Serdán. En mayo de 1911, fue León Ossorio el adolescente que gritó en la cámara de diputados: “¡la renuncia!”. Luego subió a una carretela, golpeó una lata de petróleo e incitó al motín popular frente a la casa de Porfirio Díaz para exigirle que se fuera.

(En los últimos años historiadores insospechables de simpatías porfirianas nos han roto la imagen que acariciamos durante mucho tiempo en torno a este episodio. Al parecer, los acontecimientos de mayo de 1911 no fueron el sic transit de Porfirio Díaz sino su mayor golpe de perverso genio político. En medio de una parafernalia de fin del mundo, Díaz eliminó a Limantour y a Bernardo Reyes, logró que se licenciara a los combatientes revolucionarios y se dejase intacto el ejército federal, sembró la discordia entre los aliados de Madero y a don Francisco le preparó el cuartelazo de 1913 con todo y su verdugo y traidor: Victoriano Huerta, el general que protegió la casa de Díaz contra los amotinados de León Ossorio y lo escoltó hasta Veracruz.)

Porras, armas, letras

A los 17 años León Ossorio formó parte de la “Porra” organizada por Gustavo Madero para defender a sus hermanos contra la coalición de sus enemigos. Al frente de grupos de choque, con furia de halcón deshizo manifestaciones antimaderistas. Añadía a su ímpetu físico sus dotes oratorias. Logró escapar de la represión que siguió a la Decena Trágica y en La Habana imprimió su primer libro: Rastros de sangre, crónica del cuartelazo.

Se incorporó a las fuerzas carrancistas y entró con ellas en la capital. Aquí publicó un Yo acuso contra Felipe Ángeles a quien culpaba de la división entre Villa y Carranza. Se vio envuelto en tiroteos y mató a un zapatista que lo había golpeado con un fuete. Recibió una medalla por su valor heroico en el combate de Tepatlaxco, Puebla. Participó en la fundación de la Casa del Obrero Mundial, destacó como orador, poeta y comediógrafo. Y tiempo y fondos le alcanzaron para comprarse una casa en Madero con un estudio digno de Rodó en que, dice su biógrafo, “el caballero de capa y espada, de armas y letras, cincelaba sus endechas”.

Como espía de Carranza en La Habana logró que fracasara el desembarco en Veracruz del asesino huertista Aureliano Blanquet, quien fue muerto y decapitado. En 1918 organizó manifestaciones pro alemanas en la ciudad de México y estuvo a punto de incendiar El Universal, diario aliadófilo. Alcanzó un nuevo triunfo oratorio durante los funerales apoteósicos de Amado Nervo. Leal a Carranza, León Ossorio lo acompañó en la noche de Tlaxcalantongo y después fue encarcelado en Tlatelolco.

Al quedar libre conspiró contra Obregón en Laredo y le arrojó versos incendiarios. En Madrid se presentó en las tertulias de Valle-Inclán y Gómez de la Serna. Luego recorrió América “sin llevar más arma que su idealismo mexicanista y su romanticismo ibérico”. Para ello recolectó fondos en Kingston, Jamaica. Exhibía una película (muda) del ciclón que devastó la capital cubana en 1926, “narraba con vívidas expresiones el fenómeno; hacía comentarios sobre la posible velocidad del viento; daba los nombres de los lugares afectados y exponía el número de muertos, heridos y desaparecidos. La traducía al inglés un simpático negrito”.

El lirismo incurable

Trató de ir a Costa Rica. Lo impidió el poeta Antonio Médiz Bolio, representante diplomático mexicano, por juzgarlo agitador antiobregonista. León Ossorio alquiló un avión en Panamá y bombardeó San José con folletos en que llamaba “esbirro y degenerado” al poeta yucateco y exponía datos pintorescos acerca de sus costumbres sexuales.

En Cartagena fue aclamado por su poema a la ciudad. En conferencias atacó al imperialismo norteamericano y “vaticinó ¡vidente! el zarpazo del oso staliniano”. Permaneció dos años en Colombia e hizo fortuna con sus presentaciones poéticas y ecuestres, generalmente en circos y cosos taurinos. Así lo anunciaba la prensa colombiana: “Veterano de todas las batallas, políticas, amatorias, revolucionarias y civiles, que recorre nuestra América en misión de confraternidad continental, animado por el fuego de su lirismo incurable”.

Publicó revistas, exploró selvas, visitó a patriarcas otoñales como el general Gómez, convivió con grandes figuras literarias y cruzó con ellas alabanzas en verso. También elogió a las mujeres de las ciudades que encendía con sus ardores, no sólo poéticos: “Mujer limeña, mujer limeña, talle de palma, boca pequeña”. Le arrebató su reina al carnaval de Colón, Panamá, y atesoró en sus viajes sudamericanos joyas coloniales. Con su gran habilidad para los negocios vendió algunas a Rafael Leónidas Trujillo.

Vestido de charro, coronó de laureles a Luis Llorens Torres como poeta nacional de Puerto Rico. Empleó este traje para presentarse a caballo declamando sus poemas. Y tras catorce años de exilio, “que no fue sino una paciente y prolongada labor de mexicanismo”, volvió a la patria. Celebró el retorno en prosa y verso: “Yo no me emborraché con Judas en los rincones de Palacio; ni me uní a Alí Babá para saquear los dineros del pueblo; ni llamé a Drácula para chupar la sangre de los patriotas asesinados… Dios me trazó la ruta del destierro para fortalecer allí mi corazón y prepararlo para las luchas futuras por la libertad”.

Rojos, judíos y Camisas Doradas

Con el traje nacional y “jinete en brioso corcel” estrenó su “Canción del retorno”: “Tú no sabes, chamaca, tú no sabes/ lo que crece la Patria con la ausencia;/ para saber lo que mi Anáhuac vale/ es preciso lanzarse mar afuera…!”. Impetuosamente como siempre volvió a la lucha política. Contra Hernán Laborde, se presentó candidato anticomunista a la diputación. Alarmado ante el sesgo de los acontecimientos en el régimen cardenista, fundó el Partido Nacional de Salvación Pública con el general Francisco Coss, el coronel Bernardino Mena Brito y Luis del Toro.

Durante más de veinte noches  León Ossorio inflamó a la multitud en San Juan de Letrán con ataques “a los judíos que explotan al trabajador mexicano” y a los “vendidos a la Cominform”. Al PNSP se adhirieron grupos como Los Dorados y otros similares. León Ossorio se enfrentó mano a mano al presidente Cárdenas y le espetó: “Dice usted que soy un agitador. Está en lo justo. Soy un agitador… pero usted es otro, con la única diferencia de que usted está agitando para hundir al país y yo estoy agitando para ver si puedo ayudar a salvarlo”.

Fue encarcelado en el Pocito pero quedó en libertad e indemne. En 1939 apoyó la candidatura del general Juan Andrew Almazán. El día de su llegada a la ciudad de México León Ossorio preparó cuidadosamente un golpe de mano para adueñarse del Palacio Nacional. Almazán se opuso a la violencia, seguro de que Cárdenas respetaría su triunfo. León Osorio rompió con él y se dedicó a combatirlo.

La Casa de los Delfines

En 1942 atacó furiosamente a Luis I. Rodríguez y a Lombardo Toledano, porque el primero y no León Ossorio fue el orador escogido para el acto en que los restos de Carranza se trasladaron al monumento a la Revolución. Como una pausa en plena guerra mundial León Ossorio emprendió una campaña preayatólica para que todas las mexicanas usaran rebozo y no abrigos europeos ni suéteres norteamericanos. A fin de lograr que se estableciera el museo del transporte, organizó una “procesión restrospectiva de carruajes” por la Reforma y la abrió guiando una diligencia.

Con el producto de sus derechos de autor se compró la hermosa Casa de los Delfines en San Ángel, que habitó hasta su muerte, entre vetustas tapias cubiertas de flores, el presidente Alemán nombró al entonces teniente coronel León Ossorio agregado militar en Europa con residencia en Lisboa. Los revolucionarios de 1910-14 le ofrecieron una despedida en el “Sans-Souci” y subrayaron lo único indiscutible en León Ossorio: su lealtad a Madero y a Carranza.

En 1949 tuvo un altercado en el pasaje Savoy con Ramón Segués y lo mató “de un solo balazo”. Salió absuelto del “incidente” que se parece a otros de sus colegas y amigos Díaz Mirón y Chocano. A partir de entonces denunció el camino torcido que tomaba la Revolución bajo el gobierno alemanista. En 1952 publicó La guerra antigua, que mereció felicitaciones de Chiang Kai Shek y del general Moscardón, defensor del Alcázar de Toledo, así como La navegación a través de los siglos. Fundó el Museo Militar de la Secretaría de la Defensa y fue ascendido a general brigadier.

El pantano (1953) enjuició severamente el periodo de Miguel Alemán. La imprenta fue asaltada y los ejemplares robados. Por sus graves cargos contra Ruiz Cortines, según unos; por preparar una rebelión contra López Mateos, según otros, en 1959 fue enviado a confinamiento solitario en las islas Revillagigedo. Las protestas que encabezaron Abel Quezada y Rubén Salazar Mallén consiguieron la amnistía. En su Casa de los Delfines albergó un museo de armas y otro naval. En 1976, último acto de su existencia política, se presentó candidato independiente a diputado por San Ángel. Y, como decía Agustín Aragón Leyva en 1962, “esta es, a grandes rasgos, la biografía de un hombre excepcional, casi un personaje de leyenda: revolucionario, poeta, panfletista, sensitivo museógrafo y peregrino de ideales”.

17 de agosto de 1981

IV. Un capítulo inédito de Swift
Gulliver en el país de los megáridos

In memoriam Miguel Ángel Piccato

Acaba de encontrarse en Trinity College, Dublín, un manuscrito que no figura en Travels into Several Remote Nations of the World by Lemuel Gulliver. Posiblemente, al ver analogías demasiado obvias con la realidad de aquel momento, lo suprimió el impresor Benjamin Mott en la primera edición de 1726. Jonathan Swift (1667-1745) no lo incluyó en las posteriores. El fragmento puede ser también un panfleto fraguado por los padres de Oscar, sir William Wilde y lady Jane, durante la gran hambruna que azotó a Irlanda en 1848. De todos modos vale la pena traducir un relato que tal vez debió figurar entre los capítulos 11 y 12 de los Viajes de Gulliver. Swift es la cumbre intelectual de la perpetua resistencia irlandesa y el más grande escritor del incomparable siglo XVIII en su lengua. No hay traducción que pueda hacer justicia al maestro de Voltaire y al fundador de la prosa moderna en todos los idiomas.

Me despedí de los nobles y corteses Houyhnhms y me alejé remando de la costa. Pasadas tres semanas de navegación, divisé una isla que no figura en los mapas. Al centro se erguía un anillo montañoso coronado por una nube negra, quizá producto de una explosión reciente.

Quise huir de la isla cataclísmica, pero una gran lancha embistió a mi canoa y a señas imperiosas sus tripulantes me obligaron a orillarme. Cuando estuvimos en tierra firme aquellos hombres me sujetaron violentamente y hurgaron en mis escasas posesiones. Aunque no llevaba sino agua, panes duros y carne seca, me indicaron que todo eso estaba prohibido y debía pagarles a fin de recobrar mi libertad. No llevaba conmigo moneda alguna: les di mi reloj y los anillos que en su lecho de muerte me había entregado mi padre.

En ese instante mis fieros perseguidores cambiaron, me dijeron que la isla se llamaba Megaria y me invitaron a Megaris, su capital. Cada uno de ellos puso a mis órdenes lo que designó como su humilde casa. Jamás en mis viajes por regiones ignotas encontré seres como los megáridos que pasaban sin transición de la agresividad más brutal a la mayor dulzura y gentileza o viceversa. No menos me asombró descubrir que hablaban un dialecto del inglés. A pesar de su grotesca distorsión pudimos entendernos sin dificultades.

No soporto el espectáculo de un coche tirado por un inteligente Houyhnhm en beneficio de un bestial Yahoo. Celebré que en Megaria los vehículos tuvieran propulsión propia, aun a costa de su peligrosidad y de producir humo pestilente y mortal.

Hice el trayecto en silencio. Mis acompañantes intercambiaban sonidos sin vocales. Para ellos debe ser música verbal. A mí, extranjero, me sonaba como nn, pss, q’n, dg’n. Me encantó la hermosura del camino pero me dolió ver cómo desaprovechan sus riquezas los megáridos: bosques enteros destruidos sin que siembren nuevos árboles, ríos agonizantes que arrastran toda clase de desperdicios, campos fértiles transformados en basureros, fábricas en ruinas, grandes obras sin terminar pero con mohosas placas metálicas que las dan por inauguradas en lejanos ayeres.

En cuanto llegamos a su casa el jefe de mis captores hizo desfilar ante mí a su mujer y a sus quince hijos. Todos de una delgadez cadavérica en contraste con la panza indescriptible de mi amigo. Entre risas, me susurró al oído que él era muy yahoo y tenía otras cinco familias semejantes. La esposa nos sirvió cuero de cerdo y un aguardiente extraído de un agave. Luego, por orden de mi anfitrión, desapareció en la cocina.

Me informaron que Megaria, aunque es papista y no mahometana, está gobernada por sultanes. Duran seis años en el cargo. En la luna de Aqueronte, como llaman al periodo final de cada reinado, los megáridos decapitan a los sultanes y los cubren de oprobio. Son como las víctimas propiciatorias de las religiones primitivas: antes de ser ofrendados en sacrificio, se inviste a los sultanes con la piel de un dios vivo, se les aísla de toda crítica, se les droga cotidianamente con alabanzas que harían perder la cabeza al mismo san Francisco de Asís, se les dan alimentos sagrados y oro en cantidades inverosímiles y pueden disfrutar de todas las vestales del templo.

El método de gobierno de los sultanes megáridos asombraría a cualquier europeo. Tienen prohibido sentarse y reflexionar. Por eso nunca se están quietos; como autómatas van de un lado a otro profiendo gansadas que los trompeteros del reino divulgan tal si fueran perlas de sabiduría. El sultán hace su espejo de toda Megaria: dondequiera se ve su efige notablemente ampliada y embellecida. En la última noche de su mandato los megáridos queman en grandes hogueras expiatorias lo que adoraron y, postrados de hinojos ante la imagen del que llega, musitan alabanzas y la cubren de baba.

Los megáridos son personas extrañas. Dicen las peores cosas de su isla y de sí mismos. Sin embargo, se ofenden si el extranjero las corrobora o no las refuta. Como a los irlandeses, alguien les indicó hace siglos que eran gente que nació para callar, obedecer y ser perseguida, despreciada, aplastada, arruinada, atormentada y extirpada de la faz de la tierra. Los megáridos aún no logran sobreponerse a esta infamia aunque, a mi juicio imparcial, tienen todo para lograrlo.
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El mayor problema de Megaria no son los megáridos sino la existencia de una gran isla vecina llamada Argona. Ellos dicen odiar a los argones pero en realidad se mueren de admiración y tratan de imitarlos en todo: sus comidas, su habla, su sexualidad, sus vestimentas, sus ambiciones, la disposición de las ciudades. Como hizo mi país con Irlanda, Argona le impidió a Megaria producir todo aquello que podía afectar el comercio de la gran isla del norte; la obligó a traficar exclusivamente con ella y al hacerlo arruinó la industria y la agricultura megáridas. Las consecuencias para Megaria fueron las mismas de Irlanda. Riqueza inconcebible de unos cuantos, hambre crónica para el pueblo, desempleo, mendicidad, crimen, violencia, prostitución y servilismo.

Para colmar las asombrosas semejanzas con Inglaterra e Irlanda, la moneda de Argona invadió a Megaria e hizo desaparecer prácticamente su unidad monetaria. Este ejército de ocupación probó ser mil veces más eficaz y devastador que nuestros soldados imperiales o los colonos anglicanos que oprimen a la mayoría papista irlandesa.

Argona, por supuesto, se lava las manos: ella no obligó a nadie a adquirir sus monedas de cobre. En su ceguera y egoísmo los propios megáridos (atraídos por una especie de linterna mágica o teatro de sombras que en este archipiélago llaman “visión a distancia”) horadaron el suelo en que apoyaban los pies. Ahora son como ardillas que se persiguen en una jaula redonda y para subsistir tienen que suplicar préstamos a los argones.

A estas alturas del relato yo no podía contener mis lágrimas. Fue peor lo que siguió. Los megáridos me dijeron que la isla del sur perdió su gran oportunidad cuando todas las naciones del archipiélago necesitaron grandes cantidades de estiércol como fertilizante y combustible. La naturaleza y no su esfuerzo dotó a Megaria con una raza de vacas y toros capaces de transformar interiormente medio kilo de pastura en una tonelada de boñiga. El excremento que se desperdiciaba resultó de pronto una gran fuente de riqueza para Megaria.

Como en la fábula de la lechera, los megáridos hicieron grandiosos proyectos sin recordar que todos los cántaros se rompen. Enloquecidos de entusiasmo por esa lotería, se olvidaron de cuanto no fuera la costa. A las multitudes hambrientas se les prometió el paraíso próximo. La bosta excrementó la economía. Los ricos dilapidaron la abundancia estercolera en comilonas, orgías y baratijas o bien, en una operación de egoísmo suicida, compraron grandes mansiones y guardaron su dinero en la propia Argona.

Mientras los sagaces argones llenaban sus establos con grandes cantidades de boñiga para producir una repentina baja en el precio y poner nuevamente de rodillas a los ensoberbecidos megáridos, ellos, felices, convertían sus productivas vacas en filetes y exterminaban a sus toros en bárbaras ceremonias que llaman “corridas”.

Un día amanecieron con el precio del estiércol por los suelos, sin ganado y sin moneda, porque toda la que hubo los ricos la cambiaron y se la llevaron a Argona. Entre los beneficiarios de la boñiga estalló un gran pleito. Todos los hombres del sultán: los visires, emires, sátrapas y jerifes, pelearon a muerte con los barones de la usura. Mientras los antiguos aliados luchaban a escupitajos culpándose mutuamente del desastre, los innumerables pobres de Megaria tuvieron que importar carísimos cereales de Argona. Y entonces, como en Irlanda, reaparecieron los que nosotros llamamos “aritméticos políticos”, es decir, los autores de proyectos abstractos para mejorar el destino humano, planes siempre condenados al fracaso pero no antes de causar a millones todo el sufrimiento que precisamente trataron de impedir.

No pude más. Bañado en llanto me despedí y me eché a caminar por Megaris. Al poco tiempo sentí que me asfixiaba y comprobé que la nube negra observada desde el mar era producto de los espantosos vehículos que liberaron a los Houyhnhms a cambio de esclavizar a los Yahoos y a sus semejantes humanos. Para colmo, en Megaris el veneno de los transportes se liga al humo de las fábricas y la pulverización de toneladas y toneladas de miseria.

Traté de escapar de ese lugar dantesco. Pero es imposible movilizarse en él. Entonces me dirigí al poniente con la esperanza de que encontraría el mar y mi canoa. En cambio se desplegó ante mí la más extraña capital que he visto nunca. Horrible en su conjunto y totalmente deshecha para abrir paso a los carruajes y enriquecerse sus alcaldes con el nuevo valor del terreno, Megaris tiene entre tanta fealdad algunos de los mejores edificios que he contemplado.

Contra lo que parece, no todo es maldad, corrupción, estiércol y rapiña en Megaris. En ella florecen las ciencias y las artes. Hay muchos y muchas megáridos que se preocupan por algo más que su beneficio personal. Amor y solidaridad existen en la inhóspita ciudad del dolor junto al odio, la violencia y la pugna entre los bribones por humillar y explotar a su prójimo. Esto es, que aunque en principio nadie lo diría, la isla de Megaria también resulta parte del mundo.

Atravesé regiones de una miseria tan sórdida y oprobiosa como la que ha traído la industria a los pobres de Inglaterra y a los parias de Irlanda la opresión. Llegué a una zona en que se concentra cuanto en mi país está disperso. Es como ver al mismo tiempo Windsor Castle, Balmoral y las grandes manor houses de mi propia isla. Los megáridos, pensé, engañaron cruelmente al extranjero: la suya es la tierra más próspera, no Argona. La ostentación de su riqueza se me volvió aplastante.

Una muchacha que pasaba por ahí me explicó que yo no había salido de Megaris. Estaba en la misma capital doliente, sólo que en la parte reservada a los hombres de los sultanes, a los barones de la usura y a los procónsules e intermediarios de Argona. Tanto esplendor, dije, sería imposible si no existieran las cuevas y las chozas de lámina y cartón que yo acababa de ver.

Esto no es nada, contestó la muchacha. Hay nuevos palacios y castillos aún más deslumbrantes gracias a la riqueza que produjo el estiércol. Mientras los pobladores de las cuevas no vieron ni el espejismo de la edad de oro prometida, y ahora tienen que pagar la cuenta de la orgía que disfrutaron los Yahoos megáricos de aquí arriba, éstos pueden seguir divirtiéndose con cuanto previsoramente atesoraron en Argona.

¿Por qué no devuelven lo robado a quienes se lo quitaron y arreglan así lo que desarreglaron?, pregunté. La muchacha respondió algo para mí incomprensible: —Porque no tienen madre. Nos despedimos. Me alejé hacia la costa pensando que Megaria era más extraña que Lilliput, Brodbingang, Laputa, Balbibnarbi y Glubndudbrid juntas; sus habitantes me resultan enigmáticos como los Struldbruggs, y el sultán no menos misterioso que Golbasto Momarem Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, Most Mighty Emperor of Lilliput, Delight and Terror of the Universe.

De unas escaleras hundidas en la tierra brotaron en tropel inconcebibles multitudes de pobres. Dos elegantes Yahoos megáridos que estaban a mi lado se rieron de la miseria de sus víctimas y los llamaron con nombres insultantes. No pude más: me enfrenté a los Yahoos y les dije: —Imbéciles. Miren lo que ustedes hicieron de la maravillosa isla de Megaria. ¿Ni siquiera después de sus fracasos, sus errores, sus corrupciones y sus crímenes se dan cuenta de que esa multitud que los sostiene y a la que ustedes tanto desprecian constituye la última y la única esperanza?

22 de noviembre de 1982

 

2 comentarios en “Inventarios

  1. Espero que la revista Proceso, decida a publicar los inventarios de José Emilio. Para quienes nos gustaba su columna, valdría la pena, que se hiciera una recopilación de Inventarios y se publicara un libro.

  2. Leí Inventario no la revista Proceso. Realmente personajes como JEP y Pablo Latapí le dieron a proceso un lector, en este caso quien escribe esto. Me gusta la escritura de Pacheco por la tranquilidad con al que fluye el discurso que te acerca las tierras más lejanas y las más cercanas. la poesía de lo cotidiano y la cercano; lo sacro y lo profano. Con JEP aprendí que el tiempo de escritura es el de la verdadera existencia. El “escribo, luego existo” no es nunca más real y apasionado que con JEP. Pero la escritura desgajada a veces no deja tiempo para hilvanar esa consciencia que cada uno de nosotros construye cada día. Apenas si deja tiempo para recuperar la memoria. Sí, hace falta releer los inventarios de JEP.